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viernes, 24 de julio de 2026

Encuentro con Roy Harley

Roy Harley, superviviente del accidente aéreo de Los Andes.

Roy Harley, superviviente del accidente aéreo de Los Andes. / l.o.

Hay personas que se estrellan contra una pequeña adversidad y otras, como este hombre de 73 años que, después de superar adversidades extremas, se abraza a la vida, dándole sentido y coherencia

Hace unos días tuve la suerte, la alegría y el honor de compartir el almuerzo con Roy Harley, uno de los quince supervivientes actuales del accidente aéreo de los Andes, acaecido el día 13 de octubre del año 1972 en el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya. El vuelo cubría el trayecto de Montevideo a Santiago con un pasaje de 45 personas, en su mayoría jóvenes jugadores de rugby.

Mis queridos amigos José Picó, arquitecto fundador de Espacios Maestros y su pareja Sonia Díaz, psicóloga y experta en educación, me invitaron a una comida que tuvo lugar en el emblemático restaurante José Carlos García, sito en el Muelle Uno de Málaga. La vida no te hace regalos de esta envergadura todos los días. El diálogo sincero y relajado con personas que han vivido y superado experiencias tan extraordinarias no pudo ser más enriquecedor.

Estaba presente también a su lado en esa comida la esposa de Roy, Cecilia Surraco, con la que lleva casado cincuenta años y con quien ha tenido tres hijos, Carolina (química farmacéutica), Eloísa (licenciada en Nutrición) y Alejandro (ingeniero civil), que hoy son ciudadanos exitosos en Uruguay, país del que es originario el matrimonio.

La primera cualidad que he podido admirar en Roy es la humildad. No se aprecia ni en sus palabras ni en su actitud el más mínimo atisbo de altivez, aunque tenga motivos más que sobrados para sentirse orgulloso. La humildad es una de las características de las personas de verdadera talla humana. Es admirable la sencillez y la serenidad con la que se expresa y comparte con los comensales su pasado y su presente. La amabilidad de Roy Harley y de su esposa, son admirables. Comía al lado de Cecilia y le comenté que iba a viajar a Montevideo en el mes de septiembre para impartir algunas conferencias. De forma inmediata me pide que les llame y, para que pueda hacerlo, me facilita el teléfono. Nos acabábamos de conocer.

Seguro que todos los lectores y lectoras conocen la historia de aquel terrible accidente aéreo que tuvo a los pasajeros que lograron sobrevivir la friolera de 72 días aislados en la cordillera. Roy dice que les salvaron la esperanza, las ganas de vivir, la capacidad de organización y la fortaleza que les permitió superar todas las dificultades que se les presentaron. Y, por supuesto, la unión y la ayuda de todos los viajeros frente a la adversidad. Una sola persona no hubiera sobrevivido. Se han filmado sobre esta experiencia tres películas y se han escrito más de treinta libros, entre ellos ‘¡Viven!’, ‘La sociedad de la nieve’, ‘Milagro en los Andes’, ‘Tenía que sobrevivir’…

Uno de los momentos más dramáticos de la experiencia fue tomar la decisión de alimentarse de los cuerpos de sus amigos y compañeros ya fallecidos. Un acto de antropofagia de supervivencia. Como jóvenes católicos (rezaban diariamente el rosario, casi a gritos) tuvieron que afrontar un dilema moral y religioso. Lo hicieron con enorme respeto y gratitud. Sin plantas ni animales en el entorno, consumidos ya los pocos víveres que tenían, después de comer cuero de los asientos, algodón y otros materiales que no les proporcionaban nutrientes y les ocasionaban daños digestivos, no había otra salida. Nos contaba Roy cómo degustaban la pasta de dientes.

Roy es ingeniero. Entonces era estudiante universitario de primer curso de ingeniería. Logró arreglar la radio que les permitió conectarse con el mundo. Por esa radio pudieron conocer la desoladora noticia de que las autoridades habían tomado la decisión de suspender la búsqueda de los accidentados.

Resulta aleccionador que Roy comparta con otras personas su experiencia, sus aprendizajes y sus valores. Algunos de esos valores le permitieron salvarse con sus compañeros.

La historia de Roy Harley es una historia de resiliencia. Esa actitud resiliente le permitió superar situaciones de extrema dificultad que no se podría imaginar en las peores pesadillas. Y luego la actitud resiliente le ha permitido organizar la vida y afrontar sus exigencias con equilibrio, sabiduría y fortaleza.

Nos hace falta cultivar la resiliencia. El ejemplo de este hombre tranquilo, sabio y humilde es un espejo en el que podemos mirarnos. Un hombre que aprendió en el currículum de la vida (cómo no citar aquí el libro ‘Patas arriba: la escuela del mundo al revés’ de su compatriota Eduardo Galeano) una lección inolvidable que comparte con quienes quieran escucharle. Esta es otra característica de la personalidad de Roy: su deseo de ayudar a otras personas, su interés en compartir lo vivido y lo aprendido.

