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viernes, 1 de marzo de 2024

La ciencia que discrimina a las mujeres.

A lo largo de la historia, la investigación científica ha marginado, manipulado, ignorado e incluso torturado a las mujeres. El problema persiste.

Una mujer con camisa de fuerza, diagnosticada con histeria, en una foto publicada en 1889.
Una mujer con camisa de fuerza, diagnosticada con histeria, en una foto publicada en 1889.WELLCOME TRUST

La ciencia ha maltratado a las mujeres. Jocelyn Bell descubrió los púlsares, pero el Nobel de Física se lo llevó su director de tesis. A la actual presidenta de la Unión Astronómica la mandaron a trabajar al despacho de su marido. Durante décadas, a las que se salían del carril de lo socialmente aceptado se las torturó inventando enfermedades como la histeria y remedios que pasaban por mutilarlas, arrancando órganos de sus entrañas. Las mentes (masculinas) más sesudas desarrollaron teorías para explicar la inferioridad de las mujeres y, de este modo, justificar su sometimiento. Los ejemplos del pasado son innumerables.

“En las mujeres están más fuertemente marcadas algunas facultades que son características de las razas inferiores y de un estado pasado e inferior de civilización”, escribió Darwin

Pero no es únicamente cosa del pasado. Hoy, 8 de marzo, hay una sola mujer por cada nueve hombres en la élite de la ciencia europea. Solo el 25% de los investigadores mejor pagados de la mayor institución científica española son mujeres. Ninguna mujer dirige un organismo público de investigación en España. Los estereotipos siguen señalando que la ciencia es cosa de hombres. Continuamos discriminando y humillando a las deportistas por su físico. Le inculcamos a las niñas que no son tan brillantes como los niños. El ambiente en los laboratorios sigue siendo machista. Y John sigue sacando mejor nota que Jennifer aunque su currículum sea el mismo.

“En definitiva, la pregunta que nos queda tras este viaje es si nos encontramos ante ejemplos de mala ciencia o de ciencia al uso. Si mejorar la ciencia consistirá en eli­minar los sesgos de género, si eso es posible, o si nos ten­dremos que replantear otras formas de hacer ciencia”. Con esta contundencia concluye un libro fundamental para entender el problema de la desigualdad en este campo, escrito por Eulalia Pérez Sedeño y S. García Dauder, Las ‘mentiras’ científicas sobre las mujeres, recién publicado por Catarata. Una contundencia nada exagerada tras el detallado repaso que este trabajo da al machismo que discrimina en la ciencia, por la ciencia y gracias a la ciencia.

La medicina aplica a las mujeres investigaciones realizadas en hombres, incluso aunque los resultados para ellas en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento no se hayan estudiado de manera adecuada

Para empezar, Pérez y García muestran en su libro que los científicos siempre han estado ahí para dar argumentos a quienes querían que las mujeres fueran humanos de segunda. “Se admite por lo general que en las mujeres están más fuertemente marcados que en los hombres los poderes de intuición, percepción rápida y quizás de imitación; pero al menos alguna de estas facultades son características de las razas inferiores y, por tanto, de un estado pasado e inferior de civilización”, escribía en 1871 Charles Darwin, cuyas teorías sirvieron para cimentar la idea de que las mujeres eran una versión menos evolucionada del hombre, como probaba el hecho de que su cráneo fuera más pequeño, por ejemplo. Este corpus ideológico venía de lejos: “Aristóteles fue el primero en dar una explicación biológica y sistemática de la mujer, en la que esta aparece como un hombre imperfecto, justifi­cando así el papel subordinado que social y moralmente debían desempeñar las mujeres en la polis”, escriben los autores. Tuvo que llegar un ejército de prestigiosas primatólogas y antropólogas, defiende el libro, a tumbar el mito evolutivo de los evolucionados cazadores machos que alimentaban a las pasivas hembras.

A las mujeres se las puso un escalón por debajo de los hombres y eso se aplicaba también a la ciencia médica. La salud de las mujeres, el conocimiento de sus cuerpos y sus enfermedades, estaba relegado a un segundo plano y circunscrito a un único tema concreto: “Durante mucho tiempo se supuso que la «salud de las mujeres» hacía referencia a la salud reproductiva, lo que incluía la atención al parto, la anticoncepción, el aborto, el cáncer de útero, el síndrome premenstrual y otras enfer­medades específicamente femeninas”.

“Durante el siglo XIX y principios del XX, «enfermedades sociales y psicológicas» como el femi­nismo y el lesbianismo se asociaban también a la sexuali­dad clitoridiana”, denuncia el libro Los cuerpos de las mujeres han sido considerados una desviación de la norma masculina, explican Pérez y García, y los resultados de la investigación médica que se llevan a cabo entre hombres se aplican más tarde a las mujeres, “incluso aunque los resultados para las mujeres en el diagnóstico, la prevención y el tratamiento no se hayan estudiado de manera adecuada”. Durante años, las mujeres estuvieron sistemática­mente excluidas de los ensayos clínicos para nuevos medicamentos: hasta 1988, los ensayos de la agencia estatal de EEUU solo incluían a hombres, por lo que se desconocía si tendrían efectos adversos desconocidos en ellas (o si se descubrirían remedios que les fueran más favorables). Hoy en día, todavía hay grandes lagunas en el conocimiento específico de la salud de las mujeres y siguen siendo minoría (o inexistentes) en numerosos estudios de biomedicina.

Quizá el paradigma de la ignorancia sobre el cuerpo de la mujer sea el desconocimiento histórico de la anatomía del clítoris, órgano olvidado por la medicina, por la insistencia sesgada en el aspecto reproductivo en la investigación. Esto llevó a que tuvieran que ser activistas en la década de 1970 las que comenzaran a explorar su cuerpo para aprender más, en talleres que eran a la vez actos políticos, de investigación y divulgación. “Durante el siglo XIX y principios del XX, «enfermedades sociales y psicológicas» como el femi­nismo y el lesbianismo se asociaban también a la sexuali­dad clitoridiana”, explica el libro, adentrándonos en otro de los capítulos más importantes del relato: cómo la ciencia convierte la naturaleza de las mujeres en patologías a curar, en problemas a extirpar, en trastornos que se deben tratar.

“La fabricación de enfermedades mentales ha sido un dis­positivo muy eficaz de control y regulación tanto de la feminidad como de la sexualidad de las mujeres”, resumen en el texto
 Por ejemplo, en el siglo XIX se vivió una epidemia de histeria, ese supuesto trastorno mental de las mujeres que se trataba con torturas psicológicas o extirpando sus ovarios o su útero. En el libro se reseñan varios casos espeluznantes, como cuando un reconocido doctor explicaba: “Decidí privarle de los ovarios, esperando así extir­parle sus pervertidos instintos”, porque su paciente sufría ataques tras un aborto y el médico descubrió que de joven se masturbaba. “No ha vuelto a sus hábitos degradantes, deseosa y ansiosa de atender su hogar”, se congratulaba después. Hace poco se descubrió que Constance Lloyd, mujer de Oscar Wilde, murió tras una operación para extirpar sus ovarios a manos de un especialista en “locura pélvica”, cuando en realidad tenía esclerosis.

Todavía hoy la ciencia consiente que situaciones naturales de la vida de la mujer se conviertan en dolencias que necesitan medicamentos: la construcción social de la enfermedad se ha transformado en un artefacto comercial que atiende a los intereses de la industria. Solo así se explica que llegara a las farmacias la viagra rosa. “Medicalizar los pro­blemas de la vida cotidiana de las mujeres o sus procesos naturales o fisiológicos (como ha ocurrido con la meno­pausia o la menstruación); convertir malestares producto de desigualdades de género en patologías individuales (como ocurrió con la histeria o la depresión); o medicalizar una faceta de la vida de las mujeres (su sexualidad, por ejemplo)”, enumeran Pérez y García, antes de detenerse en estos supuestos problemas actuales como el síndrome premenstrual, la menopausia o la regla (“las prioridades de investigación se han centrado más en encontrar medicación anticonceptiva que en ayudar a la regulación del ciclo y sus dolores”).

En el siglo XIX se vivió una epidemia de histeria, ese supuesto trastorno mental de las mujeres que se trataba con torturas psicológicas o extirpando sus ovarios

Frente a todos estos graves casos de discriminación, en los que “lejos de la neutralidad y asepsia pretendida por el canon científico, los valores se cuelan irremediablemente”, Pérez Sedeño y García Dauder proponen una solución bien sencilla: mejorar el acceso de la mujer a los distintos campos de la investigación. “Cuando la ciencia se hace desde el punto de vista de grupos tradicionalmente excluidos de la comu­nidad científica, se identifican muchos campos de igno­rancia, se desvelan secretos, se visibilizan otras priorida­des, se formulan nuevas preguntas y se critican los valores hegemónicos (a veces, incluso, se provocan auténticos cambios de paradigma)”.

domingo, 13 de junio de 2021

El negocio de idiotizar

Imagínense por un momento que tienen en la pantalla de su televisor uno de los ya de por sí escasos debates políticos que hoy día programan las cadenas españolas de televisión y que, en lugar de oírlo en nuestro idioma, se dobla con otro desconocido. ¿Podrían diferenciar claramente su formato, las secuencias, el tono, las actitudes, los tiempos, los aspavientos… de el de cualquiera de esos otros «debates» que se dedican a las cosas «del corazón», a pregonar intimidades o a convertir en vulgar escándalo la vida de las «celebrity»?

