viernes, 20 de febrero de 2026

Viena Roja

Karl-Marx-Hof 2009.jpg

Karl Marx Hof

Las viviendas municipales construidas en Viena durante los años 20, conocidas como Gemeindebauten, (edificios municipales) fueron el pilar central de un ambicioso programa de vivienda social impulsado por el ayuntamiento socialdemócrata durante el periodo de la "Viena Roja" (1919-1934). Este proyecto transformó radicalmente la ciudad, pasando de condiciones de vida insalubres para la clase obrera a ofrecer estándares modernos, luz, aire y servicios comunitarios.

Aquí están los puntos clave sobre estas viviendas:

1. Cifras y Alcance

Volumen de construcción: Entre 1923 y 1934, el ayuntamiento construyó más de 60.000 nuevas viviendas, alojando a unas 200.000 personas (aproximadamente una décima parte de la población en ese momento).

Objetivo: Proporcionar viviendas asequibles y de alta calidad a la clase trabajadora.

2. Características Arquitectónicas y Urbanas

Los Höfe (Supermanzanas): El modelo arquitectónico dominante fue el gran bloque de viviendas o Hof, caracterizado por grandes edificios dispuestos alrededor de patios verdes interiores protegidos.

Diseño e Infraestructura: No eran solo dormitorios; incluían jardines comunitarios, lavanderías, guarderías, escuelas, bibliotecas, clínicas y cafeterías.

Karl Marx Hof: Es el ejemplo más famoso y monumental, extendiéndose por más de un kilómetro.

Estilo: Influenciado por la modernidad pero con toques artísticos y funcionales.

3. El Modelo de Financiación ("Secreto del Éxito")

Impuestos progresivos: La construcción se financió principalmente a través de impuestos innovadores sobre el lujo, la propiedad y una tasa especial de construcción de viviendas (intucida en 1923), ideados por Hugo Breitner.

Alquileres bajos: El uso de dinero público permitió mantener los alquileres muy bajos.

4. Contexto Social y Político

Viena Roja (1919-1934): Fue una respuesta socialdemócrata a la grave escasez de vivienda post-Primera Guerra Mundial.

Filosofía: Se consideraba que la vivienda no debía dejarse totalmente al libre mercado y que el entorno construido podía mejorar la vida de los trabajadores.

Estas edificaciones marcaron el inicio de un sistema de vivienda social que perdura hasta hoy, siendo Viena un referente internacional en esta materia.

Red Vienna - Wikipedia

Large blocks were situated around green courts, for instance at the Karl-Marx-Hof. The tenants of these apartments were chosen on ...

Wikipedia
Karl Marx Hof, la supermanzana de la Viena Roja | Jelena Prokopljević

La Viena Roja (en alemán: Rotes Wien) fue el nombre coloquial de la capital de Austria entre 1918 y 1934, período durante el cual el Partido Socialdemócrata Obrero de Austria (SDAP) mantuvo un control político casi total sobre Viena (y, durante un breve periodo, sobre toda Austria). Durante este periodo, el SDAP implementó un riguroso programa de proyectos de construcción en toda la ciudad como respuesta a la grave escasez de viviendas.[1] Esto implicó la implementación de políticas para mejorar la educación pública, la sanidad y el saneamiento, a la vez que se intentaba sentar las bases arquitectónicas de un nuevo estilo de vida socialista.[1]

El colapso de la Primera República Austriaca en 1934, tras la suspensión del Nationalrat por el Bundeskanzler Engelbert Dollfuß un año antes, y la posterior prohibición del SDAP en Austria, puso fin al período del primer proyecto socialista en Viena.[2] Muchos de los complejos de viviendas construidos durante este período, conocidos en alemán como Gemeindebauten, (edificios municipales) aún se conservan.

Como visitarlo

Tomando la línea U4 (Línea verde del metro)

Esta es la línea más utilizada por los visitantes de la ciudad porque recorre en casi la totalidad el centro y alrededores de los principales monumentos de la ciudad, entre ellos el Palacio Schönbrunn. Tiene 16.4 kilómetros de recorrido y 20 estaciones: Hütteldorf, Unter St. Veit, Ober St. Veit, Hietzing, Braunschweiggasse, Meidling Hauptstrasse, Schönbrunn, Margaretengürtel, Längenfeldgasse, Kettenbrückengasse, Pilgramgasse, Stadtpark, Karlsplatz, Landstrasse, Schottering, Schwedenplatz, Friedensbrücke, Rossauer Lände, Spittelau, hasta la estación Heiligenstadt, final de la linea, al bajar aparece los enormes edificios del Karl Marx Hof. Hoy, según una guia de Viena el 62% de habitantes ocupan viviendas municipales.

Historia

Viktor-Adler-Hof

Viktor-Adler-Hof Ansicht 2.jpg


Tras la derrota del Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, se firmó el Tratado de Saint-Germain-en-Laye entre el Imperio y la Entente victoriosa, que estipulaba la división completa de los territorios que lo componían en naciones individuales. El control austriaco quedó reducido a la República de la Austria-Alemana, proclamada oficialmente el 12 de noviembre de 1918. Durante la guerra, la corriente alemana dentro de los socialdemócratas expresó su interés en la idea de la Mitteleuropa propuesta por el movimiento nacionalista pangermánico dentro de Austria, con la esperanza de que una unión (Anschluß) con el resto de Alemania pudiera solucionar algunos de los principales problemas económicos que la nueva república comenzaba a enfrentar.[2]

Para desaliento tanto de los socialdemócratas como de los nacionalistas pangermánicos, el Tratado de Saint-Germain-en-Laye prohibió expresamente cualquier unión futura con la recién fundada República de Weimar, dejando a Austria con poco territorio y acceso limitado al granero húngaro que había alimentado a Viena durante décadas.[2] En las elecciones al Gemeinderat (Consejo Municipal) del 4 de mayo de 1919 en la capital, el SDAP obtuvo la mayoría de los escaños, y el cargo de alcalde de Viena lo obtuvo el político del SDAP, Jakob Reumann. A nivel nacional, el éxito del SDAP fue mucho menos pronunciado; solo obtuvo el 43,4% de los escaños (40,8% del voto popular), lo que requirió un gobierno de coalición con el conservador Partido Social Cristiano (CSP), un acuerdo incómodo del que el SDAP nunca se recuperaría por completo.[2] Durante las elecciones al Gemeinderat del 4 de mayo de 1919, por primera vez en la historia de Austria, todos los ciudadanos adultos de ambos sexos tenían derecho a voto. Los socialdemócratas eligieron al destacado austromarxista y miembro del SDAP, Karl Renner, como Staatskanzler interino. Sin embargo, tras las elecciones nacionales de 1920, con el candidato del CSP, Michael Mayr, como sucesor de Renner, el SDAP no logró elegir a otro líder a nivel nacional durante el resto de la Primera República.[2]

Viena experimentó numerosos cambios demográficos que agravaron los problemas económicos de la ciudad durante la guerra y los años inmediatamente posteriores. Refugiados de la Galitzia austriaca, incluidos unos 25.000 judíos que buscaban escapar de la violencia política y antisemita de la Guerra Civil Rusa que se había extendido a la zona, se habían asentado en la capital.[2] Al final de la guerra, muchos exsoldados del Ejército Imperial y Real se establecieron en Viena, mientras que muchos exfuncionarios de los ministerios del gobierno Imperial y Real regresaron a sus países de origen, lo que generó un gran intercambio de diversas poblaciones étnicas dentro y fuera de Viena en los años posteriores.[2][1]

Las clases medias, muchas de las cuales habían comprado bonos de guerra que ya no valían nada, se vieron sumidas en la pobreza por la hiperinflación. Las nuevas fronteras entre Austria y las regiones cercanas dificultaron el suministro de alimentos al aislar a la ciudad de las tierras que tradicionalmente la habían alimentado durante siglos.[2] Los apartamentos existentes estaban superpoblados, y enfermedades como la tuberculosis, la gripe española y la sífilis proliferaban.[2] En la nueva Austria, Viena era considerada una capital demasiado grande para el pequeño país, y los habitantes de otras partes del país la llamaban a menudo Wasserkopf (en: "cabeza grande"[3]).

