El descrédito de la justicia no procede de sus críticos sino de los motivos que generan las críticas. El pueblo no deja de creer en la justicia por lo que se dice de ella sino por lo que hacen quienes propician esos análisis, muchas veces irrebatibles. Resulta muy poco democrático decir que no se debe criticar a los jueces. ¿Son infalibles? ¿Son por naturaleza honestos? Más bien diría que lo democrático es criticar a los jueces. De manera rigurosa, claro está. ¿No se puede criticar al ejecutivo y al legislativo? ¿No se los critica de manera feroz? Incluidos los jueces que, por ejemplo, se manifestaron contra la ley de amnistía.
Se puede (y se debe) criticar que unos hechos se juzguen y otros de mayor gravedad se queden sin juzgar; se puede (y se debe) criticar el manejo de los tiempos, cuando hay prisa para iniciar el proceso de unos casos mientras otros se eternizan o avanzan al paso de las tortugas; se puede (y se debe) criticar que la instrucción de unos casos sea extremadamente rigurosa y en otros sea una ridícula chapuza; se puede (y se debe) criticar que las medidas cautelares sean duras para unos y blandas para otros; se puede (y se debe) criticar que unas sentencias estén construidas con pruebas fehacientes y rigurosamente redactadas y otras no tengan fundamento alguno; se puede (y se debe) criticar que la pena sea en unos casos máxima y en otros mucho más indulgente.
Y cuando en estas seis dimensiones la actuación de la justicia se produzca de forma casi automática en contra o a favor de los mismos cabe deducir que hay un sesgo inadmisible, una actuación parcial, una actitud deliberada de beneficiar a unos y de perjudicar a otros. Y es lo que está sucediendo con la justicia en nuestro país. Lo sabe muy bien la izquierda.
Víctor de Aldama es el hombre de las tres des. La primera de es la del verbo delinquir. De hecho él fue el número uno de la trama, aunque pretendió endosarle (sin prueba alguna) ese número a quien considera su enemigo número uno. Según sus palabras, Sánchez era el número 1, de él dependían jerárquicamente el 2 y el 3 (Ábalos y Koldo) y él asumía un modesto número 4, la pieza más débil de la trama. Y no era así. Claro que no era así. Él maniobraba a su antojo con la anuencia de Ábalos y Koldo. Y no ha aportado ni una sola prueba que acredite que Sánchez era el número 1. ¿Ha informado con veracidad o ha mentido en su beneficio? El señor Aldama salió de la cárcel para ofrecer pruebas pero, casualmente, de este importante organigrama él no aportó ninguna. Él se embolsó tres millones setecientos mil euros de la venta de las mascarillas, una importante comisión que se fraguó en un momento en el que la población sufría una pandemia devastadora.
No me olvido de los delitos de José Luis Ábalos y de Koldo García. Repruebo sin paliativos el abuso de confianza que supone en una democracia que los políticos elegidos por la ciudadanía para administrar sus bienes acaben dilapidándolos de forma torticera. Y lo que más me duele es que una vez aparecidas pruebas irrefutables no acaben reconociendo su deslealtad y pidiendo perdón.
La segunda ‘d’ del señor De Aldama es la del verbo delatar. Este ya declarado delincuente sale de la cárcel para colaborar con la justicia. Se libra de la cárcel muy indignado contra Pedro Sánchez porque le había llamado lo que realmente era: presunto delincuente. Y amenaza por activa y por pasiva con pruebas contundentes contra él. Pruebas que no han aparecido. Por eso la gran pretensión de Aldama no ha podido hacerse realidad. Pedro Sánchez sigue en la Moncloa, muy a su pesar. Bueno, a su pesar y al de algunos jueces que compartían y comparten su deseo. A.adie se le oculta que Víctor de Aldama ha realizado su tarea de colaborador con una proyección mediática activa y entusiasta. Ha concedido entrevistas, ha acudido a manifestaciones, ha buscado notoriedad y se ha convertido en un paladín de la oposición.
No sé en qué ha sido decisiva la colaboración del empresario con la justicia. Lo digo porque muchas de las pruebas que ha aportado ya estaban en poder de la UCO. Y otras que había anunciado a bombo y platillo no han aparecido y, en algunos casos, ha mentido de forma descarada como acabo de comentar al hablar del organigrama de la trama criminal.