Lo normal es que no haya mucha diferencia por la sencilla razón de que ambos se producen prácticamente de igual manera, como espectáculo, y se diseñan y empaquetan, por tanto, como un mismo tipo de producto comunicativo y mercantil.

La Real Academia da al término espectáculo tres posibles connotaciones muy significativas: atraer la atención; inducir deleite, asombro, dolor u otros afectos, más o menos vivos o nobles; y causar escándalo o gran extrañeza.

Eso quiere decir que el espectáculo es siempre un producto, la consecuencia provocada, conscientemente buscada y resultado de una estrategia específicamente diseñada y puesta en acción.

Los contenidos de los procesos de comunicación que se conciben para ser espectáculos han de tener, pues, una factura determinada y singular que debe responder a la intención con que sea crea.

Para atraer la atención, el espectáculo en el medio de comunicación debe ser impactante, inmediato y veloz, carente de complejidad y lo más superficial posible para que sea percibido con la menor inversión de tiempo y reflexión. Debe orientarse a mover el ánimo y los afectos primarios e inmediatos, es decir, lo contrario de lo que se necesita para despertar la razón y facilitar el razonamiento, por definición sutiles, complejos y lentos de desplegar. El espectáculo en comunicación ha de basarse y se basa en la simplificación y repetición del lugar común, en el estereotipo, en la anécdota y no en la categoría; ha de evitar la distracción eliminando referencias al contexto y dejando a un lado los matices, buscando la uniformidad a través de mensajes elementales e incluso, a ser posible, vacíos, epidérmicos y emotivos aunque, precisamente por ello, también viscerales, a diferencia de lo que produce la acción reflexiva. En comunicación, el espectáculo debe traducirse en una especie de lenguaje de código máquina, es decir, automáticamente interpretable, porque se dilucida en términos binarios e inequívocamente perceptibles: sí o no, a favor o en contra, bueno y malo, blanco o negro…

En la comunicación, el espectáculo se simplifica y descontextualiza tanto que permite producir contenidos sin necesidad de disponer de información, pronunciarse sin saber, opinar sin tener criterio y afirmar sin comprobar o haber descubierto lo que se dice. Y, sobre todo, el espectáculo, igualmente por definición, es unidireccional. En él, solo se mira, y quien lo contempla no interviene o lo hace rara o incidentalmente; es decir, está concebido para que ocurra exactamente lo contrario que se supone debe ocurrir en los procesos de comunicación, así denominados porque implican una puesta en común en la que se comparte e intercambia.

Las consecuencias no son menos sabidas. El espectáculo desnaturaliza la comunicación porque solo fluye de un lado a otro y distrae. Relaja, en todos los sentidos del término, el cuerpo y nuestro cerebro. Nos hace idiotas en el sentido griego de la palabra (quien se aleja de sí mismo y de la polis) y en el latino (persona sin educación e ignorante) porque nos ensimisma y aísla del contexto en que se desenvuelve y explica nuestra experiencia.

Y todo ello resulta especialmente trascendente cuando lo que convierten los medios en espectáculo es el debate político. Entonces, este se escenifica y se construye artificialmente, deja de ser un diálogo natural o un reflejo veraz y espontáneo de lo que ocurre fuera. Se modela y se perfecciona estratégicamente y, por tanto, se redibuja y reconstruye. El «paquete» del debate político convertido en espectáculo es banal y a ser posible entretenido, bipolar, superficial, nunca en profundidad, provocador, anecdotizante y emotivo, buscando, sobre todo, el impacto emocional a fuerza de promover artificialmente el choque, el desencuentro y la contienda. En los países anglosajones lo llaman la politainment, la política como entretenimiento y espectáculo.

Si los resultados de todo ello son lamentables cuando se trata de la moderna «prensa rosa» televisiva que convierte los platós en sucios lavaderos, no es menor la degradación de la discusión política visceral, descuartizada y dicotómica que se promueve a conciencia con tertulianos de tan escasa vergüenza y escrúpulos como falta de saber, educación y conocimientos.

La exposición fiel del contraste social, la deliberación sosegada y el debate político riguroso en los medios de comunicación no son cualquier cosa, ni un lujo: son la fuente de alimentación de la democracia, su presupuesto genuino, una condición sine qua non para que exista.

Para disimular el daño, se quiere hacer creer que si los medios han convertido en espectáculo cada día más ámbitos de la vida social y, entre ellos, el debate político, es como consecuencia de un proceso natural e inevitable, fruto del desarrollo material y tecnológico de las industrias de la comunicación de nuestro tiempo. Y, por otro, porque eso es lo que demanda una población que no tiene afán de conocimiento sino que solo desea entretenerse y saber aquello que confirma sus creencias previas. Pero no creemos que eso sea cierto.

La tendencia hacia el predominio del espectáculo en la producción de los medios es la consecuencia de convertir la comunicación en una mercancía que hay que rentabilizar, procurándose una demanda lo más amplia y fidelizada posible, lo que solo se puede conseguir recurriendo a contenidos planos que puedan ser susceptibles de atraer a cualquier tipo de consumidores. Es decir, ofreciendo contenidos no sutiles, susceptibles de ser asumidos sin distinción ni criterio, superficiales. Y ha sido la oferta masiva de ese tipo la que ha creado su propia demanda porque, al difundir esos contenidos, conforma también al tipo de sujeto social que los prefiere, un ser cada vez más aplanado y vacío, conformista, que rehúye las verdades incómodas o todo aquello que ponga en cuestión su esqueleto normativo particular.

No es cierto, por lo tanto, que la deriva hacia la conversión en espectáculo de cualquier dimensión de la vida humana, incluso de las que nos pueden resultar más dolorosas o repugnantes, sea algo natural e inevitable. Es la conversión de los medios en puro comercio, su sometimiento al afán de lucro, la búsqueda de cada vez más ganancias, lo que lo provoca. Es la consecuencia de que se permita hacer negocio idiotizando a la gente.

Y no es verdad tampoco que eso sea una expresión de una demanda social autónoma e inamovible. Es innegable que el espectáculo que brindan los medios tiene hoy día una demanda extraordinaria, incluso mayoritaria o dominante. Pero también lo es que mucha y cada vez más gente huye de estos contenidos, a pesar de que la inercia en este tipo de consumo es una fuerza muy poderosa y aún cuando esa huida no es gratuita. En España, el número de abonados a la televisión de pago supera ya los 8,2 millones de personas.

Si de verdad queremos vivir en democracia hay que garantizar que la población delibere en condiciones de auténtica libertad y eso significa que hay que impedir que el debate político se prostituya, como ocurre cuando se convierte en el espectáculo que, en lugar de promover el conocimiento y la capacidad efectiva de elección, siembra la confusión y aviva el fuego del enfrentamiento e incluso del odio civil.

Es imprescindible que los medios públicos se conviertan en el espacio natural de estos debates, quizá la forma más auténtica de mostrar que se encuentran realmente al servicio del interés general. Pero también hay que exigir que el debate que se desarrolla en los medios privados sea plural, reflexivo, ciudadano y no cainita, formativo y habilitador de la capacidad de preferir y decidir auténticamente en libertad.

Blog de Juan Torres López

domingo, 28 de marzo de 2021

Gloriosa entrepierna la del PP: le cabe todo

Publicado en La VozdelSur.es el 8 de marzo de 2021. Ganas de Escribir

El Partido Popular tiene mérito. Lo tiene, porque no es fácil decir una cosa y hacer lo contrario constantemente sin venirse abajo. Porque afirmar algo y prácticamente al mismo tiempo defender una tesis distinta sin inmutarse requiere mucha autoestima y sangre fría. Tiene mucho mérito el ser capaz de mantener durante tantos años, como hizo de nuevo José María Aznar hace unos días en televisión, lo que es manifiestamente contrario a lo que los demás han podido comprobar con sus propios ojos que no es así.

