domingo, 15 de febrero de 2009

Merche Esmeralda, Flamenco, Carlos Saura, Guajira, Merche Esmeralda.



Estamos ante uno de los que se llaman cantes y bailes de ida y vuelta.

Igual que los barcos iban y venían de La Habana, Cuba, a España, con ellos viajaban hombres y mujeres que llevaban sus cantes y bailes. Estos, pasados por "el arte popular cubano" volvían cambiados a España, que lo adoptaban o no según la admiración y el sentimiento que despertara con su arte.

La guajira que aquí nos cantan y el baile de Merche Esmeralda muestran una recreación admirable, Merche es un portento de arte, conocimiento, elegancia, clase, dominio, habilidad, ánge(l) y creatividad que al contemplarlo, nos causa una inmensa emoción y nos deja un recuerdo imborrable.

Sólo la ignorancia o el desdén del arte mostrado por esta mujer, pueden explicar que no posea más premios y doctorados Honoris Causa. Doctorado Honoris Causa es la máxima distinción que la Universidad de Sevilla concede a una persona en reconocimiento a su trayectoria en el ámbito académico, científico o cultural, a sus valores, así como a su especial vinculación con la Universidad. En los casos del arte flamenco en particular y la música y cante en general han estado en España apartados del mundo universitario, por lo cual difícilmente va a existir esa vinculación si la parte académica no ha querido. Queda con suficiente honor, su trayectoria cultural y artística.

Es increíble como la Universidad de su ciudad, Sevilla, ignore tanto conocimiento, arte, talento, dominio, trabajo y esfuerzo como Merche ha desplegado por el mundo entero paseando su arte y el nombre de Sevilla, demostrando en la práctica su autoridad cultural, honor artístico y doctorado en baile Flamenco, despertando la admiración indeleble en todos los públicos que han tenido la oportunidad de contemplarla.

¿Se dignará algún día esa Magnífica Universidad, en la que tuve el honor de estudiar, reconocer y, por lo tanto, conceder el merecido doctorado a Merche, abriendo así sus puertas al sin par arte de esta sevillana? O seguirá cerrando los ojos ante tanto arte como nacido en sus calles y sus gentes ha sabido interiorizar Merche y después de elaborarlo, exponerlo a la admiración universal. Continuará mirando para otro lado, como si ese arte, duende y ángel, no hubiese contribuido de manera importantísima al conocimiento y fama universal de Sevilla y del Flamenco, Patrimonio de la Humanidad, no mereciera un lugar de honor en el templo del saber y del conocimiento académico de la ciudad hispalense. Este baile que contemplamos ¿no es una maravillosa tesis doctoral de sobresaliente "summa cum laude"?

(1) Ángel o "á(n)ge" en lenguaje popular andaluz, es una forma de decir que el artista está tocado por un ángel o por los "dioses", por la forma sublime de realizar su arte, por la perfección y la gracia que muestra, es un don especial y algo más, difícil de definir pero que se siente cuando se contempla a la artista actuando. 
Más aquí.

Flamenco, Carlos Saura. Bulerías

sábado, 14 de febrero de 2009

Savillanas por Merche Esmeralda, de Carlos Saura

Fados, Carlos Saura

Los Poemas Suelen ser Papel Mojado de Mario Benedetti

_- Amor di Mundo

Velocidade

Um Pincelada

Negué

Mar de Canal

Ausencia, con Goran Bregovic

Cesarea Évora, Regreso

_- La Canción más hermosa del mundo



martes, 10 de febrero de 2009

Palabras para Julia

Palabras para Julia
José Agustín Goytisolo
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
con un aullido interminable,
interminable...
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido,
no haber nacido...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás,
como a pesar de los pesares,
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
Un hombre solo, una mujer,
así tomados de uno en uno,
son como polvo, no son nada,
no son nada...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
Otros esperan que resistas,
que les ayude tu alegría
que les ayude tu canción
entre tus canciones...
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino nunca digas
no puedo más y aquí me quedo,
y aquí me quedo...
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...
La vida es bella ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor,
tendrás amigos...
No sé decirte nada más
pero tu debes comprender
que yo aún estoy en el camino,
en el camino...
Pero tú siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti, pensando en ti,
como ahora pienso...

lunes, 10 de noviembre de 2008

La victoria histórica de Obama

Por Howard Zinn | 09/11/2008 | EE.UU.

