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viernes, 25 de septiembre de 2026

Por qué Zeus creó a Pandora, la primera mujer según la mitología griega y ¿realmente abrió una caja?

Pandora, 1871. Pintada por el artista Dante Gabriel Rossetti, en rojos profundos, con abundante cabellera y sosteniendo una caja adornada

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,Pandora significa "la de todos los dones" (cuadro de Pandora del artista Dante Gabriel Rossetti, 1871).


Zeus, el rey de los dioses del Olimpo, estaba iracundo.

Le había echado un vistazo al mundo y al ver resplandores supo, sin que nadie se lo tuviera que contar, que Prometeo había desobedecido sus órdenes, robando el fuego y dándoselo a los hombres.

Pero Prometeo no sería el único que sufriría.

Zeus le encomendó al dios Hefesto que moldeara un figura en barro, con forma de mujer.

Le quedó hermosa, pues se inspiró en las más preciosas deidades del Olimpo.

Luego, Afrodita, la diosa de la belleza, la sensualidad y el amor, le dio la vida a la figura, y le enseñó sus amorosas artes.

Atenea, la diosa de la guerra, la sabiduría y las artes, la instruyó en las labores del hogar y en el tejido de primorosas telas, y la vistió con una resplandeciente toga plateada.

Hera, la reina de los dioses, le otorgó gracia y mesura.

Otras deidades la adornaron con flores y finas coronas, collares y pulseras. Quien la viera, mortal o inmortal, se quedaría sin aliento.

Finalmente Hermes, el dios mensajero, la instruyó en el habla y en las artes de la persuasión, la astucia y, crucialmente, la dotó de curiosidad.

Fue él quien la nombró Pandora, y la llevó a la casa en la que Prometeo y su hermano Epimeteo vivían entre los hombres.

Prometeo no estaba, pero le había advertido a su hermano que no recibiera ningún regalo divino, anticipando que Zeus urdiría algún plan maléfico.

Epimeteo, sin embargo, no pudo resistir la tentación.

No sólo solía actuar antes de pensar, sino que además tenía en frente a la criatura más bella que había visto jamás.

¡Y se la estaban ofreciendo como esposa!

Pandora tenía hasta un regalo de bodas, el de Zeus: una caja sellada que, le habían dicho claramente, no podía abrir.

Así lo hizo... por un tiempo, pero la curiosidad finalmente la venció: abrió la caja y, horrorizada, vio como salían todas las desgracias que aquejarían al mundo.

Cuando logró cerrarla, lo único que quedaba adentro era la esperanza.

Pandora, derrotada sobre un elegante cofre, semidesnuda y con cabello largo.

Fuente de la imagen,Getty Images

 

Pie de foto,La caja llegó a ser hasta cofre, pero ¿Qué era originalmente? (Pandora, del artista Walter Crane, 1885).

Pandora, derrotada sobre un elegante cofre, semidesnuda y con cabello largo. 

La caja llegó a ser hasta cofre, pero ¿Qué era originalmente? (Pandora, del artista Walter Crane, 1885).

Probablemente recuerdas al menos parte de esta historia de la creación de la primera mujer según la mitología griega.

Es la que dio origen a una expresión que quizás has usado, pues se afianzó en varios idiomas para describir una situación en la que una acción desencadena múltiples problemas imprevistos: la caja de Pandora.

Pero este recuento, como tantos otros, suscita dudas que despiertan aquello que sintió la protagonista: la curiosidad.

¿Por qué Zeus castigó a los hombres si fue Prometeo quien lo desobedeció? ¿Por qué el fuego fue objeto de tan gran discordia?

¿Por qué lo que quedó en la caja fue la esperanza y qué hacía metida ahí con todos los males?

Y otras dos preguntas que quizás te sorprendan: ¿fue Pandora la que abrió la caja y fue una caja lo que abrió Pandora?

¿El fuego?

El titán Prometeo había sido artífice de la creación de los hombres, modelándolos en arcilla a imagen y semejanza de los dioses. Una vez listos, Zeus le pidió a su hija Atenea que les diera el soplo de la vida.

Ambos quedaron contentos con esa raza tan distinta a los otros animales, pero el rey de los dioses los prefería primitivos y dependientes, lo que garantizaba que siempre lo adorarían. Prometeo disentía.

Escultura de bronce fundido dorado de Prometeo llevando en su mano fuego, y cayendo a través de un anillo que representa los cielos hacia la tierra representada por una montaña y el mar (la fuente).


Escultura de bronce fundido dorado de Prometeo llevando en su mano fuego, y cayendo a través de un anillo que representa los cielos hacia la tierra representada por una montaña y el mar (la fuente).

Fuente de la imagen,Getty Images

 
Pie de foto,"Prometeo, maestro en todas las artes, trajo el fuego que ha demostrado ser un medio para los mortales para fines poderosos", se lee en la icónica escultura de Paul Manship en el Rockefeller Center en Nueva York.

El titán les tenía gran afecto, tanto que pasaba más tiempo entre ellos que en el Olimpo, y, como observa en su libro "Mythos" el autor británico Stephen Fry, "le entristecía que solo se le hubiera permitido crear hombres".

"Sentía que esa raza clonada de un solo sexo carecía de variedad tanto en su perspectiva, disposición y carácter como en su incapacidad para reproducirse y crear nuevos tipos".

Además pensaba que les faltaba precisamente lo que Zeus había prohibido que se les diera: fuego, que en la antigua Grecia simbolizaba no solo el calor y la luz, sino también el conocimiento, la tecnología y la civilización.

Por eso mismo, era indispensable para las criaturas que había creado, y no sólo para protegerse del frío, cocinar alimentos o forjar herramientas; requerían también "un fuego creativo interior, un fuego divino, que les permitiera pensar, imaginar, atreverse y actuar".

Y, temía Zeus, desarrollarse al punto de poder retar a los dioses.

Así que cuando Prometeo se robó ese elemento divino y se lo dio a los humanos, su venganza fue calculada para que estos nunca recuperaran el bienestar que hasta entonces habían gozado.

Y para darle al titán un duro golpe en donde más le dolía: aquello que amaba.

¿La caja de Pandora?

Según cuenta Hesíodo...

"Zeus, que las nubes amontona, indignado le habló (a Prometeo):

«Japetionida, ya que tú, sabedor de mis designios, te regocijas de robarme el fuego y ultrajas mi poder, a ti y tu prole he de infligir un daño irreparable. Un mal, con ese fuego, a los humanos daré que les deleite; un mal que ansíen como si fuera un bien".

Ese mal fue Pandora y el regalo de Zeus que ella llevaba... y no, no era una caja.

Mujer semidesnuda apoyada sobre un cráneo humano, con una mano sobre la jarra. 


Mujer semidesnuda apoyada sobre un cráneo humano, con una mano sobre la jarra.

Fuente de la imagen,Getty Images




Pie de foto,Jean Cousin pintó "Eva Prima Pandora", alrededor de 1550, no sólo mostrando la mezcla con la narrativa cristiana, sino siendo más fiel al mito: su mano izquierda aferra la temida jarra, que aún no ha abierto.

Lo que el rey de los dioses le dio a Pandora fue una gran jarra de arcilla, o pithos, en griego.

Los pithoi se usaban para almacenar vino, aceite, grano u otras provisiones, o, ritualmente, como recipiente para enterrar un cuerpo humano, del cual se creía que las almas escapaban y necesariamente regresaban.

Pero en algún momento del Renacimiento, la jarra se tornó en caja, y se suele responsabilizar nada menos que al gran humanista del siglo XVI Erasmo de Rotterdam.

En su colección de proverbios "Adagia", de 1508, tradujo pithos al latín pyxis, que significa caja... y el resto es historia, reforzada por un gran número de obras de arte en las que esa caja es cada vez más adornada, y en ocasiones llega a ser un baúl.

No se sabe con exactitud cuándo se descubrió el error, pero a finales del siglo XIX los eruditos clásicos comenzaron a señalar públicamente la mala traducción.

Para entonces, la "caja de Pandora" ya estaba demasiado arraigada en la cultura como para dar vuelta atrás.

En cualquier caso, el error de Erasmo no es lo único interesante de esa obra: su relato del episodio revela algo más.

La razón por la cual se refirió a la caja fue para ilustrar un dicho latino que reza: «Malo accepto stultus sapit», que significa algo así como "El tonto aprende solo cuando algo malo le sucede".

Como notarás, está en masculino, y eso es porque en la narración de Erasmo quien abre la caja es Epimeteo.

Y no, no fue otro error de Erasmo.

Hombre con toga abriendo un enorme jarrón, del cual salen figuras que vuelan 


Hombre con toga abriendo un enorme jarrón, del cual salen figuras que vuelan

Fuente de la imagen,Getty Images




Pie de foto,En el siglo XVI el dibujante y grabador Giulio Bonasone ilustró a Epimeteo abriendo la jarra.


Es cierto que, de lo que sobrevivió de los antiguos griegos, la versión más antigua que tenemos de la creación de la primera mujer es la del poeta Hesíodo, de finales del siglo VIII a.C.

En ese recuento hesiódico, Pandora es "el bello mal", culpable de que los males se dispersaran por el mundo provocando el fin de la Edad de Oro de los hombres.

Esa narrativa perduró, pero había relatos alternativos de jarras o urnas que contenían bendiciones y males otorgados a la humanidad en el mito griego.

Tras Hesíodo, en la fábula de Esopo "Zeus y la Jarra de las Cosas Buenas", las manos humanas que reciben la jarra son masculinas, el contenido son "todas las cosas útiles", y cuando son liberadas, desaparecen.

"El hombre, sin autocontrol, quiso saber qué contenía el jarrón, así que apartó la tapa, dejando que esas cosas regresaran a la morada de los dioses. Así, todos los bienes volaron, elevándose sobre la Tierra, y solo quedó la esperanza".

Antes que Esopo, el poeta griego del siglo VI a.C. Teognis de Megara había hablado también de una jarra llena de bienes, abierta por alguien no especificado, y afirmó que...

"La esperanza es el único dios bueno que queda entre la humanidad; los demás se han ido al Olimpo.

"La Confianza, una diosa poderosa, se ha ido; la Cordura se ha ido de los hombres, y las Gracias, amigo mío, han abandonado la Tierra.

"Ya no hay juramentos de fiar entre humanos ni justos, ni nadie venera a los dioses inmortales; la raza de los hombres piadosos ha perecido y ya no reconocen las reglas de conducta ni los actos de piedad".


