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jueves, 5 de febrero de 2026

"En gran parte, la historia de la Iglesia católica es la historia de la perversión del cristianismo": entrevista a Javier Cercas

Javier Cercas.


"Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso". 


 Así se define Javier Cercas camino de Mongolia, acompañando al anciano vicario de Cristo en la Tierra con la esperanza de que el papa Francisco pueda responderle a una pregunta tan simple como imposible: si su madre verá a su padre más allá de la muerte.

El Vaticano propuso a Cercas por sorpresa un regalo que ningún escritor podría rechazar: abrirle sus puertas de par en par para preguntar y escribir con total libertad lo que quisiera, y acompañar al papa Francisco en un viaje a la periferia del mundo.

Cómo decir que no. Cercas se adentró por esas puertas con la curiosidad de un hombre que en la adolescencia perdió la fe pero, sobre todo, con el amor de un hijo que buscaba dar un último consuelo a su anciana y enferma madre.

El resultado, "El loco de Dios en el fin del mundo", es un texto que mezcla la biografía con la crónica de viaje y que él define como una novela policial, "como lo son, en el fondo, todas las novelas que me importan, empezando por El Quijote, porque en todas hay un enigma y alguien que intenta descifrar ese enigma".

El enigma en cuestión no es baladí, ni tampoco el de una novela policial al uso: la resurrección de la carne y la vida eterna, la piedra fundacional del cristianismo.

"Vivimos en un mundo sin Dios", cuenta el autor de "Soldados de Salamina" o "Anatomía de un instante", y eso crea un vacío en el que solo somos capaces de encontrar sustitutos parciales al relato con el que antes la religión daba sentido al mundo.

Javier Cercas habló con BBC Mundo en el marco del Hay Festival de Cartagena de Indias, que se celebra del 29 de enero al 1 de febrero.

Tu libro sobre el papa, el disco de Rosalía… ¿Está la religión de moda?

No lo sé, lo dudo mucho. Es decir, hay determinadas cosas que interesan, como este libro, como el disco de Rosalía, pero no sé si está de moda.

Cada país es distinto y cada circunstancia es distinta. Europa ya no es el centro del cristianismo. El catolicismo era muy potente en América Latina, pero está descendiendo. Ahora el centro del catolicismo está en África, pero, ¿eso significa que está de moda la religión?

Yo he querido, básicamente, preguntarme qué hacemos hoy con la religión cuando, en Europa, en grandísima parte de Occidente, aunque haya creyentes, vivimos en un mundo sin dios.

Eso que ha sido tan importante durante siglos, que ha dotado de sentido al mundo, ahora, ¿qué hacemos con ello?

¿Y qué está ocurriendo en el Vaticano? ¿Y de qué habla la Iglesia? Eso es lo que yo he intentado hacer en este libro.

Habitamos en un mundo en el que ya no existe un relato que intente dar sentido a todo, como hacía la religión. Entonces, ¿con qué te parece a ti que hemos sustituido a la religión?

Nada ha sustituido la religión. Esa es la respuesta. Hay sustitutos parciales.

Nos olvidamos de una cosa, y es que la religión, la idea de dios, había dado por completo sentido al mundo. Esto es tremendo. En la Edad Media se vivía en un mundo ordenado donde dios daba sentido a todo.

Durante siglos y siglos la humanidad ha vivido así y, más o menos desde finales del siglo XIX, cuando Nietzsche escribe ese texto extraordinario donde un loco dice "Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado", a partir de ese momento, ese gran relato se cae.

Y ha habido intentos de sustituir ese relato, de dar una explicación global al mundo, como el marxismo o el psicoanálisis, pero esos intentos no han funcionado.

No hay un relato sustitutorio al relato de dios, al relato de la religión. Justamente, la condición posmoderna, decía (Jean-François) Lyotard, en el año 1979 consiste en eso, ya no tenemos grandes relatos.

Cada uno se busca la vida a su manera. Unos encuentran un sustituto en religiones alternativas; otros en el arte, en la política, en el consumo... Y a veces, mucha gente siente eso, la ausencia de ese gran relato compartido, es decir, la ausencia de dios, la nostalgia del absoluto, como la llama George Steiner.

Creo que eso es visible al final de mi libro, aunque yo no era consciente del todo. De hecho, el protagonista del libro se llama a sí mismo "el loco sin Dios", como el loco de Nietzsche, el loco que echa de menos esa gran explicación global.

Y es posible que mucha gente la eche de menos.

Javier Cercas con unas copias de su libro "El loco de Dios en el fin del mundo".


Javier Cercas con unas copias de su libro "El loco de Dios en el fin del mundo".
 
Y eso produce, como cuentas en el libro, un nudo en la garganta.

Ese nudo en la garganta es el que yo descubrí en la adolescencia cuando perdí a dios, esa angustia. E intenté combatir la angustia, es decir, intenté combatir el vacío que había dejado dios con la literatura.

Por supuesto, era un error, porque la literatura no proporciona certezas ni respuestas, proporciona incertidumbre e inquietud. Pero en la propia búsqueda de una respuesta ya había una respuesta.

O sea, que la literatura, de algún modo, sí me ha servido como sucedáneo, como sustituto, de la religión.

