domingo, 8 de marzo de 2026

El suicidio moral de la Unión Europea

Ayer escribí un artículo en el que, entre otras cosas, dije:

Ayuda igualmente a que se produzcan crímenes, violaciones graves del derecho internacional humanitario y violencia sin cesar el que la defensa de los derechos humanos, del imperio de la ley y de la paz se asuma selectivamente. Como algo que se activa sólo cuando el agresor es nuestro adversario.

Si se invoca el derecho internacional, ha de hacerse siempre; si se condena el autoritarismo, ha de condenarse en todas sus manifestaciones; si reclamamos dignidad humana, no podemos hacerlo sólo en función del pasaporte de las víctimas. Si defendemos a un pueblo, hagámoslo sea quien sea el que lo reprime, domina o humilla.

Pocas horas después y tras una reunión extraordinaria de los ministros de exteriores de la Unión Europea, la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, pidió en un comunicado a Irán que se abstenga de realizar ataques militares indiscriminados y calificó de inexcusables los ataques iraníes y la violación de la soberanía de varios países de la región. No hizo mención alguna a la intervención y bombardeos de Estados Unidos e Israel. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, tampoco se refirió ni condenó la intervención inicial.

Si a los actuales dirigentes de la Unión Europea (con muy pocas salvedades, como la del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez) les quedaba algo de dignidad, la han perdido ya por completo.

Al utilizar el derecho internacional como una herramienta táctica y no como un principio universal y al recurrir a la legalidad de forma selectiva Europa pierde toda la autoridad moral que pudiera tener. Cuando lo usa como arma arrojadiza contra los adversarios, mientras guarda silencio cómplice ante sus aliados que lo quebrantan, la Unión Europea no está defendiendo un orden internacional basado en reglas, como tantas veces se dice, sino en lo que en cada momento interesa a sus alianzas y estrategias de poder.

Los dirigentes europeos han legitimado el cinismo global que permite que unos pocos actores puedan establecer unilateralmente las condiciones con que mueven sus fichas para jugar siempre sucio.

Habíamos soñado con que la Europa de nuestro tiempo se construiría hacia el interior y proyectándose al exterior sobre los principios de defensa del derecho, la multilateralidad y la dignidad humana. Ahora, ella misma muestra sin disimulo que son otros y que los aplica en función de quién actúe, con relativismo cobarde e inmoral

Europa ha preferido situarse del lado de quienes reducen el orden internacional a una arquitectura de poder en la que unos pocos deciden unilateralmente qué reglas rigen y cuándo dejan de regir.

En esta nueva crisis de Oriente Medio no hay un único responsable, sino al menos tres actores cuya conducta merece un mismo e inequívoco reproche: el régimen iraní que oprime y asesina a su pueblo y desestabiliza el orden mundial; el Gobierno israelí por su constante e inhumana vulneración de las leyes y los derechos humanos y la Administración estadounidense que se permite intervenir militarmente sin ni siquiera respetar las suyas propias ni las del derecho internacional.

La Unión Europea no sólo comete así un auténtico suicidio moral que la deja desnuda ante el mundo, huérfana de razón y autoridad, sino que destruye el fundamento mismo del proyecto que dice representar.

Fuente: https://juantorreslopez.com/el-suicidio-moral-de-la-union-europea/

sábado, 7 de marzo de 2026

Graham Greene, el opio de Indochina

Fowler, el cínico y descreído reportero de El americano impasible, sabía que “los recuerdos felices son los peores”, y Greene reconoció que durante los años de Indochina el opio era su recuerdo más feliz. Indochina lo atrapó, aunque se interesó también por muchos otros países: desde su primer viaje en 1954, siempre estuvo preocupado por Haití y los haitianos, un país gobernado por el siniestro Duvalier, cuya dictadura condenó, impresionado por la miseria y las atrocidades de papá Doc. Se interesó también por la Cuba de Batista, cuando ya Fidel Castro combatía en las montañas, y por El Salvador, Panamá, y ayudó económicamente en Nicaragua a los sandinistas en la lucha contra Somoza. Y por el México de El poder y la gloria, o la Sierra Leona de El revés de la trama.

Todas esos viajes y los reportajes y libros que alimentaron están documentados. Norman Sherry, que murió no hace mucho (en 2024) tras haber dedicado años a investigar la vida de Graham Greene, nos dejó tres volúmenes con ello; el primero, entre 1904 y 1939, el segundo, de 1939 hasta 1955, y el tercero desde 1955 hasta la muerte del escritor en 1991. Por lo visto, el primer volumen de Sherry, el único que Greene pudo leer antes de morir, no le gustó. También disponemos de la biografía escrita por Michael Shelden (que también investigó a Orwell), y de las conversaciones de su viuda, Yvonne Cloetta, con Marie-Françoise Allain, (hija de Yves Allain, amigo de Greene y miembro de la resistencia contra los nazis en Borgoña). Además, Shirley Hazzard publicó Greene en Capri aprovechando que conoció al escritor en esa isla italiana, para trazar un personaje desagradable y feroz. Greene también escribió una especie de autobiografía en un par de libros, Una forma de vida y Formas de escapar.

Era un hombre peculiar, maltratado por sus compañeros escolares, reservado y melancólico, que parecía albergar en su interior varias personalidades, era católico pero frecuentaba los burdeles, como hizo en Londres, Nápoles o en La Habana, y obstinado viajero, no dejó de ir a misa cada domingo de su vida, y se sentía atraído por las sombras, por la clandestinidad, los secretos, el anonimato; sufría escribiendo pero se refugiaba en su casa de Capri para hacerlo. La fugaz militancia de Greene en el Partido Comunista británico, y su conversión al catolicismo siendo joven, la dedicación a la literatura y el espionaje, el prolífico trabajo como reportero en numerosos países, y su simpatía por la izquierda, delimitan un personaje singular, capaz incluso de interpretar a un fugaz vendedor de seguros en la película de Truffaut, La noche americana. Greene estuvo casado hasta su muerte con Vivien Dayrell-Browning, aunque solo vivieron juntos durante una década; conoció a Dorothy Glover en la primavera de 1939 y se fue a vivir con ella, mientras su familia permanecía en el campo. Ya había viajado por Liberia, algo que hizo posible su libro Viaje sin mapas. Durante la Segunda Guerra Mundial, Greene se veía con Kim Philby, y con Glover actuó a veces como bombero del vecindario. Tras la guerra, siguieron viviendo juntos hasta el verano de 1948, cuando fue a vivir cerca de Catherine Walston, a quien había conocido el año anterior. Después, Greene intimó con Yvonne Cloetta en África, en el Camerún de 1959: era una mujer francesa veinte años menor que él, casada y que tenía dos hijos, con la que compartió su vida más de treinta años, los últimos del escritor, casi siempre habitando en distintos techos. Debía tener algo de Pyle, su americano impasible, que miraba a las mujeres “como si nunca hubiera visto ninguna”.

Su trabajo en el MI6, el servicio secreto británico, no fue circunstancial: ingresó durante la Segunda Guerra Mundial, vivió durante un par de años en Sierra Leona en una misión de espionaje, pero renunció en mayo de 1944. Aunque Cloetta limita la pertenencia de Greene al MI6 a los años de la guerra, según su biógrafo Norman Sherry estuvo enviando informes al servicio secreto durante toda su vida, algo que sustenta la idea de un constante doble juego (aunque tal vez Sherry se basase en los frecuentes encuentros de Greene con espías británicos, en activo o retirados, que vivían en la Costa Azul) con su interés por la traición como recurso humano y por una lealtad resbaladiza y confusa que aparece con frecuencia en sus libros. Greene deslizó una dedicatoria en un ejemplar de El americano impasible que regaló a Yves Allain en 1959 (siete años antes de su asesinato), firmando “Graham, el viejo espía de Indochina”. De hecho, Greene siguió manteniendo contactos con el MI6 y facilitaba información conseguida durante sus viajes. No podemos saber si recibía ingresos por ello. Le gustaban Conrad, Stevenson, Henry James; y su relación con Chaplin, cuya amistad fue tan importante para ambos, choca con su pelea en los periódicos con Anthony Burgess, que terminó con el aprecio que se tuvieron. También admiró a Fidel Castro, con quien se reunió junto con García Márquez, y le interesó la figura de Omar Torrijos, a quien conoció en 1974 y de quien puso una fotografía en su casa de Vevey; como mantuvo una gran amistad con Herbert Read y con Evelyn Waugh; y los encuentros con Ho Chi Minh, Fidel Castro, Torrijos, Gorbachov o los dirigentes sandinistas, muestran la relevancia mundial que alcanzó.

Y la guerra civil española es el telón de fondo de su novela El agente confidencial, que publicó en 1939, aunque la acción transcurre en Gran Bretaña. Para Greene, España estaba presente también en la compañía del sacerdote gallego Leopoldo Durán, con quien viajó por la península ibérica y que le sirvió de modelo para Monseñor Quijote. África le atraía mucho, aunque en uno de sus viajes, con su prima Barbara, contrajo unas fiebres en Liberia que casi lo mataron. Años después de Sierra Leona, Greene estuvo varias semanas en una leprosería en el Congo belga, y visitó otros lazaretos cuando preparaba materiales para su libro Un caso agotado, inmerso en una etapa de depresión y apatía. También le interesó América Latina, e Indochina, claro: tal vez El americano impasible sea su mejor novela.