Pero, así las jarras estuvieran repletas de bondades o males, tenían algo en común: lo que quedaba.

Volviendo a Esopo, "solo la Esperanza se encuentra entre la gente, prometiendo que nos concederá a cada uno de nosotros los bienes que se han perdido".

¿La esperanza?

4 pinturas representando a Pandora o el contenido de su caja o jarra.

Fuente de la imagen,Getty Images

Pie de foto,La curiosidad llevó a Pandora a abrir el recipiente; el mito ha inspirado a pintores y ceramistas, así como a escritores y dramaturgos. Aquí, interpretaciones del japonés Tsukioka Yoshitoshi y de los franceses Jules Joseph Lefebvre y Odilon Redon.

4 pinturas representando a Pandora o el contenido de su caja o jarra. 

En las variantes en las que la jarra contenía bienes o dones, todo parece tener más sentido.

El que la esperanza compartiera ese espacio con virtudes como la armonía, justicia, misericordia, libertad, felicidad o paz, no desentona.

Pero en la historia de Pandora, ¿por qué estaba en ese recipiente junto con males como el engaño, la miseria, la muerte violenta, la vejez, las plagas, el sufrimiento o el trabajo duro?

Eso es algo que ha suscitado intrigantes debates entre los estudiosos.

Hay eruditos que resaltan que ese mal que no se escapó de la caja se llama Elpis, que si bien se puede traducir como esperanza, también puede ser premonición, en otras palabras, el miedo, una sensación inminente de fatalidad.

Según esa interpretación, Elpis era el más maligno de los espíritus; sin él, la humanidad al menos puede vivir sin la sombra constante de su ineludible destino: el dolor y la muerte.

Otros expertos señalan que en el pensamiento griego antiguo, la esperanza, aunque podía alentar y sostener, también podía ser una ilusión peligrosa, un consuelo que adormecía a la gente, impidiendo que reconocieran la realidad o actuaran a tiempo.

Eso la convertía en ocasiones en algo similar al delirio y una fuente potencial de ruina.

La visión del filósofo Federico Nietzsche va aún más lejos.

En su reinterpretación del mito de Pandora, en "Humano, demasiado humano" (1878), el que Elpis se quedara atrapada era parte del plan de Zeus: así, la humanidad guardaría ese cofre como un gran tesoro que usaría cuando lo deseara.

El hombre "no sabe que el recipiente que Pandora trajo era un cofre de males, y toma el mal que queda dentro por el mayor de los bienes mundanos: es la esperanza.

"Zeus no quiso que el hombre, por muy atormentado que esté por los otros males, se quitara la vida, sino que continuara dejándose atormentar una y otra vez. Por eso le da la esperanza -en realidad es el peor de todos los males, porque prolonga el tormento del hombre".

Pero recordemos que la esperanza era un concepto ambivalente en la tradición griega, de manera que también era una bondad.

Y hay otras interpretaciones, como la del filólogo M. L. West, uno de los más respetados editores y comentaristas de la obra de Hesíodo, quien propone una lectura optimista del mito.

Para él, que la esperanza quedara a salvo dentro de la jarra quiere decir que, aunque el mundo se llenara de desgracias, no todo estaba perdido: la esperanza permaneció como un último recurso, aquello que le permite a los seres humanos seguir adelante sin rendirse ante las calamidades. 

lunes, 11 de noviembre de 2024

_- El librepensamiento fuera de Occidente y antes de la modernidad

_- Una de las críticas más zonzas, pero no por eso menos perniciosas, que se le hace al librepensamiento de matriz irreligiosa es que constituye una manifestación cultural exclusivamente occidental, un fenómeno espiritual que –se aduce ad nauseam– no está presente en otras civilizaciones del orbe. Este cuestionamiento, que como veremos carece de todo fundamento, se halla muy extendido en el campo intelectual, y ha dado pábulo a la leyenda negra según la cual el escepticismo, el deísmo[1], el agnosticismo y el ateísmo serían cosmovisiones eurocéntricas, encorsetadas en la tradición grecolatina y la modernidad europea. Nada más lejos de la verdad.

Tres obras me guiarán en este breve periplo indagatorio: The alternative tradition: a study of unbelief in the Ancient World, de James Thrower (La Haya, Mouton, 1980); “Ateísmo y religión: perfil histórico de un debate” (1997), de Gonzalo Puente Ojea, extenso ensayo incluido en su libro Ateísmo y religiosidad: reflexiones sobre un debate (Madrid, Siglo XXI, 2001, 2ª ed., pp. 97-255); y Freethinkers of Medieval Islam: Ibn Al-Rawāndī, Abū Bakr Al-Rāzī and Their Impact on Islamic Thought, de Sarah Stroumsa (Leiden, Brill, 1999). Mi deuda historiográfica y filosófica con estos tres textos es enorme. Dejo constancia de ella.

Dice Puente Ojea en el precitado ensayo:

“La impugnación teórica de los postulados de la creencia en la divinidad no es de ahora, sino que se remonta a un tiempo muy pretérito, en el que individuos excepcionalmente dotados de gran carácter y notable inteligencia pusieron en cuestión las tradiciones religiosas de su sociedad y debatieron con estimable rigor las ancestrales creencias en Dios o en dioses, dejando así una profunda huella en la historia intelectual del ser humano. (…)

En las civilizaciones del Oriente fue emergiendo, aunque trabajosamente, una reflexión crítica sobre las especulaciones religiosas relativas al origen y gobierno del universo natural y social. Esta reflexión crítica revistió diversas tonalidades en función del carácter de cada pueblo, partiendo frecuentemente de preocupaciones morales unas veces, o alimentadas otras veces por preocupaciones intelectivas de orden cosmológico. Los poderes dominantes en estas sociedades antiguas se movían, en términos generales, en una concepción del mundo inscrita en el eje de coordenadas que expresan dos ideas que se combinan o entretejen en la visión mítico-religiosa, a saber, la realeza de los dioses y la divinidad de los reyes, de tal manera que la reflexión crítica de orientación agnóstica o atea se veía sometida a un mayor o menor grado de hostilidad –según los lugares y los tiempos– de esos poderes dominantes. Pero, en ocasiones, éstos eran accesibles a especulaciones morales y cosmológicas que rompían hasta cierto punto la compacidad o coherencia de las tradiciones ideológicas heredadas”[2].

En opinión del eminente historiador y filósofo español –opinión que suscribo totalmente–, es preciso rememorar y difundir los grandes hitos de la historia universal del librepensamiento irreligioso, aquello que Thrower ha denominado tradición alternativa. Es necesario

“…romper, en el ámbito del gran público, con la inveterada convicción de que solamente las tradiciones religiosas han acompañado al proceso civilizador de la humanidad, y que hay que llegar prácticamente a la Europa del siglo XVIII para que la ilustración de las mentes hubiera permitido a los hombres acceder a la radical puesta en cuestión de Dios y de la visión mítico-religiosa de la realidad. Las cabezas algo mejor informadas habían oído hablar del ateísmo de algunos pensadores griegos, pero los estereotipos asimilados en la escuela y el hogar les hacían dar por descontado que en el curso de la historia se habían olvidado feliz y legítimamente las fantasías irreligiosas de tales excéntricos, que incluso en reputados manuales universitarios sólo disfrutaban de una breve cita. El estudio objetivo de la realidad histórica nos brinda el apasionante panorama de la temprana inquietud de los seres humanos más lúcidos por indagar, más allá de los velos de los mitos religiosos, sobre la verdadera naturaleza del universo y su origen, sobre el ser humano y su destino, y sobre la sociedad.

La especulación teorética sobre estas grandes cuestiones no surgió de una simple curiosidad intelectual, sino que también fue estimulada por las complejas repercusiones psicológicas, cognitivas y morales generadas por transformaciones en la organización económica, social y política en el seno de constelaciones culturales en las que la legitimación de las estructuras de poder –familiar, tribal, territorial, etc.– estaba íntimamente vinculada a las concepciones religiosas del mundo que promovían las oligarquías dominantes. Lo político y lo cultual, y sus respectivos administradores, constituían dos vertientes del mismo sistema de creencias y de dominación, de tal modo que el cuestionamiento de la visión mítico-religiosa vigente amenazaba igualmente a los detentadores del poder político y a los administradores del poder religioso.

Cuando la vigencia social del sistema de creencias pierde peso o comienza a ser públicamente cuestionado; es decir, cuando la adhesión sin fisuras a los fundamentos sobrenaturales o divinos de la organización social se debilita, empiezan a manifestarse públicamente interrogantes y dudas sobre la validez ideológica de esos fundamentos, iniciándose una revisión de las representaciones colectivas y de los soportes de la obediencia civil ”[3].

A la luz de las evidencias hoy disponibles, al menos tres notables civilizaciones no occidentales produjeron intelectuales netamente irreligiosos: India, China y el mundo árabe. Las dos primeras de manera totalmente autónoma, endógena, y el último bajo la influencia proficua de la antigua filosofía griega, sobre todo aristotélica.

En la India del siglo VII a.C., la escuela nástika (heterodoxa) de Carvaka o Lokayata desarrolló una concepción abiertamente racionalista y crítica, materialista y atea, anticlerical y hedonista, haciendo caso omiso del principio de autoridad, los dogmas védicos y la tradición brahmánica (negó la existencia de los dioses, del alma, etc.). Es cierto que el budismo y el jainismo primigenios también cuestionaron por entonces, o poco antes, la veracidad de los Vedas (textos sagrados del hinduismo) y la existencia de los devas (deidades), lo mismo que la legitimidad de los brahmanes. Pero, como contrapartida, absorbieron muchos elementos metafísicos de la religión hinduista, como la rueda del samsara (reencarnación) y el karma. En cambio, la escuela filosófica de Carvaka supo conjugar el antiteísmo con la antimetafísica. A los Brihaspati sutra, los escritos fundamentales de esta corriente disidente, les cupo la misma suerte que al Peritheon del griego Protágoras de Abdera: la hoguera de la intolerancia religiosa. Los pocos fragmentos que se conservan de ellos son citas apostrofadas que aparecen en tratados hostiles redactados por brahmanes. Reproduzco algunas, a título ilustrativo:

“Sólo existe lo perceptible; lo no perceptible no existe, por la razón de que nunca ha sido percibido.

No hay ningún cielo, ni liberación final, ni alma alguna en otro mundo.

Los brahmanes se han establecido aquí solamente como un medio de vida.