Hay que tener una gran habilidad para desplegar unos cuantos papeles sin enseñar su contenido delante de los periodistas, como hizo en su día Casado, para decir que con ellos demostraba la rigurosidad de sus títulos universitarios sabiendo que allí no podía haber nada escrito que demostrase la mentira que sobre ellos había urdido durante años. O para proporcionar datos falsos un día tras otro en la tribuna de oradores del Parlamento, donde se recoge literalmente y para siempre todo lo que se dice, como ha hecho tantas veces y ha quedado demostrado. Hay que tener mucho aplomo y capacidad para dejar a un lado, en esos casos, la vergüenza y no perder la mirada ni volver la cara.

En fin, hay que reconocer abiertamente que el PP ha hecho cierto lo que decía Emil Cioran: la mentira es una forma de talento.

Un talento, eso sí, que emponzoña España y destroza la convivencia entre los españoles, en beneficio de los mismos que se han apropiado de ella siempre.

Mentir y convertir la realidad en una circunstancia meramente acomodaticia a lo que conviene decir en cada momento tiene una causa que es a la vez consecuencia: establecer un estado de cosas en donde todo vale. Lo que anhela cualquier bandido.

El Partido Popular se presenta siempre como el gran valedor de la Constitución, el cofre sagrado donde descansan los valores de la libertad y la democracia, la garantía de que nuestras instituciones más valiosas se respeten y conserven. Pero se salta a la torera la Constitución cuando le conviene, se financia y actúa al margen de las leyes democráticas, cercena libertades elementales de los demás cuando gobierna y solo respeta las instituciones cuando las controla mientras que las boicotea cuando no tiene en ellas suficiente mayoría.

Una de las manifestaciones más vergonzosas de esa infamia se viene dando en la negativa del PP a negociar la renovación del Consejo Superior del Poder Judicial, donde jueces de su confianza y a su servicio le proporcionan seguridad y protección jurídica a la hora de hacer frente a los diversos procesos que tiene abiertos por sus prácticas corruptas. Un «fraude constitucional«, en palabras de Javier Pérez Royo, cometido por quien dice ser el máximo y más sincero defensor de la Constitución.

El PP no solo está permitiendo que miembros de ese Consejo cuyo mandato ya ha cesado sigan tomando decisiones, sino que se está beneficiando de ello.

En Andalucía, sin embargo, hace lo contrario. Aquí lo que boicotea no es la prórroga de la Cámara de Cuentas, pues ahora que disfruta de mayoría le conviene que se realice cuanto antes, sino su funcionamiento. Niega lo que hace y dice en Madrid y defiende que no es legítimo que el órgano tome decisiones si hay alguna interinidad.

El comportamiento del PP y sus monagos en Andalucía no se justifica por un simple criterio formal. Da la casualidad de que el bloqueo a la Cámara de Cuentas se produce cuando se iba a emitir un informe que podría poner de relieve que el gobierno del Partido Popular tiene sobre sus espaldas los mismos cargos y defectos que criticó con inusitada virulencia al gobierno del PSOE. Parece que al PP no le gusta que se sepa que su gobierno ha mantenido un volumen muy elevado de facturas sin pagar, como suele decirse, escondidas en los cajones. Seguramente, no porque haya deseado hacerlo así, como tampoco lo desearía el PSOE, sino porque gobernar sin recursos suficientes y en la precariedad permanente impide hacer las cosas como uno quisiera o, en este caso, pagar todo lo que se debe en el momento preciso.

Lo criticable, en justicia, no es que el PP no haya tenido más remedio que actuar como el PSOE, apurando al máximo el dinero disponible pero sin poder solucionar o pagar todo lo que se pone por delante. Lo deleznable es la doble vara, la moral de goma del Partido Popular que le permite azotar sin piedad a los demás y mentir para ocultar que cuando le toca hace exactamente lo mismo que critica en la oposición.

Todo eso se puede hacer porque en España no disponemos de ningún mecanismo que obligue a nuestros gobernantes y representantes a rendir cuentas de lo que hacen y dicen. Se afirma que las rinden cuando se presentan de nuevo a las elecciones pero no es cierto que esa sea una forma de hacerlo que pueda evitar que tantos políticos conviertan a la mentira y el cinismo en su instrumento cotidiano. A las pruebas me remito.

La democracia -por muy limitada que sea- es el mejor sistema que conocemos para que se revelen las preferencias de la población. Por eso es incompatible con el engaño y la doble moral que constantemente practica el Partido Popular porque entonces se falsea la percepción y la expresión de las preferencias ciudadanas.

Tiene mucho mérito, como decía al principio, que a los dirigentes del Partido Popular no les cruja la cara cada vez que mienten o al hacer lo mismo, cuando gobiernan, que lo que critican con tan mala sangre cuando están en minoría. Causa admiración que su entrepierna sea un arco del triunfo de tamaña desmesura, capaz de que pasen limpiamente bajo él tantos carros y carretas. Pero es triste que se esté pasando por ahí a la Constitución que dice defender, a media España y a la democracia.

Juan Torres López   

sábado, 29 de febrero de 2020

El voto a vox, quiénes y por qué les votan.

...Con ese voto, añade Rodríguez-Pose, están diciendo: “Si yo no tengo futuro, tú tampoco lo vas a tener”.

En su opinión, el “populismo” en Europa propone una “trinidad” con la que atrae a estos lugares que no importan: “Un discurso antiélite, un discurso antiinmigrantes y un discurso antieuropeo”. Los tres vectores generan un pensamiento binario: la idea del “nosotros frente a ellos”, fácil de comprender, en lugar de abordar los verdaderos retos que plantean la globalización, las migraciones, las economías de plataforma, la precarización del empleo, la tecnologización… “Estamos dejando problemas muy complejos que requieren un gran nivel de coordinación en manos de profetas que venden soluciones muy simples”. Y alerta de que este descontento generalizado y en especial “con la política y la democracia” es “el cóctel perfecto para que líderes de corte mesiánico se aprovechen, lleguen al poder y transformen la sociedad”. 

Datos contra los bulos
Desde su origen, Vox difunde numerosas afirmaciones que no se sustentan con datos y hechos probados. A continuación, algún ejemplo.

1. Inmigración
Ningún migrante recibe dinero por el hecho de llegar a España. Sí reciben atención humanitaria básica, regulada en el Real Decreto 441/2007. Tampoco optan a ayudas antes que un español. Estas se conceden por criterios objetivos en función de la renta y el grado de vulnerabilidad, con independencia del origen. Toda persona con residencia legal puede optar a las prestaciones de la Seguridad Social, según la Ley de Extranjería y siguiendo el principio de no discriminación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que España asume en la Constitución.

2. Seguridad.
España era en 2017 el tercer país más seguro de Europa, según Eurostat. Entre 2008 y 2018 la tasa de criminalidad se ha reducido de 51,9 a 44,1 infracciones penales por cada 1.000 habitantes, según el Ministerio del Interior. En ese periodo el porcentaje de extranjeros en España ha pasado del 11,3% al 10,1%, según el INE.

3. Cambio climático.
Existe consenso científico sobre la causa antropogénica del calentamiento global. Los estudios más fiables los elabora el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, organismo científico auspiciado por la ONU.

4. Violencia de género.
El convenio de Estambul, ratificado por España, la ONU y la legislación española reconocen la existencia de una violencia específica contra las mujeres, y por tanto distinta de la doméstica. Las condenas por denuncias falsas en casos de violencia de género rondan el 0,01% del total, según la Fiscalía General del Estado. Según el CGPJ, un 70% de las sentencias sobre violencia de género acabaron en condena en 2018; el 75% de los condenados por delitos sexuales en 2017 eran españoles.

https://elpais.com/elpais/eps.html

lunes, 15 de mayo de 2017

_--La ferocidad del poder del lenguaje para trampear la realidad. La corrupción política y el drama de los refugiados sirve a Miguel del Arco para analizar la manipulación de la palabra en ‘Refugio’.

_--Por obra y arte del lenguaje, en esta función oscura y devastadora nada es lo que parece. Es la corrupción de las palabras lo que vertebra la obra Refugio, escrita y dirigida por Miguel del Arco que se estrena mañana en el Teatro María Guerrero de Madrid hasta el próximo 11 de junio. “El anhelo del corazón siempre inventa mil ficciones que lo arrope”. La frase de Alcestes en el Misántropo de Moliere mece de manera suave pero decidida toda la reflexión que se agolpa en este montaje, en el que Del Arco utiliza la corrupción de los políticos y el drama de los refugiados para lanzar un dardo sobre el poder del lenguaje para trampear la realidad y manipularla.