Y voy a la tercera de. Es la inicial del verbo disfrutar. La jugada le ha salido perfecta. Le han condenado a cuatro años y medio de cárcel de los cuales no tendrá que cumplir ni un solo día. Más le vale. Porque dentro de la cárcel a quien fuera se le llama colaborador de la justicia se le califica de chivato desleal.
Dice que le ha encantado la sentencia. Cómo no. Ábalos y Koldo consideran la suya exagerada. No solo ellos, muchos pensamos en la dureza excesiva de esos 24 años de Ábalos y 19 de Koldo, sus compañeros. Por terrorismo de Estado condenaron a Barrionuevo con 10 años de prisión. ¿Qué le ha parecido al señor Aldama la sentencia de sus compañeros y otrora amigos?
Lo más llamativo, a mi juicio, es que no tenga que devolver hasta el último céntimo de lo robado. De ahí la d de disfruta. Ahora puede el señor Aldama disfrutar del dinero público pagándose unas divertidas y lujosas vacaciones.
Le ha parecido tan atractiva la dinámica delatora por la que optó que no se cansa de instar a otros posibles delatores a que sigan su camino. Está llamando a la puerta de Leire Díez y de Julio Martínez para que tiren de la manta. De lo que no me cabe la menor duda es de que no le impulsa al hacerlo el amor a la justicia o el amor al pueblo sino el posible perjuicio que le podrán causar a su enemigo. Si le importase el pueblo no le habría esquilmado y ahora le hubiera devuelto todo lo robado. Allá él con su conciencia. Ser un informante no le quita una letra a su condición de maleante y de delincuente.
La magnitud de la recompensa es un aliciente magnífico para captar delatores. Pensar que Ábalos, Koldo y Aldama eran compañeros de trama y comparar la suerte final que han tenido lleva a sorpresa y asombro. 24 (o 19) años de cárcel frente a plena libertad disfrutando del dinero.
No es fácil discernir qué sentimientos le llevan al delincuente a convertirse en un colaborador/delator. ¿Es la generosidad o es el egoísmo? ¿Es el arrepentimiento o es el interés? Creo que si se hubiera arrepentido el ladrón, devolvería hasta el último céntimo, aunque no se lo exigieran. Pero no lo hará. Solo devolverá lo exigido. Por eso me inclino a pensar que se trata de una reacción al lema de ‘sálvese el que pueda’. Primero traicionó a los ciudadanos y luego traicionó a sus colegas.
Podemos imaginar a este individuo en una playa paradisíaca a gastos pagados con el dinero robado mientras se ríe de sus amigos reclusos que quizás vieron hinchada su sentencia gracias a un regalito informativo de su colega.
No sé hasta qué punto la democracia se enriquece y se fortalece con el comportamiento de estos personajes. Primero delinquen, luego delatan y finalmente disfrutan. Mientras tanto, los compañeros de faena son castigados, encarcelados y maldecidos. Cuesta ver a Aldama empoderado y convertido en el faro moral de la derecha española.
Alguien le ha pretendido comparar con los arrepentidos de la mafia. Pues anda, que no hay diferencia. Muchos han acabado convertidos en cenizas por la reacción de sus exjefes y excompañeros. El señor Aldama presume de que mucha gente le da las gracias y le felicita por lo que ha hecho (por lo que ha hecho delatando, claro). No nos dice que a esos que le felicitan por las delaciones les ha robado parte del dinero para poder vivir en adelante a sus anchas. No tiene el menor embozo en decir que la sentencia le ha parecido estupenda (la suya, por supuesto). No le importa un bledo que sus colegas de trapicheo estén entre rejas durante dos décadas con una sentencia exagerada. Sobre ese tema no opina. Entiende muy bien lo que es la equidad. Los malos a la cárcel y los buenos de vacaciones pagadas. Se siente orgulloso de lo que hace y nada dice de lo que debería avergonzarse.
Al señor Aldama le gustan los micrófonos. Hace unos días concedió una entrevista a Carlos Franganillo y Ángeles Blanco en la que declaró su satisfacción por la sentencia del Tribunal Supremo en lo que a él respecta y en la que animó a José Luis Ábalos a tirar de la manta. Amenaza con presentar pruebas, se hace pasar por un honesto colaborador de la justicia, pero nada dice de su arrepentimiento ni, por supuesto, de la devolución de todo lo robado. El señor Aldama quiere que se haga justicia para todos los demás. Para él quiere indulgencia, benevolencia y perdón. Y, si de paso, consigue que castiguen a algunos inocentes a quienes odia fervientemente, mejor que mejor. Menudo pájaro.
