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sábado, 4 de julio de 2026

"El romance de Genji", la primera novela del mundo escrita hace más de mil años (y el misterio sobre su autora)


Murasaki Shikibu escribiendo la Historia de Genji en el templo de Ishiyama.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Murasaki Shikibu escribiendo "El romance de Genji" en el templo de Ishiyama.

¿Recuerdas esos cuentos que empezaban diciendo: "Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en un reino lejano..."? Pues este es uno de ellos, sólo que no es un cuento. 

 Sucedió hace unos mil años y ese lugar lejano era Japón, remoto incluso para sus vecinos pues, en el año 894, se aisló del resto del mundo.

En ese entonces, las culturas de todo el mundo intercambiaban bienes y difundían nuevas ideas y creencias. Japón lo había hecho durante los dos siglos anteriores, especialmente con China, pero ese año optó por interrumpir todo contacto con el mundo exterior.

La isla se retrajo en sí misma durante varios siglos, y desarrolló su propia cultura.

Dentro de esa burbuja había otra burbuja: la corte de Kioto del período Heian (794 a 1185), donde cada aspecto de la vida se fue refinando sin cesar en pos de un placer cada vez más sofisticado.

"Una característica distintiva de la cultura japonesa medieval es su extrema estetización, que convertía la belleza en una especie de culto, abarcando todo en la vida cotidiana, no solo objetos como espejos, palillos o lo que fuera, sino la vida misma", le dijo a la BBC el novelista y experto en cultura japonesa, Ian Buruma.

Como cualquier sociedad aristocrática, la corte de Kioto estaba altamente ritualizada, "pero posiblemente la aristocracia del período Heian fue más allá que cualquier otra cultura, anterior o posterior".

"La gente se comunicaba escribiendo poesía y organizaban concursos de oler incienso; eran expertos en todo tipo de actividad estética, incluyendo las relaciones entre hombres y mujeres".

Y esas mujeres desempeñaron un papel cultural clave.

Aunque el idioma chino clásico siguió siendo en gran parte patrimonio de los hombres, sirviendo como lengua del gobierno, las mujeres de la corte fueron pioneras en el uso de un sistema silábico para escribir japonés, conocido como hiragana o, en su época, 'onnade', que significa 'mano de mujer'.

Al escribir en el lenguaje vernáculo y cotidiano, las mujeres podían expresarse muy elocuentemente, y así produjeron diarios literarios y obras que cautivarían a generaciones posteriores de japoneses.

Página con dibujo y otra con escritura. Fuente de la imagen, Getty Images Pie de foto,

Páginas de "El romance de Genji" impresas en Japón, alrededor de 1620.

Gracias a ellas, conocemos exquisitos detalles de la vida en ese mundo hermético de la corte de Heian.

Y una de esas cortesanas escribió una obra maestra: Genji Monogatari (que suele traducirse como "El romance de Genji"), que data de principios del siglo XI y relata las hazañas de un príncipe llamado Hikaru Genji o Genji el Resplandeciente.

«Desde que Genji era niño, su extraordinaria belleza asombraba a todos los que lo veían.

»Se temía que, al crecer hasta la edad adulta, esa belleza se vería afectada. Al contrario. Estaba más guapo que nunca.

»Si te hablara de sus maravillosos encantos y logros, probablemente pensarías que soy inusualmente prejuiciosa a su favor.

»Sin embargo, a todos les parecía que no había arte ni pasatiempo en el que no mostrara la misma maravillosa destreza.»

La dama que creó al príncipe

El nombre real de la autora de "El romance de Genji" se desconoce pues, en esa corte japonesa de hace mil años, no se consideraba de buena educación dirigirse a las personas por su nombre, y el de las hijas no era habitualmente registrado.

Por ello, pasó a la historia con el apelativo Murasaki Shikibu.

Se sabe, sin embargo, que nació alrededor del año 973 en la capital imperial, Kioto, en una familia culta y aristocrática pero de rama menor.

Por ser niña, no recibió una educación formal, más bien la escuchó de lejos.

Su hermano estudiaba para una carrera al servicio de la corte imperial, lo que significaba sumergirse en clásicos chinos de historia y literatura, junto a textos budistas y obras japonesas.