Y mi caso no es excepcional. De hecho, a finales del siglo XIX, grandes escritores, (Gustav) Flaubert, por ejemplo, los grandes padres de la modernidad se han llamado a sí mismos "sacerdotes del arte" y el arte lo han considerado como una especie de sacerdocio.

Hablas también del "constantinismo", la unión de la Iglesia y el Estado. Aunque parece algo que ya habíamos superado, hoy da la impresión de que hubiera una regresión, y vemos a muchas fuerzas políticas que siguen apoyándose en la religión o que la ponen como excusa para sus proyectos políticos.

El constantinismo es la unión del poder y la religión. Eso ha sido catastrófico para la Iglesia. Y la Iglesia católica de hoy, Francisco era un ejemplo, lo combate radicalmente, al menos el Vaticano de Francisco y sin duda el de este hombre (el actual papa, León XIV).

Otra cosa es que otras Iglesias sigan instaladas en el constantinismo.

Y, efectivamente, en Occidente mucha gente, la extrema derecha sobre todo, usa la religión para sus propios proyectos políticos. Eso es letal, eso es catastrófico por un motivo básico, porque el cristianismo no puede estar con el poder, tiene que ser un contrapoder.

Esa es otra de las ideas en las que ahondas en "El loco de Dios"…

Es que se olvida algo elemental. Jesucristo era un tipo peligroso, era un tipo subversivo, era un revolucionario, decía cosas muy peligrosas: "Yo no he venido a traer paz, sino espada", "todos los hombres y todas las mujeres son iguales", decía, en un tiempo en que el mundo estaba dominado por la esclavitud. Hoy todavía es peligroso, revolucionario decir eso.

Jesucristo no era un hombre que andaba pegado al poder y al dinero, todo lo contrario. Era un tipo que andaba por ahí con gente que no tenía dónde caerse muerta, con pobres de solemnidad, con prostitutas, con los descastados de la sociedad.

Eso es el cristianismo de verdad. Lo que nosotros hemos vivido es una perversión del cristianismo. Es un cristianismo constantinista, o sea, pegado al poder, un cristianismo clerical en el cual el clero está por encima de los creyentes, eso es letal también para el cristianismo.

En gran parte, la historia de la Iglesia católica es la historia de la perversión del cristianismo.

Hay una frase de un gran escritor francés, Charles Péguy, revolucionario y místico de principios del siglo XX, que es exactísima. Dice: "Lo más contrario al cristianismo es el espíritu burgués".

Y, sin embargo, lo que nosotros hemos conocido es un cristianismo burgués, un cristianismo de gente de orden.

El papa Francisco en una silla de rueda rodeado de niños mongoles.

El papa Francisco en una silla de rueda rodeado de niños mongoles.

Fuente de la imagen,ANAND TUMURTOGOO/AFP via Getty Images


Pie de foto,
Cercas acompañó al papa Francisco en un viaje a Mongolia en verano de 2023. 

Precisamente tú dices que Francisco era anticlerical. ¿Cuáles son los problemas que trae el clericalismo? ¿Sigue la iglesia siendo clerical, desde tu punto de vista?

Y desde el punto de vista de Francisco, también. Por eso combatió el clericalismo a muerte. Era uno de sus principales enemigos.

El clericalismo es la idea de que el sacerdote está por encima de los fieles. Eso, decía Francisco, es el cáncer de la iglesia. El sacerdote, el clero en general, forma parte de los fieles.

Francisco tenía una imagen que estaba muy bien, era un hombre que tenía imágenes literarias, había sido profesor de Literatura y decía: "El sacerdote tiene que estar al mismo tiempo delante de los fieles para guiarlos, dentro del rebaño de los fieles, porque forma parte de él, y detrás para ayudar a los que no pueden seguir, pero nunca por encima. De ese estar por encima vienen gran parte de los males de la Iglesia".

Esto no lo digo yo, lo decía él.

Sin ir más lejos, los abusos sexuales, que no son más que un abuso de poder. Si tú estás por encima de los demás, puedes tener la tentación de abusar de ellos.

Entonces, en este sentido, sí, claro que hay una parte de la Iglesia que sigue siendo clerical. Pero el clericalismo es letal para la Iglesia, así de fácil. Y por eso Francisco era muy radical en este sentido.

¿Y cómo ves al nuevo papa? ¿Tú crees que es también anticlerical?

Sí, lo es, seguro. Es todavía quizás pronto para decirlo, porque es un hombre muy prudente. Francisco entró como un vendaval, vino a revolucionar las cosas, a armar lío, como decía él, y lo hizo, ya lo creo que lo hizo. Este ha entrado de una manera muchísimo más suave.

Yo creo que la senda es la misma, porque es la que la Iglesia católica ha fijado desde (el concilio) Vaticano II, el retorno al cristianismo de Cristo. Lo que pasa es que algunos papas la han seguido con más énfasis y otros con menos. El que más énfasis ha puesto en eso ha sido Francisco, sin la menor duda.

El nuevo papa sigue la misma senda, pero las formas son completamente distintas y las formas son fundamentales. Desde el primer día se vio que es un papa mucho más clásico, mucho más tradicional, mucho menos disruptivo.

Este viene a calmar las aguas. Viene a unir lo que Francisco separó, porque hay que decir que Francisco dejó una Iglesia bastante dividida, con mucha gente opuesta de manera muy radical a él, dentro de la propia Iglesia.

