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domingo, 19 de enero de 2020

A Hitler le sentó mal la cerveza

Un relato apasionante del fracasado ‘putsch’ de 1923 y el juicio al líder nazi encabeza las novedades del género, que incluyen libros sobre las cruzadas, las aves, el deseo, el Himalaya o las memorias de Snowden

En estos días tan pendientes de una sentencia la casualidad quiere que uno de los libros más atractivos de la nueva temporada en el género del ensayo sea sobre un juicio. En El juicio de Adolf Hitler (Seix Barral), David King, autor estadounidense con una vigorosa capacidad de inyectar emoción a la historia —en Death in the city of light reconstruyó sensacionalmente la vida del doctor Marcel Peliot, asesino en serie en París bajo la ocupación alemana—, relata el fracasado Putsch de Múnich (o de la cervecería) de 1923, con el que los nazis buscaron un atajo hacia el poder, y el juicio posterior que hubieron de arrostrar el vocinglero excabo y sus compañeros de aventura.

El golpe se inició en la Bürgerbräukeller, famosa cervecería en la que corría la espuma mezclada con la política y los golpes bajos, con Hitler al frente de sus tropas de asalto proclamando una revolución nacional contra los “criminales de noviembre”, el Gobierno de la República de Weimar. King nos lleva al corazón de los acontecimientos, nos describe como si lo viéramos a Hitler estampando su jarra de cerveza contra el suelo, desenfundando su pistola Browning y disparando al aire. “Estaba sudando a mares. Parecía un loco o un borracho, o tal vez ambas cosas”.

Alternando documentación histórica con un relato vertiginoso de los acontecimientos basado en los testimonios, el autor nos sumerge en esa noche abracadabrante del golpe (¡hay que ver cómo la cuenta!), que en algunos de sus episodios recuerda a la atmósfera del 23-F —doy fe—, aunque en el putsch muniqués hubo muertos, veinte, y más de cien heridos. King se acoge a la opinión de que el juicio posterior a Hitler, que sigue en su libro pormenorizadamente y con la misma intensidad periodística, fue el más importante del siglo XX y allanó el camino a su régimen criminal (de una posible sentencia a cadena perpetua por alta traición se libró con cinco años de cárcel de los que cumplió solo nueve meses, que aprovechó para escribir ese best seller del odio que fue Mein Kampf).

El juicio de Adolf Hitler no es el único ensayo que llega sobre el nazismo, un tema que no pasa de moda, tal y como está el patio. En octubre Crítica publicará El Tercer Reich, del prestigioso historiador estadounidense especialista en el tema Thomas Childers, una “nueva obra definitiva” sobre la Alemania nazi, mientras que Ático de los libros propone Normandía 44, el Día D y la batalla por Francia, nueva entrega sobre la Segunda Guerra Mundial de James Holland, otro autor que sabe sacar punta a la historia de la época y que ya nos enganchó a los lectores con las anteriores El auge de Alemania y El contraataque Aliado. Muy interesante también, en la misma editorial, Viajeros en el Tercer Reich, de Julia Boyd, que recoge narraciones, diarios y correspondencia inédita de extranjeros que vivían o viajaban con frecuencia a Alemania entre 1919 y 1945, durante la República de Weimar, el ascenso de los nazis y la guerra, como Isherwood, Auden, Nancy Mitford o Francis Bacon. A destacar asimismo una tan original como útil Historia visual de la Segunda Guerra Mundial (Crítica), una extraordinaria obra de infografía en la que se puede comparar de un vistazo el tamaño de los ejércitos involucrados, o contabilizar las pérdidas de aviones aliados sobre el cielo de Alemania y la producción de esta de cazas nocturnos. Es destacable asimismo la biografía de Churchill (en Crítica), con nueva documentación y una perspectiva integral del personaje (marido y padre cariñoso, deportista (!), pintor, coleccionista de mariposas y “hombre de lágrima fácil”) del historiador militar británico Andrew Roberts, autor de buenísimos libros sobre Napoleón, Waterloo o el Somme.