Un método de estudio popular era leer en voz alta, y su curiosa e inteligente hermana escuchó con atención, cuenta en el programa radial The Essay de la BBC el historiador cultural Christopher Harding.

Murasaki contó que cuando su padre se dio cuenta de cuánto conocimiento había absorbido, lamentó que no fuera hombre.

El Príncipe Genji y una dama, mientras que la luna llena se refleja en los campos de arroz. Fuente de la imagen, Getty Images Pie de foto,

El príncipe Genji y una dama, mientras que la luna llena se refleja en los campos de arroz.

Aunque aprendió mucho más de lo que solía ser normal para una mujer, Murasaki quizá nunca habría empezado a escribir de no ser por la pronta muerte de su marido cuando ella aún no tenía ni 30 años.

Más tarde recordaría que la invadió el miedo de que su vida a partir de entonces sería poco más que soledad y aburrimiento.

"Existía día a día apáticamente, fijándome en las flores, en los pájaros, en el canto, en cómo cambian los cielos de estación en estación, en la Luna, en la escarcha y la nieve, haciendo poco más que registrar el paso del tiempo", escribiría en su diario.

"La idea de mi soledad continua era insoportable".

Fue por esa época que comenzó a escribir sobre la vida y los amores del apuesto, cortés, generoso y sofisticado Genji, algo que seguiría haciendo durante una década.

Se cree que cuando le pasó los primeros capítulos a amigos para que los comentaran, y estos circularon en la corte, llamaron la atención de la alta sociedad.

Cualesquiera que fueran las circunstancias exactas, en 1005 o 1006, Murasaki fue llamada al servicio como dama de compañía de la joven emperatriz Fujiwara no Shōshi o Akiko (nombre imperial).

El llamado le permitió dar rienda suelta a su talento al situarla en una posición privilegiada para observar la intimidad de la vida imperial y aristocrática, convirtiéndola en una comentarista de valor incalculable.

En esa sociedad bendecida con un nivel casi imposible de sofisticación, en su poesía, pasatiempos, vestimenta y comportamiento general, Murasaki era una de esas cronistas capaces de exprimir hasta el último delicioso detalle de los defectos personales y los traspiés sociales de quienes la habitaban.

Leer sus relatos sobre la vida en la corte imperial, "es asombrarse por su sofisticación" y, al mismo tiempo, sentirse cómodo allí, "gracias a la humanidad que se refleja", comenta Harding, autor de "The Japanese: A History in Twenty Lives" ('Los japoneses: una historia en veinte vidas').

Sobre ella misma, hacia el final de su diario, Murasaki escribió:

«Cada uno de nosotros es muy distinto. Algunos son seguros de sí mismos, abiertos y francos. Otros nacen pesimistas, incapaces de hallar diversión en nada.

»Yo vacilo incluso ante aquellas cosas que debería poder hacer con plena libertad, tan solo por sentir sobre mí la mirada inquisitiva de los sirvientes.

»Y cuánto más en la corte, donde tantas cosas desearía decir y, sin embargo, nadie podría comprenderlas.

»De modo que todo lo que los demás alcanzan a ver de mí no es más que una fachada.»

El príncipe de la dama

El príncipe Genji en una terraza con dos mujeres.Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

El príncipe Genji en una terraza con dos mujeres (1847 - 1850).

"El romance de Genji" empieza relatando una historia profundamente triste.

"En cierto reinado había una dama de rango no muy elevado a la que el Emperador amaba más que a ninguna otra.

"Las grandes damas más encumbradas, que siempre se habían considerado con derecho exclusivo al alto lugar que ocupaban, la veían como una advenediza presuntuosa, y las de menor rango le guardaban un resentimiento aún mayor".

A pesar del amor del emperador, la carga del rencor de las otras mujeres a disposición del regente, quienes la acosan sin tregua, la enferma hasta morir, no sin antes dar a luz al resplandeciente Genji.

Lo que sigue es una trama en la que el héroe busca el amor y la felicidad, goza de popularidad en la corte y de una serie de encuentros amorosos, detenta poder, lo pierde y lo recupera, y sorprendentemente muere antes de que termine la saga.