La inicial inspiración de Teorema de Pasolini sobre cómo una presencia extraña cambia y desestabiliza la vida de una familia ha quedado en lejano referente. Aunque la historia de Refugio se centra en la familia de un político corrupto y una cantante de ópera que se ha quedado sin voz, que acoge en su casa a un refugiado que ha perdido a su mujer y su hijo en la travesía que les traía al sueño europeo, Miguel del Arco (Madrid, 1965) admite que la deriva del texto se ha ido encaminando a cómo cada uno va construyendo su propia historia y narrándose a sí mismo. De cómo el lenguaje se convierte en una fuente de incomunicación y en arma de doble filo. “Cada uno de nosotros nos hacemos nuestro propio refugio con el lenguaje, nos escondemos detrás de las palabras”, asegura Del Arco, tras un ensayo en el María Guerrero, mítico teatro en el que se estrena, y que ha contado en el reparto de la obra con Israel Elejalde, Raúl Prieto, Beatriz Argüello, Carmen Arévalo, Macarena Sanz, María Morales y Huego de la Vega.

Con la bofetada de los casos de corrupción política de esta misma semana en España, la obra parece escrita ayer mismo, con las dimisiones, los encarcelamientos y las asunciones teóricas de responsabilidades. En este caso, como en tantos otros, la realidad ha superado con creces la ficción. “He querido hablar de la corrupción del lenguaje a través de estos políticos, porque quien tiene la palabra tiene el poder, pero también del silencio de este refugiado que se niega a unir palabras porque lo que quiere es morirse. Esa especie de normalidad civilizada, con los discursos inventados por los políticos para los telediarios, en la que vivimos me deshace, me paraliza. Hemos normalizado una manera de hablar que no tiene nada que ver con la compasión. Estamos construyendo un mundo devastador”, se lamenta el autor, que asegura, sin embargo, confiar en el ser humano y en la posibilidad de cambio. De esperanza y empatía, en definitiva.

Es Refugio una obra con la que el autor confiesa que, por primera vez, ha amordazado intencionadamente al director. Uno de los responsables del nuevo Teatro Pavón Kamikaze y creador de importantes montajes teatrales como La función por hacer, Hamlet, Misántropo o La violación de Lucrecia, Del Arco asegura que hasta ahora decía de sí mismo que era un director que escribía. Todo ha cambiado con Refugio. “Ya no me intranquiliza la idea de ser autor. Un director quiere siempre saber cómo suceden las cosas, cómo se va a poner este texto en escena, pero con esta obra comenzamos los ensayos sin saber siquiera como se iban a resolver algunos asuntos claves. Nunca he sido tan libre y tan imaginativo como autor”. Libre e imaginativo como ese enorme y hermoso cubo de cristal que acoge este montaje. Un cubo que es refugio pero también cárcel. Una pecera, una jaula, un lugar de encuentro a la vista de todos.

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/04/26/actualidad/1493215507_203688.html

En esta interpretación de una vieja canción francesa, C'est Si Bon, por parte de Jolie Môme, con un arreglo de jazz fusión, nos sorprende por sus atractivos, su ritmo, su armonía, su melodía, su encanto, su "charme", su amplia sonrisa, sus suaves gestos, su mirada cómplice y coqueta, una buena parte de sus armas de mujer, una interpretación encantadora, maravillosa por su sencillez y optimismo, todo "tan bien" que al oírla sale uno a la calle lleno de alegría y ganas de vivir, en esta primavera tan hermosa... clik y ampliar la pantalla para disfrutar.

lunes, 9 de enero de 2017

Ciencia y periodismo. Los periodistas también son responsables de la creciente comercialización de la investigación científica.

Yarden Katz

En 1894, H. G. Wells, escritor de ficción científica, periodista y defensor de la eugenesia, llamó en un artículo publicado en la revista Nature a los científicos a “popularizar” la ciencia. Wells explicó que cuando aumentan los costes de la investigación y el Estado se convierte en el principal patrocinador de la ciencia, los científicos ya no pueden hacer caso omiso de las percepciones del público: “El mantenimiento de un interés externo inteligente por la investigación en curso adquiere una importancia casi vital.” Si el público no se interesa por la ciencia, entonces no solo existe “el peligro de que se cierre el grifo”, sino también de que el público apoye investigaciones “de dudoso valor” (curiosa afirmación, dado el entusiasmo de Wells por la eugenesia).

A comienzos del siglo XX se realizaron grandes esfuerzos por acercar la ciencia al público estadounidense. La misión de la agencia de noticias Science Service, fundada en 1921, era introducir reportajes sobre temas científicos en los grandes medios de comunicación y “crear” –en palabras de la historiadora Cynthia Bennet– “un electorado que valore, demande y proteja la investigación científica”. Estos esfuerzos tenían que ver en parte con la financiación, pero también se presentaron como un intento de crear una ciudadanía informada y conocedora de la ciencia, capaz de participar significativamente en la democracia estadounidense. El llamamiento de Wells no cayó en saco roto; en efecto: la ciencia pasó a formar parte del ciclo periodístico, donde continúa figurando hoy. Sin embargo, desde el mismo comienzo los valores preconizados por la prensa libre estuvieron muy presentes en la información científica.

Pese a que la fe en el ideal se ha desmoronado, se dice que el periodismo en una sociedad democrática consiste en “decir la verdad al poder”. El periodista Glenn Greenwald señala que, en política, los periodistas de los grandes medios a menudo “se identifican con la autoridad institucional” y se convierten en sus servidores. Esta atención crítica se ha centrado en la información de los medios sobre cuestiones políticas, pero en una sociedad moldeada por la ciencia –desde la vigilancia hasta la biotecnología–, la información científica es fundamental para el interés público. Aunque está claro que el cuestionamiento abierto de la investigación científica, como por ejemplo la negación del cambio climático, puede tener efectos catastróficos, esto no debería librar la labor científica (que todavía vive en gran parte de los subsidios del Estado) del escrutinio público.

Tal como están las cosas, un volumen sorprendente de la información científica podría calificarse de poco más que de mera publicidad a favor de los centros de investigación más conocidos. Algunos pocos comentaristas han reconocido parte del problema; la revista Nature, por ejemplo, ha expresado su preocupación por el hecho de que los periodistas actúen de “animadores” que prestan un “servicio de relaciones públicas” a los científicos, así que la revista ha pedido a los científicos que ayuden a la prensa a “forjarse una opinión justa, pero escéptica” con respecto a la labor científica. Sin embargo, esta propuesta pasa por alto deliberadamente los cambios importantes que se han producido en la manera en que operan los científicos académicos, y las universidades en general. Las universidades, cada vez más imbuidas de espíritu empresarial, venden historias llamativas que impulsan su visibilidad y les reportan fondos. Esto implica que no es probable que los científicos vayan a ayudar a los periodistas a corregir sus malos hábitos. Debido a ello, cuestiones de interés público relativas a la labor científica, como la preocupante tendencia a privatizar la ciencia académica, quedan tapadas tras las loas de la prensa.

Orígenes de la prensa científica
Pese a sus nobles intenciones, el periodismo científico compartió desde el comienzo gran parte de sus planteamientos con el sector de las relaciones públicas, que también hacía llamamientos retóricos a favor de la democracia. Uno de los gurús del sector fue Edward Bernays, quien definió los principios subyacentes a las relaciones públicas en su libro Propaganda, publicado en 1928. Su argumento era simple: la democracia puede ser peligrosa, de modo que es preciso que unos “gobernadores invisibles” marquen la pauta a la opinión pública, “tirando de los hilos que controlan la mente del público”. La influencia de Bernays en el sector político y empresarial es conocida, pero apuntó asimismo a la ciencia: puesto que las grandes empresas se benefician de la investigación fundamental (y la financian), es preciso que también “asuman la responsabilidad de interpretar su significado para el público”. Consideraba la propaganda como un factor esencial para “acostumbrar al público al cambio y al progreso”. Este punto de vista sería el que definió a la prensa científica.

El periodista Boyce Rensberger calificó las décadas que siguieron de “‘edad ingenua’ de la información sobre ciencia”, en la que el periodismo reflejaba “los milagros de la ciencia y el respeto por los científicos”. Destacó el caso del reportero científico William Laurence, del New York Times, que estaba tan entusiasmado con la ciencia que condujo a la bomba atómica que el gobierno de Truman lo contrató para que escribiera comunicados de prensa sobre la misma. Laurence fue testigo presencial del bombardeo de Nagasaki, y en su reportaje se deshizo en elogios sobre el “meteoro hecho por el hombre” –“un acto de belleza que hay que ver”– y los “millones de horas invertidos en lo que sin duda alguna constituye el esfuerzo intelectual más concentrado de la historia”. Sus reportajes, que le valieron en premio Pulitzer, promovieron la ciencia (y los planes del gobierno), pero dejaron de lado sus efectos devastadores en la sociedad.