Estuvo en Moscú en 1957, con su hijo, y volvió en 1961, y en septiembre de 1986, como muestra esa fotografía de Greene y Cloetta en Moscú cuando se reunieron con la esposa de Kim Philby. Philby, que murió dos años después, era amigo suyo y había sido su superior en el servicio de espionaje británico, y sus memorias fueron publicadas con un prólogo de Greene. Pese a ello, entregó las cartas que había recibido de Philby al Foreign Office. Greene regresó a Moscú al año siguiente para participar en una conferencia, y entonces conoció a Gorbachov. Es significativo que, contrario como era a ser entrevistado en televisión (y eso que su hermano Hugh fue director general de la BBC en los años sesenta), la única vez que aceptó hacerlo fue en la Unión Soviética. Tal vez lo explique que, en esos años ochenta, Greene confiaba en un acercamiento entre un comunismo más moderado y un catolicismo preocupado por la vida terrenal. En El poder y la gloria, que publicó en 1940, Greene muestra a las víctimas, católicos, y en El americano impasible, que publicó quince años después, evita mostrar simpatía por los vietnamitas pero también por los franceses; después, expresó su condena de las atrocidades estadounidenses en Vietnam y mantuvo una constante denuncia de la guerra impuesta por Washington.
 
Tenía simpatías por la Unión Soviética y por el comunismo, aunque criticó la intervención en Checoslovaquia de 1968, y fue amigo de Václav Havel, pero es probable que a Greene no le hubiera gustado la evolución posterior del dramaturgo checo con su defensa de la OTAN y de las matanzas estadounidenses, como hizo Havel en la guerra de Iraq y con su apoyo a George Bush. Greene también mantuvo diferencias con Moscú sobre el encarcelamiento de Anatoli Scharanski, un supuesto disidente soviético y defensor de los derechos humanos que posteriormente adoptó en Israel el nombre de Natán Sharanski, llegó a ministro de Ariel Sharón y apoyó las colonias israelíes en Gaza, los asesinatos de dirigentes palestinos y el robo de tierras en la Franja, en Cisjordania y en todos los territorios usurpados. Aunque no podemos saberlo, es muy probable que Greene hubiese condenado su actitud.

Greene solía escribir cada jornada unos mil caracteres, apenas medio folio, y vendió veinte millones de ejemplares de sus libros. Siempre depresivo, establecido en Antibes desde los años sesenta, encargaba camisas de seda en Malasia para que se las enviaran a Europa, aunque no era un hombre atildado. Dejó su dinero, medio millón de dólares, a su viuda, Vivien, y sus dos hijos. Tuvo siempre en la memoria el olor de África, las víctimas de América Latina, el húmedo monzón de la Indochina colonial y el aroma inigualable del opio en las largas pipas de bambú.

* * *

Cuando terminó la guerra en Europa, muchos de los franceses que Greene conocía fueron enviados al Camerún. Él viajó a Malasia en noviembre de 1950, donde su hermano Hugh era el responsable del MI6. El escritor trabajaba entonces para la revista Life y viajó por Indochina entre 1951 y 1955. No fue al sudeste asiático por casualidad: el cónsul británico en Hanói era Arthur Geoffrey Trevor-Wilson, también espía del MI6, amigo de Greene desde la guerra, y fue a visitarlo. Allí conoció, en enero de 1951, al general Jean de Lattre de Tassigny, comandante de las tropas coloniales francesas, quien después lo acusó de ser un espía. Lattre, cuya agonía en París aparece en El americano impasible, facilitó a Greene un avión con el que pudo sobrevolar el país, en una guerra en la que había guerrilleros comunistas del Viet Minh con el agua hasta el cuello en los arrozales, legionarios franceses, marroquíes, senegaleses, alemanes y agentes de la CIA y a donde pronto llegaron los militares norteamericanos. Conoció entonces la importancia de Trinh Minh Thé, jefe de Estado mayor del ejército del Cao Dai, una secta religiosa que mezclaba el cristianismo, budismo y confucianismo, que Greene descubrió con sorpresa. En una carta a su hermano Hugh, Greene escribió que los sectarios “tienen un Papa, mujeres cardenales, y sus santos son Cristo, Buda, Mahoma, Víctor Hugo y Auguste Comte”. “Son dos millones y tienen un ejército privado que ahora apoya a los franceses.”

Volvió a Inglaterra, pero regresó a Vietnam en octubre de 1951. La tensión en todo el territorio era constante, y hasta los restaurantes tenían rejas de hierro para protegerse de la guerra, con ejércitos privados que cambiaban de bando con facilidad. Y Greene conocía lo que Trevor-Wilson estaba haciendo. En una carta que envió a Catherine Walston le dijo que había hablado con el productor de cine Alexander Korda (también antiguo agente del MI6), a quien el servicio secreto quería proponerle un trabajo. Es probable que tras esa propuesta estuviera la promoción de la “solución católica” para Vietnam, que estaba considerando Estados Unidos y examinaba Londres. Las autoridades coloniales francesas desconfiaban de la actividad de los diplomáticos y espías británicos, y la policía del Corps Expéditionnaire Français en Extrême-Orient, CEFEO, con autoridad en los protectorados de Camboya, Laos, Tonkín, Cochinchina y Annam, controlaba los movimientos de Greene, de quien recelaban: el general Lattre le preguntó directamente si era miembro del MI6: las frecuentes reuniones del escritor con espías y su búsqueda de informaciones daban pábulo a la sospecha.

Indochina atrapó a Greene. Su amigo Evelyn Waugh señaló que a Greene le atraía el “inquietante inframundo de chismes, espionaje, soborno, violencia y traición”. El país de los arrozales dorados, de las mujeres vietnamitas con pantalones de seda, los cafés del puerto de Saigón, las noches del casino Grand Monde en Cholón, el mayor del mundo, con sus paredes amarillas, sus croupiers y guardaespaldas, donde Greene hace que se conozcan el cínico Fowler y la delicada Fuong en El americano impasible, y donde se jugaban fortunas, pero también se bailaba en la gran sala y se escuchaba a la orquesta con músicos de smoking blanco y pajarita, donde se comerciaba con la prostitución, las drogas, el contrabando de oro, las falsificaciones, el mercado negro de dólares, en medio del peligro y la emoción del estallido de las granadas en Saigón y en los canales del Mekong, de los patrullajes de las tropas francesas tras los guerrilleros del Viet Minh, de los chismorreos de periodistas y espías, de las chicas en bicicleta por la calle Catinat, del ruido seco de las mesas donde se jugaba al Mah-Jong. Todo lo cautivó.

Greene se alojaba en el hotel Continental de la calle Catinat de Saigón, en la habitación 214, justo en la esquina del edificio, desde donde podía ver a los conductores esperando o durmiendo en sus rickshaw, junto a la acera. Toda esa vida del Vietnam colonial aparece en El americano impasible. Fowler, el protagonista, vive también en la calle Catinat, la actual Đồng Khởi que ya ha olvidado al mariscal del que procedía su nombre francés, tiene un ayudante hindú llamado Domínguez para hacer sus trabajos de reportero, y va a beber cerveza a la terraza del Continental, como tantas veces hizo Greene. En ese escenario de las calles de Saigón, Greene señala la ambigüedad ética más perversa presentada con el rostro de la inocencia, como hace con Pyle, el americano impasible. Pyle (su hombre tranquilo, inocente, seguro de las razones morales de su país y de su empeño por la democracia y la libertad) entrega los explosivos plásticos a quienes realizarán las acciones terroristas y achacarlas después a los comunistas: Pyle, aunque él se crea un hombre justo, es la inocencia perversa, la mentira de la propaganda, el horror de Langley, el anuncio de la sangre con que el Pentágono ahogará poco después a toda Indochina.

La novela de Greene se convirtió en un libro imprescindible para todos los periodistas destinados a Vietnam y a Indochina. “Acostarse con una anamita es como acostarse con un pájaro; gorjean y cantan sobre la almohada” escribió en El americano impasible. Entonces, llamaban anamitas a la gente de Vietnam, un país regado por los monzones que quedaba a treinta horas de vuelo de Europa, donde Greene recorría los fumaderos de opio y los burdeles. Junto a la plaza Lam Sơn estaba el café Pavilion, en la esquina de la calle Lê Lợi y la calle Nguyên Huê, hoy junto a Nhà hát Thành, el teatro municipal de la ciudad Ho Chi Minh, y muy cerca de donde ahora está la estatua del tío Ho. Allí se congregaban los intelectuales, políticos, diplomáticos, periodistas, mercenarios, espías del viejo Saigón, que tomaban café en el ambiente del lujo francés, comían en los restaurantes Brodard y La Pagodel, en el Majestic y el Grand Hotel, y conspiraban, mientras se jugaba a los dados en las calles de Saigón y los paracaidistas franceses recorrían los canales, y algunos obispos velaban armas al frente de sus ejércitos privados, y las moscas se arremolinaban en los cadáveres abandonados en el agua, entre el olor de la cordita y el napalm lanzados por los aviones franceses.

Los personajes que articulan la novela son Thomas Fowler, el periodista británico que frecuenta fumaderos de opio, cínico, aunque no puede evitar el llanto cuando pierde a su amante vietnamita, y Alden Pyle, el americano tranquilo, de la legación estadounidense. Pyle es un agente de la CIA que trabaja en la construcción de un bloque político que se sitúe entre los franceses y los comunistas, incluso recurriendo al terrorismo, como el atentado de la plaza Garnier, Lê Lợi, que narra Greene y que abre los ojos a Fowler: el general Trinh Minh Thé, a quien apoyan los norteamericanos, fue el autor de la matanza de la que después acusaron a los comunistas. Greene se basó en un suceso real: un atentado en enero de 1952, y describe a su Fowler conmovido por la visión de la mujer sentada en el suelo que tapa con su sombrero de paja el cadáver de su pequeño muerto por la detonación. La CIA no había dejado nada al azar: además de avisar con antelación a los suyos para que se alejasen de la plaza, el fotógrafo de Life estaba esperando el estallido de la bomba en un lugar resguardado para tomar después fotografías. Tras la explosión captó una de un conductor muerto, sentado en su rickshaw: la bomba le había arrancado las piernas. La fotografía fue publicada en Estados Unidos achacando el atentado a los comunistas, y difundida también en el sudeste asiático; en Manila llevaba por título «la obra de Ho Chi Minh».