Por otro lado, los optimistas vieron la grave situación de la posguerra como una oportunidad para una gran transformación sociopolítica. Intelectuales pragmáticos como Hans Kelsen, redactor de la constitución republicana, y Karl Bühler se dedicaron a esta labor. Para ellos, fue una época de despertar, de nuevas fronteras y de optimismo.[4]

Los recursos intelectuales de la Viena Roja eran extraordinarios. Intelectuales socialistas como Ilona Duczyńska y Karl Polanyi se trasladaron a Viena, uniéndose a los nativos de la ciudad, Sigmund Freud, Alfred Adler, Karl Bühler, Arthur Schnitzler, Karl Kraus, Ludwig Wittgenstein, Adolf Loos, Arnold Schoenberg y a muchos otros científicos, artistas, editores y arquitectos vieneses. Intelectuales de tendencias conservadoras, como los nacionalistas católicos radicales Joseph Eberle [de], Hans Eibl [de] y Johannes Messner [de], también vivieron en la capital, controlada por el SDAP, durante la Primera República.[5]

Recordando este período, Polanyi escribió en 1944:

«Viena logró uno de los triunfos culturales más espectaculares de la historia occidental… un ascenso moral e intelectual sin precedentes en la condición de una clase trabajadora industrial altamente desarrollada que, protegida por el sistema vienés, resistió los efectos degradantes de una grave dislocación económica y alcanzó un nivel nunca antes alcanzado por las masas populares en ninguna sociedad industrial».[6]

Felleishof.jpg

Felleishof

Sin embargo, el gobierno del SDAP en Viena y su influencia en toda Austria no quedaron exentos de oposición. A pesar de los grandes esfuerzos de los socialdemócratas por influir en las instituciones académicas y las camarillas intelectuales dentro y fuera de Viena, la influencia mucho mayor de los católicos conservadores «negros» en estas instituciones nunca fue reprimida.[5] La Iglesia católica "y celosos del mayor nivel de vida de Viena".[


Política general
Las iniciativas de la coalición SDAP-CSP en el primer gobierno de la nueva República de Austria-Alemania dieron como resultado la introducción legal de la jornada laboral de ocho horas, tan solo una semana después de la proclamación de la república en noviembre de 1918.[2] Además, se implementó un sistema de prestaciones por desempleo y se fundó por ley la Kammer für Arbeiter und Angestellte (Cámara de Trabajadores, coloquialmente Arbeiterkammer) como el grupo de presión oficial de los trabajadores.[2] El entusiasmo por estas reformas disminuyó cada vez más dentro del CSP durante los dos años siguientes, en particular tras un intento de golpe de Estado por parte de elementos comunistas más radicales en Viena el 15 de junio de 1919. El CSP perdió la confianza en la coalición y posteriormente se alineó con el partido pangermánico GDVP.[2]

En 1920, la coalición SDAP-CSP se desintegró, lo que provocó que el SDAP perdiera su mayoría parlamentaria en las elecciones legislativas austriacas de 1920, una pérdida de la que el SDAP no se recuperaría.[2] El SDAP continuó gobernando la ciudad de Viena, donde obtuvo una cómoda mayoría absoluta en las elecciones de 1919.[2] Su objetivo era convertir Viena en un ejemplo brillante de política socialdemócrata, y sus consiguientes reformas atrajeron gran atención de toda Europa. Los conservadores en Austria se opusieron firmemente, pero en ese momento no pudieron contrarrestar el éxito de los socialdemócratas en las elecciones vienesas.

Viena había sido el centro político de la Baja Austria durante siete siglos. En las décadas previas al colapso de la monarquía, se había desarrollado una importante base industrial en las ciudades de Viena y Wiener Neustadt y sus alrededores. Con su amplia mayoría en Viena y el voto obrero de la región industrial en torno a Wiener Neustadt, el SDAP impulsó con éxito la elección de Albert Sever [de] como el primer gobernador (Landeshauptmann) democráticamente elegido de Baja Austria en 1919.[8] Tras el colapso de la relación entre el SDAP y el CSP en 1920, las zonas rurales provinciales de Baja Austria no querían verse atadas a una maquinaria política socialdemócrata provincial, al igual que los socialistas vieneses querían verse limitados por el territorio provincial, que durante mucho tiempo habían considerado un factor diluyente para su adecuada representación.[2] Por lo tanto, los dos partidos principales pronto acordaron separar la «Viena Roja» de la «Baja Austria Negra». El parlamento nacional aprobó las leyes constitucionales que lo permitieron en 1921; el 1 de enero de 1922, Viena se reorganizó en el noveno estado federal.[1] Después de 1934, Gunther comentó: «En Viena, los socialistas crearon una administración notable, convirtiéndola probablemente en el municipio más exitoso del mundo. [...] Los logros de los socialistas vieneses constituyeron el movimiento social más estimulante de la posguerra en cualquier país europeo. Resultado: los clericales los bombardearon hasta la extinción».

Políticas

Vivienda pública
Véase también: Vivienda en Viena

Engels-Hof 12.jpg

Wohnhausanlage Friedrich-Engels-Platz [de], construida entre 1930 y 1933

Antes de la fundación de la Primera República, la corriente austromarxista dentro del SDAP había dejado de lado en gran medida el problema de la vivienda pública, considerándolo solucionable únicamente con la victoria del socialismo. Sin embargo, al ser el problema más acuciante que enfrentaba el Gemeinderat después de la guerra, el SDAP se vio obligado a emprender iniciativas para abordarlo.[1] El Gobierno Imperial-Real había aprobado una Mieterschutzgesetz ("Ley de Protección de Inquilinos") en 1917, que se aplicó inmediatamente en Viena.[9] A pesar de la alta inflación persistente, la ley ordenó congelar los alquileres de los apartamentos a su nivel de 1914. Esto hizo que los nuevos proyectos de vivienda privada no fueran rentables. Por lo tanto, después de la guerra, la demanda de apartamentos asequibles creció enormemente.[1] La creación de proyectos de vivienda pública se convirtió en la principal preocupación de los socialdemócratas en Viena.