Los tres Vedas son una estafa. (…) Los tres autores de los Vedas eran bufones, bribones y demonios.

La conciencia perteneciente a un cuerpo no puede decirse que sea la causa de la conciencia en otro cuerpo. (…) Ninguna conciencia se traslada a la vida fetal. Un niño debe aprender fuera de sí mismo lo que sabe.

Nadie ha observado jamás la transferencia de conciencia de un cuerpo a otro. (…) ¿Quién ha visto el alma existiendo en un estado de separación del cuerpo? ¿No es la vida resultado de la configuración última de la materia?

El único fin de los hombres es el goce de los placeres sensuales. (…) El dolor del infierno radica en las desgracias que surgen de los enemigos, las armas, las enfermedades (…). Es insensato el que se agota en penas, ayunos, etc. La castidad y otros tales preceptos son impuestos por débiles listos… El sabio debe gozar de los placeres de este mundo mediante los medios visibles apropiados, como la agricultura, la ganadería, el comercio, la administración política, etc.

Estos estúpidos son engañados por los mentirosos sastras [tratados religiosos] y alimentados por las seducciones de la esperanza. ¿Pero pueden la mendicidad, el ayuno, la penitencia, la exposición al sol ardiente que depaupera el cuerpo, compararse con los arrebatadores abrazos de las mujeres de ojos grandes […]?”[4]

Señala el filósofo británico James Thrower que el ateísmo materialista de Lokayata perduró en India, como escuela filosófica, durante más de un milenio, hasta que “virtualmente se extinguiera hacia el siglo VII de nuestra era bajo la ascendente ola del idealismo religioso. No obstante, aún era digna de alusión en una época tan tardía como el siglo XIV, cuando Madhavacarya redactaba sus Sarva-darsana-sangraha, una de nuestras fuentes principales para conocer el sistema de Carvaka”[5].

También en la China antigua hubo librepensadores de talante más o menos crítico, filósofos que se atrevieron a dudar de la veracidad de las tradiciones y los mitos, y aun negarla de plano. E igual que en el caso de la India, su emergencia histórica nada le debió al influjo intelectual del helenismo. Tanto en la ortodoxia confuciana como en la heterodoxia taoísta –subraya Thrower– encontramos numerosos ejemplos de planteos relativamente racionalistas, materialistas, escépticos y humanistas, los cuales revelan un progreso nada desdeñable de la irreligiosidad: renuencia a las explicaciones causales providenciales o sobrenaturales, valoración puramente pragmática de los rituales, crítica sin concesiones a las supersticiones populares (magia, adivinación, exorcismo), rechazo de la doctrina de la inmortalidad del alma, impugnación del budismo por su creencia en el karma y la reencarnación, ridiculización del culto doméstico a los espíritus de los antepasados, despersonalización del Mandato del Cielo (Tian Ming), desacralización de la figura del emperador, etc.

La cima del librepensamiento chino antiguo es Wang Chong. Vivió en el siglo I de nuestra era, en tiempos de la dinastía Han. Fue un racionalista convencido y militante. Definió la razón como “odio a las ficciones y falsedades”[6]. Su ontología, con aciertos y errores, era desembozadamente materialista. Concebía los fenómenos naturales como inmanentes y no intencionados, distanciándose así de todo providencialismo y teleologismo. Prescindía del Tian Ming en sus indagaciones causales. La buena suerte y la desgracia eran, para él, puramente casuales, fortuitas. A su entender, no hay vida después de la muerte, pues el alma muere con el cuerpo.

Por otro lado, Wang Chong se empeñó a fondo en desarrollar una interpretación determinista o mecanicista de la naturaleza, a través de las categorías protocientíficas del yin y el yang. Con admirable perspicacia aseveró: “Labrar, escardar, sembrar son actos motivados, pero si la simiente crece y madura o no, depende del azar y de la acción espontánea. ¿Cómo lo sabemos? Si el Cielo hubiera producido sus criaturas a propósito, debía haberles enseñado a amarse unas a otras”[7]. En su cosmovisión no hay lugar para ninguna divinidad creadora ni «diseño inteligente».

Su escepticismo era cosa seria. En una de sus obras escribió: “¡Cuan absurdo es imaginar (…) que el Cielo o la Tierra puedan entender las palabras del hombre, o preocuparse de sus deseos!”. En otra señaló: “exorcizar es trabajo perdido, y ningún daño causa su omisión”. Son las generaciones “decadentes” las que “fomentan la creencia en espíritus. Hombres insensatos buscan alivio en el exorcismo”[8]. Negaba así, sin pelos en la lengua, cualquier eficacia objetiva a las plegarias y las artes mágicas.

Wang Chong tampoco aceptaba la noción metafísica de destino. A su juicio, la vida humana es una combinación de idiosincrasia, voluntad y azar.

La civilización árabe, en su edad de oro, también vio florecer el librepensamiento, aunque no de manera endógena, sino al calor del legado cultural griego, de modo análogo a la antigua Roma y –en menor medida– la Persia sasánida. Empero, más allá de esa ventaja inicial, la falsafa –la filosofía islámica– alcanzaría un brillo propio, trascendiendo el umbral de la mera recepción pasiva del aristotelismo y neoplatonismo.

¿Hubo pensadores ateos o agnósticos en el Medioevo árabe? Es difícil saberlo con seguridad. Los términos mulhid y zindiq solían ser esgrimidos, desde la trinchera de la ortodoxia sunita, para descalificar tanto a librepensadores ganados al ateísmo o agnosticismo, como a teólogos musulmanes de ideas heréticas (chiitas y jariyíes, por ej.) o que habían apostatado del islam, como así también a los filósofos deístas que creían en Alá pero que recusaban al profeta Mahoma y la revelación coránica.

Un caso particularmente notable, entre muchos otros, es el del librepensador persa Ibn al-Rawandi (827-911). Hijo de un erudito judeoconverso que había ayudado a los musulmanes a refutar el Talmud, se formó y destacó en la escuela mutazilí, que luego abandonó para acercarse al chiismo, el judaísmo y el maniqueísmo, y acaso también al cristianismo. Fue discípulo de Ibn al-Warraq, un pensador heterodoxo sumamente escéptico en relación a la revelación coránica y el profetismo de Mahoma. No está claro si al-Rawandi fue un chiita muy heterodoxo afín al deísmo, o un ateo –o agnóstico– que cortó totalmente sus amarras con el islam, puesto que las fuentes primarias discrepan sobre este punto. Pero no hay dudas que cultivó un racionalismo crítico de raigambre aristotélica con altas dosis de irreligiosidad, ganándose así el odio visceral del establishment ortodoxo. Su Libro de la Esmerada, hoy perdido, fue duramente reprobado por considerárselo blasfemo, igual que el resto de sus obras.

Para escándalo y furia de sus contemporáneos, al-Rawandi llevó al banquillo de los acusados al mismísimo Mahoma, y con él al sacrosanto Corán. Opuso –o al menos antepuso– la razón a la fe, y negó de plano tanto el dogma de la predestinación como el de la inmortalidad del alma. Asimismo, habría rechazado la creencia según la cual el mundo es una creación ex nihilo de Alá, postulando en vez de ello la eternidad del cosmos. Arremetió sin piedad contra las profecías y los milagros atribuidos a Mahoma, lo mismo que contra las prácticas devocionales que juzgaba irracionales: el rezo mirando hacia la alquibla, la peregrinación a La Meca, el culto a la Kaaba, los tabúes nutricionales…

Sus acaloradas polémicas con los ulemas adquirieron gran notoriedad pública. Hasta la plebe se entretenía con ellas. Tanto es así que la tradición oral árabe conservó, durante muchos siglos, diversas leyendas atinentes al filósofo loco que discutía con Alá.

La islamóloga israelí Sarah Stroumsa, en su libro ya citado, ha rescatado del olvido a otro gran librepensador persa del Islam medieval: el médico y filósofo Abu Bakr al-Razi (c. 865-925). También en él se advierte un ethos racionalista, heterodoxo y disidente, aunque más moderado que en al-Rawandi. Intelectual desprejuiciado, muy imbuido del espíritu crítico de la falsafa, habría cuestionado la revelación profética como vía de conocimiento teológico, dudado de la sacralidad del Corán, y denegado todo valor probatorio a la milagrería endilgada a Mahoma.

De hecho, el impacto secularizador de la falsafa medieval llegó hasta el corazón mismo de la Cristiandad europea, lo que constituye una paradoja para aquellos creyentes occidentales proclives al orientalismo romántico santurrón: el estereotipo del Oriente como bastión inmaculado de la fe, como manantial premoderno de la religiosidad, en cuyas aguas Occidente debería regenerarse haciendo un baño de inmersión espiritual que limpie sus pecados de incredulidad. Sirva este botón de muestra, aunque a riesgo de incurrir en una digresión: el sacro emperador romano-germánico Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), quien también fue rey de Sicilia y Jerusalén (dos reinos mediterráneos fuertemente influidos por la vecina civilización árabe), mereció los apodos de stupor mundi y “Anticristo” debido a sus heterodoxas ideas e inusuales costumbres, fuertemente permeadas por el escepticismo y el hedonismo, en un contexto de intensa interculturalidad y transculturalidad (dos apodos –el de stupor mundi y el de “Anticristo”– que de ningún modo son reductibles a la mera puja de poder con la Iglesia católica y el rimbombante anecdotario de excomuniones papales). Dice al respecto el historiador inglés Piers Paul Read:

“A diferencia de los monarcas del norte de Europa, cuya educación estaba limitada por el programa que fijaba la Iglesia católica, Federico, gracias a su educación en Palermo, estaba familiarizado con las ideas bizantinas y arábigas. Ambas estaban más evolucionadas que el pensamiento latino y lo llevaron a una tolerancia con sus seguidores que contrastaba marcadamente con los sentimientos de los partidarios de otros reyes cristianos. El trato indulgente de Federico para con los musulmanes de su reino escandalizaba a algunos de sus contemporáneos católicos, pero casi con toda seguridad provenía tanto de consideraciones prácticas como ideológicas (…).

Para Federico, el que sus súbditos musulmanes dependieran de su favor hacía que le inspiraran aún más confianza: tenía, por ejemplo, un guardaespaldas sarraceno. (…) Aunque también, como en cualquier época, había una progresión natural de la tolerancia a la indiferencia, y de la indiferencia al abierto escepticismo, y algunos de los contemporáneos de Federico se preguntaban si éste creía o no en Dios.