Les decía yo a los comensales que hace muchos años un avión que cubría el trayecto Málaga-Melilla se estrelló contra una montaña de la ciudad africana. En ese accidente fallecieron, entre otros pasajeros. una alumna de la Facultad y una persona que hacía el primer vuelo de su vida.

Qué fatalidad, comenté. Hay pilotos y azafatas que se jubilan después de haber volado toda la vida con una frecuencia casi diaria sin que les pase absolutamente nada.

Roy nos dice entonces que ese vuelo Montevideo-Santiago también era el primer vuelo de su vida. Le había costado 18 dólares. Un grupo de compañeros y amigos, cargados de ilusiones y proyectos, no podían imaginar al subir las escalerillas del avión que la muerte había subido con ellos y que iba a poner una zancadilla en su carrera acelerada hacia el éxito.

Me sorprendió la visión positiva de la vida y la actitud optimista de Roy, después de haber vivido aquella tremenda tragedia. Hay personas que se estrellan contra una pequeña adversidad y otras, como este hombre de 73 años que, después de superar adversidades extremas, se abraza a la vida, dándole sentido y coherencia. La clave está en el optimismo. Es cierto que los optimistas ven alguna vez una luz donde no existe pero, ¿por qué los pesimistas quieren apagarla inmediatamente? Tengo un amigo que dice que, como tiene poca estatura, es optimista por naturaleza ya que solo puede ver la parte llena de la botella.

Conté a los comensales una historia que leí en un libro de Luis Rojas Marcos. Un teniente envía un destacamento de soldados a realizar una misión de alto riesgo en una montaña helada de los Andes. Se desencadena entonces una tormenta de nieve tan espectacular que el teniente teme por la vida de sus soldados. Pasan los días y, al no regresar, les dan a todos por muertos. De pronto aparecen sanos y salvos. El teniente les pregunta:

¿Cómo es posible que, con esta tormenta tan increíble, hayáis encontrado la salida y regresado con vida?

Un soldado contesta:

Mi teniente, uno de nosotros tenía un mapa en la mochila y gracias al mapa encontramos el camino de regreso.

El teniente les pide que le entreguen ese mapa salvador. Después de estudiarlo, el teniente descubre que el mapa no era un mapa de los Andes sino un mapa de los Pirineos. No les había salvado el mapa geográficamente sino el optimismo de saber que tenían un mapa.

Todas las personas tenemos nuestra ‘cordillera’, dice Roy. Es cierto. La de uno puede ser más elevada que la de otro, más larga, más abrupta. Un fracaso, la muerte de un ser querido, una ruptura amorosa, una crisis de identidad, una enfermedad, la falta de recursos, el despido de un trabajo… Hay que desarrollar actitudes y estrategias de resiliencia para hacer frente a la adversidad.

Roy dice que en aquellos días aprendió a valorar las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Al estar privado de ellas de una forma imprevista y radical, valoró sobremanera lo que significa levantarse cada mañana de la cama, tomar un café con los amigos, darse una ducha, salir a dar un paseo, recibir el abrazo de un amigo…

Los modelos que ofrece la sociedad a la juventud no son precisamente personas como Roy Harley y sus compañeros de accidente. La sociedad presenta como modelos a personas que han alcanzado el poder, la fama o la riqueza fácil y rápidamente. Y ofrece esos modelos por la vía de la seducción. Roy Harley es un modelo que podemos proponer a la juventud por la vía de la argumentación. Una persona que consiguió con actitud positiva y. esfuerzo superar una dificultad suprema y ayudó a que otros lo consiguieran con él. Y después de aquel terrible episodio logró darle un sentido profundo a su viuda y ha ido entregando a sus semejantes la fuerza de la resiliencia y la sabiduría de vivir.

Roy centra sus conferencias mucho menos en el accidente en sí que en las lecciones que extrajo de esa experiencia. Suele decir que no quiere que la gente salga impresionada por la tragedia sino inspirada para afrontar sus propias dificultades con fuerza y sabiduría. Dice que «la vida es corta y que no nos podemos quejar de nada. Tenemos que aprovecharla, disfrutarla y vivirla fuerte». Y yo añado que no hay señal más clara de inteligencia que desarrollar la capacidad de ser felices y ser buenas personas.

martes, 16 de julio de 2024

Cómo ayudar a una persona que fue víctima de abuso sexual infantil.

Una mujer se columpia en un atardecer.
Una mujer se columpia en un atardecer.
Todo trauma psicológico deja huellas, pero el abuso sexual en la infancia especialmente. Cuando ya ha ocurrido, son fundamentales la escucha, la calma, el apoyo y la esperanza.

Hubo una época en la que el abuso sexual a los niños y adolescentes estaba normalizado o banalizado, pero esto ya se ha acabado. Hoy sabemos que la experiencia de ser —o el doloroso recuerdo de haber sido— un mero objeto de satisfacción erótica por parte de un adulto produce una profunda y duradera herida personal. Conlleva una íntima vivencia de indefensión ante el mundo, que abre el camino a nuevos traumas, y pulveriza el sentido de dignidad personal. Algunos autores hablan de la “brújula interna rota”, el desconcierto de haber sido por momentos una cosa, un elemento de satisfacción, no un ser humano, y de recordar que donde debía haber ternura y protección sólo hubo jadeos y el aliento del monstruo.