En 1919, el parlamento federal aprobó la Wohnunganforderungsgesetz (Ley de Requisitos de Vivienda) con la intención de aliviar la presión sobre la situación de la vivienda en Viena.[2] La baja demanda privada de terrenos edificables y los bajos costos de construcción favorecieron los amplios planes de vivienda pública de la administración municipal.[1]

De 1925 a 1934, se construyeron más de 60.000 nuevos apartamentos en los edificios del Gemeindebau (edificio municipal).[1] Grandes bloques se ubicaron alrededor de zonas verdes, por ejemplo, en el Karl-Marx-Hof.[2] Los inquilinos de estos apartamentos se seleccionaron mediante un sistema de clasificación en el que se priorizaba a las personas con discapacidad y otros grupos socialmente vulnerables.[1][2] El 40% de los costos de construcción se derivó de los ingresos del Impuesto de Vivienda de Viena, el resto de los ingresos del Impuesto de Lujo de Viena y de fondos federales.[2] El uso de fondos públicos para cubrir los costos de construcción permitió mantener bajos los alquileres de estos apartamentos.[1] El número de vieneses sin hogar que vivían en albergues se triplicó hasta alcanzar los 80.000 entre 1924 y 1934, pero el programa de construcción de la ciudad albergó a unas 200.000 personas, una décima parte de la población.[2]

Servicios sociales y sanitarios

Los austromarxistas del SDAP buscaban una transformación integral de la vida social y física de la población vienesa. Buscaban mejorar las condiciones de saneamiento y la calidad de vida mediante la creación de nuevas instalaciones públicas, y se centraron en importantes problemas de salud pública.[2] Estos nuevos programas fueron gestionados principalmente por el recién nombrado Julius Tandler, profesor y médico de la Universidad de Viena, estrecho colaborador de numerosas figuras del SDAP.[2] Muchos de los programas tenían un alcance considerable y su implantación a gran escala requirió varios años.

Los carteles de propaganda publicados por el Gemeinderat en 1931 hacían referencia a programas que habían distribuido 53.000 Säuglingspakete (paquetes de ropa) a padres necesitados, con el objetivo declarado de que "Ningún niño en Viena nacerá en el periódico" (Kein Wiener Kind darf auf Zeitungspapier geboren werden).[2] Se quintuplicó el número de jardines de infancia, se establecieron centros extraescolares para ofrecer actividades a los niños, se introdujeron almuerzos subvencionados en las escuelas y se ofrecieron exámenes médicos y dentales gratuitos a las familias de los niños matriculados.[2][1] Se construyeron baños públicos para mantener los estándares de higiene.[2][1] La mortalidad infantil se redujo por debajo del 50 % de los niveles de preguerra y los casos de tuberculosis se redujeron ligeramente.[2]

Feuerhalle Simmering

Feuerhalle Simmering 2.JPG


En 1921, el Gemeinderat de Viena, con mayoría del SDAP, aprobó la construcción del Feuerhalle Simmering a instancias de varios grupos de defensa, en particular la "Asociación de Crematorios Obreros" y la revista Die Flamme (en: "La Llama").[2] La apertura del crematorio en 1923 se convirtió rápidamente en un punto álgido de la lucha cultural entre el SDAP y el CSP.


El gobierno nacional, liderado por el CSP y dirigido por el Bundeskanzler Ignaz Seipel, presionado por la Iglesia católica, ordenó al entonces alcalde de Viena, Karl Seitz, el cese de las operaciones en las instalaciones. Seitz se negó, argumentando que estaba obligado a hacer cumplir la voluntad del Gemeinderat y el Bundesland de Viena.[2]

Seipel, quien se ganó una reputación de antisemitismo virulento antes de su elección en 1923, se mantuvo firme en la creencia de que la población judía de Viena, así como los miembros judíos en las filas del SDAP (entre ellos, Julius Tandler, entonces consejero de salud y jefe del Departamento de Bienestar Social de la ciudad de Viena, que había respaldado la apertura del crematorio), pretendían subvertir las costumbres católicas que habían regido la vida austriaca durante siglos.[2] Después de que el CSP demandara al Bundesland de Viena por la continuidad del funcionamiento del crematorio, Seitz se vio obligado a defender su insubordinación ante la administración federal ante el Tribunal Constitucional. El tribunal falló a favor del gobierno estatal de Viena en 1924, en una de las pocas victorias que el SDAP logró obtener contra la poderosa facción católica.[2]

Políticas financieras

Los socialdemócratas introdujeron nuevos impuestos por ley estatal, que se recaudaban además de los impuestos federales, conocidos coloquialmente como "Impuestos Breitner" en referencia al entonces canciller financiero Hugo Breitner.[1] Estos impuestos gravaban bienes de lujo como caballos de montar, coches particulares de gran tamaño, personal doméstico en casas particulares y habitaciones de hotel.[2]

Otro nuevo impuesto, el Wohnbausteuer (en inglés: "Impuesto a la Construcción de Viviendas"), también se estructuró como un impuesto progresivo con porcentajes crecientes basados ​​en los ingresos.[1] Los ingresos de este impuesto se utilizaron para financiar el amplio programa de vivienda del municipio.[1] Sin embargo, estas dos nuevas estructuras impositivas solo proporcionaban una parte de la financiación total del bienestar municipal de Viena, gran parte del cual dependía de la financiación del gobierno nacional. Con el paso del tiempo, la dependencia de la financiación de un gobierno federal poco cooperativo, o incluso hostil, dejó al Gemeinderat vulnerable a la presión del CSP para que revirtiera algunos de los programas municipales.[2]

Hugo Breitner, a diferencia de los socialdemócratas austriacos después de 1945, se negó sistemáticamente a solicitar créditos para financiar los servicios sociales, financiando todos los proyectos e inversiones directamente a través de impuestos. Esto permitió al Gemeinderat evitar endeudarse.[2][1] Debido a la excesiva dependencia de la financiación del Nationalrat, estos servicios tuvieron que recortarse cuando, a principios de la década de 1930, el gobierno federal comenzó a agobiar financieramente a Viena.[1]

Políticos

Numerosos políticos estuvieron vinculados con Viena durante este período, entre ellos:

Jakob Reumann, político del SDAP y primer alcalde de Viena durante la Primera República Austriaca. Karl Seitz, político del SDAP y segundo alcalde de Viena durante la Primera República Austriaca, destituido en 1934.
Hugo Breitner [de], consejero de Hacienda de la ciudad de Viena, nombrado durante la administración de Jakob Reumann.
Julius Tandler, consejero de Sanidad de la ciudad de Viena y profesor de anatomía en la Universidad de Viena.
Otto Glöckel, ministro de Educación de la Primera República Austriaca.

Un pollo asado a 6,86 euros: el plato estrella de Le Bar Fleuri, un bistró parisino que genera colas en la calle. En el popular barrio de Buttes-Chaumont, el local reivindica la cocina popular con platos sencillos a precios accesibles

Le Bar Fleuri pollo asado
Todavía es posible encontrar bistrós auténticos en París. Bistrós por los que el tiempo no ha pasado y que no renuevan su mobiliario para aparentar un encanto vintage. Bistrós que conservan la cocina de la abuela (francesa, en este caso) y un ambiente popular. Le Bar Fleuri es uno de ellos, una rara avis. Situado en las colinas de la capital, detrás del parque de Buttes-Chaumont, nada en su fachada envejecida, con un toldo de lona raído por los años, podría atraer a un transeúnte despistado. Nada, salvo un cartel amarillo escrito a mano en el que se lee: “Pollo de corral asado con patatas fritas caseras, 6,86 euros”.