Por la oscura propaganda que le harían más tarde sus enemigos, es difícil distinguir realidad de ficción: pero es significativo que incluso sus contemporáneos musulmanes, como el cronista damasceno Sibt Ibn al-Jawzi, pensaran que Federico era ‘casi seguro un ateo’. El católico Salimbene escribió también que ‘en cuanto a la fe en Dios, no tenía ninguna’ y que ‘si hubiera sido un buen católico y amado a Dios y a su Iglesia, y a su propia alma, habría tenido pocos pares entre los emperadores del mundo’. Se dijo que Federico se mofó de la Eucaristía –‘¿Cuánto más durará ese engaño?’– y del alumbramiento virginal de Jesús: ‘Los que creen que Dios pudo haber nacido de una virgen son absolutamente tontos… no se puede dar a luz a nadie cuya concepción no haya estado precedida del coito entre un hombre y una mujer’. El alumbramiento virginal de Jesús, sin embargo, también es un dogma de la creencia islámica; y, a pesar de su amistad con los musulmanes, Federico no mostraba por Mahoma mayor respeto que por Cristo, al considerarlo junto a Moisés, uno de los ‘tres impostores o embusteros del mundo’.

Aunque estas observaciones quizás hayan sido exageradas por sus enemigos papistas, son coherentes con la impresión de sus amigos musulmanes. En otras palabras, Federico no sintonizaba con su época. Exhibía un espíritu científico más moderno que medieval: en el prefacio de un tratado sobre cetrería, De arte Venandi, escribió: ‘Nuestra intención en este libro es exponer (…) esas cosas que son como son’; e insistió, en otro contexto: ‘No se debe creer nada, salvo aquello que pueda ser probado por la naturaleza y la fuerza de la razón’”[9].

A todas luces, esa «anomalía» que representó el humanismo de Federico II en el Occidente cristiano medieval tuvo su humus germinal en la falsafa sarracena. Estadista extremadamente culto, curioso e inteligente, hablaba el árabe, el griego y el latín con fluidez; y leía con voracidad obras filosóficas, científicas, técnicas y literarias escritas en dichos idiomas. En resumidas cuentas, un occidental secularizado por el Oriente (y no al revés).

Pero volvamos a nuestro hilo conductor. ¿Hubo otras civilizaciones no occidentales con expresiones de irreligiosidad? A la luz de las evidencias disponibles, debemos presumir que no. Sin embargo, esta conclusión debe ser matizada. La historia universal nos brinda varios ejemplos de culturas donde, si bien no hubo manifestaciones ateas, ni agnósticas, ni tampoco deístas, hubo al menos atisbos de un escepticismo religioso embrionario. En el Egipto faraónico, como bien ha resaltado Thrower, tenemos un testimonio tan sorprendente como Disputa entre un hombre y su ba, un poema sapiencial de tono meditabundo en el que un hombre agobiado por los problemas e infortunios de la vida, presa de la desesperación existencial, dialoga con su propia alma en busca de sentido. Cierto hedonismo de carpe diem se avizora en este coloquio. Su tono profano no llega a ser sacrílego, ni mucho menos, pero no encaja del todo en el molde conformista de la piedad tradicional. Hay zozobra, inquietud, duda, pesimismo… La crisis de fe no pasa a mayores, y al final se disipa. Pero se evidencian en ella algunas grietas.

Lo dicho sobre la civilización egipcia puede ser extrapolado a Mesopotamia. También allí hallamos antiquísimos textos sapienciales con resonancias escépticas, como el Diálogo del pesimismo. Un amo y su siervo platican con acritud y desencanto de la absurdidad del mundo, y lo hacen con un nivel de desánimo y nihilismo que hace palidecer a la Disputa entre un hombre y su ba. El final del Diálogo del pesimismo no puede ser más revelador:

SIERVO.— Quien hace una obra de beneficencia en favor de su país pone en el anillo de Marduk [el dios babilonio] su buena acción. 
AMO.— No, siervo, no haré por mi país ninguna obra de beneficencia. (…) 
SIERVO.— Entonces, ¿qué será bueno hacer? 
AMO.— Que nos corten el cuello a ti y a mí. Y que nos arrojen al río. ¡Eso es bueno! 
SIERVO.— ¿Quién es tan alto para ascender a los cielos y quién tan ancho para abarcar la tierra? 
AMO.— No, siervo, a ti te mataré primero para que me precedas. 
SIERVO.— Y mi señor de seguro no me sobrevivirá tres días.[10]

También en la América precolombina hay indicios leves, sutiles, de una fe religiosa expuesta al desasosiego y las hesitaciones del pensamiento racional. Los tlamatinime, los sabios nahuas de Mesoamérica –que, vale destacar, no eran sacerdotes–, cultivaron un tipo de reflexión cosmológica y antropológica con algunos barruntos de escepticismo frente a las tradiciones míticas ancestrales (no así, al parecer, los amautas del Perú prehispánico, aunque el carácter ágrafo, eminentemente oral, de la cultura incaica torna temerario cualquier juicio concluyente en este sentido). El erudito mexicano Miguel León Portilla, en su clásico ensayo La filosofía nahuátl, estudiada en sus fuentes (México, UNAM, 1956), hizo, a mi modesto entender, una interpretación excesivamente especulativa y optimista de dichos barruntos, pero la existencia de los mismos no admite discusión seria.

Hasta aquí, nuestro compendio de la historia del librepensamiento irreligioso fuera de Occidente, antes de la modernidad. Hago mío, a modo de balance, el siguiente comentario de Puente Ojea:

“Este esquemático panorama de la tradición histórica alternativa frente a la concepción mítico-religiosa de la realidad (…) destruye la errónea convicción de que la religiosidad es connatural e indisociable de la conciencia humana. El insuprimible hilo de la duda corre paralelo a la emergencia de las creencias religiosas, y va adquiriendo creciente firmeza en la dirección de una radical desacralización del mundo. La duda razonada, la reflexión serena y sincera, han ido diluyendo las falsas conjeturas que llevaron a los seres humanos a las ilusiones del animismo, en su fecunda proliferación de almas y espíritus, como umbral de la aparición de creencias religiosas en el sentido propio del término. El ateísmo, el agnosticismo, el escepticismo son otras tantas expresiones para designar una actitud que despoja estas creencias de los fundamentos epistemológicos de sus pretensiones de verdad. En cualquiera de las tres formas de esta actitud crítica desaparece la fe religiosa y se asume una práctica que prescinde de toda referencia a entes divinos. Se trata de una actitud que debe suponerse con orígenes remotísimos en el tiempo, no desconocida en el seno de sociedades ágrafas muy alejadas cronológicamente de las primeras culturas históricas.”[11]

Dejando de lado la civilización grecolatina, al menos India, China y el mundo árabe asistieron, desde tiempos muy pretéritos, al fenómeno del librepensamiento irreligioso stricto sensu. Sería desde luego en la Europa moderna –sobre todo a partir del siglo de las Luces– donde el humanismo secular, a raíz de diversos factores históricos (y no por razones esencialistas), alcanzaría mayor desarrollo intelectual y radicalidad crítica. Pero eso de ningún modo significa que el ateísmo, el agnosticismo y el deísmo sean concepciones exclusivas de Occidente. La escuela nástika de Carvaka, el filósofo heterodoxo Wang Chong y los sabios mulahida del Islam medieval lo demuestran con creces. Solo desde la maledicencia interesada, o la ignorancia supina, se puede plantear algo tan falso, infundado, como la ecuación racionalismo irreligioso = ideología eurocéntrica. La moda del pensamiento decolonial ha sido el gran caldo de cultivo de este sofisma, lamentablemente muy difundido en el campo intelectual.

Si el materialismo ateo o agnóstico, si el racionalismo deísta o escéptico, son «vicios europeos», ¿cómo se explica que hayan emergido en civilizaciones del Oriente (India y China) que aún no habían tenido ningún contacto cultural con el helenismo, con la ciencia y la filosofía griegas? ¿Cómo se entiende que hayan florecido tanto en los intersticios disidentes del Islam medieval? Definitivamente, el librepensamiento no es «eurocéntrico», como algunos quieren hacernos creer. Y aunque no pueda ser definido como un fenómeno universal (más por ausencia de evidencias favorables que por presencia de evidencias contrarias), resulta lo suficientemente policéntrico como para no merecer el reproche simplón de «occidentalismo» que tan a menudo se le hace.

India, China, Grecia y el mundo árabe. También Roma y la Persia sasánida. Nada de sorprendente hay en este policentrismo histórico de la irreligiosidad. ¿No es acaso el raciocinio un atributo ínsito a la especie homo sapiens? ¿No es la razón una facultad común a toda la humanidad? El pensamiento crítico, como actualidad o potencialidad, existe en todas las culturas y en todas las épocas. Y cada vez que ha despertado, la fe religiosa se ha visto cuestionada, amenazada. El librepensamiento siempre ha sido blasfemo y subversivo.

Notas

[1] Doctrina metafísica que acepta la existencia de Dios como creador del mundo, primer motor inmóvil o Gran Arquitecto del Universo, pero que rechaza –por supersticiosas o irracionales– las religiones míticas y «reveladas» de cuño tradicional, tanto politeístas como monoteístas: paganismo grecolatino, hinduismo, cristianismo, judaísmo, islam, etc. El deísmo se opone al providencialismo. Considera falsa la creencia en la intervención sobrenatural o milagrosa de la divinidad, en la cual solo ve un principio fundante y ordenador del cosmos. Ejemplos de pensadores deístas son Aristóteles, Epicuro, Newton, Voltaire, Rousseau, Kant y Franklin.

[2] Gonzalo Puente Ojea, “Ateísmo y religión: perfil histórico de un debate”, en Ateísmo y religiosidad: reflexiones sobre un debate, Madrid, Siglo XXI, 2001 (1997), pp. 99-100.

[3] Ibid., pp. 105-106. Las cursivas son del original. Otro tanto en las próximas citas.

[4] Cit. en Puente Ojea, op. cit., pp. 134-137.

[5] James A. Thrower, The alternative tradition: a study of unbelief in the Ancient World de James Thrower, La Haya, Mouton, 1980, p. 36.

[6] Cit. en Puente Ojea, p. 166.

[7] Ibid.

[8] Ibid., p. 167.

[9] Piers Paul Read, “Federico de Hohenstaufen”, en Los templarios: monjes y guerreros, Bs. As., BSA, 2004 (1999), pp. 295-297.