Bueno, y viene un poco a recoser las cosas. Pero no sabemos todavía. No ha hecho grandes cambios en el Vaticano.

Hay una cosa que sí es verdad, y es que este hombre es, antes que nada, un misionero.

Francisco hablaba de una Iglesia misionera, porque los misioneros son los que mejor encarnan el cristianismo de Cristo, ese cristianismo radical, los que hacen lo que hacían los cristianos primitivos, abandonarlo todo, ambiciones, familia, etcétera, y largarse al fin del mundo.

Eso es lo que hacen los misioneros de mi libro, a 50° bajo cero, van a echar una mano, porque no van a evangelizar como los misioneros antiguos, sino a estar con los pobres de solemnidad, con los que no tienen donde caerse muertos, es decir, con los que estaba Jesucristo.

Este hombre tiene una particularidad y es que es al mismo tiempo misionero y conoce la curia. Esto es lo que lo vuelve más original de todo. No conozco un papa así.

¿Tú cómo creías que iba a ser el Vaticano antes de entrar en él y de que te dieran acceso a tanta gente? ¿Te esperabas lo que te encontraste?

Absolutamente no. Mira, el esfuerzo mayor que yo he hecho para escribir este libro ha sido limpiarme la mirada de prejuicios.

Todo el mundo está lleno de prejuicios contra, a favor, de todo tipo acerca del Vaticano, de la Iglesia católica, del cristianismo, etcétera. Sobre todo en nuestros países de fuerte tradición cristiana, como España o los países latinoamericanos. Todo el mundo cree saberlo todo.

Nada de lo que yo esperaba ha resultado ser como lo esperaba.

Todo es sorprendente, desde el principio del libro -con una propuesta que el Vaticano nunca había hecho, la de abrir las puertas a un escritor y dejarle preguntar y escribir lo que quisiese y acompañar al papa- hasta el final del libro que, si yo fuera creyente, creería que es un pequeño milagro.

Yo bromeo mucho del libro. Como yo creo que el humor es lo más serio que existe, algo que, por cierto, también creía el papa Francisco, el libro es un libro humorístico.

Yo no concibo la literatura, sobre todo la novela, sin humor. Y claro, por supuesto, yo bromeo con el hecho de que yo esperaba encontrarme con, no sé, orgías en la Capilla Sixtina, sacrificios humanos, la Sábana Santa, en fin, todo este tipo de clichés, de leyendas que circulan sobre el Vaticano.

Todos estos misterios son simplemente eso, leyendas, o sea, inventos. Fotocita de Javier Cercas.
 
Fotocita de Javier Cercas.

La fe, dices en el libro, es un superpoder. ¿Qué crees que es más fácil, tener ese superpoder o no tenerlo?

A ver, yo no sé si a ti te ocurre. Yo he pasado de ser ateo a ser agnóstico, porque me ha convencido Hanna Arendt, que dice que "un ateo es un estúpido que cree saber aquello que no se puede saber". Es decir, del mismo modo que es imposible demostrar la existencia de dios, también es imposible demostrar la inexistencia de dios. Por lo tanto, lo más racional es ser agnóstico, ¿no?

Lo que sí es verdad es que, seas ateo o seas agnóstico, yo al menos he sentido a veces envidia de los creyentes de verdad.

De mi madre, por ejemplo, que en realidad es la auténtica protagonista de este libro, y de la cual, digo en algún momento, que si se compara su fe con la del papa Francisco, la del papa era un tanto dubitativa, un tanto frágil. O con la de los misioneros.

Es decir, yo he sentido envidia de la serenidad que da la fe, de la fuerza. Mi madre era capaz de hacer cosas que yo nunca seré capaz de hacer.

El libro intenta ser entretenido, para mí es una novela antes que nada. Pero también se habla de cosas muy serias, como por ejemplo la fe o la relación con la razón.

La fe no es algo voluntario. Tú no puedes decir: "¿Sabes qué? Me interesa. Como la fe me da más fuerza, más energía, como es un superpoder, como, además, nunca se sabe, voy a tener fe". La fe la tienes o no la tienes, no puedes fingirla, como no puedes fingir la felicidad.

Incluso aunque yo quisiera recuperarla, no sabría cómo hacerlo. Por eso yo creo, efectivamente, que Flannery O'Connor, la gran escritora norteamericana, tenía razón cuando decía "es mucho más difícil tener fe que no tener". La fe auténtica.

En el libro, cuando hablas, por ejemplo, de la belleza de la homilía del papa en Mongolia, vemos el poder de seducción de las palabras. ¿Cuánto comparte, en este sentido, la religión y la literatura?

Obviamente, la Biblia es un texto literariamente deslumbrante. Esto es una obviedad. Incluso, aunque no seas religioso, es obvio que la Biblia ha tenido una influencia brutal en la tradición literaria.

En el libro, de todos modos, yo señalo que la Iglesia tiene un problema con el lenguaje.

Por un lado, es un lenguaje viejo, sin interés. Eso es un problema enorme que tiene la Iglesia. Jesucristo era atractivo por sus hechos, por lo que hacía. Incluso Nietzsche dice de él que contra su persona no se puede decir nada malo, porque sus actos son extraordinarios.

Seducía por su actitud, por sus obras, por lo que hacía como persona, como personaje.