El Adarve, Miguel Ángel Santos Guerra
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domingo, 5 de julio de 2026
lunes, 27 de abril de 2026
El dios dinero no tiene ateos
La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo?
Cuando Donald Trump bombardea lugares estratégicos de Venezuela, mata a decenas de personas, secuestra a su presidente y nombra a Delcy Rodríguez presidenta encargada, no lo hace guiado por principios morales sino por intereses económicos. Lo que le importa es el petróleo del país y los minerales que necesita para que funcionen sus industrias. Y así lo manifiesta descaradamente: él tiene que controlar directamente la producción y la comercialización del petróleo. La democracia de Venezuela, el bienestar de sus habitantes, el respeto a las leyes internacionales y nacionales le traen al pairo. Es más, se burla de las gentes del país diciendo que son personas muy feas.
Ahora quiere anexionarse Groenlandia (por las buenas o por las malas). La isla helada es parte de la Unión Europea porque Dinamarca es uno de sus 27 miembros y está integrada en la OTAN. No le importa extorsionar a uno de sus aliados. Y la razón es muy sencilla: le interesa para sus negocios, para sus industrias, para el control de la navegación comercial. «Necesitamos que Groenlandia sea nuestra», dice como si esa necesidad fuese un argumento válido para ocuparla con dólares o por las armas.
Respecto al conflicto de Gaza es conocido su plan. Montar un resort de lujo sobre las ruinas y los cadáveres de las víctimas del genocidio más execrable de la historia. Resulta obsceno pensar que donde ha existido tanto dolor, tantas lágrimas, tantas heridas, tanta destrucción, tanta muerte, se pueda pensar en hacer un negocio de proporciones tan gigantescas.
La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo? América primero quiere decir la bolsa primero.
Cuando visité por primera vez la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan en la ciudad de Nueva York pensé cómo había sido posible reunir la cantidad de dinero necesaria para construir ese monstruo en el ombligo del mundo. También descubrí que la Torre era una fuente inagotable de producir dinero. Pensé con asombro, cómo era posible que el dueño fuese una sola persona, y que esa persona estuviese inmersa en innumerables negocios que incrementan sin cesar su patrimonio. ¿Dónde está el límite?
Esta obsesión por el dinero no solo domina al presidente de los EEUU. Domina a muchos políticos que, aprovechando su situación privilegiada para el enriquecimiento, se enriquecen de manera fraudulenta burlando la confianza de quienes les habían colocado en puestos relevantes para que cuidaran de su bienestar y de sus intereses. La avaricia lo pudre todo. Ahí está, en nuestro país, el escándalo que estamos padeciendo de dos secretarios de organización del Partido Socialista, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. ¿Cómo es posible que militantes de un partido que pretende distribuir equitativamente la riqueza se dediquen a cobrar mordidas y a enriquecerse fraudulentamente?
Y ahí está el caso del señor Rato y del exministro de Hacienda, señor Montoro y del ciudadano particular con el que está emparejada la señora Ayuso. Y ahí está la Gürtel nacional y los ERES andaluces. Y tantos otros ladrones. Cuando esos ladrones son descubiertos, juzgados y condenados, van a la cárcel. Pierden la libertad, pero no devuelven el dinero robado. Ya lo disfrutarán cuando acabe la condena. Creo que la justicia debería exigir para la completa liberación la devolución de todo lo robado.
Quienes más ganan, más quieren seguir ganando, así que las diferencias entre pobres y ricos siguen aumentando vertiginosamente. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.
Acabo de leer una novela de Sabina Berman titulada ‘Los billonarios desaparecen’. Sabina Berman es una destacada escritora, dramaturga, guionista y periodista mexicana, reconocida por su profunda exploración de la identidad femenina, la política y la sociedad. ¿De qué va su novela? En un mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más abismales y los cambios tecnológicos y ecológicos tienen efectos expansivos, encontrar soluciones a la crisis humanitaria se convierte en algo urgente. Sabina Berman piensa que quizás el lugar más indicado para hacerlo sea la Cumbre de Líderes Globales que se realiza en Davos, Suiza. Con el lema «La desigualdad es nuestro desafío», durante tres días y bajo la batuta de Christine Jambes, presidenta del Banco Mundial, se reunirá el 1% de los hombres y mujeres que acumulan las mayores fortunas del planeta. Entre ellos está el profesor Wermer, uno de los matemático más sobresalientes, Premio Nobel y autor de un teorema que lleva su nombre. Wermer tiene un firme y oscuro propósito: unirse a las protestas de los disconformes con el modelo neoliberal que se manifiestan en la Cumbre y acabar de una vez por todas con ese pequeño porcentaje que enferma a la sociedad. No haré espóiler para que el lector o lectora no me reprochen la ruptura de su curiosidad.