Pasando a la antigüedad, encontramos títulos de lo más sugerente: República mortal, como cayó Roma en la tiranía, de Edward J. Watts (Galaxia Gutenberg), una panorámica del drama de la marcha de los romanos hacia la autocracia; Una nueva historia del mundo clásico (Crítica), del catedrático británico de la materia y presentador de documentales de arqueología en la BBC Tony Spawforth, que reivindica empeñada y hermosamente la civilización de los griegos y los romanos sin negar, y esta es su gracia, las características inquietantes de ambas sociedades; y La ruta del conocimiento (Taurus), de la historiadora de Oxford Violet Moller, que explica cómo se salvaron los saberes del mundo clásico tras la destrucción provocada después del fin del paganismo y la caída de Roma. Moller rastrea como ejemplo los caminos que siguieron tres manuscritos cruciales con las ideas de Euclides, Galeno y Ptolomeo. También de la Edad Media hay novedad: Las cruzadas (Ático de los libros), de Thomas Asbridge, recorre los dos siglos de sangrientas contiendas en Tierra Santa desde los dos puntos de vista, el cristiano y el musulmán, con especial énfasis en la Tercera Cruzada.

Tres autores ya bien conocidos de los lectores en el campo de la historia como son Simon Sebag Montefiore, Peter Frankopan y Jared Diamond, traen interesantes obras este arranque de temporada. El primero, celebrado autor de Los Romanov, publica en octubre en Crítica Escrito en la historia, las cartas que cambiaron el mundo, con una selección de grandes misivas de todo tipo, personales y oficiales, con autores como Napoleón, Gandhi, Enrique VIII o Picasso, algunas capaces de esclarecer hechos y personalidades, y de emocionar, como la última de sir Walter Raleigh a su mujer, Lady Elizabeth, Besse, antes de ser decapitado (pidió al verdugo que le enseñara el hacha y dijo aquello de “es una medicina afilada, pero cura todos los males”). En la carta anima a su mujer a no guardarle demasiado luto pues “ya no soy más que polvo” y contiene esta conmovedora línea, casi shakespeariana: “But if you live free from want, care for no more, for the rest is but vanity” (si vives sin pasar necesidades no te preocupes de nada más, pues el resto no es sino vanidad). Hay que ver cómo aunque te corten la cabeza te puede sobrevivir la lengua.

Peter Frankopan regresa con Las nuevas rutas de la seda (Crítica), sobre el auge de Asia, dotada de inmensos recursos naturales y de una ambición que está haciendo cambiar el centro del mundo hacia regiones que lo fueron ya en la antigüedad. Y Jared Daimond completa con Crisis (Debate), la forma en que las naciones más poderosas afrontan sus momentos más oscuros, la trilogía compuesta por Armas, gérmenes y acero y Colapso.

Uno de los libros más bellos de la temporada es sin duda el que marca otro regreso, el de la escritora estadounidense Annie Dillard. Enseñarle a hablar a una piedra (Errata Naturae) es una colección de textos en los que la hija literaria de Thoreau vuelve a mostrar su inmensa capacidad poética para acercarse a la naturaleza, ya se manifieste ésta en forma de eclipse, ciervo o comadreja. A destacar los escritos que hablan de parajes como las Galápagos o el río Napo, en la selva ecuatoriana, lejos de sus charcas, prados y arroyos de Virginia, y, sobre todo, su maravillosa evocación de las aventuras polares (¡Dillard hablando de Scott, de Shackleton y de Franklin!). Solo en un libro de esta gran poeta se puede leer algo como esto: “Al final uno rehúye la mismísima gloria con un suspiro de alivio. Desde las profundidades del misterio e incluso desde las cimas del esplendor, nos reponemos y partimos a toda prisa en busca de las latitudes del hogar”.

Otro libro a no perderse es La montaña blanca (Península), de Robert Twigger, que recoge historias de todo tipo sobre el Himalaya, viajes reales e imaginados, personajes sensacionales, aventuras y mitos. En la misma editorial, y también del género de viajes, se edita Una mujer en la noche polar, de la austriaca Christiane Ritter (1897-2000), que vivió en 1934 un año en una cabaña solitaria en Spitsbergen y explicó la abrumadora belleza de aquel paisaje desolado.