Pero también seducía por lo que decía, por su lenguaje, que era completamente nuevo y tan deslumbrante que sus discípulos recogen sus palabras como si fueran oro en los evangelios.

El lenguaje de la Iglesia se ha vuelto viejo, se ha marchitado, se ha vuelto muy poco interesante. Y ahí la Iglesia tiene un problema, pero también porque su lenguaje es a menudo hermético, no es atractivo y nadie lo entiende.

La literatura y la religión estaban íntimamente unidas durante siglos. Y eso ya no es así. La Iglesia tiene un grave problema lingüístico.

El cardenal Robert Prevost, que se convertiría en el papa León XIV, saluda al papa Francisco.


El cardenal Robert Prevost, que se convertiría en el papa León XIV, saluda al papa Francisco.

Fuente de la imagen,Vatican Media via Vatican Pool/Getty Images


Pie de foto,

El papa León XIV, pese a ser muy distinto a Francisco en las formas, sigue la senda reformista de Francisco, según Javier Cercas.

Y no solamente la literatura, también el arte, que ayudaba a llevar a la gente a la religión, como cuando entras en una catedral y te sientes minúsculo en ese espacio dedicado a dios. O cuando escuchaste, como tú cuentas con mucho humor en el libro, una pieza de Bach en el metro de Barcelona y sentiste que el techo del vagón se iba a abrir e iba a aparecer dios para decirte: "¿Con que no existo, eh, mamones? Pues aquí me tenéis, con barba y todo".

Bueno, yo cito a (Emil) Cioran que dice: "Dios no sabe cuántos creyentes le debe a Bach". Y es verdad, tú escuchas el Magnificat y tienes la sensación por un momento de que dios existe. El quinto evangelista, como decían, era Bach, o el primero.

Entonces sí, claro, es que la Iglesia católica ha sido, y esto se olvida por completo, totalmente decisiva en Occidente desde todos los puntos de vista, incluido el literario, el artístico, el político, todos.

A veces me han preguntado cómo un ateo y anticlerical como yo acepta escribir un libro como este. Mi respuesta es otra pregunta: ¿cómo no voy a aceptar escribir un libro como este?

Ninguna institución como la Iglesia católica ha durado tanto tiempo ni ha sido tan decisiva en Occidente, ninguna en el mundo, tal vez. ¿Cómo no voy a aceptar entrar ahí para ver qué es lo que hay y para contarlo?

Una institución que, además, es extrañísima, rarísima. Estamos habituados a ella y nos parece normal, pero no es normal, es lo más raro del mundo.

Basta pensar que en el corazón de esta institución está una cosa llamada la resurrección de la carne y la vida eterna. Es algo absolutamente increíble y que eso ha persuadido, seducido a millones y millones y millones de personas. Algunas inteligentísimas, a los hombres más inteligentes de la historia.

Entonces, es algo extraordinario. ¿Cómo no voy a entrar ahí a ver todo eso?

Tú llegas a la conclusión de que lo extraordinario no es el papa, sino la Iglesia, que 2.000 años después sigue estando ahí, cuando han caído imperios y reinados. ¿Cuál es el superpoder de la Iglesia?

No lo sé. Si yo fuera creyente, creería que es un milagro. Porque no existe nada semejante.

Hay algo muy poderoso en el cristianismo. Cristo era un revolucionario social, pero también era un revolucionario metafísico. Cristo no solo se rebeló socialmente, se rebeló metafísicamente, se rebeló contra la muerte.

En el corazón del cristianismo hay eso, la rebelión contra la muerte. Y a mí eso me resulta muy simpático, porque la muerte me da asco, no me gusta nada. Absolutamente nada, no quiero morirme. Y el cristianismo lo que dice es: "No te vas a morir". Hay una promesa tremenda.

Y esa rebelión tiene una potencia enorme, porque Spinoza escribió: "Todo ser quiere persistir en su ser". Eso es lo que define a los seres humanos. Queremos seguir siendo, y el cristianismo ofrece una vía para ese querer seguir existiendo, que es la resurrección de la carne y la vida eterna. En definitiva, ofrece esa rebelión. De eso trata este libro.

Javier Cercas

Javier Cercas

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,


La literatura, como la religión, es una forma de trascendencia, dice Cercas. 

Tu madre está en el centro del libro. ¿Cuánto mueve el amor filial?

A mí, cuando me hacen la propuesta de escribir este libro, lo primero que pienso es en mi madre.

Mi madre era una mujer profundamente creyente, seriamente católica, y cuando mi padre murió, ella decía que iba a verlo después de la muerte. Llevaban juntos toda la vida, más de 50 años.

Y eso no lo decía porque fuera una idea suya, sino porque eso está en el corazón mismo del cristianismo. Asombrosamente, muchos cristianos parecen haberlo olvidado, pero es exactamente así.

Este libro trata de un loco sin dios -yo, educado en la fe, que ha perdido la fe- que va en busca del loco de dios, es decir, Francisco (el primer papa que se llamó a sí mismo como Francisco de Asís, que se llamaba a sí mismo el loco de dios), incluso hasta el fin del mundo, es decir, Mongolia, para hacerle la pregunta.

Una pregunta elemental y a la vez fundamental, la pregunta central del cristianismo y uno de los enigmas centrales de nuestra civilización: ¿mi madre va a ver a mi padre después de la muerte? ¿Sí o no?