Después, seguirían múltiples atentados con bombas instaladas en bicicletas, preparadas por los servicios secretos estadounidenses y sus cómplices de Saigón. En esos años en que Greene está en Vietnam, los hombres de Trinh Minh Thé hicieron numerosos atentados terroristas para culpar a los comunistas. Asesores militares de Estados Unidos, como Edward Landsdale, pactaron con Trinh Minh Thé el apoyo al primer ministro Ngô Đình Diệm, que después se convirtió en presidente del régimen títere de Vietnam del sur. Landsdale, que ya había estado en Filipinas organizando las matanzas contra la guerrilla comunista, era un tipo siniestro, agente de la CIA, asesor de los franceses en Vietnam, reclutador de asesinos y mercenarios para llevarlos a Vietnam a combatir a las fuerzas del Viet Minh.

Francia se retiró de Indochina en 1955, tras la derrota de Dien Bien Phu, y dejó a Estados Unidos el camino libre para levantar un estado títere en el sur de Vietnam, incumpliendo el compromiso de convocar elecciones en julio de 1956 porque hubieran dado la victoria a los comunistas. Entonces, tras la salida de los franceses, Greene preparó una compleja operación para entrar en contacto con Ho Chi Minh en Hanói y entregarle una carta. En la entrevista, Ho Chi Minh le dio a Greene una película, que ha desaparecido. Greene, como se aprecia en su novela, desconfiaba de los propósitos estadounidenses. A partir de 1954, con los franceses derrotados, Estados Unidos hizo que el gobierno fantoche de Ngô Đình Diệm lanzase una ofensiva feroz, con matanzas en Chí Thạnh, Mỏ Cày, Bình Thạnh, Ngân Sơn, Châu Đốc y Cu Chi (donde existían los túneles de la guerrilla). Washington no le agradeció a Ngô sus servicios: fue asesinado en noviembre de 1963 durante el golpe de Estado organizado por la CIA. La Legación norteamericana estaba en Saigón en el 39 de Hàm Nghi, un edificio amarillo que albergó a los diplomáticos y espías estadounidenses de 1950 a 1967, hasta que el atentado con un coche bomba en 1965, los llevó a instalar la embajada en el bulevar Thống Nhất (hoy, Lê Duẩn): ese es el lugar de Saigón (ahora, ciudad Ho Chi Minh) que en abril de 1975 fue el escenario de la derrota y de la retirada final de Estados Unidos, con sus hombres y los colaboracionistas colgando de los patines de aterrizaje de los helicópteros para llevarlos a los barcos anclados en alta mar.

* * *

A Green le gustaba recordar los años de Indochina, el peligro de la vida en Vietnam. Es en el puente de Dakow donde aparece ahogado el cuerpo de Pyle, el americano impasible; la vida transcurría entre Đông Khởi, el bulevar Lê Lợi, el fumadero de opio de la rue d’Ormay, la calle Nguyễn Huệ, y el fascinante barrio chino de Cholón, que había visto a la pequeña Marguerite Duras esperando a su amante veinte años atrás. Es probable que Greene estuviera caminando durante años en el filo de la navaja, atrapado entre su vieja camaradería con los miembros del MI6 y sus inclinaciones políticas, y que no dejase nunca de colaborar con el servicio secreto británico, como Somerset Maugham y Compton Mackenzie. Su amistad con Maurice Oldfield, que fue el jefe del MI6 en los años setenta, así parece indicarlo: es difícil pensar que no compartieran confidencias, chismorreos, informaciones, análisis. Es probable también que el MI6 desconfiara de Greene pero valorase sus opiniones.

Con Philby había sido amigos desde la Segunda Guerra Mundial. Greene era un hombre de izquierda y Philby era comunista, y su huida a la Unión Soviética no rompió su amistad. Amigos en la distancia durante tantos años, el viejo sueño de Philby se cumplió en Moscú: “Tener a Graham Greene sentado frente a mí y, entre los dos, una botella de vino.” No se despidieron en una estación, pero no importaba. En el cuaderno que alimentaba Yvonne Cloetta, el carnet rouge, Greene escribió: “Es en las estaciones de ferrocarril donde te das cuenta de las personas que aman. Siempre son las últimas que quedan en los andenes, despidiéndose con sus pañuelos blancos cuando arranca el tren que se lleva a sus seres queridos.”

Por Higinio Polo
Fuentes: El viejo topo

viernes, 6 de marzo de 2026

_- Así se hacen las moscovitas: las galletas de chocolate y almendra de Oviedo que conquistan el mundo (y la cesta de Navidad de Inditex)

Moscovitas: galletas de chocolate y almendra de Oviedo
La receta data de finales de los años 20 del siglo pasado, cuando fue creada por un pastelero asturiano. Actualmente, elaboran 20 millones de unidades al año, que se venden en ocho países fuera de España

Moscovitas: galletas de chocolate y almendra de Oviedo.

Las Moscovitas De Rialto Las moscovitas fueron creadas por un pastelero asturiano y se elaboran siguiendo una receta que se mantiene intacta desde los años veinte del siglo pasado.

Sara Castaña

Las moscovitas no se pueden copiar. “No es fácil”, advierte Francisco Gayoso (Oviedo, 50 años), refiriéndose al producto estrella de la confitería Rialto: una fina pasta de almendra bañada en chocolate. La casa —bautizada así por el famoso puente de Venecia y la corona de la R de Royalty— fue fundada por su abuelo en pleno centro de Oviedo y hoy la dirige él, al frente desde 2008.

Tras estudiar Económicas y Empresariales, y después de que su padre le animara a continuar el negocio familiar iniciado por su bisabuelo en 1926, en Luarca, Gayoso se marcó un objetivo claro: llevar las moscovitas por el mundo. El primer paso llegó hace 20 años, cuando abrieron un pequeño despacho en la calle Núñez de Balboa, en Madrid, a petición de clientes que ya conocían el producto. “Lo abrió mi padre, con buena visión. Mucha gente nos las pedía y fue un acierto”, recuerda.

El siguiente salto lo dio él: colocar las moscovitas en unos 400 puntos de venta y tiendas de productos selectos fuera de Asturias. También sacó la producción del obrador histórico y la trasladó al polígono de Argame, en Morcín. “Necesitábamos espacio. La confitería ya no daba abasto”, explica, sentado en una mesa de Rialto, en plena hora punta del café de media tarde. Con el traslado se llevó a siete pasteleros y confirmó lo que intuía: el recorrido era enorme. “Vamos a ampliar con otro obrador. En total serán unos 2.000 metros cuadrados”, señala. La inversión supera los dos millones de euros. El crecimiento se mide también en empleo. “Cuando tomé las riendas del negocio éramos responsables de 16 familias; hoy somos 132. Si mi padre, que falleció hace dos años, viera estas cifras, caería para atrás”, dice. En el obrador trabajan actualmente 80 personas y está previsto incorporar otras tantas con la nueva ampliación.

En 2024 elaboraron manualmente, una a una, 18 millones de moscovitas. Este año esperan cerrar en torno a los 20 millones. Y en 2026, coincidiendo con el centenario de Rialto, reforzarán su expansión internacional. Hoy ya venden en República Dominicana, Filipinas, Países Bajos, Estados Unidos, Alemania, Francia, Portugal y Reino Unido.

La facturación de Rialto en 2024 alcanzó los 12 millones de euros, con las moscovitas representando el 50%. “Esperamos mejorar esta cifra este año. Los últimos meses son los más fuertes, por la venta a particulares y a empresas que nos incluyen en sus regalos de Navidad”, explica Gayoso. Entre esos clientes figuran compañías cotizadas y fondos de inversión con sede en Londres.

Entrada a la sala de trabajo del obrador de Rialto en Argame (Morcín, Asturias), donde se elaboran las moscovitas. Sara Castaño

Una de ellas es Inditex. En 2015, según relata, recibieron la visita de un responsable llegado de Arteixo (A Coruña) que encargó 60.000 bolsas —con diez pastas cada una— para la cesta navideña de sus empleados. Desde entonces, el pedido se repite cada año. “No sabemos cómo llegaron a conocernos, pero para nosotros es un orgullo: llegamos a 60.000 hogares”.

Aunque existe cierta leyenda sobre la receta y los ingredientes de las moscovitas, aquí no hay trampa ni cartón. Incluso circuló la historia de un niño de la guerra que regresó a Asturias desde la Unión Soviética con una matrioska que contenía un escrito con la receta. Por el 80º aniversario de la casa, prepararon una muñeca rusa con el cuento novelado del niño y la receta. De ahí puede que surgiera esta historia rusa. Lo que le consta a la familia, que no tiene documentado el origen, es que la galleta nació a finales de la década de los años veinte del siglo pasado. Desde entonces se ha mantenido igual. “Así como no me voy a atrever a cambiar ni una columna de este salón, igual ha ocurrido con la receta. Es la misma elaboración y la manera de hacerlo”, afirma Gayoso, que, en aras de la transparencia, permite a EL PAÍS entrar y fotografiar las entrañas del obrador, a pocos kilómetros de Oviedo, bordeado por el río Caudal.

Elaboran cuatro variedades: la clásica con chocolate con leche (el 80% de la producción), las de chocolate blanco y negro, y otra sin gluten. Todas se elaboran con chocolate belga, del que consumen 120 toneladas al año, y con almendra Marcona de cosecheros del Mediterráneo, de la que usan 100 toneladas anuales. “Nos peleamos con los turroneros; es una almendra pura porque no está modificada genéticamente y la trituramos nosotros mismos en el obrador”, explica Gayoso. El secreto, asegura, está en la calidad de la materia prima y en la elaboración artesanal. La receta también lleva nata líquida y azúcar. Nada más.