Desde el mundo de la naturaleza, y de la mano de la ciencia, llegan otros cuatro libros destacables más: Los sentidos de las aves, ¿qué se siente al ser un pájaro? (Capitán Swing), del prestigioso ornitólogo británico Tim Birkhead, un especialista en la promiscuidad de la aves y la importancia adaptativa de la forma de los huevos (no es broma); El subsuelo (Seix Barral), del especialista en ecología vegetal David W. Wolfe, que propone una exploración fascinante sobre ese territorio desconocido que tenemos bajo los pies; El poder de las hormonas (Crítica), de Randi Hutter Epstein, una historia de las sustancias que lo controlan prácticamente todo en nuestro cuerpo, incluidos nuestra sexualidad, nuestros deseos y nuestros cambios de humor, y escrita con mucho sentido de eso, del humor; y Una historia natural del deseo (Ático de los libros), de Richard O. Prum —de profesión también ornitólogo—, una novedosa lectura de la teoría de Darwin de que son las hembras de la especie las que eligen pareja, y lo hacen en base a criterios estéticos (selección sexual). Prum ha investigado los casos del argos real (un tipo de galliforme) y del pájaro saltarín alitorcido (!) a los que sus hembras escogen solo porque les parecen atractivos, aunque presentan características que los hacen peores desde el punto de vista de la selección natural. Para saber cómo todo eso nos afecta —aunque ya lo pueden suponer— tendrán que leer el libro. Sin salir de la teoría evolutiva, Cenando con Darwin (Crítica), del ecólogo Jonathan Silvertown, resigue las huellas de la evolución en nuestros alimentos en un verdadero festín científico marinado con gracia.

Hay muchísimas más novedades de ensayo, algunas con títulos tan sugerentes como Por qué las mujeres disfrutan más del sexo en el socialismo, de Kristen Ghodsee, o Cómo ser una máquina, de Mark O’Connell, sobre el transhumanismo, los ciborgs y sus implicaciones en la redefinición de la condición humana (ambos libros en Capitán Swing). Entre lo más interesante, también Vigilancia permanente (Planeta), las memorias de Snowden, el analista de sistemas convertido en pesadilla del sistema y voz de la conciencia en la era digital; las de Elton John y Prince (ambas en Reservoir Books), el nuevo libro de Paul Preston Un pueblo traicionado (Debate), una historia concisa del siglo XX español en torno a la contradicción entre una población deseosa de progresar y unas élites que sistemáticamente lo impiden; un ensayo cultural y filosófico sobre el Anillo de Wagner (de Roger Scruton, en Acantilado); la biografía de Unamuno de Colette y Jan-Claude Rabaté (Galaxia Gutenberg), la nueva de la familia Brönte (las tres hermanas y el hermano), Infernales, de Laura Ramos, o Transeúnte de la política (ambas en Taurus), del filósofo y actual presidente del Senado Manuel Cruz. Sin salir del ámbito biográfico Heida, una pastora en el fin del mundo (Capitán Swing), de la conocida novelista Steinunn Sigurdardottir, explica la peripecia real de una solitaria granjera de ovejas, ex modelo y heroína feminista, en una remota y dura región de Islandia. Desde luego, este año no nos van a faltar libros para leer...

https://elpais.com/cultura/2019/08/29/babelia/1567088165_553235.html

lunes, 4 de junio de 2012

Un libro recoge inéditas escuchas secretas a los prisioneros alemanes. Revelan una sorprendente brutalidad gratuita.

Así mataban los soldados de Hitler

“Me lo cargaba todo: autobuses en las calles, trenes de civiles. Teníamos órdenes de machacar las ciudades. Yo disparaba contra todos y cada uno de los ciclistas”. Así se despachaba el suboficial Fischer, piloto derribado de un caza Messerschmitt 109 en mayo de 1942 en una conversación con un colega en un centro de internamiento de prisioneros británico sin saber que estaba siendo oído por sus captores. “Hicimos algo muy bonito con el Heinkel 112”, explicaba otro aviador a un camarada en las mismas circunstancias y en tono jocoso. “Le instalamos un cañón delante. Luego volábamos sobre las calles a baja altura y cuando nos cruzábamos con coches encendíamos las luces y ellos se pensaban que tenían delante otro coche. Y entonces hacíamos fuego con el cañón”. “Reventamos un transporte de niños”, comenta creyéndose en la intimidad el marinero Solm, tripulante de un submarino. “Un transporte infantil… para nosotros fue todo un placer”. “En Italia, a cada lugar al que llegábamos, el teniente escogía al azar 20 hombres”, narra el cabo Sommer del regimiento blindado de granaderos número 29. “Todos para el mercado, se acercaba uno con tres ametralladoras –rrr…¡rum!- y todos tiesos. Así es como se hacía”. Sommer y su interlocutor, Bender, del comando de intervención número 20 de la Marina (una unidad especial de nadadores de combate con fama de duros), ríen a gusto…