En este libro, el protagonista aparente es el papa Francisco, pero la protagonista real es mi madre, como en "Anatomía de un instante" era mi padre.

Pero tú tienes toda la razón. No hay nadie que haya influido tanto en mí como mis padres. Esto es un hecho. Y, de algún modo, hablar de ellos es hablar de uno mismo. Investigarlos es investigarte. Y al investigarme, investigo lo que somos los seres humanos. Eso es lo que hace la literatura, finalmente.

¿Tú crees que Francisco está ahora charlando con tu madre?

Es que yo no soy creyente. Ese es el problema que tengo. Además, la resurrección de la carne y la vida eterna no significa que tú y yo nos vamos a encontrar, como estamos ahora y podemos seguir hablando por Zoom. No creo que en el cielo haya Zoom. Significa otras cosas, significa la trascendencia.

Pero hay muchas formas de trascendencia.

Por ejemplo, hay una ley que dice, "la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma". Y esto no es una ley religiosa, es una ley física.

Entonces, ahora que mis padres están muertos, los dos, yo sé que mis padres están conmigo, que yo soy mis padres, porque sus carnes se han transformado en mi carne, porque sus células se han transformado en mis células. Y esto no es una imaginación, es un hecho constatable. Y eso es una forma de trascendencia ya.

(Miguel de) Unamuno decía: "La inmortalidad son los hijos". Entonces algo de eso hay. Mis padres de algún modo siguen viviendo en mí. Y yo, cuando me miro al espejo, veo a mi padre. Y cuando digo determinadas cosas, veo a mi madre, u oigo a mi madre.

Pero bueno, la literatura busca una forma de trascendencia. Cada vez que abrimos una página de Cervantes y la leemos, de algún modo Cervantes está con nosotros, y ya hace muchos siglos que murió.

Lo que los seres humanos no queremos es morirnos. Yo no quiero morirme y no creo a esa gente que dice que, bueno, llegado el momento yo lo aceptaré. A mí no me gusta.

Me tocará aceptarlo, qué remedio, pero yo preferiría seguir charlando aquí. Me divierte más que desaparecer para siempre. Me parece horrible, me parece injusto, me parece idiota, no me gusta.




miércoles, 27 de julio de 2022

_- Guerra Civil, la prueba de fuego de Unamuno, Azaña y Ortega


_- El historiador Raimundo Cuesta, Premio Nacional a la Innovación Educativa, acaba de presentar en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca su obra “Unamuno, Azaña y Ortega, Tres luciérnagas en el ruedo ibérico” tras décadas de estudio e investigación centradas en lo que Nietzsche denomina (en su ensayo las Tres Caras de Clío) la Historia Crítica, es decir, aquella que trata de ajustar cuentas con el pasado y poner cada cosa en su lugar.

Nuestro autor, cofundador de las plataformas Cronos y Fedicaria, así como de la revista ConCiencia Social, nos sitúa “a las tres lumbreras” entre la espada y la pared, en una España desgarrada por los Hunos y los Otros, en la que al final se impone la dictadura que arroja a Azaña al exilio, destruye interiormente a Unamuno y deja a Ortega “una salida olímpica, más allá del bien y del mal”.

En la presentación, que tuvo lugar el pasado 28 de junio, Cuesta dio una lección magistral, (acompañado por los historiadores Jesús Baigorri y María José Turrión) sobre ”la travesía, en el Mare Procelosum, de esos tres náufragos en 1936”.

”La Guerra Civil selló el destino aciago de las tres luciérnagas, por causas diferentes y destinos contrarios, cuando la República soñada por cada uno de ellos iba a traspasar las puertas del cementerio”, subrayó Cuesta (de origen vasco y cántabro) considerado uno de los historiadores españoles más importantes del siglo XXI.

Al referirse a Ortega, por quien mostró “cierta antipatía”, (aunque reconoció su gran legado, de resonancia internacional señaló, en una sala repleta de público, que el filósofo madrileño defendía “una sofocracia” (un Gobierno de sabios) de vetustas resonancias platónicas” y que observaba con desprecio una hipotética “rebelión de las masas” que podría propagar “la peste revolucionaria”.

Ortega llegó a proponer -señaló Cuesta- “un partido nacional por encima de las izquierdas y las derechas”, algo así como una utópica asociación transversal para superar “las amenazas del comunismo y el fascismo”.

Respecto a Unamuno, a quien se acerca con gran simpatía y perdonando “sus dudas iniciales con el golpe de Estado”, le absuelve con contundencia y argumentos de peso.

“Unamuno fue la proa de la generación del 98 (…) Tras su destierro por oponerse a la dictadura militar de Primo de Rivera, se convierte en un héroe de multitudes y en el refulgente símbolo de la República soñada cuando regresa a su tierra en 1930”, recalcó Cuesta.

Para el historiador afincado en Salamanca “las tres luciérnagas representan otros tantos arquetipos de intelectual profético (Unamuno), político (Azaña) y olímpico (Ortega).

Azaña, el más sosegado e introvertido -dijo Cuesta- se mostró poseído “por una suerte de hundimiento durante la Guerra Civil”.