La obra es episódica, a la manera de las novelas publicadas en forma de folletín, abarca casi 100 años, involucra a más de 400 personajes y se compone de 54 libros o episodios.

Escrita hace más de mil años y con una extensión de más de mil páginas, es uno de esos clásicos que muchos conocen pero no tantos han leído.

Sin embargo, eso no quiere decir que no haya y siga estando presente en Japón.

Aunque Murasaki sabía chino, el idioma de los eruditos, como solía ser el latín en Europa, ella escribió en japonés, y en prosa, que en esa época era denigrada: la ficción no era un género admirado.

No obstante, la monumental obra es magistral y, entretejidos en el texto, hay 795 waka -poemas de 31 sílabas- escritos por personajes para enviárselos a otros personajes, así que era difícil pasarla por alto.

Biombo y utensilios para la Ceremonia del Incienso.Fuente de la imagen,Getty Images Pie de foto,

Biombo y utensilios para la Ceremonia del Incienso. (Kubo Shunman,1757-1820).

Pocas décadas después de escrita ya era considerada como un clásico en Japón.

En Occidente, su autora será reverenciada como Homero y William Shakespeare.

Las publicaciones académicas antiguas y modernas sobre Genji no dejan de aparecer, así como traducciones al japonés moderno.

Su popularidad ha inspirado pinturas, películas, obras de teatro, danza, musicales y óperas, y ha sido base de novelas modernas y hasta comics manga.

Un largo viaje

Genji tardó mil años en llegar a Occidente, pero pocos días en encantar: la pionera traducción del británico Arthur Waley, publicada en 1925, cautivó inmediatamente a la novelista Virginia Woolf, como expresó en un ensayo publicado ese mismo año en la revista Vogue.

Le maravilló el contraste de lo que se solía escribir en la misma época en Inglaterra y las exquisitas frases de Murasaki:

«Ha llegado el verano; / ¡canta fuerte, cuco!" (poema medieval inglés);

»Entre las hojas se alzaban flores blancas, con pétalos a medio abrir, como los labios de quienes sonríen ante sus propios pensamientos» (Genji).

Y hay mucho más que deleita a Woolf, cuya pluma destila admiración por la magistral obra japonesa.

No obstante, declara que Murasaki no está "al nivel de Tolstói, Cervantes ni de los demás grandes narradores del mundo occidental".

Para Woolf, "se ha eliminado cierto elemento de horror, de terror, de sordidez", de manera que "lo tosco resulta imposible y lo grosero, impensable", y eso le resta vigor y riqueza.

Quién sabe si su opinión habría sido la misma tras leer toda la obra: cuando escribió el ensayo sólo había terminado el primero de los seis volúmenes de la traducción de Waley.

En ellos, "se escondía una trama de venganza digna de Balzac", apuntó el destacado ensayista Louis Menand en la revista The New Yorker.

Con el tiempo, otros que sí la leyeron completa se fueron dando cuenta de que se les estaba desorganizando el mundo, literalmente.

Por mucho tiempo se consideró que la historia de la novela como género empezaba en el siglo XVIII, cuando había llegado para reflejar la modernidad.

La novela narraba la vida cotidiana en lenguaje cotidiano, y en su corazón estaba la psicología individual y la interacción social.

Genji, a pesar de haber sido escrita en una sociedad feudal, religiosa y rígidamente estratificada, cumplía con esos y otros atributos.

Aunque su escenario era una corte imperial, narraba la vida cotidiana en la lengua vernácula.

Sus temas eran los de la tradición novelística: matrimonio y traición, venganza y la frenética pero elaboradamente enmascarada competencia por el estatus.

"Como cualquier novela del siglo XIX, también es un análisis de una estructura social. Es un libro que Jane Austen o Henry James podrían haber escrito", señala el experto.

Así, esa obra maestra japonesa se convirtió en una universal, y es generalmente considerada como la primera novela de la historia, así como la primera novela psicológica del mundo. 

viernes, 27 de septiembre de 2019

De luna de miel en la Alemania nazi. El libro ‘Viajeros en el Tercer Reich’, de Julie Boyd, recoge testimonios de personas que visitaron el país durante el régimen de Hitler.