Son algunos de los muchos testimonios terribles recogidos por los aliados en el marco de un programa de escuchas secretas sin precedentes que arrojó un material escalofriante sobre la forma de luchar y sobre todo de matar del Ejército alemán en la II Guerra Mundial. Ese conjunto de documentación inédito en buena parte ha sido diseccionado y estudiado ahora por dos investigadores alemanes, Sönke Neitzel, catedrático de historia moderna, y Harald Welter, psicólogo, ambos miembros del instituto de ciencias culturales de Essen, que han recogido su trabajo en el libro Soldaten (2011), recién publicado en España bajo el título
Soldados del Tercer Reich, testimonios de lucha, muerte y crimen (Crítica, 2012).

Reventamos un transporte infantil, para nosotros fue un placer
Durante la II Guerra Mundial, Gran Bretaña y EE UU retuvieron a cerca de un millón de prisioneros alemanes (en las filas de la Wehrmacht combatieron 17 millones de soldados). De ellos varios millares fueron llevados a campos especiales preparados al efecto y sometidos a pormenorizadas escuchas. Cabe imaginar que a algunos de los oyentes les habrá costado mantener la frialdad profesional cuando oían por ejemplo explicar cómo el sargento primero berlinés Müller, tirador de precisión, se cargaba sistemáticamente en Francia a las mujeres que se acercaban con ramos de flores a los soldados liberadores aliados.

El Centro de Interrogación Detallada de los Servicios Combinados (CSDIC) británico levantó 16.960 actas de lo escuchado a escondidas a los soldados alemanes que suman cerca de 50.000 páginas, mientras que los estadounidenses también extrajeron mucho material de 3.298 prisioneros cuidadosamente seleccionados de la Wehrmacht y las Waffen-SS y recluidos en Fort Hunt, Virginia. La diversidad de los espiados es completa, con todos los currículos militares imaginables, desde soldados ordinarios, de tropa corriente, hasta generales. Los miembros de las unidades de combate y particularmente de los submarinos y de la Luftwaffe están especialmente representados.

Los prisioneros hablaban con total libertad entre ellos sin tener ni idea de que estaban siendo escuchados. Para animarlos, se introducía entre los cautivos a agentes, exiliados y prisioneros dispuestos a colaborar. Pero los mejores resultados se consiguieron colocando juntos a prisioneros de rangos similares y de la misma arma. Se pirraban los tíos por contarse unos a otros sus experiencias, sus vivencias de combate y los detalles técnicos de sus útiles de guerra, ya fueran aeroplanos, tanques, submarinos o morteros.

Neitzel se topó con los expedientes en el Archivo Nacional británico
Con las escuchas, los aliados pudieron formarse una idea muy exacta del estado, la moral y la táctica de todos los ámbitos del Ejército alemán así como de detalles técnicos de su armamento. Lo que no imaginaban los servicios secretos es que más de medio siglo después, los historiadores y psicólogos iban a encontrar un filón dorado –o más bien gris pánzer- en esa documentación. Neitzel se topó con los antiguos expedientes en el Archivo Nacional británico. “Había actas y más actas”, dice en el prólogo de su libro. “Quedé absorbido por la lectura de las conversaciones y me sentí transportado de inmediato al mundo interior de la guerra”. Lo que más le sorprendió, dice, “fue la franqueza con la que hablaban de luchar, matar y morir”.

Autores como Joanna Bourke (An intimate history of killing, 1999) o Samuel Hynes (The soldier’s tale, 1997) ya nos habían mostrado qué fácil y hasta placentero puede ser matar para el soldado. Y Wolfram Wette había revelado la culpabilidad homicida y criminal del Ejército regular alemán destripando el mito de una Wehrmacht limpia en contraposición a unas SS que se habrían encargado de las tareas sucias y de perpetrar los asesinatos en la II Guerra mundial (La Wehrmacht, Crítica, 2006). Pero Neitzel y Welter van más allá en su forma de exponer y analizar el impulso violento de los soldados del III Reich.