Fuentes: La Jornada.

Aquellos de nosotros que desde la izquierda hemos criticado a Obama, como yo lo he hecho, porque no ha podido asumir posturas fuertes en torno a la guerra y la economía, debemos unirnos a las expresiones de júbilo de aquellos estadunidenses, negros y blancos, que gritaron y lloraron el martes por la noche al darnos cuenta de que había ganado las elecciones presidenciales. Es en verdad un momento histórico, que un hombre negro vaya a conducir a nuestro país. El entusiasmo de los jóvenes, negros y blancos, la esperanza de los viejos, simplemente no pueden ser ignorados.

Hubo un momento similar hace un siglo y medio, en 1860, cuando Abraham Lincoln fue electo presidente. Lincoln había sido criticado duramente por los abolicionistas, por el movimiento contra la esclavitud, por no haber logrado asumir una posición clara y valiente contra el esclavismo, por actuar como astuto político y no como fuerza moral. Pero cuando lo eligieron, el líder abolicionista, Wendell Phillips, que había sido un furioso crítico de la cautela de Lincoln, reconoció la posibilidad que yacía en haber logrado la presidencia.

Phillips escribió que por vez primera en la historia de la nación «los esclavos han escogido a un presidente de Estados Unidos». Lincoln, dijo, no era un abolicionista, pero de algún modo «consiente representar la posición antiesclavista». Para Phillips, como peón en un tablero de ajedrez, Lincoln tenía el potencial, si el pueblo de Estados Unidos actuaba vigorosamente, para moverse por todo el tablero, convertirse en reina y, como Phillips lo dijo, «barrer con todo».

Obama, al igual que Lincoln, tiende a mirar primero sus fortunas políticas en vez de tomar decisiones basadas en principios morales. Pero, siendo el primer afroamericano en la Casa Blanca, elegido por una ciudadanía entusiasta que espera una jugada decisiva hacia la paz y la justicia social, él presenta la posibilidad de un cambio importante.

Obama se hace presidente en una situación que grita por un cambio de esa naturaleza. La nación se ha enfrascado en dos guerras fútiles e inmorales, en Irak y Afganistán, y el pueblo estadunidense se ha vuelto decididamente contrario a tales guerras. La economía está siendo sacudida por golpazos tremendos y corre el peligro de colapsarse, conforme las familias pierden sus hogares y la gente trabajadora, incluidos aquéllos de la clase media, pierden sus empleos. Así que la población está lista para un cambio. De hecho, está desesperada por un cambio, y «cambio» fue la palabra más utilizada por Obama en su campaña.

¿Qué tipo de cambio se necesita? Primero, anunciar la retirada de nuestras tropas de Irak y Afganistán, renunciar a la doctrina Bush de la guerra preventiva y a la doctrina Carter de la acción militar para controlar el petróleo de Medio Oriente. Obama necesita cambiar radicalmente la dirección de la política exterior estadunidense, declarar que Estados Unidos es una nación amante de la paz que no intervendrá militarmente en otras partes del mundo, y que comenzará a desmantelar las bases militares que mantenemos en más de cien países. Además, debe comenzar a reunirse con Medvediev, el líder ruso, para alcanzar acuerdos acerca del desmantelamiento de los arsenales nucleares, en cumplimiento del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

Esta retirada del militarismo liberará cientos de miles de millones de dólares. Un programa fiscal que incremente con decisión los impuestos para el uno por ciento más rico de la nación y que incida en su riqueza y no solamente en sus ingresos, arrojará más de cientos de miles de millones de dólares.