Es la simple conversión del precio que tenía este plato cuando Martial Moro y su hermana Joëlle compraron el bistró hace más de 23 años. Por entonces, lo regía una señora que servía una veintena de platos al día con una carta convencional: muslo de pollo asado en su jugo, arenques con patatas cocidas, paté de campaña, andouillette… “No cambiamos nada de la carta porque el bistró funcionaba muy bien, ¿para qué cambiar una fórmula que triunfa?”, cuenta Moro. El servicio ha cambiado mucho: Le Bar Fleuri sirve ahora a una media de 200 comensales al día, atraídos en una aplastante mayoría por el pollo asado, un plato espléndido y saciante compuesto por un contramuslo en salsa y una buena ración de patatas fritas, preparadas cada mañana en el Fleuri. La fórmula atrae a vecinos y a algún que otro turista que decide alejarse de los circuitos convencionales, y hay días en los que la cola para comer da la vuelta a la esquina. Moro, orgulloso, muestra las imágenes en su teléfono: “El sábado había tanta gente que los coches no podían pasar. Estas fotos me las mandan los clientes, yo no tengo tiempo de sacarlas”.

Joëlle y Martial Moro compraron Le Bar Fleuri en 2002 y decidieron conservar la carta original

El Bar Fleuri es lo que en Francia llaman boui-boui, restaurantes familiares, pequeños y modestos, un tanto destartalados (algunos lo llamarían cutres) donde se sirve comida casera y abundante. Y, sobre todo, son muy económicos. A diferencia de los bouillons, que han vuelto a ponerse de moda en los últimos años, aquí la decoración no es particularmente atractiva y no hay demasiado espacio, de ahí que toque apretarse para encontrar un sitio en mesas largas, compartidas con desconocidos con los que acabaremos —o no— charlando. En las mesas de le Fleuri, es raro ver a alguien que no coma su famoso cuisse de poulet.

“Fue una apuesta desde el principio. Cuando llegamos, la señora no había cambiado el precio, que solía ser de 45 francos antes del euro. Un bocadillo en la calle te cuesta 7 euros, aquí servimos un buen pollo, procedente de Normandía y criados al aire libre, por 6,86 euros. Es una declaración de intenciones y, a la vez, un reclamo: un plato que todo el mundo pueda permitirse” , explica el propietario. Los bajos precios atraen a cientos de clientes, mientras que las bebidas, entrantes (en torno a cinco euros) y postres (7,50 por una consistente porción de tarta), se venden a precio normal, aunque más baratos que otros bistrós de la capital. El resto de platos principales, como la bavette de ternera o la andouillette, cuesta unos 16 euros.

“Nosotros venimos por el pollo, sobre todo cuando hace frío. No hay plato que le haga sombra. Las patatas son excelentes, no es caro, es acogedor y los dueños son simpáticos. ¡Viva el Bar Fleuri!”, dice entusiasta Hervé Cadiou, de 65 años, vecino y cliente habitual. Él y su acompañante toman vino y comparten un trozo tarta de limón y merengue. La cuenta les saldrá a poco menos de 15 euros, cuando hoy día cualquier plato principal en París ronda más bien los 20 euros. Hay clientes que vienen una vez al mes y hay quien viene dos o tres veces a la semana: trabajadores, vecinos y estudiantes en busca de un plato caliente, a buen precio y de buena calidad.


El plato estrella es el contramuslo de pollo, procedente de Normandía y criados al aire libre. María D. Valderrama

Para Jérémy Thiebaud y Thomas Peyre es la primera visita a este local del que llevan años escuchando hablar a sus amigos. “Es una cocina tradicional en un ambiente un tanto kitsch, pero es original volver a encontrar un lugar tan tradicional”, dice Thiebaud. En las paredes, los azulejos floreados y algo descoloridos remiten a una decoración más propia de los años sesenta; las mesas de madera están recubiertas con manteles de papel a cuadros rojos y blancos, que permiten pasar rápidamente de un cliente a otro, y apenas hay que esperar cinco minutos para que nos sirvan el plato.

La pregunta que vuelve una y otra vez entre los clientes es cómo consiguen sobrevivir con esos precios. “Jugamos con el volumen de ventas, claro. Entre semana servimos una media de 200 platos y el fin de semana incluso más. Siempre hemos estado llenos, pero desde hace unos años, con las redes sociales, la afluencia se ha disparado. Y podría seguir creciendo, abrir también para las cenas, pero de momento no me apetece”, dice Moro, de 59 años, que sirve desayunos desde las seis y media de la mañana, almuerzos al mediodía y, los sábados, hasta las ocho de la tarde.


Cuentan con una clientela fiel que acude cada día a comer a precios comedidos. Maria D. Valderrama

El negocio no parece importarle tanto como su misión de restaurador, en el sentido más literario de la palabra. “Hoy una familia con dos hijos va a un restaurante y tiene que gastarse 150 euros. Aquí puedes pagar 15 euros por un entrante y un plato sencillo. Hay muchos platos que se pueden ofrecer a precio competitivo para garantizar que todo el mundo se lo puede permitir”. Cuando se jubile, espera que quien recupere el negocio comparta su visión.

Son las 14:30 horas. Aún queda media hora para que cierre la cocina, pero la afluencia no cesa. Moro atiende al periódico mientras saluda a sus clientes y sienta a los recién llegados. “¿Ves a estos chicos? Los conozco bien porque vienen dos o tres veces a la semana. La semana pasada se animaron a organizar un cabaret antes del cierre y fue un éxito, no lo había hecho nunca, pero creo que repetiremos”, dice el dueño. Martial es una institución en su barrio, un punto de referencia en una capital que, como tantas, tiende al individualismo. Su plato a 45 francos, que todavía se muestra así en alguno de los menús, es, sobre todo, un gesto de solidaridad, una forma de darle a sus clientes una excusa para volver y saber que en el número 1 de la Rue du Plateau siempre encontrarán un plato caliente.

Le Bar Fleuri se encuentra en el número 1 de la Rue du Plateau, en París.
Le Bar Fleuri se encuentra en el número 1 de la Rue du Plateau, en París. Maria D. Valderrama

jueves, 19 de febrero de 2026

Pronoia, ‘flooding’, agnotología: cuando parte de la población queda fuera del lenguaje

Muchos adultos no entienden ciertos términos de uso cotidiano, mientras que una proporción notable de los menores convive con estos conceptos a diario.

Algunos analistas creen que Donald Trump sufre de pronoia, una palabra, algo irónica, de uso reciente que significa la creencia de que todo el mundo conspira a tu favor. Sería lo opuesto a paranoia. En pocos meses, o quizás muy pocos años, ha surgido toda una enorme lista de palabras que reflejan un mundo relacionado con las nuevas tecnologías o con nuevos movimientos políticos vinculados con el uso de esas tecnologías y esos algoritmos. La lista es grande, pero, con ayuda de ChatGPT, se pueden elegir algunos de los términos más usados.

Más información

Efecto ChatGPT: ya empezamos a hablar todos como robots

Aquí van algunas de esas palabras, una especie de mínimo diccionario para uso cotidiano.

Posverdad: los hechos objetivos influyen menos que los sentimientos.

Luz de gas: manipulaciones para hacer dudar de hechos evidentes.

Woke: significa literalmente “despierto”. Define a quien está consciente y crítico ante las injusticias sociales. Aunque comenzó enfocado en el racismo, hoy incluye políticas de equidad, género, identidad y justicia social. En la actualidad, es utilizado por sectores conservadores con una connotación peyorativa, asociándolo con la cultura de la cancelación, la corrección política y posturas de extrema izquierda. 

Cancelación: retirada de apoyo público a opiniones o conductas polémicas.