[10] Jorge Silva Castillo, “El diálogo del pesimismo”. En Estudios Orientales, vol. 6, n° 1 (15). El Colegio De México, 1971, p. 89.

[11] Puente Ojea, p. 227.

El presente ensayo de nuestro compañero Federico Mare, que viene a engrosar la sección histórica Clionautas, es una versión corregida y aumentada del que publicara –bajo el mismo título– en su libro Gođlauss. Ateísmo, librepensamiento y existencialismo (Mendoza, Grito Manso, 2022).

jueves, 8 de diciembre de 2022

Batalla de Stalingrado, octogésimo aniversario de la salvación del mundo

El conflicto bélico que Alemania desató en la Unión Soviética fue una guerra de exterminio contra los pueblos eslavos, gitanos y judíos, que para los nazis eran de raza inferior y ocupaban el espacio vital que les pertenecía a ellos, que se creían de raza superior.

La traición al pueblo checoslovaco por parte de Occidente se dio mediante el Pacto de Münich. Checoslovaquia tenía garantizada su existencia por el Pacto de Asistencia Mutua, que firmó con Francia, y por el Tratado Checo-Soviético; además, el 28 de abril de 1938, Gran Bretaña se comprometió a luchar junto a Francia si tuviera una guerra contra Alemania. Pese a ello, Chamberlain, Primer Ministro inglés, voló a entrevistarse con Hitler para lograr un acuerdo anglo-alemán. Le explicó al rey de Inglaterra que se proponía plantear a Hitler que Alemania e Inglaterra fueran “los pilares de la paz en Europa y los baluartes contra el comunismo”.

En la reunión, Hitler le exigió a Chamberlain que aquellas partes de los Sudetes checos, donde vivían más del 50% de alemanes pasaran a formar parte de Alemania. Chamberlain aceptó el traslado de los Sudetes checos al Tercer Reich. Lord Halifax, secretario de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, fue el encargado de entregar este acuerdo a Jan Masaryk, Embajador de Checoslovaquia en Londres.

Se dio el siguiente diálogo, Lord Halifax: “Ni el Primer Ministro inglés ni yo le queremos dar consejo alguno con respecto al memorándum. Pero piénselo bien antes de responder negativamente. El Primer Ministro está persuadido de que Hitler sólo quiere los Sudetes, si lo consigue no reclamará nada más”; Masaryk: “¿Y usted cree eso?”; Lord Halifax: “Yo no he dicho que el Primer Ministro esté convencido de eso”; Masaryk: “Si ni usted ni el Primer Ministro quieren darnos ningún consejo sobre el memorándum, entonces, ¿cuál es el papel del Primer Ministro?”; Lord Halifax: “El de correo y nada más”; Masaryk: “Debo entender que el Primer Ministro se ha convertido en recadero del asesino y salteador, Hitler”; Lord Halifax, un poco turbado: “Pues, si le parece, sí”.

Alemania propuso la realización de una conferencia de cuatro potencias: Inglaterra, Francia, Alemania e Italia. No fue tomada en cuenta Checoslovaquia, que en ese corrillo perdió la quinta parte de su territorio, la cuarta parte de su población y la mitad de su industria pesada. A su delegación, que esperaba fuera del lugar de la reunión, se le comunicó verbalmente el destino nefasto de su país. Sus delegados reclamaron indignados por aquella resolución monstruosa, criminal y absurda. Les contestaron: “¡Es inútil discutir! Está decidido”.

En Münich se dieron los primeros pasos para una alianza entre Inglaterra y Alemania. La finalidad la denuncia Sir John Wheeler Bennet, historiador británico especializado en el estudio sobre Alemania: “Existía la oculta esperanza de que la agresión alemana, si se la lograba encauzar hacia el Este, consumiría sus fuerzas en las estepas rusas, en una lucha que agotaría a ambas partes beligerantes”.

Tras la entrega de Checoslovaquia a Alemania, Hitler exigió la reposición del Corredor Polaco, la devolución del puerto Dánzig y que Polonia le cediese facultades extraterritoriales para construir autopistas y líneas férreas por el territorio polaco. Luego anuló el pacto de no agresión firmado con Polonia, comenzó a reclamar las colonias que le fueron arrebatadas por Francia e Inglaterra después de la Primera Guerra Mundial y renunció al convenio naval anglo-alemán. El 1 de septiembre de 1939, fecha oficial del inició de la Segunda Guerra Mundial, Alemania invadió Polonia. Dos días después, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania.

El 14 de mayo de 1940, los tanques alemanes rompieron las líneas defensivas francesas en la región de Sedan y se precipitaron en dirección a occidente. El 18 de mayo, el 9° ejército francés fue derrotado. El 20 de mayo, las divisiones motorizadas alemanas comandadas por von Kleist llegaron a las costas de la Mancha. El 27 de mayo, comenzó la retirada de las fuerzas inglesas de Dunquerke, operación que fue exitosa gracias a que la Wehrmacht, Fuerzas Armadas de Alemania, detuvieron inesperadamente su marcha, lo que facilitó la evacuación de las tropas británicas.

Este hecho tiene una explicación política, eliminada Francia, Hitler esperaba ponerse de acuerdo con Gran Bretaña para lograr la división de las esferas de influencia en el mundo y la creación de un frente común contra su principal enemigo, la Unión Soviética. Muchos sostienen que para esta negociación, Rudolf Hess, el segundo hombre fuerte de Alemania, voló a Gran Bretaña y se lanzó en paracaídas.

La mañana del 14 de junio, las tropas nazis entraron en París y desfilaron por los Campos Elíseos. El 21 de junio de 1940, en en el bosque francés de Compiègne, en el mismo vagón en el que 22 años atrás Alemania se habían rendido a Francia, bajo los acordes de “Deutschland Uber Alles” y el saludo nazi hecho por Hitler, Francia se rindió a Alemania. El Mariscal Petain formó un gobierno títere, pero el pueblo francés se alineó con la “Francia Libre”, cuya cabeza era el General Charles De Gaulle, o con el Partido Comunista Francés. Desde la clandestinidad, ambas fuerzas jugaron un importante papel en la lucha contra la ocupación alemana.

El 18 de diciembre de 1940, Hitler ordenó desarrollar el Plan Barbarrosa, que contemplaba la destrucción de la URSS en tres o cuatro meses; la orden de ponerlo en ejecución la dio luego de apoderarse de Europa continental, cuando trabajaban para la Wehrmacht cerca de 6.500 centros industriales europeos y en las fábricas alemanas laboraban 3’100.000 obreros especialistas extranjeros. Alemania era la más poderosa potencia imperialista del planeta y lo acompañaron en esta aventura muchos estados europeos y numerosos voluntarios del resto del mundo.

El domingo 22 de junio de 1941, Alemania dio inicio al Plan Barbarossa. Un ejército jamás visto por su experiencia y poderío, se lanzó al ataque en un frente de más de 3.500 kilómetros de extensión, desde el mar Ártico, en el norte, hasta el mar Negro, en el sur. Era un total de 190 divisiones, cinco millones y medio de soldados, 4.000 tanques, 4.980 aviones y 192 buques de la armada alemana.

El conflicto bélico que Alemania desató en la Unión Soviética fue una guerra de exterminio contra los pueblos eslavos, gitanos y judíos, que para los nazis eran de raza inferior y ocupaban el espacio vital que les pertenecía a ellos, que se creían de raza superior; por eso, el elevado número de civiles muertos y los crímenes horripilantes que hubo en los territorios ocupados de la URSS, algo que no sucedió en el resto de Europa.

Los nazis inculcaron en el pueblo alemán, y en particular en sus fuerzas armadas, la doctrina de que ellos descendían de arios, cuya raza madre, herrenrasse, fue corrompida y debilitada por la mezcla con razas inferiores; que ellos estaban destinados a convertirse en la raza de seres superiores, que debían conquistar por la fuerza Europa Oriental, Rusia y Asia Central. Hitler se creía predestinado a eliminar el comunismo, ideología que consideraba idónea para los débiles de espíritu.

Si a este mejunje doctrinario se añade el soporte del gran capital financiero mundial, que encontró en Hitler suficientes atributos de dureza y violencia, necesarios para derrotar la efervescencia revolucionaria del pueblo alemán, se comprende que él era no sólo el demagogo que engatusó a un país de grandes tradiciones libertarias y formidables pensadores, que instauró una dictadura personal y llevó a los habitantes de Alemania a la guerra, como a una manada de ciegos, sino que se trata de un fenómeno político todavía latente, que muestra su vitalidad en el mundo actual, repleto de conflictos sociales.

Lo dicho permite comprender porque el que muchos millones de soviéticos murieran de inanición en este conflicto, no fue un problema para Alemania nazi, que creyó innecesario alimentar a los prisioneros de guerra y a la población civil de la URSS. Hasta el final de la guerra, los Einsatzkommandos de Himmler exterminaron a más de tres millones de prisioneros de guerra soviéticos, a los que trataron de untermensch, en alemán subhombre o subhumano. La Masacre de Oradour-sur-Glane o la destrucción del pueblo de Lídice, se dieron por miles en la URSS, donde los Einsatzkommandos asesinaron a comunistas, rusos, judíos, gitanos, intelectuales, homosexuales, niños, mujeres y ancianos, a los que llamaron enemigos de Alemania. Erich Lahousen, oficial de los servicios secretos de la Wehrmacht, en su testimonio en Nuremberg dijo: “El General Reinecke nos explicó que la guerra entre Alemania y la URSS no se parecía a ninguna otra. El soldado del Ejército Ruso no era un combatiente en el sentido ordinario del término, sino un enemigo ideológico. Un enemigo a muerte del nacionalsocialismo, que los rusos debían ser tratados de un modo distinto a los prisioneros de guerra occidentales”.

El Mariscal Eduard von Manstein ordenó: “El sistema judío-bolchevique debe ser exterminado… El soldado alemán se presenta como portador de un concepto racial y debe apreciar la necesidad del más duro castigo para la judería… En las ciudades enemigas, gran parte de la población tendrá que pasar hambre. No se debe dar nada, por un desviado humanitarismo, ni a la población civil ni a los prisioneros de guerra”.

La guerra de Alemania contra la URSS era esperada, pero las fechas notificadas por los servicios secretos soviéticos sobre su inicio no coincidían, algunas eran reales y otras erróneas. Sólo se tenía la certeza de que no se debía provocar a Alemania, porque la Wehrmacht tenía el mayor poder destructivo conocido hasta entonces.