Con todo ese ahorro de dinero, el gobierno podrá otorgar una atención gratuita a la salud para todos, poner a millones de personas a trabajar (lo que el llamado libre comercio no ha conseguido). En suma, emular los programas del New Deal, en los que el gobierno otorgó empleo a millones. Esto es sólo un bosquejo de lo que podría transformar a Estados Unidos y hacerlo un buen vecino para el mundo.

Traducción: Ramón Vera Herrera.

* Howard Zinn creció en Brooklyn, sirvió como bombardero en la Segunda Guerra Mundial y desde entonces está profundamente involucrado en los movimientos por los derechos civiles y contra la guerra. Es autor de muchos libros, incluido A Power Governments Cannot Suppress (Un poder que los gobiernos no pueden suprimir) publicado por City Lights Books, 2007. 

martes, 29 de enero de 2008

El día de la vergüenza. Toma del poder por Hitler.

27 ENE 2008 El miércoles se cumplen 75 años de la llegada de Hitler al poder en Alemania, con Hindenburg de cómplice, el Parlamento de víctima, la depresión de caldo de cultivo y el victimismo de acicate

El día 30 de enero de 1933, a las 11.30, Paul von Hindenburg, presidente de la República alemana, nombró canciller, jefe del Gobierno, a Adolf Hitler. En apenas unos meses, Hitler y su partido, el NSDAP, comúnmente conocido como los nazis, tomaron el control del Estado y de la sociedad a través de una combinación de cambios en las leyes y de violencia política contra sus oponentes. Las libertades democráticas y los derechos civiles fueron eliminados, y la República parlamentaria de Weimar, destruida. A mediados del año 1933, Alemania era ya una dictadura con un único partido.

Catorce años había durado la primera democracia de la historia de Alemania, nacida en la ciudad de Weimar a comienzos de 1919, como consecuencia de la derrota militar del imperio en la I Guerra Mundial y del hundimiento del orden monárquico existente. La República vivió unos primeros años de crisis (1919-1923), una fase de relativa estabilidad (1924- 1929) y un periodo final (1930-1933) de desintegración y destrucción del régimen democrático. En esos mismos 14 años, el partido nazi pasó de ser un minúsculo grupo de extrema derecha nacionalista a un movimiento de masas, con una violenta y numerosa organización paramilitar, las SA, y una amplia representación en el Reichstag, en el Parlamento de la República. Adolf Hitler fue siempre la figura dominante en el partido, su árbitro y líder carismático.

A mediados de 1933, pocos meses después del cambio de Gobierno, el país era ya una dictadura con un único partido La depresión, con sus consecuencias económicas y psicológicas, metió de lleno a Alemania en una grave crisis política Tras el fracaso de la intentona de 1924, Hitler concentró sus esfuerzos en llegar al poder "dentro de la ley" Su llegada al poder no fue consecuencia directa del apoyo popular. Nunca antes obtuvo más del 37% de los votos La derrota militar de Alemania en la I Guerra Mundial; el estallido de la revolución del 9 de noviembre de 1918, que causó la abdicación del káiser Guillermo II, y el armisticio, le sorprendieron a Hitler en un hospital militar de la región de Pomerania, adonde había sido trasladado para recuperarse de una ceguera parcial producida por un ataque inglés con gas mostaza. Desde ese momento, Hitler se convirtió en uno de los mayores propagadores de la leyenda de la "puñalada en la espalda"; la creencia de que no habían sido los militares, sino los políticos, "los criminales de noviembre", quienes habían abandonado a la nación con la petición de un armisticio.

En los años posteriores a la guerra, Hitler se abrió camino muy pronto entre los círculos políticos de la extrema derecha de Múnich. Allí entró en contacto con algunas de las personas que tan importantes iban a ser después en el movimiento nazi, y que constituirían el grupo de amigos más íntimo: Hermann Göring, Ernst Röhm, Rudolf Hess y Alfred Rosenberg. Y en Múnich conoció también al general Erich Ludendorff, enemigo furibundo de la paz de Versalles y que se propuso desde el principio echar abajo al nuevo orden republicano. Él y Hitler fueron los principales organizadores del golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, planeado en la cervecería Bürgerbräukeller, para el que lograron reclutar a unos 2.000 hombres armados y que fracasó estrepitosamente. En los enfrentamientos murieron 14 insurrectos y cuatro policías. Pese a la gravedad de los hechos, Hitler fue condenado a una sentencia de cinco años en prisión. En realidad, sólo estuvo unos meses, hasta el 20 de diciembre de 1924. Allí escribió, a sugerencia del editor nazi Max Amann, un relato de su vida y de sus opiniones, que apareció publicado un año después como Mein kampf (Mi lucha).