Para entender la cosa sumariamente sobre el rector y el filósofo madrileño -matizó- “Unamuno fue el Sócrates, y Ortega el Platón de nuestra tradición filosófica” (Salcedo, 1956, “Unamuno y Ortega, diálogo entre dos españoles”. Cuaderno de la Cátedra Miguel de Unamuno, 7, p.108).

Raimundo asimismo arremetió contra la idea de encorsetar a dicha troika “en el saco de las tres Españas”.

“Tras las promesas de la generación del 14 (…) Los tres, con distinto ritmo e intensidad, rompen las amarras con la monarquía y acaban apostando por la República”, enfatizó Cuesta.

Cuesta, que no olvida en ningún momento “la paupérrima situación en la que se encontraba España” (lo que tallaba de diferente forma a las tres luciérnagas) subrayó que “en ese mundo de incertidumbres Azaña, máximo exponente de la República, abogó por una revolución pacífica mediante una alianza entre las clases ilustradas y los trabajadores de orientación socialista”.

Eso chocaba -añadió- con el Gobierno de una “aristocracia intelectual” de Ortega.

Por su parte Unamuno, que “incluso dijo sí al Estatuto de Cataluña de 1932, a pesar de su fuerte oposición” y se mantuvo un “lapso de tiempo” como “filósofo de la duda”, poco antes de fallecer dejó, con claridad meridiana, su “testamento político”.

Poco antes de su muerte natural, el último día del año 36, -recalcó Cuesta- “emborronó unas cuantas cuartillas en las que lamentó su engaño al haber percibido en la sublevación militar una acción encaminada a la defensa de la civilización occidental y no la trastienda, como en ese momento alcanza a ver, de una militarada que abrió un movimiento de ´odio a la inteligencia, la envidia, el resentimiento, el complejo de inferioridad (…)”.

“Esta guerra civil, no es civil. Es un ejército de mercenarios-la legión y los regulares, no el pueblo” (citado por F. Blanco Prieto. Unamuno. Profesor y rector de la Universidad de Salamanca, Salamanca, 2011, pa. 546).

Cuesta elogió a Azaña, quien sufrió, quizás, “un naufragio más duro que Unamuno”.

“Se mantuvo hasta 1939 al frente de la II República, es decir, su compromiso con el régimen nacido en 1931 llegó prácticamente hasta el final. Ello le costó el oneroso tributo de morir en el exilio el 3 de noviembre de 1940 en la localidad francesa de Montauban, únicamente arropado por su mujer, el séquito de fieles amigos y la solidaria ayuda material de la Embajada de México”, recordó Cuesta.

En su exhaustivo ensayo -de más de 500 páginas- Raimundo analiza de forma profunda y pormenorizada la Historia y la Intrahistoria de la vieja España, así como su mutilación física y espiritual, en línea con su pensamiento, reflejado en gran parte de su obra, de que “el franquismo y sus secuaces practicaron una cirugía de cuerpos y almas”, cuyas secuelas seguimos padeciendo en la España actual, en la cual sigue brillando “la patina del fascismo”.

Esta es la web de Raimundo Cuesta: Cronos

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


https://rebelion.org/guerra-civil-la-prueba-de-fuego-de-unamuno-azana-y-ortega/

sábado, 28 de septiembre de 2019

Lo que Unamuno nunca le dijo a Millán Astray

Unamuno, con barba, saliendo del Paraninfo de la Universidad de Salamanca tras el enfrentamiento con Millán Astray, el 12 de octubre de 1936.


“Este es el templo de la inteligencia y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Según la historia que varias generaciones de españoles han aprendido, así terminó Miguel de Unamuno su interpelación al general José Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Así se redimió el intelectual vasco de su apoyo a los golpistas, y así se convirtió en símbolo de la democracia contra la dictadura, la civilización contra la barbarie y el bien contra el mal. Cómo no emocionarse ante el sabio anciano encarándose contra la bestialidad del general mutilado. Sus palabras son parte de la mitología española, un evangelio de valentía cívica ante el que solo cabe aplaudir con reverencia.

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Tal vez los más perspicaces han supuesto siempre que aquel discurso estaba embellecido y retocado para la posteridad. Ha habido biógrafos de Unamuno, como el matrimonio Rabaté, Colette y Jean-Claude, autores de una monografía monumental y canónica, que ya señalaron que el relato de los sucesos del paraninfo se tomaba “muchas libertades” y obedecía “a una voluntad de dramatizar los hechos con todos los ingredientes indispensables para su teatralización”. Los Rabaté identificaron al autor de esta versión popular, quitándole mucho crédito. Ahora, el historiador Severiano Delgado, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, ha reconstruido paso a paso cómo se formó esta leyenda y ha dibujado una escena plausible de lo que realmente pudo suceder aquella mañana, basándose en los testimonios de quienes lo presenciaron.

Es imposible reconstruir las palabras de Unamuno porque, aunque el acto se retransmitió por la radio, el rector habló sin micrófono y no se registró su intervención, pero Delgado cree que se pueden acotar los temas que abordó y el tono en que los expuso a partir de tres testimonios presenciales publicados: el de Eugenio Vegas Latapié, dirigente de Renovación Española; el de José Pérez-López Villamil, psiquiatra de Millán Astray, y el de Esteban Madruga, vicerrector (este último, recogido por Emilio Salcedo, el primer biógrafo de Unamuno). Todos se alejan del relato inventado de Luis Portillo.