En los primeros meses de guerra, las fuerzas armadas de Alemania lograron acercarse a Moscú y Leningrado, dos de sus principales metas; nada parecía capaz de detener a este monstruo apocalíptico; sin embargo, el primer fracaso del Plan Barbarrosa se dio cuando la Wehrmacht fue derrotada en las puertas de Moscú y no pudo desfilar el 7 de Noviembre de 1941 por la Plaza Roja, tal cual había sido planificado, sino que lo hizo el Ejército Soviético. Después, los soldados se dirigieron al frente y ganaron la Batalla de Moscú; cosechaban el ejemplo del Mayor Klochkov, que se arrojó debajo de un tanque alemán con granadas en las manos exclamando: “Aunque Rusia es inmensa, no hay a donde retroceder, ¡detrás está Moscú!”

Sobre esta batalla el General Douglas MacArthur escribe: “En mi vida he participado en varias guerras, he observado otras y he estudiado detalladamente las campañas de los más relevantes jefes militares del pasado. Pero en ninguna parte había visto una resistencia a la que siguiera una contraofensiva que hiciera retroceder al adversario hacía su propio territorio. La envergadura y brillantez de este esfuerzo lo convierten en el logro militar más relevante de la historia”.

La siguiente y más importante victoria soviética fue en Stalingrado, donde se dio la más sangrienta y encarnizada batalla que se conoce, la suma total de las pérdidas por ambas partes supera con creces los dos millones de soldados muertos; se prolongó desde el 17 de julio de 1942 hasta el 2 de febrero de 1943, cuando, luego de largos y feroces combates, el Ejército Rojo derrotó al poderoso Sexto Ejército Alemán, fuerza élite de la Wehrmacht, comandada por el Mariscal Paulus.

En el momento en que el General Vasili Chuikov llegó a hacerse cargo de la comandancia del 62.º Ejército Soviético, que en Stalingrado enfrentó al Ejército Alemán, el Mariscal Yeriómenko le preguntó: “¿Camarada, cuál es el objetivo de su misión?” Su respuesta fue: “Defender la ciudad o morir en el intento”. Yeriómenko tuvo la certeza de que Chuikov había entendido perfectamente lo que se le exigía. Chuikov escribió: “Por todas las leyes de las ciencias militares, los alemanes debieron ganar la batalla de Stalingrado y, sin embargo, la perdieron. Es que nosotros creíamos en la victoria. Esta fe nos permitió vencer y evitó que fuésemos derrotados”.

Es que comprendía cabalmente que en Stalingrado se sellaba el destino del orbe, que si Alemania lograba derrotar a la URSS en esta batalla, se apoderaría del Cáucaso y de los recursos energéticos soviéticos, sin los cuales colapsaría todo el Frente Oriental; que después de tomar Stalingrado se le facilitaría a Alemania culminar con éxito el Plan Barbarossa y la toma posterior de Afganistán, Irán, Irak, Egipto y la India, donde las tropas alemanas se unirían con las japonesas; también, que España, Portugal y Turquía se sumarían a las naciones del Eje, con lo que los anglosajones serían eliminados de Europa continental, Asia y África; finalmente, que con la victoria en Stalingrado, Alemania y sus aliados lograría el dominio total del mundo.

Chuikov comenzó con menos de 20.000 hombres y 60 tanques, pese a ello fortificó las defensas en los lugares donde era posible contener al enemigo, especialmente, en la colina de Mamáev Kurgán, donde cayó abatido Rubén Ruiz Ibárruri, hijo único Dolores Ibárruri, la Pasionaria, dirigente comunista de España; además, estimuló la formación y el uso de francotiradores, uno de ellos, Vasili Záitsev. Seguía la doctrina del conde Súvorov: “Sorprender al contrincante significa vencerlo”. Por eso, luchaba en las condiciones que los alemanes detestaban, ello le permitía derrotarlos.

Después de tres meses de sangrientos combates, los alemanes habían capturado el 90% de la ciudad y dividido a las fuerzas soviéticas en tres bolsas estrechas. Gracias a la moral combativa de los defensores de Stalingrado, los alemanes lograron avanzar apenas medio kilómetro en doce días de la ofensiva de octubre del 1942. El 11 de noviembre, y por última ocasión, los alemanes atacaron en Stalingrado, intentaron llegar al río Volga en un frente de cinco kilómetros; el ataque fracasó porque los rusos defendieron cada metro, cada piedra de Stalingrado.

El General alemán Wilhelm Dörr escribió sobre la Batalla de Stalingrado: “El territorio conquistado se medía en metros, había que realizar feroces acciones para tomar una casa o un taller… Estábamos frente a frente con los rusos, lo que impedía utilizar la aviación. Los rusos eran mejores que nosotros en el combate casa por casa, sus defensas eran muy fuertes”. El General Chuikov fue el que ideó esa forma de lucha, en la que el espacio de separación de sus tropas de las alemanas jamás excedía el radio de acción de un lanzador de granadas.

El 19 de noviembre de 1942 comenzó la operación Urano, ofensiva soviética que había sido preparada con el mayor de los secretos, por lo que fue inesperada para los alemanes, que nunca se percataron del contraataque soviético. Al cuarto día, el 23 de noviembre, 330.000 soldados alemanes fueron cercados en un anillo de entre 40 a 60 kilómetros de amplitud, el mayor cerco que conoce la historia. El ultimátum enviado por el Mariscal Rokosovsky al General Paulus fue rechazado.

El 30 de enero, Hitler ascendió al rango de Mariscal de Campo al General Paulus. En realidad, el acenso era una orden de suicidio, pues en la historia de las guerras no hay un sólo caso en que un mariscal de campo haya caído prisionero. Pero Paulus no tenía la intención de dispararse por ese cabo bohemio, como informó a varios generales, y prohibió hacerlo a los demás oficiales, que debían seguir la suerte de sus soldados.

El 2 de febrero de 1943, luego de arduos combates en los que fracasaron todos los intentos por romper el cerco, cesó la resistencia alemana en Stalingrado. El Ejército Soviético capturó un mariscal de campo, 24 generales, 25.000 oficiales y 91.000 soldados. Paulus fue hecho prisionero y en 1944 se unió al Comité Nacional por una Alemania Libre. En 1946 fue testigo en los Juicios de Núremberg. Antes de partir hacía Dresde, donde fue jefe del Instituto de Investigación Histórica Militar de la República Democrática Alemana, declaró: “Llegué como enemigo de Rusia, me voy como un buen amigo de ustedes”. Murió en Dresde el 1 de febrero de 1957.

En la batalla de Stalingrado, la Wehrmacht perdió cerca de un millón de hombres, el 11% del total de todas las pérdidas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, el 25% de todas las fuerzas que en esa época operaban en el Frente Oriental. Fue la peor derrota sufrida por el Ejército Alemán durante toda su historia y algo que nadie en el mundo esperaba. En Memorias de un Soldado, el General Heinz Guderian escribe: “Después de la catástrofe de Stalingrado, a finales de enero de 1943, la situación se hizo bastante amenazadora, aún sin la intervención de las potencias occidentales”.

La Batalla de Stalingrado fue el punto de inflexión de la Segunda Guerra Mundial y resultó una auténtica catástrofe militar para los alemanes, cuyas tropas no pararon de retroceder hasta rendirse ante el Mariscal Zhúkov en Berlín, dos años y cuatro meses después. La victoria de Stalingrado marcó el inicio de la derrota de Alemania, sentó las bases para la expulsión masiva de los invasores del territorio soviético, desbarató los planes alemanes, resquebrajó su sistema de alianzas y llenó de esperanzas a todos los pueblos de los países que luchaban contra el fascismo. La casi totalidad del material militar que se empleó en Stalingrado fue fabricado en las fábricas que los técnicos de la URSS habían trasladado desde las zonas centrales de Rusia hasta el otro lado de los Urales, con los alemanes pisándoles los talones.

La Segunda Guerra Mundial dejó cambios profundos en la estructura social del mundo y en la consciencia colectiva del género humano. La victoria aliada es la más grande epopeya de los pueblos del planeta por conquistar su derecho a la vida, contra el fascismo, que es por naturaleza propia su negación. Esta lucha no ha concluido mientras subsistan en el seno de nuestras sociedades el anticomunismo, el racismo, el chovinismo, la intolerancia y el militarismo, banderas bajo las cuales se ocultan los más bárbaros enemigos de la especie humana.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

https://rebelion.org/batalla-de-stalingrado-aniversario-80-de-la-salvacion-del-mundo/

martes, 26 de julio de 2022

Eres un animal


¿Por qué es un insulto la frase que encabeza este artículo? Cuando queremos agredir a una persona, decimos de ella que es un animal, un cerdo, un burro, un zorro o una bestia… La verdadera agresión sería decirle a un perro:

– Eres un humano, eres una persona, eres un animal humano…

Porque entre nosotros, los humanos, se produce la auténtica maldad, el crimen organizado, la crueldad planificada, el rencor descontrolado, la envidia destructiva, la guerra organizada, el odio destructivo y el desprecio infundado… Y en los animales, no.

Recuerdo aquel poema en el que unos monos que están subidos a un árbol (el mono es un animal arborícola que habita sobre todo en los árboles genealógicos), contemplan las atrocidades que realizan los seres humanos y se lamentan de tener unos descendientes tan perversos. ¡Qué vergüenza!, dicen.

Anteayer, día 21 de julio, se celebró el Día Mundial del Perro, conmemoración que se viene celebrando desde el año 2004. No sé por qué este día, en plena canícula dentro de nuestro hemisferio. Quizás porque en estas fechas hay muchos perros que son abandonados a su suerte. Hay otros días de celebración relacionados con el perro (Día internacional del Perro Guía, el último domingo de abril; Día internacional del Perro Callejero, el 27 de julio; Día del Perro de Trabajo, el 6 de diciembre; Días nacionales del perro…). Ya sé la relatividad de estas convenciones.