En el obrador, abierto de 5 de la mañana hasta las 23 horas, en dos turnos de trabajo, la mayoría son mujeres, aunque también hay hombres. Todos van uniformados y llevan la cabeza cubierta con una balaclava —una especie de pasamontañas que cubre la cabeza, el cuello y el rostro, dejando al descubierto solo los ojos—. Las manos van sin guantes. Haciendo la base de la pasta, con nata y azúcar, se encuentra Arcadio Cadaviego, de 25 años, que lleva cuatro años y medio elaborando con gran precisión moscovitas. No es tarea sencilla. “Tienes que poner la medida exacta para que la galleta no se desborde y quede con la forma perfecta. Requiere de mucha concentración”, afirma este joven, que llegó a este oficio después de estudiar Informática, y que al día puede elaborar 30.000 unidades. “Hoy puede que se hagan en total unas 120.000”.

Más tiempo, una década, lleva Borja Terón, de 32 años, procedente del Gremio de Artesanos del Principado de Asturias, elaborando las masas de nata, azúcar y almendra, y el dosificado de este emblema dulce de Oviedo. “Parece un trabajo fácil, pero no lo es. Hay que estar muy pendiente de todo porque esto es artesanal, lo hacemos manualmente”, explica. La sala está en silencio.

En una mesa, varias mujeres se afanan a buen ritmo cubriendo solo por un lado la pasta tostada con un baño de chocolate líquido. Una de ellas es María Fernández, con 12 años de oficio en la casa. “Cuando la masa se ha enfriado es cuando la bañamos en chocolate atemperado. Es importante que no esté frío y, para eso, vamos añadiendo frío para que esté a unos 29 grados”, afirma, mientras va pasando la espátula a la galleta —es importante pasarla una sola vez para que la cubierta quede lisa—. “En este trabajo no se puede perder la concentración ni el tiempo”, concluye. Y advierten que las moscovitas no llevan ni conservantes ni estabilizantes; por eso, la caducidad del producto es de tres meses. Del diseño del envoltorio y de la puesta en escena, como la bolsa que hace las veces de tienda en la Terminal 4 del aeropuerto de Madrid, se ocupa la esposa de Gayoso, Ana Fernández. Todo sigue quedando en casa.

jueves, 5 de marzo de 2026

Camino de santiago. El ladrón y el falsario: los jefes de la Iglesia que convirtieron Santiago en el otro Jerusalén

Nuevos trabajos inciden en las figuras de Diego Gelmírez y Pedro Marcio como claves en la campaña propagandística que hizo del apóstol el patrón de España, a lomos de un caballo blanco en una batalla que, según los historiadores, tampoco existió. 


Todas las guerras crean sus hitos y sus mitos y adornan la leyenda de sus héroes. Es una forma eficaz de despertar y enardecer el sentimiento patriótico, de reforzar la causa por la que se lucha, aunque esta no sea, muchas veces, más que el interés particular de unos líderes. Así, según el mito, hacia mediados del siglo IX cayeron en el campo de batalla de la localidad riojana de Clavijo “70.000 sarracenos” y los cristianos se libraron, de una vez por todas, de la obligación de entregarles cada año cien doncellas. Y todo gracias a la fe de un rey, Ramiro I, que la noche antes soñó con la visita del Apóstol Santiago. A la jornada siguiente el santo se presentó vestido de blanco, sobre un caballo blanco, cortando cabezas de infieles. La intervención del apóstol en esa contienda, repetida en cientos de imágenes, apuntalada a través de la escritura y el arte en el imaginario colectivo, acabó justificando un impuesto que toda España tuvo que pagar durante más de medio milenio a la Iglesia Compostelana.

El llamado Voto de Santiago, instituido como un eterno agradecimiento de los cristianos al apóstol por su protección, fue aumentando a medida que se reconquistaban territorios y potenciado por monarcas como los Reyes Católicos. Y pese a la oposición creciente de los campesinos a pagar una renta de la que se beneficiaban los canónigos, el hospital real de Santiago o la capilla de música, no fue abolido hasta las Cortes de Cádiz en 1812 y luego todavía perduró un par de décadas, hasta después de la muerte de Fernando VII.

Con ese torrente económico, el cabildo pudo pagar holgadamente el Pórtico de la Gloria, el Coro Pétreo del Maestro Mateo y cuantas riquezas engalanaron con el mejor arte de vanguardia la Catedral de Santiago desde el siglo XII. Pero todo, según la mayoría de los historiadores modernos, fue un invento. Clavijo no habría sido una batalla, sino un relato mitificado e hiperbólico que mezclaba las crónicas de otros choques bélicos. Y esa historia del Santiago Matamoros habría nacido de la impagable imaginación de un canónigo y cardenal del siglo XII: Pedro Marcio.
Santiago Matamoros que culmina la fachada del Pazo de Raxoi, sede del Ayuntamiento compostelano y de la presidencia de la Xunta.
Marcio ha pasado a la historia como autor de la que hoy se considera una de las grandes falsificaciones de la Iglesia, el diploma del Privilegio de los votos, que él justificó como una copia de un supuesto cartulario del siglo IX que recogía la voluntad del rey astur Ramiro I, aquel que habría soñado con un Santiago guerrero a caballo. Además de la profunda investigación del Voto de Santiago llevada a cabo, a lo largo de su carrera, por Ofelia Rey (Premio Nacional de Historia 2022), varios autores tocan este asunto en sus últimas obras. De forma tangencial, lo hace Rocío Sánchez Ameijeiras en su libro Conversaciones en la Catedral (Ediciones Universidad Salamanca, 2025), acerca de las innovadoras sepulturas del Panteón Real de Santiago (con sus monarcas en tres dimensiones y dormidos) y sus conexiones con los mausoleos aristocráticos del norte de Francia. Y también lo aborda José Miguel Andrade Cernadas, recién distinguido con el premio de la Crítica de Galicia por su ensayo As peregrinacións a Compostela: mito, historia e falsidades (Xeráis, 2024). Ambos son catedráticos de la Facultad de Historia en la Universidade de Santiago (USC). El caso de la construcción, a través de los manuscritos medievales, del relato del Santiago guerrero y sus consecuencias políticas fue tratado además en una reciente jornada, organizada por el Consello da Cultura Galega y coordinada por el investigador del arte Francisco Prado-Vilar, en la isla de San Simón (Redondela, Pontevedra): El pergamino iluminado: Arte, música y tecnología en el estudio del Códice Medieval.

“Las falsificaciones de documentos eran bastante habituales” en la Edad Media, explica Andrade. Eran los panfletos fake de la época, aunque no todos con consecuencias tan secularmente largas y sustanciosas como el Voto. “Ya contase con algún fundamento diplomático anterior —como argumentó Fernando López Alsina—, ya fuera una invención radical de Pedro Marcio, del documento falso se esperaba obtener buenas rentas”, describe en su libro Sánchez Ameijeiras, y es que “en señal de agradecimiento por el auxilio de Santiago en la batalla, obligaba al pago anual de una medida de trigo y vino por yugada a la basílica apostólica por toda Hispania”. Este pago en especie —la obligación de entregar al cabildo compostelano trigo y vino por cada superficie de tierra que fuese capaz de arar una yunta de bueyes en un día—, se fue transformando y monetizando con el tiempo.

La palabra usada para referirse a los hechos que llevaron al descubrimiento del presunto sepulcro de Santiago el Mayor en Galicia entre el 820 y el 830 es “inventio”, que en latín significa “invención” o “hallazgo”. Ahí nació el relato, la tradición, del prodigioso enterramiento del apóstol arribado en una barca de piedra por el que hoy sigue llegando a Compostela un río de peregrinos: 520.000 en lo que va de año, 291.000 extranjeros. Tres centurias después de la inventio, fraguaba la “reelaboración caballeresca y marcial de la figura del apóstol” muerto en Jerusalén en el 44 después de Cristo, “definitivamente consagrada con la redacción del espurio Privilegio de los votos” por Marcio, señala la especialista en arte medieval. La asociación de Santiago con un monarca en guerra contra los musulmanes “cristalizaría” además (unos 20 años después del documento de Marcio) “en la fundación de la Orden de Caballería de Santiago en 1170, promovida por Fernando II”, pero apoyada por el arzobispado, que consiguió que el papa Celestino III reconociese el voto dos años más tarde.

El pío ladrón

Camino de Santiago, Dentro de su producción literaria, a Marcio también se le atribuye la autoría del tercer libro de la Historia Compostelana, una obra promovida en la primera mitad del siglo XII por el primer arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez, de nuevo con fines propagandísticos de su gobierno de la sede apostólica, que se convirtió desde entonces en una meta de peregrinación a la altura de Jerusalén y Roma.

Y es en esa misma obra, la Historia Compostelana —aunque en el capítulo I, 15— donde aparece el relato triunfal de uno de los robos más rocambolescos, aplaudido y bautizado ya en su momento en Galicia como Pío Latrocinio, y dirigido personalmente por el propio arzobispo Gelmírez, un personaje de profunda huella histórica, hoy con calle en las principales urbes gallegas. “Braga, diciembre de 1102. En el transcurso de una aparentemente inocente visita pastoral a las posesiones que la iglesia compostelana tenía en la zona norte de Portugal, Diego Gelmírez se hacía con un importante número de reliquias, despojando a aquellas tierras de sus celestiales protectores”, resume Rafael Fandiño en los Cuadernos de Estudios Gallegos (CSIC, 2017). El suceso fue “calificado de robo”, dice, en Portugal, pero en la crónica dictada por el arzobispo gallego aquel había sido un hurto piadoso, con la intención de engrandecer el prestigio de Santiago y salvar los restos de los mártires San Fructuoso, San Cucufate, San Silvestre y Santa Susana del abandono y la ruina en la que se hallaban los templos de Braga.

El Pío Latrocinio, objeto del documental del mismo nombre del realizador compostelano Fernando Cortizo (2024), es una peripecia digna de cine que también aborda José Miguel Andrade en su ensayo premiado. El historiador recalca que el fenómeno de las peregrinaciones, más vivo que nunca en el presente, está cuajado de mentiras, empezando por “la más grande”, la atribución de unos restos humanos antiguos —de un esqueleto decapitado— a un apóstol que probablemente jamás llegó a España ni fue trasladado por sus discípulos, como cuenta la leyenda, una vez muerto, desde el puerto de Jaffa (Israel).