Siempre me ha llamado la atención esa irrefrenable e inusitada ambición de quienes tienen cantidades de dinero exorbitante que no podría gastar la familia ni muchas generaciones de herederos. ¿Para qué se necesita más dinero del que puede permitir comprarlo y tenerlo todo? ¿Por qué es ilimitada la ambición?
La codicia se desarrolla a gran escala y a pequeña escala. Porque, cuando desde las alturas se ofrecen ejemplos tan lamentables de codicia, parece desprenderse un lema: que cada cual robe en el lugar que se encuentre y en la medida que pueda. El que no lo haga es un imbécil. El que no aproveche la ocasión es un ingenuo.
El dinero no solo corrompe la política, corrompe también los negocios. Los robos pueden empezar por cantidades pequeñas. Me gusta contar la historia de un joven que, en una localidad rural, quiere comprar un burro. Se entera de que un campesino tiene en venta su burro. Y acude a su casa para comunicarle su deseo de comprarlo. Después de la negociación llegan a un acuerdo. Es ya de noche, así que el campesino le dice:
-El trato está cerrado. Ahora ya es de noche. Ven por la mañana y te daré al animal limpio y bien preparado.
- ¿Hace falta que firmemos un documento?, dice el joven.
- No hace falta. Mi palabra vale más que todos los papeles y todas las firmas, contesta con aplomo el vendedor.
El joven, a primera hora del día siguiente, se presenta en la casa del campesino y, después de los pertinentes saludos, dice:
- Vengo a pagar y a llevarme el burro.
- Tengo que comunicarte una mala noticia. Cuando he ido esta mañana a prepararlo para entregártelo, lamentablemente, el burro estaba muerto.
- No importa. Me lo voy a llevar igual. Voy a hacer con él un negocio y claro, como está muerto, no me cobrará usted nada.
El joven se lleva el burro muerto en su furgoneta. Pasados algunos meses el campesino se encuentra con el joven y le pregunta:
- ¿Hiciste el negocio con el burro? ¿Cómo te fue?
- Muy bien, le dice el joven.
- ¿Y qué negocio era ese si el burro estaba muerto?
- Una rifa. Vendí mil papeletas a diez euros cada una.
- Y gané 9990 euros sin ningún esfuerzo.
- ¿Y no protestó nadie?, preguntó el campesino.
- Sí, protestó el afortunado al que tocó la papeleta y a ese le devolví los diez euros.
Este joven podrá llegar a ser presidente de importantes sociedades financieras. Tiene interesantes cualidades para alcanzar el éxito.
He vivido en muy poco tiempo seis experiencias de cargos fraudulentos en una cuenta de mi Banco a través de la tarjeta. Desde Países Bajos, desde Irlanda, desde España… Sesenta cargos, veinticinco, cuarenta… La extorsión es grave. No solo porque te han robado sino porque la solución tiene un proceso largo y enojoso: relación de los cargos firmada por el Banco, denuncia en la policía, envío de los documentos… Cuando fui a presentar una de ellas me dijeron en la comisaría que de cada diez denuncias que reciben ocho son de este tipo.
El dios dinero lo controla todo. En muchas ocasiones, la elección de carrera y de profesión depende, fundamentalmente, del dinero que se puede conseguir ejerciéndola. ¿No sería mejor pensar dónde se puede ser más feliz, qué es lo que más gusta hacer y dónde se puede ayuda a los demás?
Algunas veces, el dinero corrompe hasta el amor. Existe el amor «a primera visa». Un joven se dirige al padre multimillonario de tres hijas y le confiesa el amor apasionado que siente por una de ellas. El padre quiere saber de cuál de sus hijas se ha enamorado. Y le pregunta:
- ¿De cuál de las tres?
El joven, sin vacilar un momento, contesta:
- De la que sea.
Hay otros dioses a los que venerar con devoción: la felicidad, la justicia, la paz, la solidaridad, la libertad, la empatía, la igualdad, la compasión… Si al morir te sobra dinero y tienes el corazón empobrecido es que has hecho mal las cuentas.