Mansplaining conjuga las palabras inglesas man (hombre) y explain. El diccionario Cambridge define mansplaining como el acto de explicar algo a alguien, de modo que sugiere que la otra persona es estúpida; usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella, en realidad, ya entiende perfectamente.

Trol: usuario que provoca deliberadamente para manipular debates.

Astroturfing: simulación de un movimiento ciudadano que en realidad está financiado u organizado por intereses ocultos.

Gobernanza algorítmica: uso intensivo de las redes para comunicación directa líder-pueblo.

Capitalismo de vigilancia: modelo económico basado en la extracción masiva de datos personales.

Flooding: llenar el espacio público con tal cantidad de contenido que imposibilita discernir qué es relevante.

Deepfake: contenido audiovisual manipulado para engañar.

Dogwhistle: mensaje codificado que solo entiende un grupo específico, útil para movilizar sin exponerse públicamente.

Enmierdamiento: conjunto de estrategias de degradación deliberada del entorno informativo.

Agnotología: producción deliberada de la ignorancia, la duda o la desinformación.

Obviamente, esta pequeña lista solo contiene palabras de repetido uso en medios tecnológicos, pero la lista es más grande. En cualquier caso, demuestra hasta qué punto una parte importante de la población está quedando fuera de un lenguaje cada día más complejo y no solo por cuestiones de edad, sino también por falta de implicación en la tecnología y en los movimientos políticos que muchas veces anidan en ella. En ºsentido contrario, una parte notable de niños y adolescentes convive con estos conceptos de manera cotidiana.

En España, la prohibición de que los menores de 14 años puedan abrir una cuenta en una red social facilitando sus datos personales exige el consentimiento paterno desde 1999, pero, en realidad, se trata de un simple trámite (rellenar una casilla), sin ningún tipo de garantía ni seguridad. Lo que pretende ahora el Gobierno es impedir que puedan abrir una cuenta en redes, en ningún caso, y responsabilizar a las grandes compañías tecnológicas de que efectivamente ese acceso queda prohibido. Las grandes empresas tecnológicas se las han arreglado hasta ahora justo para lograr lo contrario: que sea muy fácil para niños y adolescentes caer en una especie de adicción que los conduce a practicar el llamado scroll infinito, saltar continuamente de un contenido a otro en internet. TikTok, por ejemplo, ha logrado unos niveles formidables de scroll en esas capas de población.

La protección de la infancia y de los adolescentes es solo uno de los muchos puntos en los que se diferencia la posición del Gobierno estadounidense de Trump y los gobiernos europeos. Como escribe el economista Dani Rodrik en la web Social Europe, “si queremos lograr un mundo estable y multipolar donde las aspiraciones democráticas se mantengan vivas, Europa tendrá que tomar la iniciativa. El mundo necesita una alternativa a los modelos estadounidense y chino, y para ello, los líderes europeos deben tener la valentía de trazar su propio rumbo”. A lo largo de esta semana, los dirigentes europeos han celebrado varias reuniones en las que esa pregunta ha sido formulada una y otra vez. Sin respuesta.

Soledad Gallego Díaz.

Hannah Arendt, la filósofa de "la banalidad del mal" cuyo legado resuena en el conflictivo mundo actual a 50 años de su muerte

Hannah Arendt con una blusa oscura está recostada sobre una pared en un sofá

Fuente de la imagen,Fred Stein Archive/Archive Photos/Getty Images

Pie de foto,Hannah Arendt en una foto de 1949

"Los humanos, aunque han de morir, no han nacido para eso sino para comenzar".

La autora de esa frase vivió la primera posguerra, huyó del nazismo, fue refugiada, estudió el totalitarismo, cubrió el juicio de uno de los organizadores del Holocausto, nos habló del "mal radical" y de "la banalidad del mal".

Aun así, en la obra de Hannah Arendt, una de las principales pensadoras políticas del siglo XX, hubo un espacio para creer en nosotros como especie.

"Esta idea de que los seres humanos son inicio, capacidad de interrupción, de irrupción, de novedad, puede permitir pensar que en Arendt hay una suerte de idea de esperanza", le dice a BBC Mundo la filósofa Josefina Birulés, una de las más destacadas especialistas en la obra de la autora alemana.

Y es que, indica la investigadora, "Arendt estaba más interesada en aquello que ilumina, que en la oscuridad que nos rodea".

"El espíritu de su pensamiento es extraordinariamente vigente y los conceptos y categorías que introdujo siguen sirviendo para acercarse a nuevas realidades", añade Agustín Serrano, investigador del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

Criticada por unos, elogiada por otros, este jueves 4 de diciembre se cumplieron 50 años de la muerte de la historiadora cuya relevancia no conoce el paso del tiempo.

"Una nueva clase de seres humanos"

Arendt nació en 1906, en Alemania, en el seno de una familia judía.

Con el ascenso del nazismo, tuvo que huir de su país a los 27 años. Vivió varios años en París y, en 1941, se fue a Estados Unidos, donde se radicó y realizó distintos trabajos, entre ellos el de periodista.

Retrato de Hannah Arendt, que lleva el cabello suelto y largo y posa con una mano tocando el rostro

Retrato de Hannah Arendt, que lleva el cabello suelto y largo y posa con una mano tocando el rostro

Fuente de la imagen,Mondadori via Getty Images

Pie de foto,

Arendt tuvo que abandonar su carrera académica en Alemania y dejar el país tras la llegada del nazismo. 

Birulés cuenta que en esa época Arendt estaba sistemáticamente preocupada por los amigos que habían quedado atrás, por cómo podía ayudarlos a escapar de los horrores del nazismo.

Ella misma se convirtió en una refugiada.

"Basta leer un artículo que es una auténtica maravilla, es irónico, sarcástico: 'Nosotros, los refugiados', que valdría la pena releerlo hoy".

Ese texto, publicado en 1943, Arendt lo inició así:
"En primer lugar, no nos gusta que nos llamen 'refugiados'. Nosotros mismos nos llamamos unos a otros 'recién llegados' o 'inmigrantes'".

Más adelante escribió: "Aparentemente nadie quiere saber que la historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la clase de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos".

Por 18 años, Arendt fue una refugiada apátrida hasta que adquirió la nacionalidad estadounidense en 1951.

La eliminación de lo político

Ese año, publicó "Los orígenes del totalitarismo", una obra considerada clave para comprender el siglo XX.

Allí describiría el totalitarismo como un "mal radical".

De acuerdo con Serrano, la escritora tuvo la lucidez de reconocer que es "una forma de violencia y dominación que no tiene ejemplos en la historia, por crueles que hayan sido las tiranías y los despotismos del pasado".

Joseph Stalin en una palestra con micrófonos

Joseph Stalin en una palestra con micrófonos

Fuente de la imagen,Getty Images


Pie de foto,
Arendt examina el desarrollo histórico del totalitarismo. Uno de los casos que estudia es el del estalinismo en la Unión Soviética. 

Planteó que esa forma de gobierno se ha producido en dos casos distintos: el totalitarismo nazi y el estalinismo en la Unión Soviética.

Ese libro es una especie de radiografía de un nuevo régimen que, según la pensadora, consistía en "la absoluta y declarada" aniquilación de lo político, explica Birulés.