El autor explica que, pese a que la creencia prendió enseguida, ningún papa se atrevió a confirmar la autenticidad de los huesos de la catedral gallega hasta el siglo XIX, un momento en el que todas estas cuestiones milagrosas estaban en entredicho y el suculento Voto de Santiago se había erradicado. El fenómeno jacobeo se había desinflado, pero en unas excavaciones aparecieron unos restos perdidos. Tres profesores de la USC fueron llamados por el arzobispo en 1879 para analizarlos. Concluyeron que pertenecían a tres individuos muy antiguos. El 1 de noviembre de 1884, el papa León XIII publicó la bula Deus Omnipotens, en la que confirmaba la autenticidad de esos huesos como los del apóstol Santiago y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio. “Quedan, con el decreto pontificio, superadas para siempre jamás antiguas cavilaciones”, zanjaba el telegrama enviado a Galicia por el cardenal Domingo Bartolini, prefecto de la Congregación de Ritos. 

miércoles, 4 de marzo de 2026

EDUCACIÓN. El declive del rendimiento de los estudiantes en España: qué frena su mejora según el creador de PISA y otros expertos

Los resultados españoles caen o permanecen estancados en las principales evaluaciones internacionales y nacionales desde hace una década. Varios especialistas educativos analizan las causas.

¿Está empeorando el rendimiento educativo de los estudiantes? 
Andreas Schleicher, creador del Informe PISA, la mayor evaluación internacional, que en su última edición examinó a 690.000 alumnos en 81 países, cree que sí. “Observamos un declive en el rendimiento de los estudiantes en muchos países, también en España, aunque en su caso la tendencia es menos pronunciada que la media de la OCDE (la organización, formada principalmente por países ricos, que organiza las pruebas de PISA)”, responde a EL PAÍS. Otros expertos en educación, como Miquel Àngel Alegre, director de proyectos de la Fundació Bofill, y José Saturnino Martínez, director de la Agencia Canaria de Evaluación Educativa, son, para el caso de España, menos rotundos. Pero admiten que, al menos, está sucediendo algo que no estaba en el guion a principios de siglo: “Se invierte más por estudiante. Hay un mayor acceso a la cultura. Los progenitores están más formados. Hay más gente que ha ido a la educación infantil. Hace 20 años estábamos absolutamente convencidos de que habría una mejora importante para estas fechas, pero la realidad nos contradice, porque en general hay más bien estancamiento”, resume Martínez.

Sin ser dramáticas, las grandes evaluaciones educativas reflejan bajadas en el rendimiento. En PISA, que examina a estudiantes de 15 años, los resultados de España y la OCDE caen desde 2015 en matemáticas, ciencia y lectura. Lo mismo sucede con las pruebas PIRLS y TIMSS, organizadas por la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo, que mide las mismas tres competencias en alumnado de primaria. Hay un descenso en la habilidad lectora que mide la prueba PIAAC, que realiza la OCDE, para la población de edad de 16 a 24 años entre los años 2012 y 2023, aunque es pequeña y hay que tomarla con precaución por la dificultad de comparar las dos oleadas. Y los resultados de otro tipo de exámenes, como los que se realizan para acceder a las carreras de Magisterio en Baleares y Cataluña, o las evaluaciones de competencias que realizan algunas comunidades autónomas españolas también muestran, en general, caídas o estancamiento. Una tendencia que afecta a buena parte de los países occidentales.

El debate sobre si el nivel de los estudiantes está cayendo es delicado y se mezcla con frecuencia con posturas ideológicas. En España, una parte de quienes opinan que sí lo achaca a los cambios metodológicos de los últimos años, y alaba la escuela de los años ochenta, olvidando que por entonces una cuarta parte de los estudiantes no completaba la EGB, equivalente en años de escolarización al actual segundo curso de la ESO. La causa del descenso o estancamiento de los resultados parece, en todo caso, más compleja y multifactorial. Los docentes y otros especialistas educativos consultados para este artículo mencionan entre ellos el uso intensivo de los teléfonos móviles y las redes, cambios en los modelos de crianza, precarización de las clases medias, incremento de estudiantes procedentes de países menos desarrollados, y (relacionado con lo anterior) aumento de la pobreza infantil, así como la creciente distancia que muchos chavales perciben entre lo que se les enseña en la escuela y su realidad fuera del centro educativo. Ana Franch es directora del instituto público Serrà d’Espadà en Onda, Castellón, enseña Historia desde hace 23 años, y no tiene “una visión idealizada del pasado

Las evaluaciones, nacionales o internacionales, están hechas para obtener resultados. Es difícil, admite Andreas Schleicher, saber qué factores influyen en los cambios que detectan. Los cuestionarios que en pruebas como PISA acompañan a los ejercicios, sí permiten, sin embargo, apuntar algunas causas. “Lo que vemos claramente en PISA es que los estudiantes que usan el móvil por ocio en la escuela tienen, en promedio, niveles significativamente más bajos de rendimiento académico. Los propios alumnos dicen que se distraen con los móviles. Y los que lo hacen más tienden también a considerarse menos felices y capaces de manejar las emociones. Así que, a pesar de que la naturaleza causal no esté clara, tenemos razones para pensar que el consumo elevado de contenidos digitales es parte del problema que observamos en el rendimiento. Y que la distracción digital no es solo un inconveniente, sino que parece tener una asociación tangible con los resultados de aprendizaje”.

El sociólogo Miquel Àngel Alegre cree que no hay motivo para dramatizar. “La idea de que España va fatal en educación no es cierta. Los datos no reflejan ninguna debacle. La cuestión es, vigilemos las posibles caídas, como la que hemos tenido en la última edición de PISA (en la que nadie discute que influyó la pandemia). Y, sobre todo, veamos por qué no vamos a mejor”. Alegre menciona tres tipos de posibles “topes” a la mejora del rendimiento. Uno tiene que ver con el contexto. Dentro de él menciona, como Schleicher, la “pantallización” de los estudiantes, el cambio que está provocando en cómo se relacionan entre sí y con el conocimiento, y la influencia que ello tiene en el grado de autoridad que conceden al profesorado y a la institución escolar. Y también incluye, como Schleicher, los cambios en los patrones de crianza; PISA ha detectado, por ejemplo, una reducción de la implicación de los padres en la educación de sus hijos.

Un reto mayor
Un segundo tope, prosigue Alegre, está relacionado con una composición de las aulas “más retadora” que en el pasado. “Que uno de cada tres menores esté en riesgo de pobreza o exclusión social (según el indicador AROPE, la tasa ha pasado del 29,9% en 2018 al 34,7% en 2024) es muy fuerte. Es difícil mover hacia arriba los resultados con esa dificultad de partida”, afirma. Julia García, directora del colegio público San Antonio Abad de Cartagena, en Murcia, ha visto en los 32 años que lleva siendo maestra cómo ha ido conformándose una escuela mucho más diversa que cuando ella empezó a trabajar. “Casi todo el alumnado era, por entonces, del mismo estrato social. Ahora tenemos estudiantes que desconocen el idioma. Niños que reciben un estímulo cultural en casa y otros cuyos padres se pasan el día trabajando para salir adelante y no les queda tiempo para dedicarse a sus hijos. Y también alumnos con necesidades específicas de apoyo educativo, que antes no estaban en la escuela ordinaria, y que necesitan una atención más personalizada”.

El tercero y último de los frenos a la mejora del rendimiento educativo reside, añade Alegre, en el propio “proceso” escolar. Y está vinculado a cómo funcionan los centros educativos, al diseño del currículo (es decir, a qué y cómo se enseña) y a su evaluación, que, pese al ruido en torno a la Lomloe, apenas ha empezado a cambiar; a la formación que recibe el profesorado, y qué conocimientos y habilidades se les exige tener a través del modelo de oposiciones.

El padre del Informe PISA afirma que los datos de la prueba que dirige también “sugieren que los sistemas escolares tienen que hacer más para que el aprendizaje sea más relevante, más atractivo e interesante para los jóvenes”. “El mayor desafío para la educación puede no ser solo su ineficiencia, sobre la que se ha escrito mucho, sino que los entornos de aprendizaje en la escuela se están volviendo obsoletos, al menos a los ojos de los estudiantes. Si un supermercado viera que 19 de cada 100 clientes se van sin comprar, haría cambios en su inventario y su propuesta de ventas. Pero parece que tenemos dificultades para hacer lo mismo en el sistema escolar, donde tendemos a educar a los jóvenes para nuestro pasado, en lugar de para su futuro”.

martes, 3 de marzo de 2026

Entrevista a la activista ecofeminista Yayo Herrero «Hay una burbuja cultural que nos hace pensar que podemos explotar la tierra de forma ilimitada»



Fuentes: El diario [Foto: La autora Yayo Herrero. Marta Jara]



La referente ecofeminista sostiene en su nuevo libro que “desmantelar pieza a pieza el monopolio de la verdad” es una de las tareas indispensables para hacerle frente a las emergencias del presente

Metamorfosis - Arcadia
Una cultura escapista. Unos seres que sueñan con no ser animales, no ser mortales, no ser terrestres, y con vivir flotando eternamente por encima y por fuera de los límites físicos. Es parte del retrato que Yayo Herrero (1965), referente ecofeminista, antropóloga e ingeniera técnica agrícola, realiza del pensamiento occidental en su nuevo ensayo Metamorfosis: Una revolución antropológica (Arcadia). Una forma de ver el mundo que nos está convirtiendo, señala, en “colaboracionistas con un proyecto de autodestrucción propia y de otros”.