Estos testimonios permiten a Delgado afirmar que ni Millán Astray gritó “¡muera la inteligencia!” ni Unamuno le interpeló con prosodia y dignidad: “Fue un acto brutalmente banal, donde se dieron cuatro voces y se despidieron a la salida, un tumulto habitual en discursos y charlas de los años treinta, donde la gente se exaltaba con facilidad. Se ha exagerado muchísimo el dramatismo de lo que sucedió allí”, cuenta. Una posible prueba de que Unamuno no lo vivió como algo trascendente fue que, al terminar, siguió su rutina diaria y apareció por el casino para tomar café después de comer, como siempre. “Allí, algunos contertulios le insultaron y abuchearon —relata el historiador—, produciéndose una situación muy tirante, hasta que su hijo Rafael, avisado telefónicamente por alguien, se presentó en el casino para proteger a su padre y llevarlo a casa. En esos momentos es cuando, probablemente, Unamuno se dio cuenta de que el incidente del paraninfo había tenido más repercusión de la que él pensaba”.

“MUERA LA INTELECTUALIDAD TRAIDORA”

Basándose en los pocos testigos del acto que escribieron su testimonio, Severiano Delgado ha reconstruido aquel 12 de octubre de 1936. Fue una mención de Unamuno a José Rizal, héroe de la independencia de Filipinas, lo que provocó la ira de Millán Astray, que era veterano de aquella guerra y no soportaba que se citase como ejemplo de hispanidad a quien consideraba un enemigo. “¡Muera la intelectualidad traidora!” fue lo que gritó, según Delgado, a lo que siguió un tumulto de voces entre las que destacó la del profesor Ramón Bermejo, que dijo: “Aquí estamos en la casa de la inteligencia”. Millán Astray zanjó el barullo ordenando a Unamuno que acompañara a la mujer de Franco, Carmen Polo, a la salida. No hubo réplica ni solemnidad, tampoco armas encañonando al rector. La reunión se disolvió entre gritos y fanfarronadas.

https://elpais.com/cultura/2018/05/07/actualidad/1525711624_377047.html?rel=lom

domingo, 24 de julio de 2016

INVENTEMOS NOSOTROS

A los españoles no se nos ha dado muy bien la ciencia, pero en los últimos años los científicos parecen haberse puesto en pie de guerra divulgativa.

ES COSA SABIDA que a los españoles nunca se nos ha dado muy bien la ciencia. Quizá nuestro temperamento tienda más a lo emotivo y virulento y se avenga mal con la rigurosa racionalidad del método científico; pero yo creo que sobre todo es una cuestión de historia, de circunstancias. Y, en concreto, de la (mala) influencia de la Iglesia católica, que controló durante muchos años las universidades españolas. En el siglo XVIII, el pobre padre Feijoo, y digo pobre por su inmensa soledad de ilustrado en mitad de la burricie, se quejaba en sus Cartas eruditas del abandono de los estudios de física, matemáticas y ciencias naturales, cosas que él atribuía a “la preocupación que reina en España contra toda novedad”, porque se temía que causaran perjuicio a la religión. Y Gerald Brenan decía en El laberinto español: “En 1773, la Universidad de Salamanca ignoraba aún a Descartes, Gassendi y Newton, y en sus cursos de teología se debatían cuestiones tales como el lenguaje en que hablaban los ángeles y si el cielo estaba hecho de metal de campanas o de una mezcla de vino y agua. En la generación anterior, la misma universidad se había negado a establecer una cátedra de matemáticas propuesta por Felipe V y, uno de sus profesores, el jesuita padre Rivera, declaraba que la ciencia era completamente inútil y que sus libros debían ser mirados como obra del demonio”.

O sea que, medio siglo después de la muerte de Newton, mientras Europa se lanzaba al futuro, nosotros nos dedicábamos a cultivar la irracionalidad y el primitivismo. De aquellos polvos han venido unos lodos muy espesos, es decir, un arraigado acientifismo del que incluso hacemos gala. Recordemos que alguien de la talla de Unamuno llegó a repetir varias veces esa frase oprobiosa del “¡Que inventen ellos!”, alardeando de nuestro misticismo frente a la tecnología de los extranjeros. No es de extrañar que muchos supuestos intelectuales sigan despreciando hoy en día la ciencia con desdén de ignorantes; he participado en más de una mesa redonda con escritores que alardeaban de no saber de números “y de esas cosas”, como si el analfabetismo científico fuera una prueba irrefutable de su excelencia poética.

Y si los literatos dicen eso, ¿cómo no va a dar la espalda a la ciencia el ciudadano medio? La Fundación BBVA publicó en 2012 un estudio internacional sobre el conocimiento científico en el que se comparaban 11 países, 10 europeos, entre ellos España, y Estados Unidos. El 46% de los españoles no fueron capaces de nombrar a un solo científico de cualquier época o nacionalidad. Ni siquiera a Einstein, que es tan famoso como un rockero. Como es natural, quedamos los últimos. La ciencia, en fin, nunca ha sido una prioridad en España. Nuestro presupuesto para I+D siempre ha estado muy por debajo de la media europea. Nuestros jóvenes científicos emigran y los investigadores están tan desesperados que a veces tienen que recurrir a medidas extremas, como esa genetista del CSIC, María Luisa Botella, que en 2013 se presentó a un concurso de televisión para sacar fondos con los que contratar un ayudante. Consiguió 15.000 euros. Sería de chiste si no fuera de pena.