Probablemente lo más perturbador de las escuchas es constatar que para matar no hacía falta estar especialmente adoctrinado ideológicamente ni brutalizado por la experiencia bélica. En los testimonios se oye a los militares explayarse sobre acciones terriblemente violentas de una gratuidad absoluta, llevadas a cabo en situaciones en las que no estaban sometidos a ningún estrés y cuando no llevaban suficiente tiempo luchando como para haberse librado de la capa de civilización que supuestamente impide cometer actos así. Son ya extremadamente violentos de entrada, sin necesidad de ninguna introducción en la barbarie. Tipos que ni siquiera son especialmente nazis. Es como para perder la fe en el ser humano. “El acto de matar a otros y la violencia extrema pertenecen a la vida cotidiana del narrador y de sus interlocutores”, señala Welter. “No son nada extraordinario y hablan sobre ello durante horas al igual que hablan de aviones, bombas, ciudades, paisajes y mujeres”.

El libro aprovecha el material para diseccionar el ejército alemán
“Para mí, lanzar bombas se ha convertido en una necesidad”, dice un teniente de la Luftwaffe en una de las escuchas. “Emociona de lo lindo, es un sentimiento fantástico. Es tan bonito como cargarse a alguien a tiros”. En otra conversación, un aviador comparte el placer de cazar soldados solitarios desde su aparato “y también gente común”, que “corría como loca en zigzag”. El piloto llevaba solo cuatro días de campaña de Polonia y ya sentía gusto al matar por el simple hecho de hacerlo, con indiferencia de a quién alcanzaba. “Violencia autotélica”, la denominan Neitzel y Welter, matar por matar. Experimentar la sensación de ejercer ese último poder total, y sin castigo. “Esa clase de violencia no requiere de causa ni motivo”.

“Macho, ¡no sabes lo que me llegué a reír”, dice otro aviador que hacía saltar casas por los aires. Y otro: “Abatimos cuatro aviones de pasajeros”. “¿Íban armados?”. “Nones”. El teniente Hans Hartigs, del escuadrón de cazas 26, sobre un vuelo en el sur de Inglaterra: “Nos cargamos a mujeres y niños de cochecitos”. “Los dejamos a todos tiesos, secos. Hombres, mujeres, niños, los sacamos de la cama a todos”, cuenta el cabo paracaidista Büsing de sus acciones en Francia tras la invasión de los aliados. A veces se esgrimen motivos de una irrelevancia atroz: “A un francés le pegué un tiro por detrás. Iba en bicicleta”. “¿Te quería capturar?”. “Ni por asomo. Era que yo quería la bicicleta”.

Es un universal de la guerra el no necesitar motivos para matar
Soldados del Tercer Reich aprovecha el material de las escuchas para realizar una disección extraordinaria del Ejército alemán –desde el sistema de condecoraciones al trato a los prisioneros, la violencia sexual o las Waffen-SS, sin olvidar la participación de las unidades militares regulares en el genocidio judío o la diferencia de moral entre las diferentes armas-. La fe en Hitler –al que los soldados caracterizan con rasgos similares a los de una estrella del pop actual (!), la falta en general de conciencia entre las tropas de que se estuviera llevando a cabo una guerra racial como machacaba la propaganda, la importancia en cambio del grupo y la camaradería, el respeto que se daba a conceptos como el valor, la dureza y la disciplina y ¡al trabajo bien hecho!, o el juicio que se hace en las conversaciones de mandos como Rommel (“valiente, intrépido” pero “sin escrúpulos”), son algunas de las materias que examinan los autores.

Neitzel y Welter, que aportan ejemplos de militares de otras contiendas y sostienen que es un universal de la guerra que el soldado no necesita motivos para matar (“los motivos son indiferentes”, “mata porque es su función”), citan en el capítulo final el elocuente testimonio de un soldado alemán Willy Peter Reese, que cayó en la II Guerra Mundial. “El hecho de que fuéramos soldados bastaba para justificar los crímenes y las depravaciones y bastaba como base de una existencia en el infierno”.

PD.: Estas descripciones son uno más de los ejemplos concretos en que pueden conducir las guerras, los hombres hacen caso omiso de los valores humanitarios y justifican con el pretexto de "la guerra" cualquier crimen y barbaridad.
Es evidente que lo más importante es impedir la guerra y mantener la paz y el diálogo entre los países. A ello se oponen todos los que se benefician de las ventas de armas, el robo y el apoderarse de las riquezas de los países sin importarles los daños, crímenes, muertes y sufrimientos que causen con sus conductas. El hecho de mantener su impunidad alimenta sus comportamientos. La paz con la verdad, la justicia y la reparación necesitan defensores bien informados y tribunales universales, independientes y justos que actúen con rapidez y ejemplaridad.