Hay perros famosos: la perrita Laika se convirtió en 1957 en el primer ser vivo que entró en órbita y dio la vuelta a la tierra; el perro Balto recorrió más de mil kilómetros liderando en 1925 el trineo de la expedición que traía las medicinas que salvaron al pueblo de Nome (Alaska); Bobbie regresó a su casa recorriendo cuatro mil kilómetros después de haberse perdido cuando viajaba con sus dueños; Greyfriars Bobby permaneció catorce años hasta su muerte al lado de la tumba de su dueño; Hachiko vagó por una estación durante casi nueve años esperando a su dueño fallecido; Lassie protagonizó diferentes series de televisión, libros y películas desde 1943 hasta nuestros días; Rin Tin Tin, un pastor alemán, fue protagonista de la conocida serie estadounidense que lleva su nombre, Barry fue un San Bernardo que salvó en Suiza a cuarenta personas perdidas en bosques helados durante los catorce años que trabajo como rescatista en el Gran Hospicio…

Estoy leyendo una tesis doctoral que se defenderá en la Universidad de Oviedo el próximo día 7 de septiembre. Seré, afortunadamente, el presidente del tribunal. Digo afortunadamente porque la lectura de una tesis siempre es una ocasión excepcional de aprendizaje. El título del trabajo es el siguiente: “Una nueva filosofía de la educación: La empatía animal”. Está escrita por Beatriz Cimadevilla Alonso. La autora abre el trabajo con una significativa dedicatoria: “Esta tesis está dedicada a todos los animales no humanos que sufren; y a aquellos de mis hermanos animales no humanos que, sin sufrir, forman también parte de mi mundo. Vosotros estáis entre aquellos que dan sentido a mi vida”.

Los animales son víctimas de una concepción especista que ellos no pueden debatir ni rechazar. El término especismo tiene dos acepciones en el diccionario de la Real Academia: 1. Discriminación de los animales por considerarlos especies inferiores y 2. Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de los animales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio. Ambas acepciones apuntan en la misma dirección: la de la cosificación de los animales por situarlos en una realidad diferente de y subordinada a la humana. El problema es que no les consideremos seres sintientes, que les convirtamos en cosas que se pueden tirar o golpear.

Hace años que leí el emocionante libro del premio Nobel Konrad Lorenz titulado “El anillo del Rey Salomón”, que en alguna edición tiene otro título: “Hablaba con las bestias, las aves y los peces”. Es impresionante ver cómo el autor investiga, observa y analiza las costumbres de los animales. Hace unos días terminé de releer “Cuando el hombre encontró al perro”, del mismo autor. Dice el premio Nobel en la última frase del libro que la historia de esta relación es “una suma incalculable de amor y fidelidad”.

Compartimos el mundo con los animales. Y, en muchas ocasiones, también la casa. En España, hay en los hogares más perros que niños. Nueve millones de perros, frente a seis millones y medio de niños y niñas. La empatía con los animales es un deber que tenemos cultivar para hacer un mundo más digno.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 70% de los perros en el mundo no tienen un hogar. En la actualidad existen aproximadamente 300 millones de perros en el mundo, con una gran variedad de razas y tamaños, todos muy cariñosos y dispuestos a servir a sus amos de formas inimaginables. Hoy en día contamos con perros policías, bomberos, lazarillos y de compañía.

Hay quien puede pensar que habiendo tantos problemas y necesidades entre los seres humanos, toda la atención que se preste a los perros se detrae del cuidado a nuestros congéneres. No es así. Más bien es al contrario: quien muestra solidaridad y aprecio por loa animales suele también manifestarlos con los seres humanos.

A mi juicio hay tres pasos que debe dar una sociedad democrática, asentada en valores:

1. El primero es acabar con el maltrato de los animales. Hay muchas costumbres crueles, faltas de respeto y sensibilidad. Y no me refiero solo a esas costumbres salvajes en las que los seres humanos disfrutan, haciendo sufrir a los animales no humanos. Me refiero también al maltrato doméstico: golpear a perros, colgar a galgos (hay miles de galgos ahorcados, acuchillados y abandonados cada año en España), abandonar a su suerte… Comportamientos que deberían tener, por ley, castigos ejemplares. 

2. El segundo es cultivar la empatía, tratar de forma deferente a quienes comparten la vida y el mundo con nosotros. 

3. El tercero consiste en hacer visibles hermosas historias de perros, como la que conté en este mismo espacio con el título “Montse y Chicharita”. Una doble historia de superación heroica en la que una perrita y su ama vencieron la tetraplejía.

Los británicos, cuando muere un perro, dicen que “ganó las alas”. Allí existe una leyenda que dice que los perros vienen a este mundo sin alas y sin hablar para que no se sepa que son ángeles.

Es emocionante el epitafio que escribió Lord Bayron a su perro Boatswain en el monumento que levantó en el jardín de la mansión en la que convivieron. Boatswain era una terranova, que contrajo la rabia y a la que el poeta cuidó en su enfermedad, a costa de contraer la misma enfermedad: 
“Cerca de este lugar/ 
reposan los restos de un ser/ 
que poseyó la belleza sin la vanidad,/ 
la fuerza sin la insolencia,/ 
el valor sin la ferocidad/ 
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios./ 
Este elogio, que constituiría una absurda lisonja/ 
si estuviera escrito sobre cenizas humanas,/ 
no es más que un justo tributo a la memoria de Boatswain, un perro/ 
nacido en Newfoundland, en mayo de 1903/ 
y muerto en Newstead Abbey, el 18 de noviembre de 1908…”. 

Solo cinco años de imborrable amistad.

Me gustan las historias de perros. Conozco muchas muy sugerentes. Aquí me voy a referir a una que tiene que ver con mi oficio de profesor. Dice así:

Una familia tiene un perro que presenta síntomas inquietantes de enfermedad. El veterinario, después de explorarlo detenidamente, le receta unas dosis diarias de aceite de bacalao

Todas las mañanas, el dueño va a buscarlo, le arrastra por la fuerza, le sujeta la cabeza entre las rodillas, le abre la boca violentamente y, con una cuchara, le va dando el aceite de bacalao.

Un día, en pleno forcejeo, el perro se libera de la maniobra de su amo, el tarro que este tenía sobre las rodillas va rodando hasta el extremo de la habitación y el perro va corriendo a lamerlo con fruición. No es que no le guste el aceite de bacalao, no le gusta la forma en la que se lo dan.

El ser humano está diseñado para aprender, tiene una curiosidad innata pero algunas formas de enseñar le resultan insoportables. No es que no le guste aprender, lo que no le gusta es la forma en que tratan de enseñarle.

Quiero dedicar este artículo a mi amiga Lola Alcántara, convencida animalista, amante de los perros y creadora del Proyecto Berta (nombre de una sus perras, ya fallecida). Se trata de un proyecto sin ánimo de lucro, que se dedica a rescatar y rehabilitar podencos del mundo de la caza para darles una vida mejor. El mundo sería más habitable (y los perros serían más felices) si todos fuésemos como Lola.

https://mas.laopiniondemalaga.es/blog/eladarve/2022/07/23/eres-un-animal-3/

domingo, 31 de enero de 2021

¡Eres un animal! Sobre perros y otros animales amigos del hombre,

Es curioso que utilicemos expresiones como “eres un animal”, “eres un cerdo, “eres un burro”, “eres una bestia”… para insultar, descalificar o despreciar a un ser humano, sin pensar que también nosotros somos animales, sin pensar, por otra parte, que ese animal no ha hecho nunca daño a nadie intencionadamente. Si observamos atentamente los comportamientos de personas y animales, el verdadero insulto sería decirle a un animal irracional: Eres una persona, eres un político, eres un catedrático, eres un periodista, eres una abogada, eres un juez…

Los animales se comportan con más espontaneidad, nobleza y autenticidad que los seres humanos. Con menos crueldad, desde luego. Con ninguna malicia. Ojalá nos comportásemos como ellos. Recuerdo un poema en el que se cuenta que algunos monos (el mono es un animal arborícola que habita sobre todo en los árboles genealógicos), viendo desde un árbol cómo los hombres se pelean y se matan entre sí, se niegan a aceptar que seres tan sanguinarios y crueles sean descendientes suyos. “Qué vergüenza para nuestra especie”, concluyen. Al fin al cabo, como dice Steinbeck, el hombre es el único animal de la creación que bebe sin tener sed, que come sin tener hambre y que habla sin tener nada que decir.

Los animales piensan, sueñan y sufren. Su dolor tiene las dimensiones del planeta. Los niños aplastan lagartijas para ver cómo se mueve el rabo de forma autónoma, una vez separado del resto del cuerpo, la familia abre las puertas del coche y abandona al perro a su suerte, los toreros clavan hierros punzantes en los lomos del toro y acaban matándolo entre vítores y olés, se organizan peleas de perros y de gallos para diversión y juego de los espectadores, los gastrónomos pelan vivos a algunos animales para que la vianda tenga más sabor, los cazadores degüellan vivas a las presas para que las pieles tengan más esplendor, los científicos experimentan en animales con genes y con virus, los ganaderos separan a las crías de sus madres, se sacrifican animales para fabricar abrigos de pieles, los vecinos del pueblo mantienen la costumbre de arrojar entre risas un burro o una cabra desde lo alto del campanario de la iglesia parroquial… ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué tanta insensibilidad? ¿Por qué tantas trampas?

– “Vamos a pescar juntos”, le dijo el pescador a la mosca mientras la colocaba de cebo en el anzuelo.

Las personas admiran las grandes dotes de los animales pero saben que aun más admirable es la inteligencia humana, capaz de imaginar a un perro jugando al póker:

– Tu perro es muy listo, le dijo Aristóteles a Platón, ya que sabe jugar a las cartas.

– No es tan listo como parece, matizó Platón: siempre que le llegan buenas cartas, mueve el rabo.

Un mundo en el que los animales son maltratados no es un mundo habitable para los seres humanos. Porque esa crueldad que se ceba en seres indefensos muestra la dureza de nuestro corazón. Y de un corazón duro no pueden brotar sentimientos nobles y hermosos. “El hombre es un lobo para el hombre”, decimos. Con lo cual el hombre le da una patada al hombre en el trasero del lobo.

Un ornitólogo desconocido dijo : “Si los hombres no los apedrearan, hubiera sido pájaro. Mas si no los apedrearan, hubiera sido hombre”. Si fuéramos más amorosos, más cuidadosos, más amables con los animales, contribuiríamos a mejorar este mundo nuestro.

Mi amiga Lola Alcántara vota una y otra vez al PACMA (Partido Animalista contra el Maltrato Animal), partido político español que trabaja por los derechos de los animales, la defensa del medio ambiente y la justicia social. Lola tiene en su casa cinco perros y tres gatos, a los que quiere y cuida con desvelo. He visto su indignación ante la crueldad humana que sacrifica cada año más de 50000 galgos en España, esos perros de usar y tirar. Me ha explicado con pasión la necesidad de que la ley sea más severa con el maltrato de animales. Si todos fuésemos como Lola Alcántara, el mundo sería mucho mejor.