Las relaciones públicas impregnaron el discurso interno de los científicos. Un artículo publicado en la revista Science en 1953 lo dejó claro: “La ciencia necesita unas excelentes relaciones públicas” y “redunda en el interés propio” de los científicos abogar por ellas. Así y todo, también entonces hubo quienes disentían. En 1950, el químico Anthony Standen escribió Science is a Sacred Cow (La ciencia es una vaca sagrada), un título que lo dice todo. Aunque Standen se equivocó bastante con respecto a la ciencia que criticaba, su descripción de la actitud de la sociedad ante la ciencia todavía da en el clavo. Habló de un mundo “dividido en científicos que practican el arte de la infalibilidad y no científicos, a veces llamados despectivamente ‘legos’, que se dejan embaucar por ellos. Los legos contemplan las cosas prodigiosas que ha hecho la ciencia y están impresionados y sobrecogidos.”

Hasta los más venerados periodistas científicos del siglo XX consideraban que su misión era turbar al público. Horace F. Judson, periodista y autor de la historia clásica de la biología molecular, The Eighth Day of Creation (El octavo día de la creación), quería acercar a los lectores la ciencia fundamental, que a su juicio “ofrece la categoría más elevada de satisfacción humana…, un placer único y sublime”. Que nadie espere de Judson un examen crítico; se limitó a contar las historias de hombres a los que admiraba. De todos modos, se mostró preocupado de que la alianza entre la universidad y el mundo empresarial llegara a comprometer la investigación fundamental, que él ensalzó en su libro, cambiando “los objetivos y la naturaleza general de la labor [científica]”. Con razón.

En la década de 1980, la investigación biomédica se había mercantilizado visiblemente. Las universidades comenzaron a patentar investigaciones incluso en los casos en que los científicos que las produjeron pensaban que no tenía sentido y consideraban que eso de patentar era “una cosa más bien rara” (como en el caso de las llamadas “patentes Axel” de la Universidad de Columbia), mientras que nuevas leyes y sentencias judiciales permitían a las universidades patentar incluso los frutos de la investigación financiada con dinero público, entre ellos los organismos genéticamente modificados. Mientras tanto, el gasto público en investigación fundamental se redujo tato en EE UU como en el Reino Unido, empujando a los científicos a buscar otras fuentes de financiación, como por ejemplo en la empresa privada. Al parecer, periodistas como Judson ya no servían para comercializar la ciencia.

En 1985, el Comité para la Comprensión Pública de la Ciencia de la Royal Society publicó un informe que urgía a los centros de investigación científica que se tomaran en serio el asunto de las relaciones públicas. El informe tenía un tufillo a Bernays al insistir a los centros en que traten de “mejorar sus relaciones públicas” y que propicien “reuniones informativas con periodistas”. También fijó objetivos claros para los medios de comunicación: “los artículos temáticos son especialmente valiosos” y “los enfoques biográficos y dramáticos ayudan a mostrar la ciencia como una actividad humana”.

Contiendas narrativas
Hoy en día, poderosos centros de investigación ejercen una influencia significativa en la cobertura de prensa (como probablemente esperaba la Royal Society). Este efecto corrosivo resulta más evidente cuando estas entidades están envueltas en algún conflicto. La práctica de las universidades de asociarse con empresas privadas y patentar la investigación académica ha creado naturalmente un terreno fértil para batallas jurídicas. Tal como expuso el historiador de la economía Philip Mirowski en su libro Science Mart: Privatizing American Science (El mercado de la ciencia; la privatización de la ciencia estadounidense), publicado en 2011, “la presencia constante de asesores jurídicos en los programas de investigación científica es un atributo definitorio importante del régimen moderno de financiación y gestión de la actividad científica”. Los administradores de las universidades urgen a los laboratorios de investigación a patentar todo lo que puedan, especialmente en ámbitos competitivos. Así, de las narrativas de descubrimientos pueden depender millones de dólares, y en una guerra de narrativas, una cobertura de prensa favorable es un arma clave.

Tal vez la narrativa más virulenta ha sido la relativa al CRISPR. Según Wired, el CRISPR, un sistema de edición genómica, podría “eliminar la enfermedad”, “acabar con el hambre en el mundo” y “suministrar energía limpia ilimitada”. Se calcula que la patente del CRISPR vale cientos de millones de dólares; no es extraño, por tanto, que las universidades hayan luchado con uñas y dientes para hacerse con ella. El CRISPR es un sistema inmune bacteriano que reconoce el ADN ajeno (por ejemplo, de virus que invaden bacterias) y lo fija como objetivo a destruir. Después de determinar cómo opera en las bacterias, los científicos desarrollaron maneras de utilizar el CRISPR para alterar el ADN en células animales, que pueden utilizarse para destruir mutaciones causantes de enfermedades. La disputa, ampliamente comentada en la prensa, gira en torno a quién tiene el mérito de este avance. Si alguien cree en el potencial del CRISPR para “rehacer el mundo”, en palabras de Wired, entonces este proyecto ha sido desbaratado por lo que básicamente es una refriega publicitaria.

El Broad Institute, de la Universidad de Harvard y del Massachusetts Institute of Technology (MIT), un importante centro de investigación genómica, solicitó una patente sobre la edición genómica basada en el CRISPR y afirmó que el mérito correspondía a su científico, Feng Zhang. La Universidad de California (UC) en Berkeley se opuso a la concesión de la patente, alegando que el trabajo de Zhang no era más que una prolongación de la investigación de la científica de Berkeley Jennifer Doudna. En 2014, el Broad Institute obtuvo la patente, que después cedió en licencia exclusiva a la empresa de Zhang, Editas. (Doudna, mientras, creó otras empresas basadas en el CRISPR.) El caso es que ambos rivales llevaron su lucha a los medios de comunicación. El director del McGovern Institute del MIT criticó a The Economist por no dar crédito suficiente a Zhang por el CRISPR. En las redes sociales, dicho instituto atacó a la agencia Thomson-Reuters por no predecir que Zhang ganaría el premio Nobel (una previsión basada en el recuento de citas). Desde la costa oeste, la UC en Berkeley emitió comunicados de prensa en los que se habla de Doudna como “la inventora del CRISPR”, omitiendo la contribución de otros científicos.

Patente y beneficio
Es sabido que las universidades suelen exagerar la importancia de la labor de sus propios investigadores, pero el modo en que los periodistas escribieron sobre el CRISPR revela algo de la ideología subyacente de la prensa científica. STAT, una nueva revista científica publicada por John Henry, el propietario de Red Sox, aborda extensamente la cuestión del CRISPR. La revista ha sido capaz de atraer publicidad y a grandes escritores sobre temas científicos, como Carl Zimmer, del New York Times. Resulta, sin embargo, que STAT sirve mayormente de departamento de relaciones públicas del MIT y de Harvard. En plena disputa sobre la patente, publicó un artículo de Sharon Begley muy lisonjero para Feng Zhang, defendiendo el derecho de este sobre el CRISPR a base de repetir la narrativa oficial del MIT. La autora de dicho artículo ensalza a Zhang y lo sitúa a la altura de un Einstein, aportando testimonios de científicos del MIT implicados institucionalmente en la batalla de Zhang. Ni siquiera intenta investigar críticamente sobre la disputa en torno a la patente ni sus implicaciones para el público.

Tras la publicación de su artículo, Begley utilizó las redes sociales para dar las gracias al Broad Institute, así como a Zhang y “su impresionante laboratorio por mostrarme cómo están forjando una nueva revolución de la genética”. (En otros artículos de STAT se califica a los científicos de “genetistas estelares” y “superestrellas de la edición genética”, y muchas veces se pasa por alto su interés personal; Zhang, por ejemplo, no aparece relacionado con los comentarios sobre los intereses de su empresa.) Por otro lado, también hay publicaciones que pregonan la narrativa de la UC en Berkeley. The New York Times presentó a Jennifer Doudna, y no a Zhang, como la verdadera pionera del CRISPR, ofreciendo una imagen negativa del Broad Institute. Un reportaje de la BBC sobre el CRISPR también habla exclusivamente de Doudna, mencionando tan solo de pasada “un grupo basado en Boston, Massachusetts.”

Por supuesto, la opción por una narrativa u otra no se debe al azar. Igual que en la prensa política, los periodistas científicos más destacados cuidan sus relaciones con poderosos institutos y se ponen a su servicio. En la llamada “guerra del genoma” de la década de 1990, el proyecto de secuenciación del genoma humano impulsado por los Institutos Naciones de la Salud (NIH, la agencia pública de sanidad de EE UU) tuvo que competir con otro proyecto privado dirigido por Craig Venter, lo que generó un cisma entre Venter y directivos del proyecto de los NIH como Eric Lander, quien actualmente es el director del Broad Institute. En STAT, Carl Zimmer escribió un artículo crítico sobre el nuevo plan de Venter de ofrecer pruebas de salud personalizadas. Según Zimmer, la iniciativa “despierta grandes suspicacias”, mientras que “hay quien cuestiona que las pruebas ofrecidas por Venter permitan formular un enunciado claro para los pacientes” Venter, escribió Zimmer, también era “cinturón negro en el uso de los medios”. Es difícil imaginar a STAT realizando un escrutinio tan minucioso con respecto a ciertos laboratorios de Boston.