De ese fracaso, Hitler sacó varias enseñanzas. Abandonó la idea de llegar al poder a través de un putsch, para concentrar sus esfuerzos "dentro de la ley", sin excluir el uso de la violencia, en la movilización de masas, en controlar el partido, extenderlo por todas partes y marcas las distancias con los otros grupos nacionalistas y patrióticos. Hitler tenía un programa, un embrión de ideas básicas esbozadas en Mein kampf: nacionalismo, hostilidad al socialismo, destrucción de los enemigos internos de Alemania, un virulento racismo y Lebensraum, que podría encontrarse en el este de Europa y en Rusia en particular, que conduciría a la conquista militar y devolvería a Alemania su condición de primera potencia mundial.

Pero ni la organización del partido, ni la movilización de las masas, ni la capacidad de Hitler para desarrollar el papel de un líder carismático, con excepcionales dotes de orador y propagandista, dieron grandes frutos en esos años de relativa estabilidad de la República de Weimar, hasta que la crisis económica mundial, iniciada con la quiebra de la Bolsa de Nueva York a finales de octubre de 1929, sacudió a Alemania de lleno en ese invierno de 1929-1930. Los créditos extranjeros, de los que dependía fundamentalmente el desarrollo de la economía alemana, fueron retirados, y la situación política fue dominada a partir de ese momento por el acelerado crecimiento del paro, que pasó de poco más de un millón de personas en septiembre de 1929 a tres millones un año después y alcanzó la cifra de seis millones a comienzos de 1933.

Alemania estaba gobernada entonces por una precaria coalición de partidos, dirigida por el socialista Hermann Müller y en la que había representantes católicos, liberales y nacionalistas liberales. A la hora de tomar medidas para paliar el impacto de la depresión, el SPD, los socialistas, apoyados por sus influyentes sindicatos, y el DPV, los nacionalistas liberales, estrechamente conectados con los intereses de los grandes negocios, tuvieron fuertes disputas, especialmente en torno al mantenimiento del seguro del paro, que los socialistas querían mantener, y los nacionalistas liberales, recortar. Müller presentó la dimisión el 27 de marzo de 1930, y allí se acabaron los Gobiernos parlamentarios. Las decisiones políticas ya no se iban a tomar en el Reichstag. Antes de ese año, el Parlamento se reunía un promedio de cien veces al año. A partir de la dimisión de Müller, las sesiones parlamentarias eran cada vez más escasas, y en los seis meses antes de la subida de Hitler al poder, el Reichstag sólo se reunió tres días.

El poder político se movió a otros sitios, al círculo de confianza de Hindenburg, el mariscal de campo del ejército alemán durante la guerra, presidente de la República desde comienzos de 1925, tras la muerte del socialista Friedrich Ebert. Pero quien realmente aumentó el poder en esas circunstancias fue el ejército, y en particular el general Kurt von Schleicher, quien iba a tener un papel protagonista en el drama final. Ni él ni Hindenburg mostraron intención de devolver el poder al Parlamento, y Hindenburg nombró el primero de los llamados Gobiernos presidenciales, el del católico Heinrich Brüning, que ya no necesitaba depender de los votos en el Reichstag para aprobar leyes, sino que gobernaría a través de decretos de emergencia firmados por el presidente de la República.