Charlie Chaplin en el Museo de Pérgamo durante su visita a Berlín en 1934.
Charlie Chaplin en el Museo de Pérgamo durante su visita a Berlín en 1934.

Aunque hoy parezca increíble, hubo gente que fue de turismo a la Alemania nazi. Y no es que fuera turismo de riesgo: no se trataba de asistir a quemas de libros, que te dieran una paliza las SA por la calle o que te detuviera un ratito la Gestapo (Qué forma de banalizar y frivolizar lo que sucedía en Alemania).

No, eran vacaciones normales, de relax, gastronomía, visitas culturales, sol y fiesta (y sexo), con atractivos como el festival de Bayreuth y la pasión de Oberammergau. La Alemania de Hitler fue un destino muy solicitado, en Europa y el resto del mundo, especialmente para la luna de miel. Al menos hasta que comenzó la Segunda Guerra Mundial y, ya con los bombardeos aliados —y la invasión rusa ni digamos—, cayó mucho la demanda. Todo tipo de gente (1), de muy diversos países y con diferentes propósitos (ocio, estudios, negocios, diplomacia, periodismo, deporte), visitó en los años treinta el nuevo país levantado por los nazis a base de cemento, rearme, testosterona y esvástica (y no se puede olvidar ni obviar, asesinatos, crímenes, palizas, destrucción de los sindicatos, prohibición de los partidos de izquierda y más tarde de todos, leyes totalitarias, libertades perseguidas, confiscación de todas las propiedades del movimiento obrero, etc.,etc. La barbarie increíble del fascismo nazi en un país culto y "educado" (2), y una buena parte de esos visitantes se llevó incluso, lo que hay que ver (un poco de hipocresía viene bien), una impresión positiva y hasta entusiasta de una sociedad que les pareció estimulantemente activa, moderna y optimista. Otros, por supuesto, quedaron horrorizados. (3), está muy claro que no eran viajeros de todas clases, la clase obrera no podía viajar, por falta de dinero o medios y de vacaciones, luego es evidente que la muestra está sesgada, no era, evidentemente, aleatoria y representativa de "toda" la sociedad).

Miembros de una familia británica de vacaciones, con Hitler en 1935.

Miembros de una familia británica de vacaciones, con Hitler en 1935.

En Viajeros en el Tercer Reich, el auge del fascismo contado por los viajeros que recorrieron la Alemania nazi (Ático de los libros, 2019), la escritora británica Julia Boyd recoge magistralmente, rastreando en las fuentes originales, una abrumadora cantidad de testimonios de personas de muy diferente clase y condición, incluidos un profesor estadounidense negro, un marajá indio, un estudiante chino y personajes tan famosos como Charles Chaplin, Virginia Woolf (con su marido judío Leonard y su mono tití Mitzi), Samuel Beckett, Robert Byron o la aviadora Amy Johnston. También Simenon, que se topó con Hitler en un ascensor de hotel. Los relatos de todos ellos sobre sus estancias en el país, en diarios o cartas, arrojan luz acerca de las mentalidades de la época y la percepción extranjera del régimen de Hitler.

Uno de los testimonios más emotivos y clarificadores del libro es el de una pareja estadounidense en luna de miel a la que una angustiada mujer judía les entregó de sopetón a su hija, una chiquilla con un zapato ortopédico, en la calle en 1936, suplicando que se la llevaran de Alemania. Lo hicieron.

Constantia Rumbold, hija del diplomático británico sir Anthony Rumbold, sintió escalofríos ante la marcha con antorchas en Berlín del 30 de enero de 1933 al grito de “¡Alemania, despierta!”. “Nadie que hubiera sido testigo de cómo había desfilado esa noche el alma de Alemania por las calles podía albergar la menor duda de lo que iba a suceder”, escribió la joven. El escritor de izquierdas francés Daniel Guérin se fijó por esa época en el “éxtasis” con el que las chicas alemanas reaccionaban al pasar una unidad de las tropas de asalto y anotó perspicaz: “Sin las botas, sin el olor a cuero, sin el paso rígido y severo de un guerrero, hoy es imposible conquistar a estas Brunildas”. Particularmente intenso fue el viaje de Bradford Wasserman, un muchacho de 15 años de Virginia que acudió con sus compañeros a una reunión internacional de boy scouts y que era judío.