Los centros de investigación reconocen, por supuesto, la importancia de esta alianza con los medios. Richard Preston, del New Yorker, por ejemplo, fue nombrado “escritor residente” del Broad Institute para escribir un libro sobre uno de los científicos del instituto. En una conferencia que dio como escritor residente, Preston señaló que sus escritos sobre científicos se traducen en grandes sumas de dinero para ellos. Michael Specter, también del New Yorker, llegó asimismo a ser escritor residente del Broad Institute para escribir un libro sobre el CRISPR, después de que publicara un artículo resaltando la labor de Feng Zhang.

Con los frentes de batalla delineados de esta manera, se pasa por alto totalmente otra cuestión importante: en realidad, muchos laboratorios han contribuido a conformar nuestra idea sobre el CRISPR. De acuerdo con la Technology Review, que es propiedad del MIT, “es sabido que hay un litigio para determinar quién lo inventó. Por un lado, está la Universidad de California en Berkeley, donde la bióloga Jennifer Doudna y colaboradores europeos dicen que la invención es suya. Por otro, Feng Zhang, del Broad Institute del MIT y de Harvard, dice que no, que fue él quien tuvo la idea primero.” La prensa ha adoptado en gran medida el lenguaje de la disputa en torno a la patente, que no deja más que dos opciones en cuanto a quién tuvo el mérito.

Lo que tiene interés para el público en todo este asunto es la comercialización de la ciencia académica, y no esa pequeña guerra por el mérito. Las patentes biomédicas, como la del CRISPR, secuestran el trabajo de un colectivo, financiado con dinero público, y luego lo ceden mediante licencia, a veces exclusiva, sin ninguna supervisión pública. La burocracia asociada al derecho de propiedad intelectual que rige la concesión de estas patentes limita el progreso de la investigación científica y por tanto frena posibles aplicaciones médicas. Los costes son desorbitados: los gastos del Broad Institute en el litigio en torno al CRISPR han supuesto hasta ahora para Editas, que ha obtenido la licencia exclusiva sobre las terapias basadas en el CRISPR, el desembolso de más de 10 millones de dólares.

La prensa, sin embargo, también desborda entusiasmo por el vínculo cada vez más estrecho entre las universidades y las empresas privadas a la hora de tratar estos temas. STAT ha celebrado este vínculo ensalzando a los profesores del MIT que “se arriesgan” a colaborar con la empresa privada “sin abandonar la torre de marfil” y alabando a los estudiantes que participan en redes de contacto con empresas biotecnológicas. Los periodistas plantean a veces cuestiones sociales o éticas en torno a la investigación biomédica, pero estas cuestiones rara vez interfieren en la colaboración entre las universidades y las empresas. Así, por ejemplo, pueden preguntarse si la creación de “bebés de diseño” con el CRISPR es ética, pero evitan hablar de cuestiones menos abstractas en torno a la propiedad de trabajos financiados con dinero público. Incluso revistas de economía conservadoras como The Economist y Fortune han manifestado en el pasado algunas objeciones a la práctica de patentar la investigación científica universitaria, pero esto apenas ha tenido eco en las principales publicaciones de información científica.

Pero incluso esta postura reflexiva, aunque solo sea de fachada, parece ser más la excepción que la regla. Muchos escritores famosos sobre temas científicos, como Ed Yong, piensan que su papel consiste en “popularizar” o “comunicar” la ciencia al público. Hay programas de formación para periodistas científicos, como el de la Universidad de California en Santa Cruz, que se denominan programas de “comunicación científica”. El folleto del programa afirma que “las mujeres y los hombres que popularizan la ciencia gozan de una carrera que satisface sus inquietudes intelectuales”, lo que no coincide del todo con la idea de contrastar datos que tradicionalmente se asocia con el periodismo.

Ciencia estelar
El enaltecimiento de la investigación científica favorece a los grandes centros cuyos trabajos aparecen en las llamadas “revistas de élite” científicas, como Nature, Science y Cell. Yong, por ejemplo, escribió cinco artículos sobre investigaciones del Broad Institute entre septiembre y diciembre de 2015 (sus textos casi no se diferencian de los comunicados de prensa del propio instituto). Zimmer también escribe repetidamente sobre el mismo grupo de científico, cuyos trabajos aparecen en Nature y Science. Aunque es un hecho reconocido que conseguir que algo se publique en las revistas de élite es un proceso que se presta a la manipulación, los periodistas lo tratan a menudo como una marca de calidad científica. Este tipo de cobertura da una respuesta fácil a lo que según Begley es la cuestión clave para los periodistas: “¿Cómo podemos separar los hallazgos que probablemente sean ciertos de aquellos que están destinados al cubo de basura de la ciencia?” De acuerdo con la epistemología de la ciencia que han adoptado muchos periodistas, la respuesta es: la ciencia “verdadera” puede discernirse en tiempo real si escuchamos a expertos de los centros de investigación acreditados cuyos trabajos se publican en las revistas adecuadas.

Es difícil culpar de ello exclusivamente a la prensa, cuando las instituciones científicas han asumido en gran parte la misma actitud. Las revistas científicas de renombre buscan contenidos que llamen la atención, y los científicos atienden a sus deseos, a menudo al precio de distorsionar el contenido. El artículo sobre ciencia siempre ha sido, como dijo Peter Medawar en 1963, una especie de “fraude”: una contorsión del proceso científico para ajustarse a las expectativas del editor. No es extraño, en estas condiciones, que en la ciencia biomédica, que tal vez sea la más regulada por las publicaciones de fama, haya surgido un sector artesanal de “narradores expertos” que ayudan a los científicos a “comunicar”. Los expertos afirman que contar historias es inevitable, visto cómo funcionan nuestros cerebros. (Por lo visto, contar historias “afecta a más partes del cerebro que un mensaje racional basado en datos”.) La narración de historias se presenta como una técnica de comunicación, una manera de escribir mejor y de mostrar gráficas más vistosas. Sustituye a una rancia exposición de argumentos, pruebas y modelos alternativos, que están condenados al fracaso en nuestra era de “distracción”.

Sin embargo, la narración científica no es un conjunto de consejos de comunicación benevolentes, sino una ideología sobre cómo debe aparecer la ciencia, sobre lo que es y lo que no es un resultado deseable. Cuando los científicos juegan a hallar “grandes historias”, suelen hacerlo para llamar la atención de las grandes revistas científicas. El biólogo Randy Schekman ha señalado cómo la fijación en las publicaciones de fama genera “burbujas en ámbitos de moda en que los investigadores pueden formular las afirmaciones contundentes que esas revistas quieren, restando interés a otros trabajos importantes”. La narración de historias va realmente de clics y citas. Libros como The Art of Scientific Storytelling (El arte de narrar historias científicas) prometen una “fórmula gradual” para que los científicos maximicen sus recuentos de citas; este libro se ha utilizado incluso en un curso de una escuela de medicina de Harvard. Otra guía para la narración de historias defiende la idea de que “Hollywood tiene mucho que enseñar a los científicos sobre la manera de relatar una historia”; es fácil imaginar cuál podría ser el resultado.

En la práctica, la narración de historias codifica la lógica neoliberal por la que son las universidades las que cada vez más evalúan la investigación científica. En su libro Undoing the Demos (Anular el demos), publicado en 2015, la politóloga Wendy Brown describe cómo según esta lógica, los académicos dejan de ser “enseñantes y pensadores para convertirse en capitales humanos que aprenden a atraer a inversores, jugar a ganar en los recuentos de Google Scholar y ‘factores de impacto’, y sobre todo a estar atentos al dinero y a las clasificaciones”. Esta lógica ha sido asumida por muchos científicos y agencias encargadas de otorgar subvenciones. El subdirector de los NIH ha propuesto recientemente el coeficiente de “citas por dólar” para clasificar a los científicos, creando otro incentivo más para que los académicos busquen como sea que se publiquen sus historias en las revistas de fama. Algunos científicos han criticado la cultura de “narrar historias” impulsando una revista alternativa dedicada a la ciencia que no es simplemente “la ciencia que cuenta historias”. Sin embargo, la visibilidad a través de la prensa y las revistas de fama permite recaudar más fondos, de modo que romper el molde de la “narrativa” científica no es una tarea fácil.

El hecho es que los científicos respaldados por la maquinaria de relaciones públicas más efectiva obtienen una influencia desproporcionada sobre la prensa. El paso consistente en entender las universidades como empresas –en las que los estudiantes son los consumidores y los investigadores, los empresarios– es crucial para entender cómo hemos llegado hasta aquí. Cuando la investigación se valora en el imaginario “mercado de ideas”, es lógico que las universidades amplíen sus esfuerzos de relaciones públicas junto con las oficinas de transferencia tecnológica que colocan la investigación en páginas web de “propiedad intelectual”. Los grandes medios de comunicación utilizan estos esfuerzos de relaciones públicas, más que el pensamiento crítico, para navegar por la compleja interfaz entre ciencia y sociedad.