“¿Qué es lo que hace que nuestro conocimiento no haya servido, no sirva, para ponernos a salvo? ¿Cómo es posible que una sociedad tan orgullosa de sí misma haya construido una forma de vivir en común que destruye lo que la mantiene viva?” se pregunta para proceder a sumar en la tarea ―colectiva― de dibujar un camino que nos ayude a volver a ser terrestres.

Una de las preguntas que lanza en el libro es: “¿Cómo es posible que una sociedad no reaccione ante una amenaza que sabe que existe?” ¿Cómo es posible?

El motivo, desde mi punto de vista, es el haber constituido ―sobre todo en Occidente― una cultura que yo he llamado “del extravío”, en la que las personas no acabamos de sentirnos parte de la trama de la vida de la que formamos parte. Carecemos de una cierta “humildad de especie”. Esto va acompañado de una falta de percepción de límites y de la convicción de que nuestro propio conocimiento y la tecnología lo va a poder resolver todo. Tanto es así que confiamos más en cosas como el dinero o la tecnología que en nuestra propia capacidad para integrarnos en esta trama.

¿Cuándo empezamos a convertirnos en seres que, de forma obsesiva, anteponen el jugar a ser dioses y rechazan la vulnerabilidad?

Es algo relativamente reciente. En el ensayo me he remontado al momento en el que se escribe el libro del Génesis y al pensamiento platónico. Se empieza, entonces, a relatar la llegada de los seres humanos a la Tierra como el fruto de un castigo, de un exilio. A partir de ahí, vamos creando una cultura, me refiero a la occidental, en donde el cuidado de la vida ha ido cayendo en un lugar de invisibilidad para sostener una fantasía de individualidad. La cultura patriarcal, desde mi punto de vista, es eso.

Hemos terminado mirando la Tierra y los cuidados desde la exterioridad, la superioridad, la instrumentalidad. Yo creo que una cultura que establece relaciones de control, de dominio y que ejerce violencia sobre aquello que le sostiene, es una cultura condenada antes o después al suicidio. Violentar lo que te sostiene es una muestra, creo yo, de poca inteligencia.

“Vivimos en una especie de burbuja cultural que nos hace pensar que podemos explotar la tierra de forma ilimitada, pese a que no es así, y donde las personas se sienten como seres individuales e independientes, pese a que no lo son”

Defiende que el sistema socioeconómico actual se podría explicar como una especie de “religión civil” basada en el sacrificio de la vida. ¿Cree que vivimos en una especie de fantasía, de delirio?

Desde mi punto de vista, sí. Ya en su momento Karl Polanyi decía que el capitalismo constituía una especie de fundamentalismo religioso que se sostiene sobre esa lógica del sacrificio. Nos hace pensar que todo merece ser sacrificado con tal de que la economía crezca. Vivimos en una especie de burbuja cultural que nos hace pensar que podemos explotar la tierra de forma ilimitada, pese a que no es así. Dentro de esta burbuja, además, las personas se sienten como seres individuales e independientes, pese a que no lo son.

La ciencia occidental se ha vendido a sí misma como la más elevada. ¿Qué críticas hace el pensamiento ecofeminista a esto?

La mayoría de autoras ecofeministas coincidimos en esa crítica a cómo se ha configurado el modelo de ciencia occidental. La crítica es a lo que hemos denominado “modernidad triunfante”. Es decir, el pensamiento moderno que triunfó al hacerse hegemónico y plasmarse en una buena parte de las aplicaciones tecnocientíficas o incluso las ciencias sociales. Esa “modernidad triunfante” imaginó el mundo y la naturaleza como inerte, y solamente imaginándola como algo muerto desarrolló la capacidad y la tecnología suficiente para matarla.

La mirada alternativa sugiere que nos haría falta una cierta humildad no solo de especie, sino también epistémica, que sirva para reconocer que muchos de los dibujos que hemos hecho de la realidad no describen la realidad misma, y que hay, además, otras formas de comprender el mundo extremadamente valiosas. Conocimientos que han resultado ser, en el extremo, tremendamente acertados. Estoy pensando, por ejemplo, en los conocimientos sobre la complejidad ecosistémica de muchos pueblos originarios.

“Creo que se está generando una percepción en una parte importante de la sociedad de una cierta ineficiencia de los progresismos para resolver problemas estructurales”

Explica que construir cualquier cosa exige saber y reconocer dónde estamos. ¿Cómo de importante es dejarse atravesar por el dolor que provoca el presente?

Reconocer la realidad de la que formamos parte es absolutamente esencial para poder cambiarla. No hay forma de poder atajar un momento de enfermedad, de desamor, sin reconocer la causa estructural, fundamental, que lo origina. Con esto no quiero decir que tengamos que ser seres dolientes: todo lo contrario. De hecho, yo soy una persona bastante disfrutona. Pero si el punto de partida es uno fantasioso, edulcorado, que elude cuáles son los grandes conflictos estructurales, resulta que las alternativas que acabaremos diseñando se podrán convertir también en monstruosas. Lejos de resolver los problemas, podrán llegar a incrementarlos.

Denuncia que las izquierdas no están asumiendo la transformación colosal que se necesita para afrontar retos como la crisis ecosocial.

En general, y sin dejar de reconocer el trabajo de políticos como Pablo Bustinduy o Sira Rego, creo que no la están asumiendo. En parte, creo que tiene que ver con que se ha interiorizado que las personas organizadas no vamos a ser capaces de generar proyectos políticos que acaben siendo emancipadores y de ponerle freno a la destrucción. No, al menos, sin hacer enormes concesiones (discursivas, políticas, económicas). Ahí hay un problema, porque creo que se está generando una percepción en una parte importante de la sociedad de una cierta ineficiencia de los progresismos para resolver problemas estructurales.

La política institucional ha hecho un esfuerzo enorme por disputar el relato. Sin embargo, creo que es imposible que las instituciones hagan los cambios necesarios para sostener vidas dignas y atajar la crisis ecológica si no hay una cierta masa crítica organizada que desee y esté activa para lograr esos cambios. En este sentido vamos a tener que pensar en cómo organizarnos ante instrumentos represivos que crecen en todos los lugares, como la Ley Mordaza.

¿La gente intuye que las soluciones a la policrisis que estamos atravesando no pueden ser tan simples?

Esto lo hemos apreciado en los procesos participativos del Foro de Transiciones, en donde reunimos a personas heterogéneas y que, en general, no forman parte del movimiento ecologista. La mayoría es muy consciente de que nos encontramos ante una situación de crisis profundísima. Cuando intentan aterrizarlo en sus realidades cotidianas, hablan de dolor, de miedo, de precariedad, de rabia… Hay muchas personas, sobre todo empobrecidas, que cuando les vienen a contar que es posible resolver estos problemas con algunos retoques, se muestran incrédulas, y a veces discursos que pretenden crear ilusión de una forma un poco simplificadora los ven incluso como ofensivos.

“Me pregunto si la República hubiera sido posible sin las misiones pedagógicas, o sin La Barraca de García Lorca”

¿Cómo podríamos ir acercándonos a ese horizonte de “metamorfosis antropológica”?

Con el concepto de “metamorfosis antropológica” lo que pretendo decir es que, frente a una especie de mutación distópica que estamos viviendo a la hora de atajar la crisis ecosocial, en la que se da a entender que “el único problema que hay es que sobra gente”, hay otra forma de poder abordar esto. Pero quiero dejar claro que no es una receta ni un programa electoral, sino que son una serie de objetivos que llevan sus propias metas y que podrían ser plasmados en políticas públicas.

Hablamos de la posibilidad de establecimiento de alianzas público-comunitarias como alternativa a las público-privadas. También es crucial la realización de un trabajo educativo. Hablo de esa educación que protagonizó el movimiento obrero o cualquier lucha política para salir adelante. Me pregunto si la República, por ejemplo, hubiera sido posible sin las misiones pedagógicas o sin La Barraca de García Lorca. Son procesos clave para aprender cosas como que somos seres sujetos a los límites físicos del planeta y capaces de cuidarnos. O que podemos construir economías que no tengan como principal prioridad la acumulación, sino la vida. Creo que el trabajo por debajo de disputa de hegemonía es crucial.

Hay quien repite que el control, el dominio, la violencia es inherente al ser humano y a cualquier forma de organización social compleja. ¿Esto es así?

Si hay una disciplina de conocimiento que esté en un momento de profunda revolución esa es la arqueología, y lo que muestra es que, lejos de venir de un pasado simplificado de “salvajismo y barbarie” y llegar a un futuro “esplendoroso” de progreso, en el pasado también hubo culturas que fueron extremadamente complejas.

Estamos hablando de ciudades de decenas de miles de habitantes en donde la evidencia permite decir que fueron sociedades sumamente organizadas, bien conectadas con el territorio en el que se insertaban, con fórmulas económicas diversas y complejas, y en las que no se aprecia una gran evidencia de desigualdad social y de jerarquía, ni tampoco hay rastro de violencia. Ello muestra que no solo funcionamos a partir de la violencia, del sometimiento y del control, sino también de la cooperación, del apoyo mutuo y de la simbiosis. 

lunes, 2 de marzo de 2026

Gracia Jiménez: “Bastantes prácticas educativas se mantienen contra las evidencias científicas"


La vicedecana de la Facultad de Educación de Granada es una las impulsoras del Manifiesto por una Educación Informada por la Evidencia, suscrito hasta ahora por 86 investigadores procedentes de diversas disciplinas.
   
Gracia Jiménez (Maracena, Granada, 47 años) es una de las impulsoras del Manifiesto por una Educación Informada por la Evidencia. Un documento de ocho páginas, suscrito hasta ahora por 86 investigadores españoles procedentes de disciplinas diversas ―sociología, economía, psicología, neurociencia, lingüística y ciencia política, entre otras― que presenta los principios de una corriente relativamente nueva en España. Un movimiento que reclama que las decisiones educativas, tanto de los altos responsables como las que adopta el profesorado en cada centro, tomen “en consideración la información proporcionada por la investigación científica”, porque, afirman, los objetivos educativos deben basarse en “consideraciones de tipo político, filosófico, legal y ético”; y a la hora de elegir las formas de alcanzar esos objetivos, la investigación de calidad puede “mejorar la base de información que se sopesa”. Doctora en Psicología, Jiménez es vicedecana de Innovación, Investigación y Transferencia en la Facultad de Educación de la Universidad de Granada, y está especializada en el estudio de la dislexia y otras dificultades de aprendizaje.