Mis abuelos paternos tenían un perro llamado Fiel (notable redundancia). Recuerdo que un verano pasó tres días sin aparecer por casa. Lo encontraron hambriento, sediento y extenuado, vigilando un saco de trigo que se había caído del carro en el que se transportaba la carga al silo. La vida por el cuidado de un bien del amo.

Los animales han sido una extraordinaria compañía en los meses de confinamiento. Al terminar el primero, se hizo célebre la burra Baldomera en la localidad malagueña de El Borge, sita en la Axarquía, a unos treinta kilómetros de la capital. El reencuentro con el amo, Ismael Fernández, después de dos meses de ausencia, fue tan emotivo, que la grabación del encuentro ha dado la vuelta al mundo. Conmueve escuchar los rebuznos de la burra y ver las lágrimas de su dueño.

En un estanque del Monasterio de El Escorial hay un precioso cisne blanco que se acerca con rapidez al jardinero Raúl, cada vez que este aparece en la orilla. Es hermoso ver cómo interactúan en una relación cómplice, a través de gestos y sonidos.

Nosotros tenemos una pequeña perra llamada Miluca. Su nombre recoge la primera sílaba de los nombres de cada uno de los moradores de la casa: Miguel, Lourdes y Carla. Es lista, cariñosa y disciplinada. Miluca nos humaniza, nos une, nos hace más sensibles, nos hace mejores. Carla dice:

Una de las cosas más valiosas que habéis hecho por mí es comprar a Miluca.

¿Cómo no emocionarse ante la mirada insondable de un perro el día que ha muerto su amo?, ¿cómo no asombrarse ante la tristeza de una larga ausencia, como le sucedió a Miluca cuando Carla asistió a un curso de quince días en Alemania?

Los animales forman parte de nuestro mundo y de nuestra cultura. Nunca podremos olvidar al loro de Flaubert, al cuervo de Poe, al cisne de Saint Säens, al albatros de Baudelaire, a las moscas de Sartre, a la ballena de Herman Melville, al águila de Tenysson, al escarabajo de Kafka, al mastín de Baskeville…

Los humanos hemos escrito innumerables fábulas protagonizadas por animales de las que, didácticamente, extraemos moralejas, pero conocemos muy poco sobre su mundo interior. No debemos olvidar que de todo lo que ocurre en el mundo solo tenemos visiones humanas. No nos solemos acercar a los animales con respeto, con ternura, con curiosidad. Recuerdo haber leído con emoción el hermoso libro del etólogo y premio Nobel Konrad Lorenz, titulado “El anillo del rey Salomón”. Con qué finura, con qué rigor, con qué interés observa, estudia y describe las costumbres y las emociones de los animales.

¿Cómo nos ven los animales a nosotros?, ¿Cómo nos observan y nos interpretan? Bien pudiera suceder que los gorriones se rieran de nosotros al ver un espantapájaros. Es una señal inequívoca de que allí hay comida para ellos.

No me gusta volcar sobre los animales visiones antropomórficas. No me gustan esas películas en las que los animales hablan como si fueran humanos. Les atribuimos gratuitamente nuestras cualidades: el gallo es arrogante, el lobo es rapaz, el camaleón es hipócrita, el león es valiente, la hormiga es trabajadora, la cigarra es holgazana, la hiena es cruel (por cierto, la hiena duerme al raso, se alimenta de carroña y hace el amor una vez al años, ¿de qué diablos se ríe?).

También tiene aquí presencia la educación. En la escuela y en la casa. De forma coherente y coordinada. A una amiga de mi hija le mandaron del colegio una carta porque había aplastado cruelmente una lagartija en el patio. No sabían que en la casa de la niña había una sala con animales disecados, piezas de caza mayor de su padre.

Los animales: magníficos compañeros de viaje. Lord Byron escribió sobre la tumba de su perro: “Aquí yacen los restos de un ser que poseyó la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y la belleza sin la vanidad”. Es probable que el tamaño de la lápida no diera para más. 

sábado, 13 de junio de 2020

Muere Ann Mitchell, cazadora de patrones criptográficos en la lucha contra los nazis. El 75 % del personal de Bletchley Park, sede del centro del criptoanálisis aliado durante la Segunda Guerra Mundial, eran mujeres.

Ann Mitchell, tras su graduación en la Universidad de Oxford en 1943.
Ann Mitchell, tras su graduación en la Universidad de Oxford en 1943.

El pasado 11 de mayo fallecía Ann Mitchell (1922-2020), miembro el equipo de criptoanalistas de Bletchley Park que ganó la batalla a la famosa máquina Enigma, empleada por el ejército nazi para el cifrado de sus comunicaciones. Mitchell, graduada en Matemáticas por la Universidad de Oxford, fue llamada a servicio en 1943. Allí estuvo trabajado dos años junto a otras mujeres y hombres –entre ellos, Alan Turing–, ideando novedosas técnicas matemáticas aplicadas a la criptografía.

La pugna de las matemáticas contra Enigma empezó años antes de la guerra, lejos de Bletchley. En noviembre de 1931 un empleado de la Chiffrierstelle de Berlín, resentido con su patria en general y con su familia en particular, vendía en Verviers (Bélgica) dos escritos con detalladas instrucciones sobre la máquina Enigma a un agente secreto francés, de nombre en clave Rex. Esos documentos llegaron a la Biuro Szyfrów de Varsovia, y permitieron al matemático polaco Marian Rejewski iniciar su particular guerra de guerrillas contra la máquina Enigma.

La Enigma era un sofisticado artefacto que funcionaba como una especie de máquina de escribir, que “reordenaba” el alfabeto, asignando a cada letra introducida otra, con arreglo a una permutación conocida por el receptor. El número de reordenaciones posibles en el dispositivo era colosal; cada vez que se pulsaba una tecla, la letra que finalmente aparecía impresa (o iluminada) dependía de una compleja configuración inicial. Esta se determinaba a través de varios rotores, es decir, discos con el alfabeto grabado en el anillo exterior, que giraban con cada pulsación del teclado. Cada rotor llevaba el alfabeto escrito en un orden distinto. Había varias formas de insertar los rotores en las ranuras que los albergaban, y cada uno podía encajarse de 26 maneras distintas, según la letra que quedase a la vista en la posición superior. Además, se incluía un cableado interno que tras la pulsación enviaba algunas letras a otras diferentes antes de impactar sobre los rotores. Para una descripción matemática más completa, se recomienda este artículo de Vázquez y Jiménez-Seral.

Las disposiciones iniciales de Enigma se distribuían en libros de claves, asociando a cada día una configuración; la llamada “clave del día”. Cada mensaje enviado comenzaba con el cifrado de una nueva terna de letras, la llamada “clave de mensaje” que le decía al receptor cómo girar los rotores de nuevo para seguir usando la máquina y descifrar el texto. Esa terna se escribía dos veces por seguridad, siempre cifrada con la clave del día, por lo que las seis primeras letras de los mensajes se correspondían con el cifrado de dos cadenas idénticas de tres letras. Esta “inocente” repetición insertaba en los mensajes un patrón de los que todo buen criptoanalista sabe aprovechar.

Así hizo Rejewski. Diseñó una estrategia para averiguar la clave del día, buscando posiciones de los rotores compatibles con las secuencias iniciales de seis letras de los mensajes interceptados. El procedimiento era conceptualmente sencillo, pero inabordable manualmente. Para ello, la inteligencia polaca diseñó máquinas “rastreadoras” de permutaciones, las llamadas bombas. Afortunadamente, su esfuerzo no se perdió con la entrada del ejército alemán: en agosto de 1939, semanas antes de la anexión de Polonia a Alemania, planos de las bombas, réplicas de máquinas Enigma y notas del trabajo de Rejewski llegaron a Londres a través de Francia.

Las semillas de Rejewski cayeron en un terreno peculiarmente abonado: Bletchley Park. El centro del criptoanálisis aliado estaba allí, en la llamada Government Code and Cypher School, un complejo compuesto por una pintoresca mansión victoriana rodeada de cabañas de madera. El personal de Bletchley era variado; lingüistas, matemáticos, filósofos, ingenieros y agentes sin educación superior reclutados con criterios poco convencionales (como ser de ascendencia nobiliaria o experto en crucigramas). A la cabeza, Alan Turing, el alma y cerebro de Bletchley Park.

En torno al 75% del personal de Bletchley eran mujeres. Muchas de ellas tenían educación superior en física y matemáticas, como la propia Ann Mitchell. Su trabajo se centró en optimizar la búsqueda de patrones para las bombas, usando suposiciones acerca de posibles correspondencias entre texto claro y cifrado. Además de ella hubo muchas más mujeres, como Mavis Batey, germanista que comenzó su carrera en inteligencia militar, buscando mensajes en clave insertados en los anuncios del Times, o Joan Clarke, que trabajó en la Cabaña 8, centrada en la Enigma de la Kriegsmarine. Clarke fue la única mujer en el proyecto Banburismus, ideado por Turing para reducir la necesidad de usar las bombas polacas, y siguió trabajando toda su vida en criptografía. No fue el caso de la mayoría de estas mujeres, incluida Ann Mitchell. Durante décadas, ni siquiera sus familias fueron conscientes de su discreta labor cazando permutaciones y acortando una guerra que otras armas más sangrientas eran incapaces de parar.

María Isabel González Vasco es Profesora Titular de la Universidad Rey Juan Carlos

Ágata A. Timón G. Longoria es responsable de Comunicación y Divulgación del ICMAT.

Café y Teoremas es una sección dedicada a las matemáticas y al entorno en el que se crean, coordinado por el Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT), en la que los investigadores y miembros del centro describen los últimos avances de esta disciplina, comparten puntos de encuentro entre las matemáticas y otras expresiones sociales y culturales y recuerdan a quienes marcaron su desarrollo y supieron transformar café en teoremas. El nombre evoca la definición del matemático húngaro Alfred Rényi: “Un matemático es una máquina que transforma café en teoremas”.

Edición y coordinación: Ágata A. Timón García-Longoria (ICMAT)

https://elpais.com/ciencia/2020-06-03/muere-ann-mitchell-cazadora-de-patrones-criptograficos-en-la-lucha-contra-los-nazis.html