lunes, 8 de febrero de 2010

La Resistencia alemana a los nazis

Dijeron no a la esvástica

El reciente fallecimiento de Freya von Moltke, que formó parte de la oposición clandestina a Hitler, invita a revisar, más allá del coronel Von Stauffenberg y la Operación Valkiria, el poco conocido mundo de la resistencia alemana contra los nazis. Fueron muchos y muy valientes.
Mucha gente, sobre todo en el extranjero, no sabe, y otra no quiere saber, que en Alemania no sólo hubo nazis, sino también alemanes buenos, y que fueron numerosos los que pagaron con la vida su oposición política, ética o religiosa a Hitler; eso no significa minimizar la responsabilidad de los alemanes y las terribles cosas que se hicieron, pero es de justicia recordarlo". La que habla es una voz sin duda autorizada: Konstanze von Schulthess, la hija de Claus von Stauffenberg, el célebre oficial que atentó contra el líder nazi el 20 de julio de 1944 en el curso de la Operación Valkiria y que fue fusilado por ello.

...Pero por supuesto, la resistencia alemana fue mucho más que los oficiales de la hoy tan popular, gracias al cine, Operación Valkiria y los reflexivos miembros del Círculo de Kreisau.

A menudo se olvida que los alemanes no fueron sólo los que auparon a Hitler, libraron su guerra de aniquilación y encendieron sus hornos. También fueron, algunos de ellos, los primeros en sufrirlo, en jugarse la vida oponiéndose al nazismo, mientras el resto del mundo contemporizaba o miraba hacia otro lado. Esos alemanes justos, una minoría más amplia de lo que generalmente se cree, eran suficientes para llenar ya antes de la guerra los campos de concentración (como Dachau, que abrió el 22 de marzo de 1933 con alemanes de izquierda, menos de 2 meses después de entregarle el poder a Hitler (1). La noche de los cristales rotos fue del 9 al 10 de noviembre de 1938, más de 5 años después de llenar los primeros campos con militantes de izquierdas) y las celdas de la Gestapo; y para dar trabajo, y mucho, al verdugo. En diferentes grados, de la resistencia pasiva a la conspiración para matar a Hitler, lucharon esos otros alemanes a lo largo de 12 años una guerra solitaria, sin ayuda exterior, ante un enemigo despiadado, una sociedad entregada y delatora y el aparato policial más terrible y mejor organizado del mundo. Hacía falta tener coraje, mucho coraje. Pese a su fracaso, recalca la hija de Stauffenberg, los resistentes preservaron, de alguna manera, el honor del pueblo alemán frente a la esvástica.

Las razones de que se les ignore tienen que ver con la propia memoria alemana tras la guerra: si has sido débil o infame es mejor que lo hayan sido todos, queda más repartido. Y también con la visión que a los Aliados les interesó mostrar de los alemanes: era mejor para combatirlos y someterlos verlos como una nación homogénea en la brutalización; así que los vencedores determinaron que no hubo una resistencia alemana digna de tal nombre. Todavía hoy, hay pocos lugares de Alemania en los que uno pueda sentirse tan solo como en el por lo demás espléndido Centro de la Memoria de la Resistencia, en Berlín, en el mismo Bendlerblock que fue el centro de la operación Valkiria y donde fue fusilado Stauffenberg.

Se calcula (véase La resistencia alemana contra Hitler, de Barbara Koehn, Alianza, 2005) que los nazis encarcelaron a alrededor de ¡un millón de alemanes! Entre 1934 y 1944 fueron ejecutadas en Alemania 7.000 personas por motivos políticos. Por órdenes del Führer se construyeron 36 guillotinas suplementarias y nuevas horcas para colgar de cinco a diez personas a la vez. Según los propios archivos del III Reich, sólo en la prisión de Brandeburgo, entre 1940 y 1945, fueron ejecutadas por alta traición, desmoralización, ayuda al enemigo u objeción de conciencia 1.807 personas. Entre ellas 775 obreros (un colectivo que alumbró numerosos grupos clandestinos, desarticulados una y otra vez, salvajemente, por la Gestapo), 79 campesinos, 6 profesores de universidad, 49 artistas, 12 periodistas y 21 sacerdotes; uno de los ejecutados era ciego, seis eran padres e hijos y 75 menores de 20 años.