Se podría objetar que los periodistas científicos carecen de la formación científica necesaria para hablar críticamente de ciencia. Sin embargo, lo que se echa en falta a menudo no es el dominio técnico de la ciencia, sino más bien la actitud escéptica que los periodistas han pregonado tradicionalmente de palabra. En vez de ello, la prensa orienta con ayuda de un plan de relaciones públicas según el cual, como ha escrito el analista de medios Mark Crispin Miller, el público es “conducido imperceptiblemente” por “manipuladores racionales benignos”. El objetivo parece ser el de prestar servicio a los poderosos centros de investigación, mientras se busca el apoyo a la ciencia de un público tratado como espectadores dóciles. El resultado no es benigno –pues elimina investigaciones de interés público, como hemos visto– ni racional. En una versión menos hueca de sí misma, la prensa científica trataría seriamente de despertar la curiosidad innata de la gente por las cosas del mundo y por la labor científica que pretende explicarlas, sin dejar por ello de formar parte del cuarto poder. 13/12/2016

https://www.jacobinmag.com/2016/12/science-journalism-crispr-patents-research-funding/
Publicado originalmente en 3:AM Magazine.
Yarden Katz es profesor de biología de sistemas en la Escuela de Medicina y profesor del Centro Berkman Klein sobre Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard. Se doctoró en Ciencias del Cerebro y Cognitivas por el MIT en 2014.
Traducción: VIENTO SUR -

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domingo, 8 de septiembre de 2013

Entrevista a Frances Stonor Saunders con motivo de la reedición de LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL (Debate)

Por Álvaro Colomer-

La periodista británica Frances Stonor Saunders cambió la percepción sobre la intelectualidad europea cuando publicó, en 1999, La CIA y la guerra fría cultural, una no-ficción ensayística ahora reeditada por Debate.

Con este documento excepcional, la investigadora demostró que, durante la Guerra Fría, el gobierno estadounidense lanzó un programa secreto de propaganda cultural destinado a arrinconar el pensamiento procomunista que imperaba en las vanguardias europeas.

En su lugar, la CIA respaldó a aquellos intelectuales que defendían una forma de vida más acorde con la versión norteamericana.

Así pues, a lo largo de seiscientas páginas, el lector irá conociendo los detalles de aquella conspiración cultural y se adentrará en el universo de manipulaciones que terminó auspiciando movimientos artísticos tan populares como el expresionismo abstracto.

1 - Cuando usted publicó La CIA y la guerra fría cultural, algunos políticos y periodistas la acusaron de tener una perspectiva ‘santurrona’ sobre la realidad geopolítica de Occidente. Incluso llegaron a decir que parecía usted un ‘sacerdote católico’.

Ahora que su obra se reedita en España, ¿cómo definiría el libro?
- Bueno, en primer lugar me gustaría decir que no creo que nadie me hubiera aceptado como sacerdote católica, y no sólo porque mi condición femenina me descalifica para el puesto, sino porque no permito que nadie me dicte lo que debo pensar. Ahora bien, desde que escribí el libro, me he preguntado en varias ocasiones si mi punto de vista sobre aquellos acontecimientos fue demasiado piadoso o moralista. Algunos críticos se sorprendieron de que me asombrara tanto por el hecho de que la CIA interviniera en la vida cultural del mundo no-comunista, y eso me hizo plantearme si realmente yo había pecado de tener una visión de la política demasiado naïf o, si se prefiere, demasiado juvenil. Cuando pienso en lo doctrinario, o binario, del clima intelectual durante la Guerra Fría, llego a la conclusión de que ambos bandos se empecinaron en sus respectivas posiciones y de que no buscaron una ‘tercera vía’ que permitiera alcanzar una especie de neutralismo que expulsara la opresión ideológica y facilitara un universo cultural verdaderamente independiente.

No me sorprendió descubrir que la Unión Soviética castigaba esa independencia de un modo muy agresivo, pero no me esperaba que Estados Unidos hubiera patrocinado la desaparición de cualquier intento de alcanzar una neutralidad cultural en Occidente.

2 - La CIA y la guerra fría cultural dejó en muy mala posición a la CIA.

¿Sufrió usted algún tipo de presión antes o después de la publicación de su libro?

- No creo que la CIA se preocupara demasiado por mi trabajo. De hecho, muchos de sus partidarios insistieron en que todo lo que yo había hecho era mostrar el modo en que la Agencia luchaba por imponer la libertad cultural. LA CIA siempre se ha sentido orgullosa de su papel como ministerio de Cultura secreto durante la Guerra Fría. Creó ese papel no tanto para hacer frente al intervencionismo soviético como para salvar a los Estados Unidos de sus propios instintos totalitarios, tal y como manifestó el senador McCarthy. Evidentemente, una vez que la CIA se hubo convertido en actor internacional del mundo cultural le costó renunciar a ese papel y el precio de esa vanidad hizo que la empresa colapsara. Pero, volviendo a la pregunta, puedo decir que no experimenté ninguna presión por parte de la CIA. En realidad, creo que nunca me tomaron en serio.

3 - En el prefacio que usted ha escrito para esta nueva edición, comenta que la intromisión de la CIA en los asuntos culturales del mundo occidental tuvo repercusiones en determinados movimientos posteriores, como el feminismo, la Nueva Izquierda, el Poder Negro, las madres solteras, la inmigración…

¿Qué aprendieron los gobiernos o las clases dirigentes sobre los movimientos culturales tras la experiencia extraída durante la Guerra Fría cultural?

El activismo político de la década de los 60 y 70, que se materializó en el feminismo, la Nueva Izquierda, el Poder Negro, el movimiento estudiantil, etc., mostraba el descontento con las políticas oficiales, y el gobierno de Estados Unidos estaba lógicamente preocupado por controlar dichos movimientos tanto en su propio territorio como en el extranjero. Para los estadounidenses, el grado en que el gobierno espió ilegalmente a los representantes de dichos movimientos e intentó patrocinar organizaciones paralelas que los debilitara, sirve de voz de alarma para recordar el modo en que los estados pretenden controlar las vidas de sus ciudadanos.

4 - La CIA defendió su intervencionismo cultural alegando que sus agentes se limitaron a conseguir que determinadas personas dijeran algo que igualmente hubieran dicho más adelante.

¿Se atrevería usted a imaginar cómo habría sido la cultura europea contemporánea si la CIA no hubiera intervenido en la evolución de la misma durante la llamada Guerra Fría?

- Desconozco cómo habría sido la cultura europea si la CIA no hubiera intervenido, y preferiría no construir una hipótesis de ese tipo. Pero lo que sé es que veinte años de subsidios ocultos (en cantidades incomparables con las de cualquier otra organización pública o privada, a excepción de las de la Unión Soviética) influyeron marcadamente en el mercado de las ideas y en la manera en que dichas ideas terminaron implantándose. De todas formas, es justo decir que mucha gente cobró (secretamente) por decir algo que hubiera dicho de cualquier modo, y que la libertad de expresión no fue intervenida, o al menos no lo fue como norma general. En realidad, nunca se trató de un asunto de coacción (que es lo que hicieron los soviéticos), sino de un espaldarazo para quienes tenían un determinado punto de vista sobre la realidad y de la promesa de una recompensa para quienes apoyaran dicho punto de vista.

5 - El escritor judío Arthur Koestler se refirió a los intelectuales que se dejaron comprar como un ‘circuito internacional académico de putas por teléfono’.

Realmente, parece increíble que los intelectuales de los que usted habla no se dieran cuenta de que el dinero que recibían, los viajes que les regalaban, los hoteles que les pagaban o la gente de la alta sociedad con la que de pronto se codeaban, eran consecuencia de una manipulación orquestada por un gobierno.

¿Cree que la independencia de los intelectuales, así como su autoridad moral, quedó por siempre socavada como consecuencia de aquel grupo de artistas y pensadores que se vendieron a la CIA?

- La revelación de que hubo muchas personalidades del ámbito de la cultura que vivieron durante mucho tiempo del dinero de la CIA deja en mala posición a una determinada época de la historia intelectual. Es cierto que muchos de los beneficiarios no tenían ni idea de la intervención de la CIA (a fin de cuentas, era un secreto) en el patrocinio de sus proyectos y se disgustaron mucho cuando el asunto se hizo público. Pero también es cierto que algunos tenían excusas muy pobres para justificar su desconocimiento. Algunos lo sabían, eran los que formaban parte de la trama, y el descubrimiento de que consintieron que mintieran a sus colegas durante muchos años, hizo que se considerara que ‘habían envenenado los pozos del discurso intelectual’.

