domingo, 26 de enero de 2020

_- El león que creía ser oveja

_- Tomado del blog de Miguel Ángel Santos Guerra.
21 diciembre, 2019

Cuando me preguntan lo que pienso sobre el peso que tiene en la vida la genética y la cultura (incluida la educación) suele decir que ambas tienen una enorme influencia. Y, cuando me fuerzan a dar porcentajes, digo que en un 100% tiene influencia la genética y en un 100% la cultura. Como es lógico, la respuesta no responde a la inquietud del que pregunta, pero refleja muy bien mi posición al respecto.

La carga genética que influye en el fenotipo de un organismo individual, o de una especie o población, puede ser modificada por las condiciones del medio ambiente y de la cultura.

Somos lo que creemos que somos. Y en la configuración de esa creencia influyen la imagen que nos formamos de nosotros mismos y la que los demás proyectan sobre nosotros. Importa lo que esperamos de nuestras posibilidades y lo que esperan los demás de ellas.

En un libro que pronto publicará Francisco Menchén y que conozco porque ha tenido la amabilidad de pedirme que escriba el prólogo, he encontrado una fábula que ya conocía y que, por las extrañas leyes que rigen la memoria, había olvidado. Se titula “El león que creía ser oveja”. El libro, que puedo recomendar antes de que vea la luz, se titulará “Redescubrir la creatividad como experiencia de vida. El ADN del aprendizaje creativo”.

Vamos a la historia.
Cuenta una antigua leyenda hindú que un leoncito cachorro abandonado por su madre fue acogido cariñosamente por un rebaño de ovejas y se crió entre ellas en las cercanías de un hermoso lago. Creciendo allí llegó a creer que él también era una oveja.

Cuando llegó a la edad adulta, y siendo un enorme león, se comportaba como cualquiera de las demás ovejas. Un día se acercó hasta allí otro león adulto y hambriento y se asombró mucho de observar que ese león, mucho más grande y fuerte que él, huyera como hacían las ovejas, brincando y balando con el resto de los miembros del rebaño.

Después de mucho esfuerzo logró arrinconarle. Inútilmente intentó explicarle que no debía huir porque era un poderoso león. Finalmente, con un gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano. Allí le obligó a mirar su reflejo en la superficie del agua. Cuando el león observó su rostro, su cuerpo y su melena, reflejados nítidamente en la superficie del agua sintió un estremecimiento de pies a cabeza y desde lo profundo de sus entrañas se elevó la más intensa emoción interna y brotó el más fuerte y poderoso rugido que se había escuchado jamás haciendo eco a través de todas las montañas y valles del mundo

A partir de entonces el león juró defender a aquellas ovejas con su poder y su fuerza. Y así lo hizo hasta el fin de sus días.

Hasta aquí la leyenda. Y ahora las casi obvias y obligadas moralejas.

Es fácil deducir que el león acabó sintiéndose una oveja por la imagen que se forjó de quién era, de cómo era, de lo que tenía que hacer, de lo que debía temer, de lo que debía huir… En realidad era una oveja que las demás ovejas aceptaban como tal porque, aunque tuviera la imagen de un león, no se comportaba como era de esperar de su fiereza. El tiempo acabó consiguiendo que también las ovejas lo considerasen uno más del rebaño a pesar de las apariencias. Nada podían temer de aquella fantástica oveja. De modo que se produce un círculo vicioso que consiste en que las ovejas piensen que el león es un oveja más y en que el león responda a esas expectativas. Y a la inversa: en que el león considere que es una oveja como las demás y en que éstas lo acepten como tal.

La cultura, el ambiente, el medio reparten los papeles y los individuos los asumen como si fueran un imperativo. El león-oveja, cuando ve al león, huye despavorido con ellas. Ha aprendido el miedo que ellas sienten. Ha aprendido el comportamiento de las ovejas porque él se ha acabado sintiendo una oveja.

El león que se acerca al rebaño, ve con sorpresa que el individuo de su especie que está entre las ovejas huye despavorido con ellas. Y se da cuenta de que no tiene conciencia de lo que es. Y ahí está la tarea de la cultura, de la educación. Una tarea que pone al individuo ante su propia imagen, ante el reto de hacer efectivas sus potencialidades: “Finalmente, con un gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano. Allí le obligó a mirar su reflejo en la superficie del agua. Cuando el león observó su rostro, su cuerpo y su melena, reflejados nítidamente en la superficie del agua, sintió un estremecimiento de pies a cabeza y desde lo profundo de sus entrañas se elevó la más intensa emoción interna y brotó el más fuerte y poderoso rugido que se había escuchado jamás haciendo eco a través de todas las montañas y valles del mundo”. Esa es la clave de la historia. Por eso me he permitirlo repetir estas palabras. El león adquirió conciencia de lo que era.

Pues bien, esa es la tarea de los educadores: poner ante el espejo de la realidad a la persona que es y que puede ser. Ayudar a que el aprendiz abra los ojos y reconozca su verdadera identidad y sus potencialidades. Ayudarle a saber quién es, a aceptarse como tal y a tratar de desarrollarse al máximo. Obsérvese que la historia dice que esa tarea requiere un gran esfuerzo: “Con gran esfuerzo le arrastró hasta el lago cercano”.

Es esa decisión de poner al león ante su propia imagen lo que hace que el rey de la selva despierte de su falso sueño, que salga de su engaño. Es entonces cuando descubre que es un poderoso león y quiere ser fiel a su especie. Es la conciencia que adquiere de sí mismo lo que le provoca el estremecimiento y le permite liberar ese poderoso rugido que jamás había emitido. Si horas antes alguien le hubiese pedido que lanzase un rugido, se hubiese sentido incapaz. Creer que se puede hacer algo es el camino más eficaz para poder hacerlo.

Pienso en otra moraleja que tiene un sentido ético. ¿Cómo no acercarse al terreno moral si hablamos de “moralejas”? El león no quiere utilizar su poder para atacar a las ovejas y decide dedicarse a cuidarlas y a protegerlas, incluso de otros leones. Es decir, que pone la fuerza que ha descubierto que tiene al servicio de quienes, en otras ocasiones, como él, tuvieron la condición de víctimas. Utiliza el conocimiento que posee sobre las ovejas, no para atacarlas y destruirlas sino para protegerlas.

No solo es importante saber quién se es, aceptarse como tal. Desarrollar al máximo las potencialidades genéticas. La oveja no es un león defectuoso. Una oveja es una oveja. Un león es un león. Es importante que esa identidad y esas cualidades se pongan al servicio de los demás y que no se utilicen para amedrentarlos, dominarlos y destruirlos.

https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/eladarve/2019/12/21/el-leon-que-creia-ser-oveja/

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