De El País, JACINTO ANTÓN 07/02/2010)
Seguir aquí todo el artículo.
En la foto, Hans y Sophie Scholl con Christoph Probst, los tres de la Rosa Blanca, en 1942.
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(1) En los años posteriores a la guerra; (1914-18, I G.M.) Hitler se abrió camino muy pronto entre los círculos políticos de la extrema derecha de Múnich. Allí entró en contacto con algunas de las personas que tan importantes iban a ser después en el movimiento nazi, y que constituirían el grupo de amigos más íntimo: Hermann Göring, Ernst Röhm, Rudolf Hess y Alfred Rosenberg. Y en Múnich conoció también al general Erich Ludendorff, enemigo furibundo de la paz de Versalles y que se propuso desde el principio echar abajo al nuevo orden republicano. Él y Hitler fueron los principales organizadores del golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, planeado en la cervecería Bürgerbräukeller, para el que lograron reclutar a unos 2.000 hombres armados y que fracasó estrepitosamente. En los enfrentamientos murieron 14 insurrectos y cuatro policías. Pese a la gravedad de los hechos, Hitler fue condenado a una sentencia de cinco años en prisión. En realidad, sólo estuvo unos meses. La depresión del 29, con sus consecuencias económicas y psicológicas, metió de lleno a Alemania en una grave crisis política. Los nazis aprovecharon esa circunstancia para presentar la crisis como un resultado del sistema democrático. En las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 pasaron de 12 a 107 diputados. Casi dos años después,en las elecciones del 31 de julio de 1932, obtuvieron 13 millones de votos, el 37,4%, con 230 diputados. Los comunistas ganaban también votos en detrimento de los socialistas y los partidos tradicionales, los conservadores, liberales y los nacionalistas se hundían.


La mayoría de los votos a los nazis procedían de los grupos protestantes de los distritos rurales, de las pequeñas y medianas ciudades, de los terratenientes y pequeños y medianos propietarios. Y aunque un sector importante de su electorado pertenecía a las clases medias, la investigación histórica ha roto con el estereotipo del NSDAP como un partido sólo de clases medias bajas. Era un electorado de composición social variada, con muchas mujeres también, que incluía a muchos empleados de oficinas y talleres, y, frente a lo que erróneamente se ha supuesto, los parados, procedentes sobre todo de las grandes industrias, no los votaron y dieron su apoyo a los comunistas.


De ahí que haya que precaverse frente a las generalizaciones sobre el apoyo del "pueblo alemán" a los nazis. Antes de que Hitler fuera nombrado canciller, el porcentaje más alto de votos que obtuvieron fue el 37%. Un 63% de los que votaron no les dio el apoyo y, además, en las elecciones de noviembre de 1932, comenzaron a perder votos y todo parecía indicar que habían tocado techo. El nombramiento de Hitler no fue, por consiguiente, una consecuencia directa del apoyo de una mayoría del pueblo alemán, sino el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción de la República. Todos ellos maquinaron con Hindenburg para quitarle el poder al Parlamento y transformar la democracia en un Estado autoritario. El 30 de enero de 1933, Hitler fue investido canciller del Reich, porque Hindenburg así lo quiso (en 1932 el banquero Schachorganizó una petición de industriales para reclamar al presidente Hindenburg el nombramiento de Hitler como Canciller. Una vez en el poder, Hitler nombró a Schacht presidente del Reichsbank, y luego Ministro de Economía en 1934); jefe de un Gobierno dominado por los conservadores y los nacionalistas, donde sólo entraron dos ministros nazis, aunque en puestos clave para controlar el orden público: Wilhelm Frick y Hermann Göring.

Parecía un gabinete presidencial más, como el de Brüning, Franz von Papen o Schleicher. Pero no era así. El hombre que estaba ahora en el poder tenía un partido de masas completamente subordinado a él y una violenta organización paramilitar que sumaba cientos de miles de hombres armados. Nunca había ocultado su objetivo de destruir la democracia y de perseguir a sus oponentes políticos. Cuando el anciano Hindenburg murió el 2 de agosto de 1934, a punto de cumplir 87 años, Hitler se convirtió en el führer absoluto, combinando los poderes de canciller y presidente de Reich. La semilla iba a dar sus frutos: guerra, destrucción y exterminio racial. Lo dijo Hitler apenas tres años después de que Hindenburg. le diera el poder: "Voy siguiendo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que trazó para mí la providencia".
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