Cuando Donald Trump bombardea lugares estratégicos de Venezuela, mata a decenas de personas, secuestra a su presidente y nombra a Delcy Rodríguez presidenta encargada, no lo hace guiado por principios morales sino por intereses económicos. Lo que le importa es el petróleo del país y los minerales que necesita para que funcionen sus industrias. Y así lo manifiesta descaradamente: él tiene que controlar directamente la producción y la comercialización del petróleo. La democracia de Venezuela, el bienestar de sus habitantes, el respeto a las leyes internacionales y nacionales le traen al pairo. Es más, se burla de las gentes del país diciendo que son personas muy feas.
Ahora quiere anexionarse Groenlandia (por las buenas o por las malas). La isla helada es parte de la Unión Europea porque Dinamarca es uno de sus 27 miembros y está integrada en la OTAN. No le importa extorsionar a uno de sus aliados. Y la razón es muy sencilla: le interesa para sus negocios, para sus industrias, para el control de la navegación comercial. «Necesitamos que Groenlandia sea nuestra», dice como si esa necesidad fuese un argumento válido para ocuparla con dólares o por las armas.
Respecto al conflicto de Gaza es conocido su plan. Montar un resort de lujo sobre las ruinas y los cadáveres de las víctimas del genocidio más execrable de la historia. Resulta obsceno pensar que donde ha existido tanto dolor, tantas lágrimas, tantas heridas, tanta destrucción, tanta muerte, se pueda pensar en hacer un negocio de proporciones tan gigantescas.
La guerra de aranceles pone encima del tapete lo que verdaderamente importa. ¿Cómo se puede ganar más dinero, aunque sea perjudicando al resto del mundo? América primero quiere decir la bolsa primero.
Cuando visité por primera vez la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan en la ciudad de Nueva York pensé cómo había sido posible reunir la cantidad de dinero necesaria para construir ese monstruo en el ombligo del mundo. También descubrí que la Torre era una fuente inagotable de producir dinero. Pensé con asombro, cómo era posible que el dueño fuese una sola persona, y que esa persona estuviese inmersa en innumerables negocios que incrementan sin cesar su patrimonio. ¿Dónde está el límite?
Esta obsesión por el dinero no solo domina al presidente de los EEUU. Domina a muchos políticos que, aprovechando su situación privilegiada para el enriquecimiento, se enriquecen de manera fraudulenta burlando la confianza de quienes les habían colocado en puestos relevantes para que cuidaran de su bienestar y de sus intereses. La avaricia lo pudre todo. Ahí está, en nuestro país, el escándalo que estamos padeciendo de dos secretarios de organización del Partido Socialista, José Luis Ábalos y Santos Cerdán. ¿Cómo es posible que militantes de un partido que pretende distribuir equitativamente la riqueza se dediquen a cobrar mordidas y a enriquecerse fraudulentamente?
Y ahí está el caso del señor Rato y del exministro de Hacienda, señor Montoro y del ciudadano particular con el que está emparejada la señora Ayuso. Y ahí está la Gürtel nacional y los ERES andaluces. Y tantos otros ladrones. Cuando esos ladrones son descubiertos, juzgados y condenados, van a la cárcel. Pierden la libertad, pero no devuelven el dinero robado. Ya lo disfrutarán cuando acabe la condena. Creo que la justicia debería exigir para la completa liberación la devolución de todo lo robado.
Quienes más ganan, más quieren seguir ganando, así que las diferencias entre pobres y ricos siguen aumentando vertiginosamente. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres.
Acabo de leer una novela de Sabina Berman titulada ‘Los billonarios desaparecen’. Sabina Berman es una destacada escritora, dramaturga, guionista y periodista mexicana, reconocida por su profunda exploración de la identidad femenina, la política y la sociedad. ¿De qué va su novela? En un mundo donde las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más abismales y los cambios tecnológicos y ecológicos tienen efectos expansivos, encontrar soluciones a la crisis humanitaria se convierte en algo urgente. Sabina Berman piensa que quizás el lugar más indicado para hacerlo sea la Cumbre de Líderes Globales que se realiza en Davos, Suiza. Con el lema «La desigualdad es nuestro desafío», durante tres días y bajo la batuta de Christine Jambes, presidenta del Banco Mundial, se reunirá el 1% de los hombres y mujeres que acumulan las mayores fortunas del planeta. Entre ellos está el profesor Wermer, uno de los matemático más sobresalientes, Premio Nobel y autor de un teorema que lleva su nombre. Wermer tiene un firme y oscuro propósito: unirse a las protestas de los disconformes con el modelo neoliberal que se manifiestan en la Cumbre y acabar de una vez por todas con ese pequeño porcentaje que enferma a la sociedad. No haré espóiler para que el lector o lectora no me reprochen la ruptura de su curiosidad.