"De aquí que ella no se haga las preguntas tradicionales: ¿cómo repensar la dignidad humana?, ¿cómo repensar los derechos? Lo que hace es preguntarse por el sentido y el significado de la política, que es lo que ha sido eliminado ya sea en el régimen nazi o en el estalinista".

Y esa idea de repensar el sentido de la política es lo que le permite hacer un diagnóstico de su propia época.

"Siempre fue una filósofa movida por el afán de comprender lo que estaba atestiguando", señala Serrano.

Por una parte, tenía ante sí "una especie de destrucción de la convivencia cívica y política, primero en Alemania y luego en Europa".

Y, por otra parte, "una amenaza a la condición humana como nunca se había experimentado".

En un juicio histórico

Lyndsey Stonebridge, profesora del departamento de Literatura Inglesa en la Universidad de Birmingham, cuenta que Arendt fue una de las primeras en descubrir lo que ocurría en los campos de concentración.

"La primera en estudiar el nuevo sistema de las 'fábricas de cadáveres', como ella las llamaba", escribió Stonebridge en el artículo Hannah Arendt's lessons for our times: the banality of evil, totalitarianism and statelessness ("Lecciones de Hannah Arendt para nuestros tiempos: la banalidad del mal, el totalitarismo y la apatridia"), publicado en el sitio web de la Academia Británica.

Arendt había quedado horrorizada cuando vio los juicios de Núremberg en los años 40.

En 1960, Adolf Eichmann, considerado el cerebro logístico de Hitler, fue trasladado de Argentina, donde vivía, a Jerusalén para ser enjuiciado por su participación en la comisión de crímenes de guerra y de lesa humanidad.

Arendt, que escribía en la revista The New Yorker, pidió ser enviada como corresponsal para cubrir el juicio que se realizó en 1961.

Allí, vio al acusado en un cubículo de cristal antibalas.

Adolf Eichmann vestido de traje y corbata con dos guardias a los lados, dentro de un cubilo protegido por vidrios

Fuente de la imagen,Getty Images

 
Pie de foto,

Adolf Eichmann vestido de traje y corbata con dos guardias a los lados, dentro de un cubilo protegido por vidrios

Arendt pidió viajar a Jerusalén para cubrir como periodista el juicio a Adolf Eichmann.

Stonebridge cuenta que Arendt se encontró con "un hombre pequeño, más bien pomposo, hablando en clichés, engreído y radicalmente incapaz de pensar sobre dónde estaba y sobre quién hablaba".

"Eichmann era banal", pero eso no significaba que no fuera malvado, definitivamente lo era, indica la profesora.

Él representaba un tipo de mal.

"Este mal, decía Arendt, este mal irreflexivo se había introducido en nuestra cultura y se estaba propagando como un hongo".

"La banalidad del mal"

"El título de su crónica es muy conocido, pero poquísima gente la ha leído", dice Birulés.

En febrero de 1963, salió publicado el artículo: "Eichmann en Jerusalén-I. Adolf Eichmann y la banalidad del mal".

Lo que Arendt escribió allí generó irritación en algunos sectores.

Un plano general de la sala del juicio en la que se ve Eichmann en su cubículo, lo jueces y otros miembros

Un plano general de la sala del juicio en la que se ve Eichmann en su cubículo, lo jueces y otros miembros

Fuente de la imagen,Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images


Pie de foto,"Cuando me presento ante ustedes", dijo el fiscal jefe Gideon Hausner al tribunal, "no estoy solo. Aquí conmigo en este momento están seis millones de acusadores".

"Una razón es que Arendt subraya que aquel personaje que tiene adelante, y de quien ha leído papeles y papeles de información que disponen los que asisten al juicio, es un hombre totalmente normal, no es un psicópata, sino que es el perfecto padre de familia del siglo XX que se ocupa de cuidar a su familia y que hace bien su trabajo, pero sin interrogarse sobre el trabajo que está realizando", explica la académica.

"Esta idea de que buena parte de quienes participar en el régimen nazi eran hombres perfectamente normales es una idea que algunos consideraron como una forma de exonerarlos".

"En cambio, si se piensa bien se podría decir que es más terrible porque psicópatas hay pocos, pero hombres normales hay muchos, esto que ella denominó la banalidad del mal", reflexiona Birulés.

La publicación de esos textos -que aparecieron primero como artículos en The New Yorker y después como un libro, "Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal", de 1963- "le costaron muchas amistades y disgustos".

La palabra banalidad aparece en el título y en un epílogo que añade cuando "las críticas arreciaron", recuerda Birulés. No es que hubiese presentado toda una teoría.

La investigadora recuerda que cuando Arendt les respondió a algunos amigos que la cuestionaban, les decía que ya había hablado del "mal radical" en "Los orígenes del totalitarismo".

Lo que hace Arendt es caracterizar a Eichmann como un individuo irreflexivo, que es incapaz de pensar, de reflexionar sobre lo que hace.

En una carta escrita en 1962, Eichmann dijo que personas como él fueron "obligadas a servir como meros instrumentos en las manos de los líderes" y que no se sentía culpable.

"Hay que decir que ni los juristas, jueces, fiscales, etcétera, que había en las sesiones, ni Arendt, pudieron leer lo que ahora nosotros podemos leer", señala Birulés.

Se refiere a documentos que, posteriormente, mostraron que "Eichmann era un auténtico antisemita y, por tanto, Arendt se equivocaba con él".

"Aunque, como bien dice quien hizo esa investigación tan seria sobre esos papeles, Eichmann no habría sido tan convincente si no hubiera tantos personajes normales que formaban parte del aparato del nazismo y que colaboraban con él".

¿Qué quiso decir?

Josefina Birulés con lentes, una chaqueta marrón, sentada en una presentación pública

Fuente de la imagen,Paco Freire/SOPA Images/LightRocket vía Getty Images

Birulés es investigadora del Centro de Investigación Teoría, Género, Sexualidad de la Universidad de Barcelona, donde enseñó Filosofía entre 1979 y 2020.

Varias de sus publicaciones se han enfocado en el pensamiento de la filósofa alemana, como el libro "Una herencia sin testamento: Hannah Arendt".

Josefina Birulés con lentes, una chaqueta marrón, sentada en una presentación públicaFuente de la imagen,Paco Freire/SOPA Images/LightRocket vía Getty Images Pie de foto,

Pie de foto,Para Arendt, la finitud humana viene dada por la natalidad, dice Birulés, una de las principales estudiosas de su obra.

Para comprender lo que Arendt quiso expresar con la banalidad del mal, la experta invita a preguntarnos "¿qué es lo que diferencia a Eichmann de personajes tan villanos y malos como los que vemos en algunas obras de Shakespeare, por poner un ejemplo?".

"Lo que dice Arendt es: ¿cómo se hace para juzgar tipos que aparentemente no tienen la intención de hacer el mal?".

"¿Cómo se hace para acusar a unos tipos que es evidente que son capaces de hacer el mal y siembran el mal en su entorno, cuando lo han hecho sin desobedecer la ley, cuando lo han hecho obedeciendo la ley?".

Las preguntas que se formula Arendt apuntan a cómo concebir un nuevo sistema de justicia que contemple a personas como estas y a un nuevo tipo de crimen.

Para Birulés, el concepto sobre la banalidad del mal cuestionó la tradición de pensar que el mal tenía que ver con una mala intención y "lo que hace Arendt es mostrar que el mal es posible en el siglo XX sin intención de cometer el mal, cumpliendo órdenes, cuidando muy bien a la propia familia".