Pregunta. ¿En qué consiste la educación informada por la evidencia?
Respuesta. Es un concepto bastante amplio, pero su finalidad fundamental es enriquecer la toma de decisiones educativas. Los distintos componentes de la comunidad educativa necesitan tomar decisiones para conseguir unos objetivos que ya están propuestos. Y la educación informada por la evidencia pretende darles más información sobre aquello que tiene un amplio consenso científico para que puedan hacerlo de la forma más adecuada posible.

P. ¿Las decisiones que se toman en educación no lo tienen en cuenta?
R. Desafortunadamente, no todo lo necesario. Muchas veces se priorizan otros criterios, aunque cada vez se incluye más el conocimiento científico.

P. ¿Llegan al profesorado las conclusiones de las investigaciones educativas?
R. Es verdad que el profesorado no tiene el mismo acceso que tenemos los investigadores a esos resultados. La labor de los que nos dedicamos a la investigación es, por supuesto, avanzar en el conocimiento en la medida de nuestras posibilidades. Pero también tenemos la responsabilidad, casi la obligación, de facilitar los puentes para que el conocimiento científico llegue a los contextos educativos y las investigaciones tengan un impacto social.

P. A diferencia de otros campos, como la medicina, en educación con cierta frecuencia se plantea la experiencia profesional como opuesta a las conclusiones de la investigación. ¿Por qué?
R. Solo en algunas ocasiones. Pero la educación informada por la evidencia no elimina otro tipo de conocimiento. La experiencia docente es, evidentemente, muy valiosa, y se complementa perfectamente con los resultados de la investigación. Sí es cierto que hay algunas prácticas tradicionales muy enraizadas que se han mantenido sin una reflexión de su efectividad. Todos formamos parte, de alguna manera, de la comunidad educativa, y todos hemos sido alumnos y hemos recibido y observado determinadas prácticas que, si no las cuestionamos para comprobar si funcionan, si son positivas, si aportan o no, se quedan por inercia, porque se han utilizado toda la vida.

P. ¿Qué decisión educativa basada en la evidencia podría adoptarse y, sin embargo, no se ha hecho?
R. Yo trabajo en el ámbito del aprendizaje lector, donde afortunadamente tenemos mucha evidencia que nos aporta información valiosa sobre cómo hay que enseñar a leer. Y hay aspectos sobre los que existe mucho consenso que no siempre se aplican, aunque cada vez se extienden más. Por ejemplo, en ocasiones se pone el foco de manera muy temprana en el aprendizaje de la correspondencia entre la letra y los sonidos, sin haber estimulado de una manera profunda aspectos relacionados con el lenguaje oral, lo cual no es adecuado.

P. ¿Por qué?
R. Primero tenemos que estimular en ellos la conciencia fonológica. La capacidad de ver que ese flujo lingüístico que yo escucho todo seguido está compuesto por unidades más pequeñas, que pueden ser la palabra, la sílaba o el fonema. En educación infantil, los esfuerzos deberían ir dirigidos a hacer conscientes a los niños de esas unidades más pequeñas e ir adaptándose a su desarrollo evolutivo, hasta llegar a ese momento donde saben que la palabra ‘sol’ está compuesta por tres trocitos muy pequeños que son ‘s’ ‘o’ ‘l’. Y desde ahí, ver cómo podemos representar eso, cómo podemos escribirlo y leerlo.

 
La profesora y vicedecana de la Facultad de Educación de Granada, Gracia Jiménez, el 11 de abril.
P. ¿Qué otras prácticas se mantienen contra las evidencias?
R. Hay, desafortunadamente, bastantes ejemplos. Todavía se ven formaciones para el profesorado sobre inteligencias múltiples o estilos de aprendizaje, cuando hace tiempo que sabemos que no cuentan con respaldo científico. O se siguen realizando ciertas prácticas con los niños que tienen dificultades a la hora de pronunciar la erre u otros pequeños problemas de articulación fonológica, a pesar de que la evidencia ha mostrado desde hace mucho tiempo que no son efectivos; como el clásico ejercicio consistente en ponerle una vela al niño y decirle que sople con fuerza y luego débilmente. O que sople con una pajita en un vaso de agua, o en un globo…. Desde la década de los 90 o incluso antes hay estudios que han comprobado que no tienen efectividad.

P. El manifiesto advierte que hay cosas que se presentan como educación informada en la evidencia y no lo son. ¿Por ejemplo?
R. Hay muchos conceptos erróneos. Uno viene a decir que esta corriente impone determinadas metodologías sin tener en cuenta experiencias docentes ni el contexto. Como si diéramos recetas que tienen que aplicarse de manera incuestionable, cuando siempre hay que tener en cuenta que la investigación es limitada, que no hay respuestas para todo, que las conclusiones son provisionales, y que tenemos que seguir investigando y aportando evidencias. Y no sobra nadie. Tampoco las investigaciones que se hacen dentro de la escuela por los docentes. A veces se critica que usamos una metodología muy cuantitativa que no tiene en cuenta lo cualitativo; al contrario, todo tipo de investigaciones de calidad y rigurosas son bienvenidas, y por supuesto la experiencia y la opinión de los docentes, de las personas que lo van a aplicar.

P. Su corriente da especial valor a la investigación que permite establecer relaciones causales. Pero también admiten la dificultad de hacerlo en un terreno, la educación, en el que intervienen múltiples variables.
R. Cada investigación, si es de calidad, intenta tener una representación del distinto tipo de alumnado y contextos distintos. Pero por eso es necesario no tener una sola investigación, sino un cuerpo de investigaciones. Y por eso también es tan importante lo que nos dicen los metaanálisis, los estudios que recogen una cantidad importante de investigaciones y extraen conclusiones generales, más allá de la particularidad de un trabajo concreto.

P. ¿Por qué publican el manifiesto ahora?
R. En nuestro país estamos arrancando, y nos pareció interesante que desde el principio los conceptos estuvieran claros. Cuando las cosas tienen más recorrido, suele ser más difícil eliminar las malinterpretaciones.

Profesionales buenos

La Universidad de San Sebastián, en Chile, promueve la formación de profesionales buenos, no solo competentes, destacando la importancia de la ética en su desempeño laboral

Cuando pensamos en las competencias profesionales, nos solemos limitar a todas las que están relacionadas con el saber / MARTA G. BREA

Mi querida amiga María Angélica Arán Jara, excelente profesional y, si cabe, mejor persona, trabaja en la Escuela de Educación Inicial de la Universidad de San Sebastián en la hermosa ciudad chilena de Valdivia. Dicha Universidad, tiene otras tres sedes en el país andino.

La directora de la Escuela, Mariana Oyarzún Roasenda, a través de su mediación, me solicitó una conferencia con un título que a los tres nos pareció importante: Buen profesional/Profesional bueno. No siempre es igual que el adjetivo vaya delante o detrás del sustantivo. Por ejemplo, no es lo mismo decir “un griego desnudo” que “un desnudo griego” por la función sintáctica que genera la colocación de las palabras.

Cuando Angélica trabajaba en la Universidad Mayor, con sede en Santiago y en Temuco, participamos en un proyecto del Rectorado que llevaba el susodicho título, que se concretaba en la doble sigla BP/PB. Al equipo rectoral le preocupaba, y eso le honra, formar buenos profesionales (competentes, bien preparados, capaces de ejercer su oficio con acierto y eficacia). A nadie le sorprenderá esta preocupación, este objetivo fundamental. Pero también le importaba conseguir otro objetivo, que no se suele explicitar en muchas otras instituciones de educación superior: formar profesionales buenos (buenas personas, sensibles, humildes, solidarias, compasivas…). El equipo se preguntaba cómo se podía alcanzar este segundo propósito y cómo se podía saber si realmente se había conseguido.

Cuando pensamos en las competencias profesionales, nos solemos limitar a todas las que están relacionadas con el saber y con el saber hacer pero nos olvidamos muchas veces de aquellas que se relacionan con el saber ser, con la esfera de los valores. Es como si esa parcela dependiese exclusivamente de la espontánea actitud del interesado. y no de la institución formadora.

Creo que nadie puede discutir la importancia de la dimensión ética en la capacitación profesional. Si el conocimiento que se adquiere en las instituciones universitarias sirviera para cómo dominar, explotar y engañar al prójimo más nos valdría cerrarlas porque, lo que estaríamos consiguiendo en ellas es hacer más sofisticada la ley de la selva. Cuando el más fuerte dominaba al más débil teníamos un nivel de complejidad en la selva en el que algunos podían sobrevivir por su astucia, por su ingenio o por su inteligencia. Pero, cuando el que más sabe, utiliza el conocimiento que tiene en su exclusivo beneficio y en contra del prójimo, el nivel de selva se hace más complejo y pocos pueden sobrevivir en ella. Por eso me gustó tanto el lema que vi escrito en el frontispicio de una Universidad en la ciudad de Guadalajara (México): “Aquí tenemos que formar no a los mejores del mundo sino a los mejores para el mundo”.

La sociedad empeora cuando los profesionales solo miran por su enriquecimiento, cuando engañan a quienes tienen que prestar sus servicios, cuando no les respetan, cuando utilizan el conocimiento para hacer daño, cuando solo sirven a los ricos y a los poderosos, cuando. desprecian a los más necesitados, cuando no se preocupan de los problemas del mundo. La dimensión ética del ejercicio profesional tiene que ver con varias dimensiones del ser y del quehacer en el oficio, unas afectan a los destinatarios del trabajo de ese profesional, otras a la institución en la que trabajan y otras, en fin, a la sociedad en general.