La depresión, por tanto, con sus consecuencias económicas y psicológicas, metió de lleno a Alemania en una grave crisis política. Los nazis aprovecharon esa circunstancia para presentar la crisis como un resultado del sistema democrático. En las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 pasaron de 12 a 107 diputados. Casi dos años después, en las elecciones del 31 de julio de 1932, obtuvieron 13 millones de votos, el 37,4%, con 230 diputados. Los comunistas ganaban también votos en detrimento de los socialistas y los partidos tradicionales, los conservadores y liberales, y los nacionalistas se hundían.

La mayoría de los votos a los nazis procedían de los grupos protestantes de los distritos rurales, de las pequeñas y medianas ciudades, de los terratenientes y pequeños y medianos propietarios. Y aunque un sector importante de su electorado pertenecía a las clases medias, la investigación histórica ha roto con el estereotipo del NSDAP como un partido sólo de clases medias bajas. Era un electorado de composición social variada, con muchas mujeres también, que incluía a muchos empleados de oficinas y talleres, y, frente a lo que erróneamente se ha supuesto, los parados, procedentes sobre todo de las grandes industrias, no los votaron y dieron su apoyo a los comunistas.

De ahí que haya que precaverse frente a las generalizaciones sobre el apoyo del "pueblo alemán" a los nazis. Antes de que Hitler fuera nombrado canciller, el porcentaje más alto del voto que obtuvieron fue el 37%. Un 63% de los que votaron no les dio el apoyo, y además, en las elecciones de noviembre de 1932, comenzaron a perder votos y todo parecía indicar que habían tocado techo. El nombramiento de Hitler no fue, por consiguiente, una consecuencia directa del apoyo de una mayoría del pueblo alemán, sino el resultado del pacto entre el movimiento de masas nazi y los grupos políticos conservadores, con los militares y los intereses de los terratenientes a la cabeza, que querían la destrucción de la República. Todos ellos maquinaron con Hindenburg para quitarle el poder al Parlamento y transformar la democracia en un Estado autoritario. El 30 de enero de 1933, Hitler fue investido canciller del Reich, porque Hindenburg así lo quiso; jefe de un Gobierno dominado por los conservadores y los nacionalistas, donde sólo entraron dos ministros nazis, aunque en puestos clave para controlar el orden público: Wilhelm Frick y Hermann Göring.

Parecía un gabinete presidencial más, como el de Brüning, Franz von Papen o Schleicher. Pero no era así. El hombre que estaba ahora en el poder tenía un partido de masas completamente subordinado a él y una violenta organización paramilitar que sumaba cientos de miles de hombres armados. Nunca había ocultado su objetivo de destruir la democracia y de perseguir a sus oponentes políticos. Cuando el anciano Hindenburg murió el 2 de agosto de 1934, a punto de cumplir 87 años, Hitler se convirtió en el führer absoluto, combinando los poderes de canciller y presidente del Reich. La semilla iba a dar sus frutos: guerra, destrucción y exterminio racial. Lo dijo Hitler apenas tres años después de que Hindenburg le diera el poder: "Voy siguiendo, con la seguridad de un sonámbulo, el camino que trazó para mí la providencia".

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza.

sábado, 13 de octubre de 2001

Un mundo inquietante

Una crónica del 11-S neoyorkino (Publicado el 12 de septiembre de 2001)

Lo que convierte en inquietante a los atentados de ayer en Estados Unidos es su carácter ejemplar, la general intuición de que volverá a ocurrir -porque es relativamente fácil organizar cosas así y prácticamente imposible prevenirlas-, así como el bajo nivel de los responsables políticos para comprender la situación y diagnosticar las enfermedades que presenta.

Todo el mundo intuyó ayer que las ideas clásicas en materia de “seguridad nacional” sencillamente no sirven. Pero, ¿por qué?. Desde luego hay que “fortalecer la seguridad física”, “unirse contra el terrorismo”, etc., pero lo más importante es comprender los cambios que los avances técnicos, incluida la capacidad de destrucción masiva y la accesibilidad de dicha capacidad, determinan en el mundo de hoy.