Todo trauma psicológico deja huellas, pero el abuso sexual en la infancia especialmente. Multiplica por 3,5 el riesgo de desarrollar un trastorno mental, especialmente depresión, estrés postraumático, ideación suicida, bulimia, disfunción sexual y problemas psicosomáticos. El cuerpo a veces grita. Al desvelarse los hechos terribles, aparecen profundos sentimientos de vergüenza, culpa, pena o miedo.

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Cómo el maltrato infantil condiciona la salud de quien lo sufrió

El perpetrador se encarga de tejer una red de señuelos, mentiras y ocultaciones para no ser descubierto, y la víctima se tortura por haber aceptado ese regalo secreto elegido exclusivamente para ella, haberse creído el favorito del equipo de baloncesto —y tener además “unos ojos azules muy bonitos”—, haber aceptado ese absurdo y secreto pacto de silencio en el vestuario o en el aula de teatro. El pederasta puede utilizar la estrategia del favoritismo, aliarse con el rebelde adolescente contra sus padres o recurrir al chantaje personal —“si lo cuentas, estás muerta”—; puede utilizar y manosear los ideales nobles del deporte, la familia, la cultura o, como tantas veces, la religión. Su único propósito es profanar la infancia, porque le satisface sexualmente.

Afortunadamente, hay muchas personas que fueron víctimas de abuso sexual que han seguido adelante, sin llegar a desarrollar psicopatología o requerir ayuda profesional. Pero hay factores que dificultan este heroico proceso: la permisividad del delito, el silencio familiar, la falta de castigo, el encubrimiento y la negativa a colaborar con la justicia. En EE UU, las cifras dan bastante pavor: el 13% de las mujeres y 1,2% de los hombres han experimentado penetración forzada, y aparte, un 14% recuerda haber sufrido algún otro tipo de coerción sexual. Más de un tercio de estos abusos sexuales se producen en el hogar, con familiares varones de mayor o menor grado (padrastros y padres, abuelos, tíos, algún hermano mayor en el despertar de su adolescencia, vecinos) como principales perpetradores.

Se juntan en ellos dos tendencias: una atracción sexual atípica hacia los niños o adolescentes (pedofilia o hebefilia, respectivamente) —mostrada en una preocupación aumentada por el tema, consumo de pornografía, gustos inusuales por elementos infantiles— y unos rasgos antisociales, es decir, poco respeto hacia las normas y los sentimientos ajenos, insensibilidad al dolor, asunción de riesgos y comportamiento inestable e irresponsable. Algunos pederastas están encubiertos y parecen las mejores personas del mundo. A menudo la rabia de las víctimas se dirige hacia aquellas personas que permitieron o no detectaron el abuso: “¿Pero no lo veíais?”, claman. Sin caer en un alarmismo paranoide, la protección a la infancia empieza por no abandonar a los niños a su suerte, en manos de desaprensivos. Cierta vigilancia inteligente es preventiva.

Escuchar con atención y ofrecer apego
Lo primero es escuchar. Si la víctima tiene tanta confianza en nosotros como para contarnos esto, no debemos decirle “de todo se sale” o “eso ya quedó atrás”, ni tampoco introducir puntos de cuestionamiento o culpabilización. Toca escuchar con calma, sin juzgar ni tratar de solucionarle las cosas ni decirle “sé cómo te sientes” (porque no es así, solo nos lo podemos imaginar de lejos). Darle todo el apoyo que podamos, sin fisuras, favorece que reciba apoyo social y legal, que normalice sus actividades, que no haga de ese recuerdo el centro de su vida, pero respetando su propio ritmo.

Sin alarmarnos, al observar su comportamiento, es posible que aparezcan síntomas o conductas autolesivas. Entonces, si lo requiere, podemos ofrecerle ayuda profesional. Hay terapias psicológicas como la cognitivo-conductual o el EMDR (terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares) que han demostrado eficacia. A veces, un fármaco puede aliviar mucho el tormento. Darle seguridad, apego seguro —no intermitente—, genera un espacio de diálogo para que comparta su experiencia y, ojalá, su historia de superación.

El psicólogo Georges Politzer recomendaba a los estudiosos de la mente que “lean ficción, donde los dramas biográficos fluyen, antes de enfrentar monografías científicas que los congelan”. Pensé en ello leyendo la maravillosa novela En la boca del lobo, de Elvira Lindo, en la que fluye una niña de once años llamada Julieta, que no colabora, que encuentra dolor y paz produciéndose lesiones, que se disocia y no sabe a veces quién es quién, que vive en la vergüenza perpetua y tiene un pasado secreto. Afortunadamente, encuentra a alguien que la escucha con atención y le da un lugar en el mundo. Es un ejemplo de cómo la buena literatura puede retratar la psicología humana y trascenderla.