Pero también hay buenas noticias. En los últimos años los científicos españoles parecen haberse puesto en pie de guerra divulgativa. Quiero decir que hay un movimiento social claro para tender puentes entre las ciencias y las humanidades, para lograr que la sociedad española vaya siendo menos bruta. Y así, está la Big Van Theory (la teoría de la gran furgoneta), que son un grupo de locos estupendos que van por los teatros haciendo divertidísimos monólogos científicos. O está la revista Paradigma de la Universidad de Málaga, que se dedica a unir literatura y ciencia. O iniciativas tan maravillosas como la del Instituto de Astrofísica de Canarias, que este verano va a invitar a varios escritores a visitar el Instituto y los Observatorios del Teide y del Roque para que escriban después un relato relacionado con la astronomía. Son sólo tres ejemplos dentro de un tumulto de iniciativas semejantes. Se diría que algo está cambiando de verdad en nuestra sociedad. Es el momento de que inventemos nosotros.

http://elpaissemanal.elpais.com/columna/inventemos-nosotros/

sábado, 14 de mayo de 2016

Manuel Arroyo Stephens: Franco acabó con el espíritu crítico español”. Ha publicado en español 'Contra los franceses. Libelo', que apareció en francés hace 40 años. Escritor, editor, su sarcasmo es suculento.

Un libelo en tiempos del tuit? Era la única forma que encontré de decir algunos disparates.

¿Y por qué tuvo esa necesidad? Por un rechazo hacia parte de la cultura francesa dominante desde la segunda Guerra Mundial que ha influido en España y en América Latina. Francia es uno de los cuatro pilares de la cultura europea… Y sin embargo lo que definió la imagen de Francia fue lo peor de la cultura francesa, la que se había desarrollado en el siglo XX a partir de la adopción de la charlatanería de Heidegger.

Esa cultura cae sobre su mazo en el libelo… No; es una caricatura de la cultura francesa que ha triunfado aquí. En España se lee todavía mucho a los charlatanes de la posguerra, como Althusser, Lacan... Para mí son charlatanes. En vez de aprender de Francia lo mejor de sus humanidades, en España y en América Latina ha triunfado esa parte nefasta.

¿Y para cuándo un libro a favor de los franceses? ¡Podría hacer otro contralibelo escribiendo sobre los autores que me fascinan! Flaubert, Pascal, Montaigne, Proust, los pintores del XVIII y XIX... Desde que muere Quevedo no hay poesía en España, hasta Rubén. Esas oleadas suceden, y así pasa en Francia. El milagro es que haya algo bueno, lo normal es que no haya nada.

¿Qué ha pasado para que un país que parecía rejuvenecer después de Franco vive esa sensación de nada? Franco mató la inteligencia española, el espíritu crítico, consiguió dotarnos de una mentalidad de cuartel y sacristía, como denunció Unamuno. De esa mentalidad es muy difícil librarse… El canon de la posguerra lo marcó Cela: una vuelta al casticismo más rancio, en contraste con Chaves Nogales, al que ahora se redescubre. ¡A Lorca lo asesinan con 38 años! Para mi es el símbolo de cómo se mató a esa España que había renacido desde Rubén.

Hay otra matanza previa, la retrata Goya y usted la saca en su libro como si se fusilara el 2 de mayo a la pintura francesa… Lo que se fusila es al liberalismo español, al pensamiento crítico español, a la libertad de pensamiento, una labor que había empezado en el siglo XVI la Santa Inquisición y que fue constante e implacable durante siglos.

¿Eso se ha impregnado en nuestra mentalidad? Eso crea una mentalidad. La veo en las actitudes que tienen los españoles ante casi todo. Es asombroso que los votantes españoles voten siempre a los chulos y a los corruptos. Es parte de la mentalidad del franquismo porque la gente lo único que quiere es seguridad, una seguridad frágil, falsa. No lo entiendo.

¿Qué le produce esta situación? Rabia y tristeza. Me produce rabia por lo que hemos vivido desde la Transición, esa trampa: hemos creado un Estado inviable, carísimo y muy corrupto. No se ha perdido una década, se ha perdido un siglo.

Dice que Francia tiene cosas que le encantan. ¿Entonces por qué un libelo? En el fondo era un sarcasmo sobre el complejo de inferioridad de los españoles. Es un complejo con causa, pero ese sarcasmo no lo ha visto casi nadie, quizá por mi culpa.

¿Cuál es la causa del complejo? La historia de España en los últimos cuatro siglos. Felipe II hizo todo mal y le salió todo mal. ¿Por qué en España fray Luis fue a la cárcel o asesinaron a Lorca? Porque había una mentalidad envidiosa, de odio a la inteligencia. El grito más expresivo de la cultura española sigue siendo el de Millán Astray: “¡Muera la inteligencia!”

¿Siente que ha sido injusto con Francia? Claro que he sido injusto con Francia. ¿Cómo no va a ser injusto un libelo?... Claro que admiro a Francia, ¡cómo no voy a admirarla! Una cosa es que sea libelista y otra que sea idiota.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/04/29/actualidad/1461921889_336707.html