Las potencias dominantes, los nuevos “imperios”, ya no pueden comportarse como en el siglo XIX, cuando la lucha por el control de recursos y el dominio de territorios y de colectivos humanos, era un asunto sin riesgos de fusiles contra lanzas. En esa misma labor los países dominantes asumen hoy riesgos enormes, porque, por primera vez en la historia, dada la accesibilidad del arma atómica o de otros medios técnicos de destrucción masiva, las víctimas, los desesperados, los criminales, los locos, tienen posibilidad de acción, respuesta o venganza.

Hace setenta años, en vísperas de la convención sobre el desarme de 1932, Albert Einstein alertó sobre las implicaciones de un “desarrollo técnico que posibilita los medios para la destrucción de la vida”. Sin un cambio de mentalidad el progreso tecnológico es tan peligroso, “como una cuchilla de afeitar en manos de un niño de tres años”, escribió. Más tarde Einstein acuñó una frase que, muchos años después, sería inspiración para el desarme soviético de finales de los ochenta y para el “nuevo pensamiento” gorbacheviano: “el arma nuclear lo ha cambiado todo, menos la mentalidad del hombre”.

Hoy ese asunto está aun más claro. El fin de la guerra fría, esa ocasión perdida para un “nuevo orden mundial”, evidenció que el ejército soviético disponía de bombas nucleares de mochila, pensadas para ser colocadas en la retaguardia del enemigo en caso de guerra. Si los soviéticos, que iban manifiestamente retrasados en ese campo las tenían, pueden imaginarse la situación en el otro campo. Los escenarios de los estados mayores con sustancias químicas y bacteriológicas, en caso de guerra, aun eran mas sencillos y transportables. Y hoy, los expertos coinciden en que no hay grandes dificultades de fabricar privadamente una bomba atómica, o en acceder a unos gramos de antrax capaces de envenenar a millones de personas.

Eso lo cambia todo, pero la mentalidad y el “modus operandii” que gobierna el mundo es la misma que la de antes de que apareciera este nuevo factor.

Si se me permite una anécdota personal, para mi eso quedó claro en la primavera de 1996, en Chechenia. La guerra había devastado el territorio. La capital, Grozny, una ciudad de medio millón de habitantes, había sido reducida a escombros. La región, tierra ancestral de un pueblo de un millón de almas, el checheno, con mentalidad y memoria de genocidio por las deportaciones estalinistas, era un panorama de pueblos con mezquitas destruidas, familias destrozadas, campos sin labrar y gentes desesperadas. En ese contexto me encontré con dos comandantes chechenos, Aslanbek Abduljadzhiev y Aslanbek Israilov, en la casa del primero, en Shalí, a unos 25 kilómetros al sureste de Grozny.

Ambos ya habían participado en el ataque a Budionnovsk de junio de 1995, cuando tomaron mas de mil rehenes inocentes en un hospital-maternidad del sur de Rusia.

Mientras comíamos Abduljadzhiev e Israilov nos explicaron abiertamente sus planes de atacar una instalación nuclear, bien en Rusia, bien en algún país europeo. Su argumento era, “el mundo asiste indiferente a la aniquilación indiscriminada de nuestro pueblo, lo que nos da derecho a una venganza igualmente despiadada e indiscriminada”.

Pocos meses antes, otro comandante checheno, Shamil Basayev, había lanzado una advertencia depositando en el Parque Izmailovski de Moscú un pequeño contenedor con sustancias radiactivas.

Salí muy impresionado de aquella comida, sobre todo porque comprendí que Abduljadzhiev e Israilov eran gente absolutamente “normal” y que, al mismo tiempo, estaban completamente dispuestos a morir en una acción de tipo suicida. Israilov, que murió reventado por una mina en la dantesca retirada guerrillera de Grozny del invierno de 1999 (cuando los comandantes marchaban al frente de sus columnas por campos de minas y saltaban despedazados gritando “Alá es grande”), había sido un próspero fabricante de ladrillos de Argún antes de la guerra. Ambos eran padres de familia. Como todos, Israilov había perdido a familiares en la guerra, y cuando le insistí en la inmoralidad de sus propósitos de atentado indiscriminado, sentí que se ponía violento y desistí para no forzar mas la ley de la hospitalidad chechena.