Cuando decimos BP/PB no nos referimos a dos dimensiones antagónicas sino complementarias. De hecho la competencia profesional es una de las más importantes exigencias de la ética. No hay ética si la persona no está bien preparada, si no sabe, si no domina el conocimiento específico de su oficio. En el libro “Lo siento mucho”, el médico portugués Nuno Lobo Antunes cuenta la historia de un médico que acompañó a un enfermo de cáncer (si no recuerdo mal, un niño, porque desarrollaba su trabajo en oncología infantil) que tenía dolores muy fuertes. Cuando él acudió por la mañana a ver al paciente y analizó la situación pudo comprobar que la falta de conocimientos del médico era la causa de que el paciente no hubiera evitado los dolores. Y por eso hizo la siguiente observación:

Admiro y elogio su generosidad al haber acompañado al paciente toda la noche, pero hubiera preferido que fuera más competente.

La relación que establecemos con las personas en el ejercicio profesional debe estar presidida por el respeto. Todas las personas, por el hecho de serlo, tienen una dignidad que les debemos reconocer todos los demás, según sostiene José Antonio Marina en un interesante libro titulado ”Ética para náufragos”. Esa es la base y el fundamento de la ética.

La contribución que hacemos a la mejora de la sociedad, tiene que estar presidida por la honradez. Ya sé que tenemos que vivir del trabajo que desempeñamos pero, una cosa es vivir del trabajo y otra ponerlo solo a disposición de quienes tienen la condición de ricos que pueden pagar cantidades elevadas de dinero. El respeto a los valores que ha de regir las relaciones en una sociedad democrática exige a los profesionales poner sus servicios al alcance de quienes lo necesitan.

Si este planteamiento tiene sentido en la formación de cualquier tipo de profesionales, lo es más en la formación del profesorado porque el profesional de la educación trabaja directamente con el conocimiento y con los valores.

No basta con conocer el código deontológico de la profesión, hay que respetarlo, hay que cumplirlo. Con integridad y cuidado. También resulta necesario que la ciudadanía conozca ese código para poder exigir su cumplimiento a los profesionales.

Hay una cuestión importante que nos planteamos cuando iniciamos aquel interesante proyecto que formulábamos con las siglas BP/PB: está claro que consideramos importante la pretensión de formar profesionales buenos y no solo buenos profesionales. Y nos hacíamos las siguientes preguntas: ¿cómo se alcanza esa pretensión, cómo se consigue ese objetivo, cómo puede ser evaluado?

En primer lugar he de decir que no se trata de un objetivo del que dirige una institución o de una persona obsesionada por este decisivo empeño sino de todo el equipo docente. No hay alumno que se resista a diez profesores que estén de acuerdo. El problema reside en que la pretensión sea de una sola persona o un pequeño grupo de personas, quedando los demás al margen o, lo que es peor, echando por tierra la idea como si se tratase de una quimera, una nimiedad o una estupidez.

En segundo lugar, es muy importante que el equipo de docentes encarne en sus propios comportamientos la pretensión que plantean en la formación de sus estudiantes. Decía Emerson: El ruido de lo que somos llega a los oídos de nuestros alumnos y alumnas con tanta fuerza que les impide oír lo que decimos. No hay forma más bella y más eficaz de autoridad que el ejemplo. Albert Bandura describe lo explica muy bien cuando describe el aprendizaje vicario.

En tercer lugar, además del carácter transversal del objetivo, creo que debería existir en el currículum una materia en la que se reflexionase con rigor y el apoyo de textos de autores y autoras relevantes sobre estas cuestiones. Disciplina de la que se harían cargo profesionales de prestigio. De lo contrario será fácil que esa materia se convierta en lo que se ha llamado “una maría”.

Acabo de conocer, a través de un artículo de José María Torralba, titulado “Tenemos que ser capaces de convivir, incluso pensando distinto”, una interesante experiencia universitaria. Se trata de la organización de seminarios para leer y debatir a los clásicos (también a otros autores modernos) y de promover debates para aprender a pensar y a convivir.

Por coherencia con lo que estoy planteando defiendo que la institución debería estar atenta a comportamientos que no tengan en cuenta las exigencias de la ética.

Fue un placer plantear a los estudiantes de las cuatro sedes de la Universidad de San Sebastián algunas ideas, algunas preocupaciones y algunas propuestas sobre esta decisiva cuestión: sin ética no se puede ser un buen profesional de la educación.

Victoria Camps, en su reciente libro “La sociedad de la desconfianza” (2025), dice: “La reflexión sobre la ética siempre ha acabado llevándome a la educación, no solo a mí, sino a cuantos se plantean el porqué de la crisis permanente de valores". Esta misma autora escribió en 2008 un interesante libro titulado “Creer en la educación”. Yo soy alguien que cree a pie juntillas en esa tarea decisiva y en los profesionales que se dedican a ella o se forman para ejercerla. Deberían ser profesionales buenos, profesionales de la ética. 

domingo, 1 de marzo de 2026

Niñas con altas capacidades pero que no encajan: las invisibles de la inteligencia

Ocultan sus talentos tratando de encajar en un molde normalizado y pasan inadvertidas hasta la edad adulta. Pero no ser lo que una es pasa factura a la mente y al cuerpo

Cuando pensamos en personas con altas capacidades intelectuales, ¿qué nombres nos vienen a la cabeza? Einstein, Hawking, Da Vinci, Gates… La lista suele estar poblada casi exclusivamente por hombres. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido miles de mujeres con un potencial intelectual extraordinario. El problema es que, demasiadas veces, permanecieron en la sombra o, incluso habiendo sido portadoras de un Nobel, son desconocidas para la mayoría de nosotros. Solo en el ámbito de la ciencia hay 17 mujeres que han recibido este premio y, aun así, muchos apenas podríamos nombrar a dos o tres de ellas. Javier Tourón y Steven Pfeiffer definen las altas capacidades como “un conjunto de características cognitivas, motivacionales, creativas y personales que, en interacción con el entorno, permiten un rendimiento superior o un potencial excepcional”. Según el criterio que se utiliza, entre un 10% y un 15% de la población tiene altas capacidades, y aproximadamente un 2% pertenece al grupo de los superdotados.

La invisibilidad de las mujeres con altas capacidades no es casual. Desde niñas, muchas aprendieron a ocultar su talento para encajar, evitando destacar en el aula para no ser etiquetadas como sabelotodo. En ellas, el deseo de pertenencia y aceptación es mucho más fuerte, llegando a bajar intencionadamente sus resultados académicos e incluso ocultando sus verdaderos intereses para fingir que son los de la mayoría. Por otra parte, se tiende a asociar altas capacidades con rendimiento brillante en áreas masculinizadas —como las matemáticas o las ciencias—, mientras que las niñas pueden destacar en ámbitos creativos, sociales o lingüísticos, que se valoran menos.

Mientras los niños superdotados son vistos con curiosidad, envidia o incluso con admiración, a las niñas se les ha exigido históricamente discreción, simpatía y conformidad. El resultado: muchas pasan inadvertidas hasta la edad adulta, cuando descubren, por fin, que lo que les hacía sentirse “raras” era, en realidad, un potencial extraordinario y una sensibilidad infinita.

En consulta lo vemos con frecuencia: la mayoría de las mujeres que llegan a evaluarse lo hacen porque alguno de sus hijos ha sido previamente identificado con altas capacidades. Al observar los paralelismos entre lo que le ocurre a su hijo y lo que ellas mismas han sentido toda la vida, deciden dar el paso.

No son pocas las que, al recibir el informe, rompen a llorar al encontrar al fin respuestas a tantos años de interrogantes, soledades e incomprensión. Al llegar a la adultez, buscan entender su historia, ponerle nombre a su diferencia y resignificarla. Además, al estar más implicadas habitualmente en la educación y el seguimiento escolar de sus hijos, suelen ser ellas quienes acompañan los procesos de detección infantil, lo que facilita esa toma de conciencia personal. En definitiva, buscando respuestas para comprender a sus hijos, resucitan también esa parte de sí mismas que habían arrastrado, con más pena que gloria, durante toda su vida.

Hoy sabemos que ellas enfrentan un doble reto: por un lado, la falta de identificación temprana en la escuela —un patrón que afortunadamente comienza a cambiar—, y por otro, los mandatos sociales que las empujan a esconder sus logros. La mayoría de las niñas son detectadas mucho más tarde de lo que sería deseable porque se portan bien y no siempre muestran resultados académicos extraordinarios, por lo que pasan inadvertidas. Parecen encajar en una aparente normalidad hasta que muchas empiezan a desarrollar sintomatología psicosomática —dolores de cabeza, de estómago, problemas de piel sin causa médica—, fruto de la falta de estímulo intelectual en el aula o del enorme esfuerzo que hacen cada día para encajar con sus pares. Sin embargo, este malestar rara vez se expresa de forma explícita, como sí suele suceder en el caso de muchos varones, que lo manifiestan a través de conductas disruptivas, rechazo a la autoridad, distracción en clase o exceso de movimiento. Eso impulsa a las familias a buscar ayuda antes en los niños que en las niñas.

El desafío ahora es detectarlas a tiempo y ayudarlas a no conformarse ni tratar de encajar en un molde que no es el suyo; acompañarlas a construir —o, en no pocos casos, reconstruir— una autoestima dañada a fuerza de negarse a sí mismas. Muchas adultas se preguntan: “¿Para qué quiero saberlo ahora?”. Y nuestra respuesta es clara: para que resignifiquen su historia desde el autoconocimiento; para que liberen culpas; para que entiendan los motivos de su hiperexigencia, de su perfeccionismo, de su necesidad constante de estímulo intelectual. En definitiva, para una mujer adulta, la evaluación no es un punto final, sino el inicio de un proceso de integración personal: comprenderse, sanar heridas, abrir caminos y, sobre todo, permitirse ser sin pedir disculpas.