La escritora británica Julia Boyd en Barcelona.
 La escritora británica Julia Boyd en Barcelona. MASSIMILIANO MINOCRI

Boyd, que ha visitado Barcelona esta semana, destaca la variedad de puntos de vista que arrojan los testimonios y el interés de asomarse así a un período histórico (de la República de Weimar al final de la Primera Guerra Mundial): “Mucha gente se había formado una opinión del país antes de viajar y luego vieron lo que querían ver. Otros cambiaron rápido”. ¿Era fácil percibir el mal en Alemania? “En general no. Alemania era un lugar encantador en muchos aspectos, lo que percibías dependía de las experiencias que tuvieras y también de tu bagaje ideológico. Si simplemente viajabas como turista era fácil que la gente y la propaganda te convencieran de que Hitler estaba haciendo algo bueno por Alemania, sobre todo al inicio del régimen. Luego las cosas se fueron poniendo peor, más claras, con las leyes de Núremberg (el 15 de septiembre de 1935) * o la Noche de los Cristales Rotos (del 9 al 10 de noviembre de 1938). Pero siempre hubo gente que no vio la maldad ni cuando les llevaron de visita a Dachau. Además, en los viajeros de clases altas, como los aristócratas británicos, el miedo al comunismo y el antisemitismo les hacían sentir afinidad con la nueva Alemania”.

La autora explica que una de las cosas que debía decidir un viajero al llegar a Alemania era si iba a hacer o no el saludo nazi. ¿Era peligroso viajar a Alemania? “No para los viajeros corrientes (otra cosa es que fueras periodista), a no ser que toparas con la persona equivocada o criticaras a los nazis en público. Normalmente se recibía muy bien a los viajeros, para convencerte de la bondad del sistema”.

Julia Boyd reflexiona que uno de los atractivos del libro es imaginar qué hubiéramos percibido cada uno de nosotros en la Alemania nazi, qué hubiéramos pensado y cuál habría sido nuestra actitud.

La escritora cita como ejemplar el comportamiento de personas como Arturo Toscanini que, tras dirigir en Bayreuth en 1930 y 1931, se negó a volver a hacerlo en 1933 por la forma en que los nazis trataban a los músicos judíos, y el novelista Thomas Wolfe, que después de su visita en 1936 publicó un artículo en EE UU. denunciando la persecución de los judíos y se despidió de Alemania, a la que amaba profundamente, para no volver. Ahora ya ningún viajero puede visitar el III Reich. Boyd zanja: “Afortunadamente”.

GOEBBELS, EL HOMBRE QUE ODIÓ A CHARLOT
Chaplin salió por piernas de Alemania en 1934. Viajó a Berlín para promocionar Luces de la ciudad pero el odio de Goebbels y la errónea convicción de que era judío impulsaron a los nazis a amenazarle en la calle. Mucho mejor le fue al mayor Francis Yeats-Brown, autor de las célebres memorias Vidas de un lancero de Bengala, llevada al cine como Tres lanceros bengalíes, con Gary Cooper. En una recepción en Núremberg en 1937, Hitler se acercó a saludarle con una sonrisa: la película era una de sus favoritas y había decretado que fuera de visión obligatoria para los SS. Sorprende que en el libro de Julia Boyd no aparezca Patrick Leigh Fermor, que en 1933 atravesó caminando Alemania y dejó sus impresiones en El tiempo de los regalos.“La razón es que perdió sus notas y escribió de memoria muchos años después. Aunque su libro es una maravilla, yo me he querido basar en documentación directa”.
 
Las dos leyes eran la Ley para la Protección de la Sangre Alemana y el Honor Alemán, que prohibía los matrimonios y las relaciones extramatrimoniales entre judíos y alemanes y el empleo de mujeres alemanas menores de 45 años en hogares judíos; y la Ley de Ciudadanía del Reich, que declaraba que sólo aquellos de sangre alemana o relacionada eran elegibles para ser ciudadanos del III Reich. El resto fueron clasificados como sujetos estatales sin ningún derecho de ciudadanía.
https://elpais.com/cultura/2019/09/26/actualidad/1569534585_097014.html