Al salir de aquella velada, a la que asistieron también Juan Cierco, de ABC, y Ricardo Ortega, de Antena 3, el verdadero artífice de aquella entrevista, hablamos de lo serio que era todo aquello, de lo mal que estaba un mundo que produce desesperados suicidas por doquier; en Kurdistán, Timor, Oriente Medio, Chechenia y decenas de otros lugares. Escribí inmediatamente sobre aquellas impresiones, tras haberlas completado con toda una serie de entrevistas con especialistas rusos en materia de armamentismo y proliferación nuclear que me instalaron en la convicción de una nueva bomba nuclear de amplio consumo.

Según su estimación, en el primer cuarto de este siglo unos veinte países en desarrollo (los “rogue states” citados por la administración americana, suelen pertenecer a ese grupo) podrán tener armas químicas, casi diez armas biológicas, y más de quince misiles balísticos capaces de llevar armas de destrucción masiva.

Cierco es hoy corresponsal en Oriente Medio y testigo de la última Intifada. Ortega lo es en Nueva York y su despacho en Manhattan se debió cubrir ayer de cenizas. Supongo que los dos se acuerdan ahora de aquella velada en Shalí. En lo que a mi respecta, la he tenido siempre presente -se ha convertido casi en una obsesión- y por eso, habiendo sido un “shock”, lo sucedido ayer no ha sido una sorpresa, sino mas bien algo esperado. Una inmensa desgracia anunciada.

Cuando, según datos de Unicef, mas de medio millón de niños iraquís han muerto desde 1991 a consecuencia del bloqueo y sus bombardeos, es solo una cuestión de tiempo que alguien intente hacer estallar una carga nuclear en el metro de Nueva York o derrame unos gramos de antrax en el suministro de agua potable de Londres, escribí en 1996.

Repasando la prensa de hoy se encuentra de todo. No falta quien echa mano de teorías postmodernas sobre el “conflicto de civilizaciones”. En un respetado diario nacional leo que, “el papel de Moscú en el mundo bipolar se lo arroga ahora el terrorismo internacional”. Los políticos hablan de “unirse contra el terrorismo” y bien poco más. Abundan las declaraciones necias que confirman que si este mundo es inquietante es sobre todo por su ceguera en materia de “seguridad” y de “economía”.

El único mensaje, la única conclusión, es tan simple como rotunda: no se puede seguir sembrando desesperación en el mundo, ni consumiendo recursos globales agotables atendiendo a la razón del beneficio, sin correr riesgos de destrucción masiva o de colapsos para los que no existen “soluciones” ni “salvaciones” particulares, nacionales o regionales.

En los últimos treinta años, han aumentado las diferencias entre los países más ricos y los más pobres. También ha aumentado la brecha entre ricos y pobres dentro de los países más prósperos beneficiados por los seudocrecimientos (basados en la contabilidad fraudulenta con la que operan el FMI, nuestros gobiernos y los suplementos de economía de nuestros diarios). Esa es la raíz de la nueva inseguridad, que, sumada a la tecnoesfera de nuestra civilización, su universo de posibilidades técnicas, arroja la dimensión del problema.

Estados Unidos ha abandonado toda política de consenso hacia el Tercer Mundo, desprecia a las Naciones Unidas (ese imperfecto órgano de consenso internacional), propone, y practica, “guerras humanitarias” y absurdos objetivos de inmunidad nacional ante misiles adversos, como recetas contra una inestabilidad y una proliferación armamentista en la que los países más poderosos, ricos e ilustrados, tienen la mayor responsabilidad porque fueron ellos los pioneros en esa senda. Recetas que, en gran parte, son subterfugios para incentivar ese seudodesarrollo económico manifiestamente enfermo en sus fundamentos a partir de las aplicaciones tecnológicas militares, de las que Internet y el teléfono móvil son hijos.