"Hombres grises"

Desfile nazi en Berlín en 1938


Soldados con uniformes y botas negras desfilan y llevan estandartes que tienen la esvástica

Fuente de la imagen,Keystone-France/Gamma-Rapho via Getty Images

Soldados con uniformes y botas negras desfilan y llevan estandartes que tienen la esvástica

Serrano recuerda que, en medio de la polémica que desató, el libro sobre Eichmann lanzó a la fama a Arendt en el sentido de que su nombre salió de los círculos académicos y se posicionó en los medios de comunicación.

"Esa obra lo que fundamentalmente transmite es que para una empresa de mal organizado tan compleja, tan amplia, como fue el exterminio de la población judía en Europa, lo imprescindible eran, sobre todo, hombres comunes y corrientes que aceptasen colaborar sin hacer preguntas y que esta colaboración no les produjese problemas de conciencia".

Pie de foto
"Creo que ese es el perfil de la banalidad del mal: hombres grises que no eran propiamente fanáticos ni sádicos, que serían incapaces, como dice ella, de matar a su jefe y sin embargo fueron imprescindibles en la tarea de destruir millones de inocentes".

Esa realidad desconcertante y escalofriante es lo que queda plasmado en la banalidad del mal.

"La aportación de Arendt es muy significativa para la comprensión de lo que ocurrió, para fenómenos posteriores, quizás también actuales, que es esa tesis de que, si a los hombres comunes y corrientes se les garantiza impunidad, se adaptan a cualquier proceso de violencia organizada y lo viven con normalidad".

El investigador también reflexiona sobre la gran polémica que generó insinuar que Eichmann, quien era teniente coronel de las SS, reflejara ese perfil. Pero independientemente de eso, lo importante es que a la luz de lo que plantea Arendt miles de personas sí respondían a ese perfil.

"Yo no creo que sea incompatible decir que el mal fue radical y que parte de sus perpetradores respondían a ese perfil de la banalidad del mal".

Para el filósofo, es clave verlo como un complemento muy importante al análisis de lo que es un régimen totalitario y cómo funciona.

"Ella no dice que todos los dirigentes nazis puedan responder a ese perfil, lo contrario. Lo que sí dice es que esa empresa de destrucción organizada necesita gente, técnicos, administrativos, juristas, entre muchos otros, que no se hagan preguntas y que por principio no son personas malvadas".

El legado

Para Serrano, el legado de Arendt, su pensamiento, sigue "muy vivo".

"Un punto muy original de su obra es la reflexión sobre el hecho de que los seres humanos en realidad están llamados a la acción, a participar en los asuntos comunes, en lo que ella llamaba: el cuidado del mundo".

Y ahí es donde el filósofo ve en Arendt una fuente de esperanza y hasta de optimismo.

Hannah Arendt con una blusa, un collar, mira hacia abajo y se pone la mano en el cabello. En ella tiene un cigarrillo.

Hannah Arendt con una blusa, un collar, mira hacia abajo y se pone la mano en el cabello. En ella tiene un cigarrillo

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Frases de la obra de Arendt se pueden encontrar fácilmente en internet. Incluso hay camisas y tazas con algunas de ellas y con su rostro.

"Siempre mantuvo que la política tiene una promesa que solo ella puede canalizar, que es la promesa de cuidar del mundo y que eso convoca a todas las personas, que no se puede delegar a un grupo, a un estamento de políticos".

"Ella decía que la libertad se experimenta actuando con otros, entre otros, lleno de limitaciones, de condicionantes, de dificultades; pero ahí es donde se presenta la libertad".

El filósofo añade que sigue pasando lo que ella misma dijo, que continúa siendo percibida como conservadora por las personas de izquierda y, al mismo tiempo, sigue siendo vista como demasiado avanzada, progresista, por los conservadores o las personas de derecha.

"Ni los liberales, ni los socialistas la cuentan como una de los suyos. Es una pensadora sin partidismos".

Birulés plantea que uno de los legados más significativos de Arendt es la idea de que no hay que pensar a partir de principios, sino que hay que hacerlo con la intención de entender lo que nos ocurre.

"Dejarse interpelar por la experiencia, por lo que nos toca vivir", indica la experta.

"Este es un legado que me parece importante ahora que casi no entendemos nada de lo que nos está ocurriendo".

"Como decía ella, el hilo de la tradición se ha roto, las viejas categorías ya no nos sirven, pero al mismo tiempo necesitamos ver dónde estamos y no nos basta con decir 'estos son unos tiranos' para saber que con ellos no queremos estar, pero para comprender en qué situación estamos es necesaria esta forma de comprensión que ella propone: partir de la experiencia y de ahí tratar de dar respuesta, no a la inversa".

Rincones

En medio de experiencias tan dolorosas y tiempos tan oscuros, Arendt habló de la natalidad, de la novedad que trae el nacer.

Birulés nos recuerda que la filosofía tradicionalmente ha entendido la finitud humana a partir de la imagen de su mortalidad.

Pero Arendt dice que es a la inversa, que la finitud humana viene dada por la natalidad.

Michael Hauskeller, jefe del departamento de Filosofía de la Universidad de Liverpool, recuerda que en el libro "La condición humana", Arendt celebró el hecho básico de que hayamos nacido.

De acuerdo con el académico, nos habló de la posibilidad de que con cada persona nueva que llega al mundo pueda pasar algo realmente nuevo porque cada persona es única.

"Así que cada nacimiento es potencialmente un nuevo comienzo, y es una oportunidad para otros nuevos comienzos que podrían cambiar el mundo", indicó Hauskeller en un artículo de la BBC.

"No estamos condenados a repetir todo lo que hemos hecho y los errores que hemos cometido como especie humana", añadió.

Birulés señala que Arendt era muy contraria al fatalismo y al optimismo absolutos, a ella le interesaba que el pensar partiera de la experiencia.

"Algo que es interesante de Arendt y que sorprende la primera vez que la lees y sigue sorprendiendo, a pesar de que ahora es más conocida, es que siempre mira hacia donde no mirábamos. Es decir, si hablamos de mal radical, ella habla de banalidad del mal; si hablamos de mortalidad, ella habla de natalidad".

Birulés resalta que "no es necesario estar de acuerdo con ella porque a veces es difícil estarlo, pero lo interesante es que nos obliga a repensar" las concepciones que teníamos.

O, como un amigo de Arendt decía de ella: "Siempre ilumina los rincones". 


miércoles, 18 de febrero de 2026

El Método Harvard de negociación

El Método Harvard de negociación, desarrollado por Roger Fisher, William Ury y Bruce Patton, es un enfoque colaborativo enfocado en principios ("ganar-ganar") que busca resolver conflictos basándose en intereses subyacentes y criterios objetivos, en lugar de posiciones rígidas.

Sus pilares fundamentales son :

Separar a las personas del problema, 
Enfocarse en intereses, 
Crear opciones de beneficio mutuo y 
Usar criterios objetivos.

Principios Clave del Método Harvard (Los 4 Pilares)


Separar a las personas del problema: 
Evitar que las emociones personales o percepciones interfieran en la negociación. Atacar el problema, no a la persona.

Enfocarse en los intereses, no en las posiciones: 
Descubrir qué motiva realmente a las partes (necesidades, deseos, miedos) en lugar de lo que dicen querer inicialmente.

Generar opciones de mutuo beneficio: 
Crear soluciones creativas que satisfagan a ambas partes antes de llegar a una conclusión.