6 - El ensayista estadounidense Stephen Koch mostró, en ‘El fin de la inocencia’, el modo en que Henri Münzenberg inició una campaña de propaganda comunista desde el París de los años 30. Y usted ha mostrado, en La CIA y la guerra fría cultural, el modo en que el gobierno estadounidense hizo lo mismo en pro de una visión americana de la cultura.

¿Qué parecidos pueden establecerse entre los métodos propagandísticos del bloque comunista y los del bando norteamericano?

- El peligro de la comparación entre los métodos de propagada de los dos bloques es que puedes ser acusado de ambivalencia moral, de sugerir que ambos bandos eran igual de malos. Algunos críticos me acusaron de no estudiar las incursiones de los soviéticos en el ámbito cultural o de no enfatizar su terrible historia en la supresión de la libertad intelectual. Pero yo creo que mi libro señala claramente la horrible situación de los pensadores y artistas soviéticos, y denuncia el hundimiento moral al que fueron sometidos dichos intelectuales. Sin embargo, yo llegué a la conclusión de que el modo estadounidense de librar la batalla para el control de las mentes fue negligente, un "punto muerto" en la historia, y eso es lo que quise mostrar en mi libro.

7 - Uno de los aspectos más controvertidos de su libro es la revelación de que el expresionismo abstracto de Jackson Pollock fue aupado por la CIA, la cual temía que los movimientos intelectuales de Europa –cubismo, futurismo, expresionismo, etc.- continuaran acercándose al comunismo. El expresionismo abstracto de Pollock era ideal para enfrentarlo al muralismo soviético y, de alguna forma, representaba los ideales de libertad que Estados Unidos decía defender. Esta afirmación invita a pensar que Pollock tal vez no hubiera alcanzado un hueco en la Historia del Arte sin la intervención de la CIA.

¿Hasta qué punto puede decirse que el intervencionismo estadounidense alteró por siempre la Historia del Arte europeo?
- Hay un debate interminable sobre si el respaldo de la CIA al expresionismo abstracto marcó alguna diferencia tanto en la actitud de los artistas como en la evolución de la corriente estética. Pero de lo que no hay duda es de que la CIA encontró una oportunidad ideológica en el expresionismo abstracto y de que por eso lo promovió. Es irónico, por no decir algo más fuerte, que la vanguardia americana de posguerra, muchos de cuyos representantes eran teórica o activamente simpatizantes de la izquierda, terminara siendo la niña mimada del capitalismo burgués y que sus cuadros acabaran colgados en los vestíbulos de los bancos e incluso en las paredes de la sede de la CIA en Langley. Mi tesis dice que el lavado ideológico del expresionismo abstracto fue el resultado de un pensamiento típico durante la Guerra Fría y que nos permite estudiar el modo en que se construye una cultura oficial.

8 - Los intelectuales españoles que se vieron más afectados por la estrategia de la CIA para dominar el panorama cultural europeo fueron aquellos que se unieron en torno a la revista ‘Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura’. Esta publicación, escrita en español y afincada en París, gozó de prestigio entre los antifranquistas. Su director, el trostkista valenciano Julián Gorkin, atrajo a falangistas desengañados –Dionisio Ridruejo o Pedro Laín Entralgo-, a liberales exiliados –Salvador de Madariaga- y a pensadores represaliados –Julián Marías-.

¿En qué otros aspectos pudo afectar la estrategia de la CIA a la intelectualidad española?

[-Tengo toda una carpeta sobre España, pero está almacenada y no la he abierto desde hace quince años. De manera que ahora mismo no me siento capaz de responder a esta pregunta.]

9 - ¿Ha detectado usted otros intentos de mecenazgo clandestinos que, de una forma u otra, sean consecuencia directa de la guerra fría cultural?

- La historia sobre el modo en que se libró la Guerra Fría cultural en Sudamérica, Asia y África ocuparía muchos libros. En mi investigación, encontré material relativo a estas zonas, pero enseguida me di cuenta de que debía limitar mi trabajo a la Europa occidental, porque no tenía recursos para una investigación mundial. Aún así, siempre tuve la esperanza de que mi libro abriera las puertas a otras investigaciones en nuevos territorios. Mi ensayo ha sido traducido a catorce idiomas y, siempre que viajo para dar alguna charla, animo a los activistas a que escriban sobre el modo en que la Guerra Fría cultural afectó a sus países.

10 - En el prefacio escrito para la nueva edición de la ‘La CIA y la guerra fría cultural’, usted recuerda el modo en que realizó la investigación. Habla de la época en que hizo la investigación documental (en primavera y verano, con un calor terrible) y de momentos de euforia, y aprovecha para comentar que ‘estos hallazgos accidentales constituyen un poderoso argumento a favor de la importancia de la investigación primaria por encima de la investigación online’. Usted escribió este libro en 1999.

¿Ha cambiado mucho el método de investigación periodística?
-Vivimos en un tiempo en que las épocas pueden ser contadas por semanas o incluso días. Además, existe una especie de amnesia voluntaria que hace que las acciones y decisiones tomadas por los responsables políticos y los grupos de presión pueda ser rápidamente olvidadas. Pero creo que ahora, igual que cuando yo escribí el libro, la Historia debe tener el derecho a sacarnos del olvido, y el periodismo tiene la responsabilidad de hacer eso. Tiene el tiempo y los recursos necesarios para investigar el poder, actuando como un freno contra los abusos. Sin embargo, hay que reconocer que hoy quedan pocos espacios para fomentar el tipo de periodismo que acabó dictando la verdad sobre el Watergate.

Más de Maruja Torres. http://www.marujatorres.com/2012/el-arte-abstracto-y-la-cia/

Un comentario. Aracne:
Cómo me alegro de encontrar por aquí la mención a ese libro de la Stonor Saunders, que también para mí hace años, fue una revelación. Directrices duraderas de la CIA, en el Arte, la Política, la moral pública: “el sujeto se mueve en la dirección que uno quiere`por razones que piensa son propias”.
Esa Tesis Doctoral se basa en el 25% del material desclasificado… El día que esté el 50 o el 100 % nos llevaremos grandes sorpresas, no solo sobre Cuba y las Artes…
Claro que sin necesidad de esa documentación, nuestro gran Josep Renau ya decía cosas parecidas, basadas en su propia experiencia. Si podéis encontrarlo os sugiero un librillo (de solo 75 págs.) editado por “Debate”, en el 2002: J. Renau, “Arte contra las élites”.

Son tres artículos. El primero: “Significación de la obra de arte como objeto del mercado artístico”.
El tercero: Función del fotomontaje. Homenaje a John Hearffieldt.
Aunque solo sea por rendir homenaje a Renau, habría que leerlo. No estamos tan sobrados de puntos de apoyo…

Tomado del blog de Marcos Ordoñez:
La primera noticia que tuve de la relación entre la CIA y el expresionismo abstracto fue, si no recuerdo mal, hará unos diez años, cuando la historiadora Frances Stonor Saunders publicó Who Paid the Piper? CIA and the Cold War, también conocido como The Cultural Cold War - The CIA and the World of Arts and Letters, que apareció en 1999 (aquí fue editado por Debate dos años más tarde: La CIA y la guerra fría cultural) y donde se detallaba, entre otros asuntos, la financiación y promoción de la obra de Pollock, Rothko, Motherwell, etc, entre 1950 y 1967 a través del Congress for Cultural Freedom y las grandes exposiciones del "New American Painting", como Masterpieces of the Twentieth Century (1952) y Modern Art in the United States (1955) en varias capitales europeas.

Donald Jameson, ex-funcionario de la agencia, fue el primero en admitir esa intención del gobierno americano, pese a la oposición inicial del presidente Truman, que había dicho "Si esto es arte, yo soy un hotentote". Por su parte, en declaraciones a The Independent, Jameson afirmó que "Nosotros inventamos el expresionismo abstracto".

Ayer, leyendo Notas para Silvia, uno de los muchos y espléndidos dietarios de Josep Pla, me encontré con esta entrada:
"Cronológicamente, el arte abstracto ha coincidido con estos años de la guerra fría, y lo que le ha dado una gran importancia es el interés, sobre todo crematístico, que ha tenido en Estados Unidos, en Nueva York, concretamente. Es extraño que nadie haya remarcado que al considerar Rusia que el arte de su régimen era el realismo en su forma más verista, los Estados Unidos tenían que imponer un arte completamente diferente, por no decir opuesto. La política y la religión siempre han sido factores decisivos de las cuestiones artísticas".

Este texto, originalmente escrito en catalán, pertenece a las entradas del mes de agosto de 1962.
Es cosa cierta que Pla tenía una intuición portentosa para muchos asuntos. ¿O tenía unas fuentes de información realmente privilegiadas?