Traduciendo lo de ayer en Manhattan a conclusiones prácticas, el principal mensaje es que Estados Unidos debe cambiar varias líneas fundamentales de su política. Otras potencias del norte deben inventar nuevas políticas más sensatas para el siglo entrante. Si no hay posibilidad de consenso transoceánico, la Unión Europea debe desmarcarse de la política americana hacia el Tercer Mundo. La mejor seguridad es no sembrar la desesperación ni practicar la imposición militar a colectivos humanos. Todo eso ya no vale para nadie, pero aun menos para Europa, escenario de dos guerras mundiales, y aun menos para Rusia, mundo a caballo entre el primer y el tercer mundo, con su pluralismo civilizatorio, sus fronteras directas con el Tercer Mundo y los “rogue states” (Irán, Afganistán), y con su 20% de población de tradición islámica. Si este mundo es inquietante es, precisamente, porque este mensaje seguirá perdido bajo los escombros del World Trade Centre neoyorkino.

(La Vanguardia, 12 Septiembre de 2001)

viernes, 7 de abril de 2000

La historiografía de la guerra civil tiene lagunas importantes, según Ángel Viñas. Prosigue en Santander el homenaje a Tuñón de Lara

La historiografía de la guerra civil y de la dictadura franquista, a pesar de la amplia literatura existente, tiene lagunas sustanciales que reclaman atención preferente, según el profesor Ángel Viñas, que ayer moderó uno de los debates que se desarrollan en la Semana de Historia Homenaje a Tuñón de Lara, de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, de Santander. 

Los aspectos económicos y sociales del conflicto y el análisis de los mecanismos de ejercicio de poder en ambas zonas contendientes son algunos de los puntos en los que todavía no se ha investigado.

Ángel Viñas, historiador, catedrático de Economía y director general de Ordenación Universitaria desde el pasado mes, mantuvo también la tesis de que, a pesar de ciertos meritorios esfuerzos como los desarrollados por el propio Tuñón de Lara, «la historia del franquismo está en gran medida por hacer», advirtiendo que ese trabajo será posible cuando se logre acceso a la documentación generada por el régimen y cuando los historiadores definan áreas de atención prioritaria que requieren esclarecimiento inmediato. Además del análisis del ejercicio del poder, es decir, el funcionamiento y la aplicación de los aparatos del Estado, Viñas cree que esa historia exige el análisis de las instituciones que fueron soporte del anterior régimen.Después de calificar como «no malo, pero sí insuficiente» el estado de la historiografía española en materia de análisis de la contemporaneidad, Ángel Viñas recurre a ejemplos de investigación como los desarrollados en Estados Unidos, Reino Unido y República Federal de Alemania, «donde se ha avanzado mucho más en la definición de los límites temporales de lo contemporáneo, en el soporte empírico del análisis historiográfico y en el abanico metodológico a aplicar al estudio de los procesos históricos de nuestro tiempo». Según el historiador, de los fondos que financiaron al bando nacional y del llamado «oro de Moscú», esos fondos documentales generados por el franquismo «pueden ocupar a varias promociones de jóvenes historiadores y de otros científicos sociales», porque constituyen un «terreno virgen que es urgente empezar a explotar».

Industrialización y lucha de clases
Otro de los debates de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, el moderado por José Luis García Delgado, se centró en las transformaciones económicas y el desarrollo capitalista, especialmente el del período que se extiende entre 1902 y 1913, con el interés que presentan los proyectos de política económica del Gobierno largo, de Maura. Los estudios biográficos que García Delgado señala como sugestivos son, entre los destacados empresarios de aquel tiempo, Ramón de la Sota: entre los ministros de Hacienda y los economistas, Bernis y Olariaga, y entre los técnicos, Lorenzo Pardo.La Semana de Historia Homenaje a Tuñón de Lara analizó también la revolución burguesa y los partidos políticos, en un debate que moderó el profesor Tomás y Valiente, y los orígenes del movimiento obrero, a cargo de Manuel Izard, que subrayó la necesidad de estudiar el conjunto de las luchas de clases populares.