Siempre me ha llamado la atención esa irrefrenable e inusitada ambición de quienes tienen cantidades de dinero exorbitante que no podría gastar la familia ni muchas generaciones de herederos. ¿Para qué se necesita más dinero del que puede permitir comprarlo y tenerlo todo? ¿Por qué es ilimitada la ambición?
La codicia se desarrolla a gran escala y a pequeña escala. Porque, cuando desde las alturas se ofrecen ejemplos tan lamentables de codicia, parece desprenderse un lema: que cada cual robe en el lugar que se encuentre y en la medida que pueda. El que no lo haga es un imbécil. El que no aproveche la ocasión es un ingenuo.
El dinero no solo corrompe la política, corrompe también los negocios. Los robos pueden empezar por cantidades pequeñas. Me gusta contar la historia de un joven que, en una localidad rural, quiere comprar un burro. Se entera de que un campesino tiene en venta su burro. Y acude a su casa para comunicarle su deseo de comprarlo. Después de la negociación llegan a un acuerdo. Es ya de noche, así que el campesino le dice:
-El trato está cerrado. Ahora ya es de noche. Ven por la mañana y te daré al animal limpio y bien preparado.
- ¿Hace falta que firmemos un documento?, dice el joven.
- No hace falta. Mi palabra vale más que todos los papeles y todas las firmas, contesta con aplomo el vendedor.
El joven, a primera hora del día siguiente, se presenta en la casa del campesino y, después de los pertinentes saludos, dice:
- Vengo a pagar y a llevarme el burro.
- Tengo que comunicarte una mala noticia. Cuando he ido esta mañana a prepararlo para entregártelo, lamentablemente, el burro estaba muerto.
- No importa. Me lo voy a llevar igual. Voy a hacer con él un negocio y claro, como está muerto, no me cobrará usted nada.
El joven se lleva el burro muerto en su furgoneta. Pasados algunos meses el campesino se encuentra con el joven y le pregunta:
- ¿Hiciste el negocio con el burro? ¿Cómo te fue?
- Muy bien, le dice el joven.
- ¿Y qué negocio era ese si el burro estaba muerto?
- Una rifa. Vendí mil papeletas a diez euros cada una.
- Y gané 9990 euros sin ningún esfuerzo.
- ¿Y no protestó nadie?, preguntó el campesino.
- Sí, protestó el afortunado al que tocó la papeleta y a ese le devolví los diez euros.
Este joven podrá llegar a ser presidente de importantes sociedades financieras. Tiene interesantes cualidades para alcanzar el éxito.
He vivido en muy poco tiempo seis experiencias de cargos fraudulentos en una cuenta de mi Banco a través de la tarjeta. Desde Países Bajos, desde Irlanda, desde España… Sesenta cargos, veinticinco, cuarenta… La extorsión es grave. No solo porque te han robado sino porque la solución tiene un proceso largo y enojoso: relación de los cargos firmada por el Banco, denuncia en la policía, envío de los documentos… Cuando fui a presentar una de ellas me dijeron en la comisaría que de cada diez denuncias que reciben ocho son de este tipo.
El dios dinero lo controla todo. En muchas ocasiones, la elección de carrera y de profesión depende, fundamentalmente, del dinero que se puede conseguir ejerciéndola. ¿No sería mejor pensar dónde se puede ser más feliz, qué es lo que más gusta hacer y dónde se puede ayuda a los demás?
Algunas veces, el dinero corrompe hasta el amor. Existe el amor «a primera visa». Un joven se dirige al padre multimillonario de tres hijas y le confiesa el amor apasionado que siente por una de ellas. El padre quiere saber de cuál de sus hijas se ha enamorado. Y le pregunta:
- ¿De cuál de las tres?
El joven, sin vacilar un momento, contesta:
- De la que sea.
Hay otros dioses a los que venerar con devoción: la felicidad, la justicia, la paz, la solidaridad, la libertad, la empatía, la igualdad, la compasión… Si al morir te sobra dinero y tienes el corazón empobrecido es que has hecho mal las cuentas.
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