Insistir en criterios objetivos: 
Basar el acuerdo en estándares justos e independientes, como el valor de mercado, la ley o precedentes, no en una contienda de voluntades.


Los 7 Elementos del Método Harvard


Para un análisis más profundo, el método se desglosa en siete elementos:

Intereses: Lo que realmente quieren las partes.

Opciones: Posibilidades sobre la mesa que benefician a ambos.

Alternativas (MAPAN/BATNA): El Mejor Acuerdo Posible a una Negociación, o sea, qué hacer si no se llega a un acuerdo.

Legitimidad: Uso de estándares objetivos para validar opciones.

Comunicación: Escucha activa y empatía para resolver malentendidos.

Relación: Tratar de mejorar la relación entre las partes, no dañarla.

Compromiso: Acuerdos claros y viables al final de la negociación.


Este enfoque es altamente efectivo en entornos comerciales, laborales y mediaciones para lograr acuerdos duraderos y fortalecer relaciones.

Oliver Guez, escritor: “Preferiría tomar una copa con Gertrude Bell que con Lawrence de Arabia” El autor francés traza en ‘Mesopotamia’ una semblanza novelada de la gran aventurera británica conocida como “la reina del desierto”

No es extraño que nos caiga mucho mejor el sujeto de la nueva novela de Olivier Guez que el de la anterior: era Mengele. Tras La desaparición de Josef Mengele, que seguía los pasos del Ángel de la Muerte de Auschwitz, Guez aborda ahora en Mesopotamia (también en Tusquets), asimismo desde la narrativa, la vida de otro notable personaje histórico, la gran aventurera británica Gertrude Bell (1868-1926), arqueóloga, exploradora, montañera, espía, agente política del imperio y que fue determinante en el destino de Oriente Medio. Guez (Estrasburgo, 51 años), un hombre alto y circunspecto, llega un poco tarde a la cita en un hotel de Barcelona porque, explica, ha estado en una piscina nadando, una curiosa introducción para hablar de una mujer conocida como “la reina del desierto” y que fue amiga y colega de Lawrence de Arabia.

Más información  A la caza del doctor muerte

Pregunta. Más simpática que Mengele
Respuesta. Es fácil, desde luego, aunque tienen en común haber caído ambos en la desmesura. El infame médico de las SS con su obsesión por buscar el secreto de los mellizos, Bell por creer que podía crear un imperio en Oriente Medio.

P. ¿Por qué la ha elegido como protagonista de su libro?
R. Era una mujer sensacional. Absolutamente excepcional para su época. Tuvo responsabilidades extraordinarias y un importante estatus oficial, insólito entonces para alguien de su sexo. Fue espía, jefa de los servicios de inteligencia, arqueóloga de renombre, licenciada en Historia en Oxford, alpinista, viajera, cruzó el desierto del Nefud en camello, se enamoró de los beduinos…

P. Se la ha denominado “la Lawrence de Arabia femenina”.
R. En puridad es al revés: Lawrence es el Gertrude Bell masculino. Ella fue objetivamente más importante y políticamente relevante que él. La revuelta árabe no tuvo tanta trascendencia como el papel de Bell en el trazado de las nuevas fronteras de Oriente Medio y en el moldeado del porvenir de la región.

P. Pero Lawrence, del que por cierto hace usted un retrato espléndido, es más conocido.
R. Ya, tuvo varias ventajas, la primera ser un hombre. La segunda, que occidente estuviera en busca de un héroe individual tras las masacres de la Primera Guerra Mundial, con millones de muertos anónimos. También que escribiera una obra maestra, Los siete pilares de la sabiduría, cosa que Bell no hizo. Y por último y fundamental, tuvo una película que lo inmortalizó.

P. Ha tardado, pero Gertrude ha tenido también su película, La reina del desierto (2015), de Werner Herzog, con Nicole Kidman. A Lawrence lo interpretaba ¡Robert Pattinson!, al que no le debía sentar bien tanto sol.
R. Una película muy mala y que no funciona.

 

Nicole Kidman como Gertrude Bell en ‘La reina del desierto’.

P. En todo caso, es indudable que Lawrence tenía carisma, ¿y ella?
R. Imponía, era rica, políglota, tenía modales de clase alta, una red de relaciones impresionante. La gente la veía como alguien excepcional. Era arrogante. Sus enemigos la calificaban de solterona cascarrabias y excéntrica” Le faltaba el sentido del humor, no era una mujer divertida.

P. Lawrence tampoco, sobre todo cuando lo flagelaban. ¿Tenía épica ella?
R. Sí, también, más aterciopelada, menos espectacular. Y le faltó alguien que la explicara, como hizo el periodista Lowell Thomas con Lawrence. Cuando Bell cruzaba el desierto no había nadie para contarlo. T. E. Lawrence fue objeto de deseo de todos los mitómanos del siglo XX, como Malraux, todos hubieran querido ser él. Era como Corto Maltés. Bell no entra en eso. No hace soñar así. Me temo que nadie fantasea con ser Gertrude Bell.

P. Compartía con Lawrence el valor y el coraje.
R. Sí, y otra cosa tenían en común: no se querían a sí mismos, no tenían buena relación con sus cuerpos. Lo trataban como a un enemigo. Creían en la redención por el sufrimiento.

P. ¿Era lesbiana Miss Bell?
R. No he encontrado nada que lo pruebe, ni entre líneas; de hallarlo lo habría puesto sin problema en el libro. Me parece que la aventura era un sustituto de la sexualidad en Bell y en Lawrence.

P. ¿Con cuál de los dos se iría a tomar una copa?
R. Con Gertrude Bell, me encantaría oír de primera mano sus aventuras. Creo que me llevaría mejor que con Lawrence. Aunque si me pregunta cuál de los dos me cae más simpático…

P. ¿Cuál de los dos le cae más simpático?
R. Winston Churchill, jajaja. Tenía un cinismo y un humor del que carecían los otros dos.


 
Gertrude Bell (la tercera por la izquierda), en 1921, ante la Esfinge de Gizeh, junto a Winston Churchill (a su izquierda en la foto) y T. E. Lawrence, el famoso 'Lawrence de Arabia'.

P. Hay una famosa foto de 1921, de cuando la Conferencia del Cairo, en la que salen los tres en camello frente a la esfinge de Guiza. ¿Quién montaba mejor ese animal, Bell o Lawrence?
R. No sabría decir, ambos eran muy buenos. Y sin duda los dos mejores que Churchill al que el suyo aquel día lo tiró al suelo como a un saco de patatas.

P. Mesopotamia es un libro muy literario, con pasajes bellísimos. ¿Hasta qué punto novela la vida de Gertrude Bell, de la que cuenta muchas intimidades?
R. La propia vida de Bell es muy novelesca. Invento muy poco. Donde hay parte de ficción es en el decorado, en la puesta en escena, no en lo esencial. Mi trabajo es más de técnica literaria que de ficción. Ya sabe que a los franceses, a diferencia de los anglosajones, nos gusta hacer de la historia un sujeto literario.

P. Hay una alusión a Hércules Poirot en Mesopotamia.
R. Me hubiera encantado que se conocieran Gertrude Bell y Agatha Christie, pero no lo hicieron, pese a casi coincidir en excavaciones arqueológicas. Por eso hago ese guiño de que la primera se encuentre a un detective belga en el Orient Express.